La pasajera del Orient Express Capítulo 12
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Capítulo 12

Cabina dieciséis. ¡Por fin se había atrevido la compañía a abrirla! Fabrice, eufórico tras la cena, saboreaba la sensación de que todo había sucedido según lo previsto.

Flavie Sardou lo había sorprendido; su curiosidad era mucho más honda y perspicaz de lo que él suponía en una joven célebre en las redes sociales y autora de novelas ligeras sobre colegialas caprichosas.

De hecho, nada en ella parecía corresponderse con esa etiqueta.

A sus ojos, Flavie se reveló una mujer inteligente y firme, cultivada, dueña de una conversación sólida y matizada para alguien de su edad.

Es cierto que, según su criterio, le faltaba esa madurez para darse cuenta de lo que latía en el interior de aquella cabina clausurada durante décadas por circunstancias tan extrañas como difíciles de probar.

La cabina dieciséis no había figurado en su investigación inicial.

Surgió mucho después, como un apéndice tardío que vino a interponerse en una trama ya de por sí enmarañada.

Y, sin embargo, sería ella la que terminaría guiándolo una y otra vez hacia la búsqueda de la joya perdida, la única capaz de confirmar que su madre no se equivocaba.

Todo había comenzado como un cuento. Y aquel cuento, susurrado de noche por su madre en la blancura espectral del hospital de la Salpêtrière, lo condujo, a lo largo de su vida, hacia historias verdaderas y personas de carne y hueso.

Para protegerse del frío que se le infiltraba por el cuerpo, Fabrice Lussac se abandonaba a la voz cantarina y risueña de su madre que, en las noches de ese viejo hospital parisino, le había prometido un linaje no solo de inmensa riqueza, sino también de sangre real.

«Las mujeres de la familia arrastramos el destino de tu abuela.

Y tú has venido a salvarnos», le decía con una sólida convicción.

Pasarían años antes de que Fabrice alcanzara a comprender el verdadero significado de esas palabras. Su abuela, Mélanie de Vilmorin, había sido la primera pieza en un tablero donde pasiones, secretos y herencias se entrelazaban hasta volverse indistinguibles.

Tal vez la joya desaparecida —la que se desvaneció con el retrato de su abuela tallado con primor en una lámina de marfil— fue la que selló su condena al encierro: primero entre los muros del hospital, después entre los compartimentos del mítico Orient Express.

A lo largo de su vida, Fabrice volvería una y otra vez a la misma certeza: su destino consistía en encontrar aquel objeto.

El hallazgo redimiría a las mujeres de su estirpe.

Con él, no solo se recuperaría una pieza de valor, sino también la dignidad y la grandeza familiares.

Pero el destino —como los raíles de la locomotora en la que viajaría tantas veces en su búsqueda, con la esperanza obstinada de dar con el medallón— seguía su propio trazado.

La historia se remontaba a los primeros años del siglo XX .

París era, por aquel entonces, más que una ciudad, el escenario de toda una vida aristocrática y cultural que mezclaba personas, culturas y ambientes.

Los carruajes avanzaban por las calles empedradas mientras la multitud vivía a voz en grito para ser escuchada por el resto de Europa.

Fue allí, en esa ciudad donde todo estaba permitido, entre el perfume y la diplomacia, que el joven rey Alfonso XIII comenzó a dejarse ver con una frecuencia imprudente.

Un monarca que, como se descubriría más adelante, viajaba con las máscaras de ropas prestadas y nombres inventados para no ser descubierto.

Para Mélanie de Vilmorin, fue el conde de Toledo, a pesar de ser una dama perteneciente a una sociedad mundana que reconocía de inmediato a los reyes disfrazados. Casada con Philippe de Vilmorin y dueña de una belleza que la precedía, recibieron al monarca español en su palacio de Verrières.

No hay fecha exacta de ese primer encuentro.

Aún menos de la primera mirada entre ambos.

Quizá fue en los jardines de ese palacio o paseando por la rue de Rivoli que bordea el museo del Louvre.

Lo cierto es que Mélanie, habituada a obedecer tan solo a sus impulsos, respondió sin reservas a los avances del joven rey español.

Evidentemente, la relación traspasó las fronteras de Francia, pero Mélanie siguió imperturbable a las habladurías.

En esa época, se admitían más los impulsos del corazón que las obediencias morales.

Dicen que, cuando alguna amiga le preguntaba por el escándalo, respondía una frase que se hizo célebre más adelante: «Jamás he engañado a mi marido. Los reyes no cuentan».

Cuando Fabrice tuvo edad para entender de esas cosas, su madre le reveló no solo el secreto, sino también los nombres que se escondían detrás de esas historias. Su abuela, Mélanie de Vilmorin, había mantenido aquella relación durante décadas y, de ese silencio, creció una estirpe.

Años más tarde, Fabrice averiguó que los encuentros secretos tenían lugar en un céntrico hotel del Barrio Latino de París, Le Discret, donde su abuela acabó viviendo varias temporadas.

De aquel amor prohibido nació Roger de Vilmorin en 1905, unos meses antes de que el monarca se casara con Victoria Eugenia de Battenberg.

Las lenguas de la época no tardaron en susurrarlo: el parecido entre el rey y Roger era innegable.

Lo que nadie supo jamás es que, cincuenta años más tarde, y dentro de los muros de un hospital al este de París, rodeado de mujeres inadaptadas o enfermas mentales, un niño, Fabrice Lussac, había crecido con cuentos adornados por el lenguaje culto de una madre que le aseguraba una descendencia más que ilustre.

Cuando el joven cerraba los ojos de noche en ese macabro ambiente, se imaginaba a su abuela y al rey paseando entre los jardines del Luxemburgo, hablando de amor y de política, ajenos a la historia que los aguardaba.

También averiguó que Alfonso XIII la había querido con una devoción que jamás sintió por ninguna otra amante, a pesar de que ese dato se confundiese con las que vinieron después: la aristócrata Margarita de Orleans y Borbón o la institutriz irlandesa y profesora de piano de los hijos del rey, Beatriz Noon, que también quedó embarazada de este, pero con quien Fabrice no compartía ni pizca de sangre.

Desgraciada y contrariamente a la hija de esa plebeya irlandesa, pensó Fabrice cuando ya llevaba años investigando sobre su pasado familiar y desconocido, el rey jamás reconoció a su hijo Vilmorin.

Quizá porque sabía que la fortuna del marido de Mélanie bastaría para protegerlo, le aseguró su madre.

«No necesitas la fortuna monárquica, querido Fabrice.

Tu abuelo te permitirá vivir tranquilo el resto de tu vida».

Y así ocurrió. Fue entonces cuando el hilo de aquel relato comenzó a enredarse con el de la cabina dieciséis, y Fabrice comprendió que no había viaje —tampoco tren— que lo ayudase más a escapar del pasado.

Así fue como Fabrice se erigió en guardián y paciente reconstructor de una historia cuya trama solo él conocía.

¿Cómo había llegado a saberla su madre? Eso era otra cuestión.

Lo cierto es que dedicó años a recopilar datos, a revisar legajos amarillentos, a recomponer los relatos de aquella madre que murió joven en el hospital, marcada por el rechazo de su propio padre.

Con su desaparición se desvanecieron también las historias de su abuela, del rey de España, de aquel París lleno de encanto que lo colocaba a él, Fabrice Lussac, descendiente de los Borbón y los Vilmorin.

Y durante años se lo creyó.

Trabajó con una fe casi devota, convencido de que los archivos —periodísticos, literarios, familiares— terminarían por confirmar esa memoria heredada.

Pero, poco a poco, comenzó a advertir que los datos no encajaban del todo con aquello que su madre le había explicado, que las fechas se resistían, que los nombres se desplazaban, que los hechos desmentían, con una frialdad implacable, aquellos relatos que conservaba como un tesoro.

Hasta que se rindió a la evidencia: todo no había sido más que un espejismo transmitido de generación en generación, una ilusión tan poderosa que había acabado por parecer real.

De todo aquel entramado de recuerdos y documentos, solo una certeza permanecía en pie: Fabrice había sido designado el único heredero de una fortuna inmensa. Pero no procedía de los Vilmorin.

El supuesto abuelo ni siquiera se llamaba así, ni había tenido seis hijos, como rezaban los registros.

Su nombre era Antoine Lussac, terrateniente de la región de Champagne, hombre severo y orgulloso de su linaje.

Había desheredado a su única hija, Sophie, cuando esta, con apenas dieciséis años, quedó encinta de André Vilmoren, un jornalero de la vendimia que acudía a la propiedad de agosto a noviembre.

Al enterarse del embarazo, Antoine la obligó a trabajar en el hospital de la Salpêtrière. Allí nació y pasó su infancia, hasta cumplir los dieciséis años, el hijo de Sophie y único nieto de Antoine: Fabrice.

Antoine murió poco después que su hija. Y el destino, caprichoso como siempre, dispuso que el nieto repudiado fuera el único heredero de la descomunal fortuna familiar.

Cuando recibió la noticia, Fabrice acudió a los archivos con una mezcla de vértigo y esperanza.

Pero no encontró vínculo alguno con la familia que había creído suya.

Ni rastro del apellido Vilmorin. Ni huella de Alfonso XIII.

Ni la más leve prueba de aquella sangre castiza que durante años imaginó correr por sus venas.

Aun así, movido por una obstinación silenciosa —único propósito de una vida que se anunciaba sin destino y despojada de identidad—, Fabrice se impuso la tarea de encontrar la joya que, según se decía, había desaparecido aquella misma noche del hotel, junto con un vestido del armario.

Lo que logró reconstruir —pieza a pieza, como quien recompone un espejo roto— fue que la joya se esfumó en 1920.

Desapareció la misma noche que el Orient Express partió rumbo a Turquía, desde una habitación secreta de un modesto hotel del Barrio Latino de París.

Los registros hablaban de un hurto discreto, casi invisible; apenas una línea extraviada en un periódico menor.

El breve artículo mencionaba también la sustracción del vestido.

Dos pérdidas anotadas sin énfasis, como si una parte de la ciudad hubiera decidido no detenerse en ellas para no levantar sospechas.

La joya —lo averiguaría mucho tiempo después— terminó en manos de una mujer sin nombre.

Una ladrona.

Nadie sabía su origen ni qué la condujo hasta aquel lugar; solo constaba que esa misma noche subió al tren y se desvaneció para siempre del registro de los vivos.

Y que se alojó en la cabina dieciséis.

Una habitación acaso maldita desde aquel viaje.

Lentamente hechizada, erosionada por las historias y las supersticiones de los pasajeros que vinieron después.

Un compartimento cerrado durante décadas, hasta hacía apenas unas horas, en que, por fin, alguien —una joven influencer con ínfulas de escritora— se había atrevido, sin sospecharlo, a habitarlo.