Capítulo 11 #2
Por su aspecto, diría que viene del sur.
Italia, quizá, o España o Marruecos. Hay algo en la luz de su piel y en la densidad oscura de su cabello que no pertenecen del todo a este vagón barnizado en oro.
No sabría aventurar su edad. Podría tener cuarenta o sesenta años.
Pero sus ojos, cuando se alzan un segundo del plato, son los de alguien que ha vivido más de lo que conviene contar.
No hemos cruzado una sola vez la mirada. Y, sin embargo, siento que es la única persona que ha reparado en mí. A pesar de mi rostro, ¿habrá sido capaz de percatarse de mi marca?
Él no cena solo. Ha venido con su animal.
La mona albina joven, sentada frente a él como una niña educada.
Se mueve inquieta, toca los cubiertos, ladea la cabeza con una curiosidad casi humana.
Él la observa con una ternura que desarma.
No es ni un espectáculo ni una excentricidad.
La mira como el que descubre el mundo en cada gesto de su hija.
Y, justo cuando empiezo a dejarme llevar por esa sensación absurda de que quizá este tren sea una ficción donde todo está permitido, la puerta del vagón se abre.
En el umbral, un hombre inmóvil. Se me hiela la sangre.
El pasajero ha permanecido unos segundos observando a los comensales con una expresión difícil de descifrar.
Encorvado. La piel cetrina, casi áspera bajo la luz.
Lleva un frac negro cuyas colas le rozan las piernas con una lentitud desagradable.
Apoya su viejo cuerpo sobre un bastón con la dignidad con la que uno sostiene una certeza.
Unos pasos detrás, lo sigue su mujer. Más que caminar, parece arrastrarse.
Está consumida por los años, o puede que por algo más hondo que la edad.
Una tristeza antigua, persistente, adherida a los huesos.
El visón que la envuelve —pasado de moda, ligeramente brillante— desprende al entrar un olor leve, polvoriento, de armario cerrado demasiado tiempo.
Lo miro. Y lo reconozco. Jean de Montilac.
Con los años se ha convertido en un hombre arrogante.
De esos que hablan como si estuvieran explicando a alguien que no entendiera tanto.
Ahora es una figura respetada en ciertos círculos donde la ciencia roza lo invisible: la hipnosis.
Las regresiones. En esas técnicas que prometen devolverte, aunque solo sea por un instante, al lugar exacto donde empezó la herida.
Y, de pronto, el tren ya no me parece un viaje. Sino lo que es. Un ajuste de cuentas.
A su paso, las ocupantes de las mesas comienzan a susurrar, bajan la voz, como si la presencia de ese hombre exigiera reverencia.
Él lo sabe. Lo oculto siempre impone silencio.
Y lo acepta con un gesto leve de la mano, elegante, casi humilde, aunque en el fondo haya algo complacido en esa gratitud ensayada durante años.
Cuando alcanza mi mesa, levanta la vista. Y me mira. Con esa curiosidad científica a todo lo extraño. Diferente.
Es solo un segundo. Pero siento algo que me enfría por dentro. Como si esa mirada no se detuviera en mi rostro, sino que me atravesara la piel, las palabras no dichas, las versiones que he contado de mí misma. Como si pudiera leer lo que ni siquiera yo termino de entender.
Consigue no detenerse. Continúa hasta su mesa y, antes de sentarse, ayuda a su esposa con una delicadeza impecable. Todo en él es cálculo. Medida. Control.
Y sin embargo, tras esa entrada casi teatral, se convierte en el más discreto de la sala. Apenas habla. Su mujer tampoco. Si no recuerdo mal, llevan más de cuarenta años casados. Lo recuerdo porque debió de coincidir con mi madre.
Cuarenta años pueden ser una vida o una condena. Entre ellos hay una educación perfecta, sonrisas justas, una cortesía que roza lo mecánico. Un aburrimiento limpio, sin grietas visibles.
Desde mi mesa lo observo. A ella solo le veo la espalda.
El visón descansa ahora sobre el respaldo de la silla como un animal muerto.
Pero él… él es exactamente como lo imaginaba.
La mirada afilada. Inteligente. Demasiado consciente de todo.
En el límite de algo que podría llamarse maldad o, quizá, lucidez extrema.
Varias veces lo sorprendo observando a la mujer que mira por la ventanilla. La bella desconocida parece ausente, suspendida en otro paisaje que no es este vagón. No sé si él la observa por deseo —un deseo envejecido pero intacto— o por deformación profesional, como quien analiza una anomalía.
Es evidente que ella no se comporta como los demás.
En cualquier caso, no ha habido reciprocidad. De hecho, esa mesa es la única completamente ajena al famoso psiquiatra. Ni una mirada de curiosidad. Ni un gesto. Como si no existiera.
Hasta que, tras la cena, al levantarme siento un ligero mareo, una vibración que no sé si atribuir al alcohol o al tren. Me cuesta llegar hasta mi cabina. El pasillo parece más largo que antes, más estrecho. El suelo oscila con una suavidad traicionera.
No me doy cuenta de que no estoy sola hasta que alguien, desde la cabina contigua, me adelanta. En la semioscuridad, mi mano roza algo tibio, inesperado.
Grito.
—No se asuste, señora. Se llama Pamela y está deseando acostarse. Como usted. Es aún joven.
Su voz. Calma. Divertida. Es el hombre del esmoquin blanco.
Y entonces la veo: ha sido la mona albina, que me ha rozado la mano sin querer.