Capítulo 11
«¿Qué? ¡Una asesina!».
Flavie casi estampa el cuaderno contra el suelo. ¡Lo que le faltaba!
Ella que pensaba encontrarse con las memorias olvidadas de una ilustre pasajera…
Ya podía haber sido Mata Hari, la famosa espía y bailarina exótica de la Belle Époque que tuvo tantos amores en ese tren.
¡O algún ilustre aristócrata! O acontecimientos históricos como la firma en uno de los vagones del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial.
Pues no. Louise era una asesina. Fea. Y que viajaba con los de tercera clase.
Flavie casi lanza el cuaderno por la ventanilla. ¿Qué iba a hacer con eso, literal?
Aunque, si lo pensaba un poco más, tenía entre las manos un testimonio raro, de una mujer sola que, como ella, se decía escritora.
La coincidencia le pareció desmedida.
¿Y no sería eso otra típica idea de Nacho? ¿Habría en la cabina una cámara oculta? Alguien le estaba tomando el pelo.
Cerró el diario y observó su delicada cubierta de cuero.
Se lo acercó a la nariz y comprobó que, a pesar de que era tan viejo, seguía manteniendo un olor a fragancia femenina.
Reconoció que le estaba gustando el modo en que ese diario describía el ambiente…
Era como ella se lo imaginaba. Quizá lo que le habría gustado encontrar. Así que decidió seguir leyendo.
Medianoche del viernes 21 de mayo de 1920
Este tren es una auténtica preciosidad. Cada mueble, cada lámpara, cada objeto de cristal o de metal pulido me hacen sentir envuelta en la elegancia y la delicadeza.
Hasta tengo la impresión de que mi reflejo en el espejo de madre ha cambiado.
Me veo, o más bien soy, una dama rica que, simplemente, ha sufrido un accidente.
Esa es la historia que contaré.
Me acomodo el pelo de un lado, me coloco el sombrero, oculto la otra mitad de mi rostro y avanzo hacia el comedor.
Hay dos vagones restaurante. Pero nos han informado, con una cortesía que suena a protocolo impuesto, de que solo podremos hacer uso del número dos.
El primero está totalmente reservado para el presidente Paul Deschanel y su comitiva.
Me lo explicó un revisor mientras caminaba por el pasillo, justo antes de que me adelantaran, sin el menor atisbo de educación, varios hombres idénticos, todos vestidos de negro.
«Es la comitiva del presidente —me dijo ese revisor, que ni siquiera se dignó a mirarme con ese recato de quien trabaja desde hace años en el mayor tren de lujo de la historia—.
El poder tiene esa forma de entrar en los lugares, como si todo lo demás fuera decorado».
En el vagón restaurante número dos, cada pasajero tiene su mesa designada de antemano.
A mí, al viajar sola y en el último vagón, me corresponde la del fondo.
Es la más pequeña, y por su alejamiento del resto me resulta la más adecuada.
Por milagro, en este lugar consigo no solo la discreción que busco ante mi marcada monstruosidad, sino también tener la vista completamente despejada.
Desde aquí veo a los pasajeros, todos vestidos de gala, todos entusiastas.
Y, desde aquí, nadie me ve. Sus conversaciones flotan por el espacio, un murmullo cargado de historias que no me pertenecen…
todavía. Como ellos, me siento eufórica: cada rostro es un libro cerrado que puedo abrir a mi antojo y hasta escribir en él.
Al fin y al cabo, me he embarcado en este viaje casi sin rumbo para que una vida se acabe y mi sufrimiento cese.
A veces me parece que estoy en una película que alguien ha coloreado en tonos alegres: el brillo de los metales, los vestidos, el reflejo en los cristales.
Y, sin embargo, sé que todo está vivo, que cada movimiento del tren, cada mirada, cada gesto tienen una realidad que me proyecta hacia mi destino.
Antes de que empiecen a servir los platos, me fijo en los demás comensales.
En la primera mesa, una pareja joven acapara la atención gritando más que nadie.
Hablan en inglés, en un tono demasiado alto, sin miedo a ser oídos.
Es extraño en esta Francia discreta y resentida aún por la guerra, de la que procedo.
Parecen sacados de una película de Hollywood, la clase de pareja a la que los europeos ansiamos parecernos.
Sus gestos grandilocuentes, ruidosos y efervescentes delatan su procedencia, en este tren que parece estar reservado en exclusiva a la alta sociedad.
Quieren que todos seamos testigos de su estrepitosa felicidad, cuando lo que hacen es comportarse sin el menor decoro.
En cualquier caso, ¡qué más da! Su histrionismo es casi contagioso. Por un instante, incluso me entran ganas de reírme ruidosamente como ellos.
A la derecha, hay un matrimonio mayor que desprende la calma de quienes han compartido toda una vida juntos.
El camarero se dirige a ellos como el conde y la condesa de Toulouse.
Al parecer, los conoce. Deben de ser pasajeros habituales en el Orient Express, quizá desde antes de la guerra, y, entre plato y plato, le cuentan historias de familiares y conocidos.
Ella lleva el brillo de la abundancia: perlas gruesas que tintinean con cada movimiento y caen, satisfechas, sobre un pecho generoso.
Sin embargo, su mirada desprende una honda tristeza.
Quizá por pertenecer a un tiempo que la guerra se ha llevado para siempre.
La alegría desmedida de la pareja estadounidense los incomoda.
El conde es mucho más delgado que su mujer.
Lleva un bigote negro y largo que retuerce con una especie de tic nervioso a cada instante mientras dirige miradas preocupadas a su esposa.
Cuando mencionan a un tal André —probablemente su hijo—, ella deja caer una lágrima contenida y dirige un gesto extraño hacia algo a su lado.
Entonces lo descubro: un muñeco, vestido con mimo, está colocado frente a ellos como si fuera un comensal más.
La escena me estremece, y cojo la copa de vino y la bebo de golpe.
¿Representa ese muñeco al tal André? La idea me produce grima.
Ella le da de comer varias veces, limpia su falsa boca con la servilleta, lo recoloca en cuanto se inclina hacia delante.
El conde sigue los mismos gestos, con la misma pausada y sumisa delicadeza.
Y a la hora del postre piden la mousse au chocolat . Ese dolor llega hasta mi mesa.
No lejos de ellos, hay otra pareja, elegante y discreta, de mediana edad.
Ella, bellísima en su sencillez, pasa gran parte de la noche mirando por la ventanilla, absorta en lo que ocurre al otro lado.
Él, ajeno a su ensueño, juega con el tenedor, con las agujas de su reloj, con el menú, con lo que encuentra sobre el mantel.
Apenas se hablan, apenas se miran. A veces él la observa con ternura, pero ella sigue fascinada por la oscuridad del otro lado del cristal.
No toca la comida, aunque los camareros la presentan como pequeñas obras de arte y su sabor es un espectáculo que ya nos gustaría alcanzar en el restaurante de nuestro discreto hotel de París.
Me doy cuenta de que cada grupo tiene su propio ritmo, su propia música.
La pareja estadounidense estrepitosa, los condes silenciosos y nostálgicos, esta última pareja ensimismada y templada…
, y yo sola, desde mi mesa, me dejo arrastrar por la pequeña vida contenida en este vagón-palacio que parece detenido en el tiempo.
La pareja de Estados Unidos ha bebido champán desde el inicio de la cena, y, justo cuando llega mi postre —la famosa mousse au chocolat que me resulta deliciosa—, de repente él se levanta, alza su copa dejando caer unas gotas de manera poco distinguida y grita en francés, con entusiasmo:
— Champagne for all! Rebecca y yo celebramos nuestra luna de miel.
Su acento extranjero llena la sala como un eco disonante. Nos miramos entre nosotros, cómplices de la sorpresa, antes de que los camareros atiendan la petición y aparezcan, uno tras otro, como en un desfile orquestado, con bandejas de copas rebosantes.
Mientras las risas y el bullicio se extienden, mis ojos se desplazan hacia otra mesa casi oculta, no muy lejos de la mía.
El hombre llamativo. Allí está. Vuelve a sorprenderme y a arrancarme una sonrisa.
Su esmoquin —protocolo de esta primera cena— vuelve a ser curioso.
Aun así, le cae con una precisión insolente.
La tela se ajusta sin esfuerzo a su cuerpo.
Hay en él algo firme, medido, como si cada gesto hubiera sido ensayado muchas veces, y, aun así, parece espontáneo.
El cabello negro peinado hacia atrás deja el rostro despejado.
La piel, ligeramente bronceada, guarda un resto de verano que aquí, entre lámparas doradas y cristales pulidos, resulta casi una provocación.
No mira de forma evidente, pero tampoco se pierde nada.
Sus ojos recorren el vagón con una atención silenciosa, como si estuviera leyendo, al igual que yo, una historia que solo él conoce.
Y entonces me doy cuenta de lo evidente. Es el único vestido de blanco. En medio del negro impecable de los demás esmóquines, el suyo irrumpe con una claridad que descoloca. No es extravagante. Es otra cosa. Una decisión. Una forma de estar sin mezclarse. Como una rebeldía.
Desde que empezó la cena, no ha hecho un solo gesto brusco. Hay en su manera de moverse una cortesía antigua, estudiada. ¿Será un extranjero de paso? ¿Un ocioso perfecto que nunca ha tenido que ensuciarse las manos con nada que no fuera exquisito?
La delicadeza con la que sostiene la copa, la pausa antes de responder al camarero que le trae el plato, la inclinación leve de su cabeza, todo parece a la vez natural y estudiado tras largos años, o generaciones, de educación.