La pasajera del Orient Express Capítulo 10
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Capítulo 10

Aquí estoy. Cabina dieciséis. En este tren que me aleja hasta el confín más remoto, de París, de mi locura, de la suya. Y me encamino a cumplir con el destino que, desde niña, llevo grabado en mi piel.

Estoy aquí para matar a un hombre.

He sido una de las primeras pasajeras en subirse al tren.

Desde la ventanilla medio abierta, protegida tras la cortina de terciopelo azul, observo el desfile de pasajeros que se preparan para el viaje.

La estación, envuelta en un murmullo de voces y silbatos, huele a carbón húmedo y perfume.

Ante la idea de pasar casi una semana encerrados en estos vagones de lujo, todos parecen cargar con una parte de su vida: baúles apilados, sombrereras, cajas sujetas con cintas.

Aunque el sol de la tarde sigue calentando el andén, algunas mujeres se envuelven en pieles que les oprimen la cintura y caminan sobre tacones que las hacen endebles.

La mayoría de los que suben al tren —ya sea en los vagones de primera, o en los de tercera, como el mío— viajan en familia o en pareja.

Ellos, impecables, lucen bigotes de última moda y el pelo bien alisado hacia atrás, con la seguridad de quien se sabe observado.

Ellas, en cambio, avanzan tambaleantes sobre tacones altos que resuenan sobre el suelo de piedra.

Algunas fuman con gesto indolente esos largos cigarrillos que dejan un aroma dulzón.

Otras se tocan el pelo recién cortado, nerviosas aún ante la modernidad de su reflejo.

Las hay incluso más atrevidas que dejan ver una apertura sugerente en las pantorrillas, un destello de piel que la decencia todavía no ha aprendido a tolerar.

Las miro y me pregunto si he escogido bien mi vestido, el que encontré colgado en el armario de la habitación de esa bella mujer que se hospeda en el hotel desde hace unos meses.

Me sirve de disfraz. Se lo tuve que tomar prestado, hace apenas unas horas, mientras salió a dar un paseo junto al discreto conde de Toledo.

Hube de aprovechar la última ocasión que se me presentó, ya que pocas veces salen juntos del hotel.

Es una pareja tan generosa con las propinas a mis empleados que todos saben que deben sellar esas visitas con el silencio. Ya están acostumbrados.

Se lo devolveré. Y también este sombrero que agarré de encima de la mesa, lo bastante ancho para cubrirme la mitad del rostro que irremediablemente me delata. Con él, me miro en el espejo. Intento apartar mi cara fragmentada, dividida, marcada por el accidente en la semioscuridad de su cristal.

Con insistencia, me busco ver elegante, serena, segura de mí misma y de mi propósito en este viaje.

Con insistencia, sé que lo conseguiré si me miro en este espejo con la convicción que me inculcó mi madre: «Créeme, Louise, puedes ser lo que quieras en esta vida. Basta con que lo veas reflejado en este espejo».

Hasta que, a través de la ventanilla, me llama la atención un pasajero distinto a todos.

Un hombre colorido, diría yo, imposible de pasar por alto.

Viste unos pantalones rojos, una chaqueta de cuadros ceñida que realza su porte y un sombrero que, juraría, es de copa.

Detrás de él, un mozo jadeante corre con una torre de maletas que parece no tener fin; nadie más trae tanto equipaje ni con tanto desparpajo.

Hay en él algo que desborda cualquier expectativa; quizá su altura, su aplomo o su elegancia tan excéntrica.

Pero lo más insólito no es su atuendo, sino la criatura que lo acompaña.

De su mano camina una mona albina joven vestida con un pequeño abrigo de encaje.

La lleva como quien conduce a una hija, con ternura, casi con orgullo.

Cuando cualquiera habría pensado que se dirigían a la cabeza del tren, hacia los vagones de primera, este peculiar pasajero y su insólita acompañante acaban de subir a mi vagón.

Me ha sorprendido verlos aquí, tan cerca, con los menos nobles del conjunto de viajantes.

Hasta que lo comprendo. ¡Claro! Con la mona, solo se le permite viajar en tercera clase.

Entonces, mientras el tren suspira bajo el peso de, imagino, tantas historias, sonrío para mis adentros, segura de que este hombre y su mona traerán consigo algo más que equipaje.

Hasta que se vuelve a abrir el telón. Cuando ya pensaba que el tren estaba a punto de partir y que el andén se vaciaría de viajantes, no salgo de mi asombro al ver que se acerca una comitiva de hombres, todos vestidos de negro.

Avanzan con unos andares tan pomposos que resultan cómicos; son más de veinte, y su paso firme tiene algo de coreografía militar.

¿A quién escoltan? En medio de ellos, más distinguido y solemne que ninguno, el famoso nuevo presidente de la República, Paul Deschanel.

¡No puede ser! Lo reconozco enseguida gracias a su inconfundible bigote, que se alza, entre todos sus acompañantes, como dos remolinos cuidadosamente modelados.

Más que un adorno, parece una declaración de estilo y de voluntad de llamar la atención.

Intenta reflejar su carácter meticuloso o un afán por mantener una imagen digna y refinada.

Este presidente tan peculiar, que apareció como el gran vencedor de Clemenceau, sale en las notas de los periodistas no por sus logros en un país devastado tras la Gran Guerra, sino por sus farsas, rarezas y locuras.

En pocos meses, ha conseguido alegrar a todos los franceses actuando —no debería escribir esto— como un verdadero payaso.

Sus actos disparatados han salido publicados en la prensa.

Entre ellos, se informó de que, en un acto en un colegio, cuando las alumnas le entregaron un ramo de flores, él lo deshizo en ese mismo instante y entregó una flor a cada una de ellas.

Recuerdo que, otro día, apareció subido a un árbol en pleno boulevard Saint-Germain.

Puede deberse al ambiente posbélico; es cierto que esos comportamientos inusuales, chocantes, se dejan ver en nuestra época, más después de una guerra en la que todos hemos salido afectados. Dañados. Pero ¿que un presidente se comporte así?

Poco a poco, mientras el tren está a punto de emprender su lento deslizar y París por fin desaparecerá en la distancia envuelto en ese gris que se adhiere al alma, empiezo a sentirme una más entre esta galería de distinguidos personajes.

A pesar de ser una viajera cansada, una mujer que huye de sí misma.

Estoy a punto de creerme una elegante escritora de verdad cuando un pensamiento, agudo y certero, me atraviesa como una bala: «¿Qué hago aquí?».

Y me repito: «He venido a matar».

Aunque el pasajero que espero no ha subido aún al tren.

Cuando ya empiezo a dudar —del trayecto, del propósito, incluso de mi propia determinación—, lo veo aparecer entre el humo y el murmullo del andén.

Acompañado de su mujer, se dirige a su vagón —en primera clase— encorvado por los años, más pequeño de lo que recordaba, como si el tiempo lo hubiera ido doblando con la misma paciencia con que dobla la madera.

O la maldad, según lo que contaba mi madre en su lecho de muerte.

Con su simple presencia en este tren donde yo estoy también, observando, unos vagones más hacia la cola, mi cuerpo se tensa como si reconociera antes que mi mente el motivo de este viaje.

Esa sombra. Esa sombra que me persigue desde mi infancia. Vengo a por ella.

La sombra del doctor Jean de Montilac. Y, ante su nombre, debo dejar de escribir un instante.

Me tiembla el pulso.

Hasta que suspiro. Por fin, el Orient Express arranca. En cuestión de días, todo habrá terminado. En cuestión de días, podré empezar de nuevo, bajo otro nombre, bajo otra identidad, en un lugar perdido del que no hablo ni su idioma. Será mi forma de desaparecer.