La pasajera del Orient Express Capítulo 9
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Capítulo 9

En su diminuta cabina, Flavie dejó caer el vestido imposible con un gesto dramático. Literalmente, se lo arrancó como si le quemara. ¿En qué momento pensó que podía respirar dentro de eso?

Se acarició el tatuaje, se puso la vieja camiseta negra de AC/DC —su armadura real— y se metió bajo las sábanas como quien se esconde del mundo. El algodón frío sobre la piel le supo a victoria pequeña, a un «ya estoy en mi casa», y con gesto aprendido abrazó a su dragón.

Fuera, el tren seguía con su traqueteo constante.

«El movimiento me dormirá», pensó. Pero se equivocaba.

Ojalá dormirse fuera tan fácil como desconectar el móvil.

En el fondo, seguía sin querer estar allí.

Esa colección de famosillos con los que se encontraba viajando, de perfumes carísimos, de fotos incesantes y risas histriónicas, era justo el tipo de escenario del que siempre había querido escapar.

Aunque, según Nacho y su madre, ese era su sitio.

Donde debía estar la Flavie escritora de éxito.

La versión editada. La presentable. La que sonreía en las fotos.

Y, sin embargo, nunca se había sentido tan fuera de lugar.

La soledad la abrazaba más fuerte que el traqueteo hipnótico del tren. Dentro del sufrimiento que sentía, sus brazos eran cálidos.

¿Y si no regresara?

La idea apareció de repente, como una notificación inesperada.

¿Y si al terminar el viaje simplemente… desapareciera?

Cambiar de número. Cambiar de ciudad. Vivir sin pedir permiso.

Se imaginó caminando ligera, hablando sin calcular cada palabra, escribiendo sin pensar en las ventas ni los titulares.

Siendo ella. Sin filtros.

Lejos de su casa, sí. De ese espacio en ese barrio imposible donde su madre y Nacho habían elegido la jaula de oro en la que vivir.

«¿París?». Esa posibilidad le encantó. París le corría por dentro.

Desde pequeña, su madre le contaba lo mismo.

Historias que parecían nuevas, pero que Flavie podía recitar de memoria.

Recuerdos que, más que contados, eran invocados.

Allí, en el corazón del Barrio Latino, en esa placita medio escondida junto a la iglesia —tan cerca de Saint-Germain-des-Prés—, su madre había conocido a aquel cuyo nombre nunca pronunciaba: su padre.

Cada vez que regresaban a París, el ritual se repetía. Caminaban hasta aquella plaza donde el tiempo parecía haberse quedado quieto. Entonces su madre, con la voz un poco más frágil de lo habitual, señalaba el punto exacto: «Ahí lo vi por primera vez», «Aquí hablamos», «En ese banco nos sentamos».

Siempre fijaba las mismas coordenadas.

Ese verano de 2001 que Flavie no había vivido, pero conocía mejor que su propio cumpleaños, era el cimiento invisible de su existencia.

De niña, todo aquello le parecía romántico. Preguntaba por las conversaciones, por las miradas, por las veces que se cruzaron aquel verano. Quería saberlo todo. Y su madre repetía la historia, casi palabra por palabra.

Hasta que Flavie empezó a notar algo.

En ocasiones la versión cambiaba. La cronología se desordenaba. El color del banco. La plaza. Los días del verano. La primera frase dejaba de ser la misma. Pequeñas variaciones. Casi imperceptibles. Pero no para ella.

Lo percibía.

Al principio dudaba de sí misma. Pensaba que quizá estaba confundiendo los detalles. Pero no. La historia se movía. Se ajustaba. Como si su madre estuviera editando el pasado cada vez que lo contaba.

Entonces se enfadaba.

—No fue así —le decía casi acusándola.

—¡Ah, no! Tienes razón… Fue un amor tan fugaz que ya no recuerdo bien —explicaba su madre al final.

Y terminaba reconociendo que se perdía, que olvidaba, que ese recuerdo le hacía mucho daño. Que removerlo era abrir una herida que nunca cerraba del todo. Porque vivía, día a día, con la consecuencia de ello: Flavie.

Y ahí venía siempre la misma lección:

—El amor no existe. Nos abandonó.

—Pero ¿quién es mi padre? —acababa gritándole Flavie, ya sin paciencia ni romanticismo.

Su madre rompía a llorar.

—Tú solo quieres matarme…, como él. De dolor.

Flavie se quedaba ahí, atrapada entre la culpa y la rabia, sin saber si estaba buscando la verdad… o intentando salvarla de un fantasma que nunca terminaba de irse.

Por eso escribía.

Para poner en orden esas historias.

O para demostrar que lo que su madre llamaba «fugaz» podía ser, en otro universo, «para siempre».

Y tal vez, pensaba ahora mientras el tren seguía avanzando en la oscuridad, toda su vida no había sido más que un intento de corregir ese verano de 2001.

Se dio la vuelta en la cama. El cansancio estaba ahí, instalado en su cuerpo, pero no la rendía. Tras más de media hora intentando negociar con el sueño, asumió la verdad: no iba a venir.

No había contado con el movimiento del tren.

Muy Orient Express, muy mítico, muy elegante…

, pero al final no dejaba de ser un cacharro sobre raíles.

Había oído que de noche reducía la velocidad para que los pasajeros durmieran mejor.

A otros los ayudaba a hacerlo. Pero ella sentía como una alarma su traqueteo.

Constante. Obstinado. Como un pensamiento que no se apagaba.

El zumbido metálico de las ruedas sobre las vías le vibraba en los huesos.

Qué ruido más insoportable. Y luego oía los otros ruidos.

Los que venían de fuera… o de dentro. Los fantasmas que le recorrían la cabeza, las voces, las preguntas sin respuesta.

Todo amplificado por la oscuridad. Se giraba de un lado a otro buscando en vano un rincón de calma que la noche le negaba.

Hasta que se rindió a la evidencia. Necesitaba una de esas pastillas contra el insomnio que la noqueaban.

Apartó las sábanas con desgana, encendió la lamparita y se acercó al pequeño mueble lavabo.

Tuvo que abrir varios cajones, arrancarlos casi, hasta dar con el del pastillero.

Aquel mueble, pensó de pronto, albergaba tantos recovecos que en ellos podría esconderse el mundo entero.

Hasta que se vio. Delante, el espejo parecía esperarla. Atraerla con una brisa temblorosa. Y, al mirarse de frente, su rostro la sorprendió al instante.

Desvió la vista mientras se le alteraba la respiración. Intentó dominar el primer temblor de miedo que se apoderó de ella. Pensó en pulsar ese botón que le había indicado el camarero-fotógrafo-mayordomo y exigir un cambio inmediato de cabina.

Sin embargo, se esforzó por dominar su respiración. Se calmó. Volvió a posar las pupilas en el espejo. Y sostuvo la mirada como quien se compromete a ganar un pulso.

Vio su rostro de nuevo y trató de mantenerlo en el reflejo. Hasta que este comenzó a desvanecerse.

Entonces se preguntó: «¿A quién demonios tengo delante?». Y se quedó mirando un buen rato.

Físicamente, sí, era ella, Flavie. Aunque quizá un poco mayor. O en blanco y negro. Su pelo rojizo había perdido la textura. Sus ojos ya no eran tan verdes, pero eran más grandes, más profundos. Sus finos labios estaban ahora más hinchados. Las mejillas, hundidas. Ese rostro… no era el suyo.

Reconocía sus facciones y las tocaba con la yema de los dedos sobre el cristal ennegrecido del espejo.

Pero al instante, como si dibujase en el agua, se desvanecían.

El reflejo volvía a su forma original, descompensado.

Como si el lado derecho hubiera tomado otra forma.

O quizá era el izquierdo el que desentonaba.

¿Miraban sus ojos o miraba su mente? Le costaba saber si aquella visión inverosímil era culpa del espejo, de la oscuridad de la cabina, de la noche que se había posado sobre el cristal como un velo… O de su propia imaginación.

Desde el otro lado del espejo envejecido, alguien la observaba. El reflejo de una mujer desconocida, una identidad ajena que se asomaba desde otro momento. La superposición de ambas —casi perfecta— era fascinante.

¿Se conocían?

Deslizó la palma sobre el cristal sintiendo la frialdad de la materia, como si al tocarlo rozara el rostro de aquel personaje encerrado en el tiempo que parecía querer comunicarse con ella. Allí estaba. La otra pasajera.

Solo Flavie podía advertir la diferencia: en la rigidez del gesto, en la determinación de su quieta mirada. Era la anterior. La pasajera que, durante años, había habitado esa cabina clausurada. La mujer cuyo diario había descubierto en el sillón.

Había llegado el momento.

Abrió el cuaderno lleno de polvo y empezó a leer. Lo primero que vio fue su nombre. Esa mujer, la que escribía, la del espejo, se llamaba Louise.