Capítulo 8
Nicolás terminó de recoger las últimas copas en el vagón restaurante mientras el tren deslizaba su silueta negra por la noche cerrada.
Renée ya había abandonado su banqueta frente al piano de media cola blanco, y François había puesto punto final al bar de cócteles después de que todos los pasajeros hubieran desaparecido hacia sus habitaciones.
Esa primera jornada a bordo del Orient Express no había sido como las demás, ¡el viaje prometía!
, se dijo Nicolás. No solo por esos nuevos y más histriónicos pasajeros, todo había que decirlo, elegidos con ojo por su jefe para atraer a otro tipo de público, que habían conseguido renovar el viejo trasto, sino también porque un ambiente más vibrante resonaba en él.
Además, ahora tenía, por primera vez, doble función. Desde una esquina del vagón, con el cuidado de quien espía sin quererlo, Nicolás había seguido las instrucciones del editor al pie de la letra: retratar a la escritora como si fuera una aparición.
Hacía apenas unas semanas, su móvil sonó mostrando un número desconocido.
«Nacho Atienza, editor», se presentó, y le dijo que quería encargarle un reportaje fotográfico sobre una gran escritora: Flavie Sardou.
En esos momentos, Nicolás no tenía ni idea de quién era.
¿Cómo sabía aquel hombre que él era fotógrafo?
Según le explicó, había revisado el historial de cada uno de los trabajadores del tren.
Pero no le pedía fotos al uso. No debía retratar a Flavie Sardou como pasajera, ni siquiera como escritora, sino que debía hacerlo como si fuera la encarnación exacta de las heroínas decimonónicas que llenaban sus novelas.
—¿Y eso cómo se hace? —preguntó Nicolás sin poder disimular su ignorancia.
—Como sacadas de un cuadro de Julio Romero de Torres —le dijo Nacho sabiendo que, si era tan listo como parecía, ese joven iría directo a abrir Wikipedia para saber de quién le hablaba—. Una chica que no encaja en el presente —concluyó.
Tras salir de la sorpresa, lo primero que Nicolás hizo fue llamar a su hermana, la única lectora voraz de la familia.
Al oír el nombre de la escritora, se entusiasmó al instante: «¿Vas a ser el fotógrafo de Flavie Sardou?
¡Menuda pasada! ¡Te encantará! Es magnética.
¿Has mirado su Instagram? ¡Lo vas a flipar!
No hay nadie que no conozca a Ziana. Yo me he leído todos sus libros.
Lo cierto es que Flavie Sardou me gusta tanto como lo que escribe.
¡Es lo que necesitas para saltar al estrellato con tus fotos! ».
Arancha, siempre efusiva, tenía una visión más amplia del mundo que él.
Lo supo en cuanto ella le explicó los detalles del encargo como si fuera lo más natural.
Nicolás no le recordó que lo suyo era fotografiar paisajes —la luz de los valles al amanecer, los matices verdes de un sendero húmedo tras la lluvia— y no los retratos.
Las personas, sinceramente, lo traían al fresco.
Es más, fotografiar rostros le resultaba incómodo, como si invadiera algo que no era suyo.
Estuvo a punto de decirle que por eso viajaba.
Porque el paisaje no esperaba nada de él.
Pero no lo hizo. ¿Qué importancia tenía?
Nadie en su familia tenía ni idea de quién era él en realidad, más allá de un simple camarero en una compañía ferroviaria.
Salvo Arancha, dudaba que alguien supiera qué era el Orient Express.
Ni él, de hecho, cuando se lo propusieron.
Nicolás recordaba con cierta vergüenza que apenas había conseguido aprobar la secundaria.
Solo su abuela, quien acogió a los dos hermanos cuando sus padres murieron, había visto algo en él.
Fue ella quien insistió en que hiciera aquel curso de fotografía.
«Haz lo que te guste», le dijo, con ese brillo en los ojos que tienen las personas que ya lo han vivido todo.
Claro que ahora era distinto. Retratar pasajeros podía costarle el puesto, y así se lo había explicado a ese tal editor. Y si no hubiera sido por Arancha, por esa mezcla suya de insistencia y ternura, le habría dicho que no aceptaba.
Como Nacho le había aconsejado, miró las redes de Flavie.
Lo que encontró fue un perfil de lo más variopinto.
Fotografías extrañas, sin una intención artística evidente, de una mujer disfrazada.
Guapa, sí. Pero esas imágenes parecían sacadas de otra época.
Algunas hasta estaban mal encuadradas, sin alma. Tomadas como por accidente.
Volvió a llamar a Arancha.
—¿Tú sabes si en esa época se llevaban trajes de una sola manga?
—Para nada. En el primer tomo de las aventuras de Ziana, dice que de niña vivió un incendio en la cocina de su casa y se quemó un brazo —le contestó su hermana.
Seguro que Flavie, la escritora, escondía algo, se dijo Nicolás, y quizá por eso acabó aceptando la propuesta de Nacho. Aunque se jugara el puesto, descubriría qué ocultaba. Esa noche había cenado con un traje de una sola manga.
Las fotos que le había sacado a contraluz durante la cena conversando animadamente con el excéntrico Lussac acabarían desperdigadas en el escaparate luminoso de las redes sociales, retocadas apenas, como si fueran escenas robadas de una vida que en realidad ya no existía para nadie.
Pero, en ellas, esa joven parecía un personaje diferente al que intuía Nicolás.
Aunque a él le habían pedido unas pocas fotografías, terminó disparando muchas más.
Quizá porque Flavie Sardou parecía, en efecto, no pertenecer del todo al vagón, tampoco al presente, ni siquiera a la realidad juvenil a la que querían atraer.
Cada gesto suyo contenía algo más grande.
Algo que no podía explicar, pero que necesitaba captar con su cámara…
, aunque acababa de decidir que no enviaría algunas de esas fotos. Se las quedaría para él.
Cuando entró en su cabina de empleado, su compañero ya dormía en la litera de arriba, respirando con la profundidad de quien carga encima una montaña de cansancio.
Nicolás se sentó en el borde de la cama, abrió la ventanilla y dejó que el aire frío se colara en la angosta habitación. Tal vez así lograra apaciguar su mente.
Fuera, los campos nocturnos pasaban como un río negro, sin forma.
Una sucesión de sombras, de luces, de árboles lejanos.
Le gustaba verlos desfilar a toda velocidad, ajenos al paso humano, al ruido, al extraño mundo en el que vivían.
Quizá también él fuera una especie de outsider , siempre viajando de aquí para allá como si huyera de algo.
Esa mujer había sacudido algo que creía enterrado en lo más profundo de su ser.
Y tal vez por eso, a pesar de sus reticencias, Nicolás le había hecho más de cien fotografías.
No podía evitarlo. Deseaba retratarla. Detener con su cámara cada gesto, cada movimiento, cada mirada de esa belleza que apenas le dejaba pensar en otra cosa.
Flavie le provocaba una mezcla de admiración, ternura…
y un deseo inesperadamente feroz. Mientras ella cenaba acompañada de ese viejo, no había podido apartar la mirada de ella.
Cada leve movimiento en su rostro confirmaba lo que ya había intuido: tenía algo de amazona, de criatura encantadora e indomable a partes iguales, que lo volvía loco.
Pero hubo algo que encendió en él una esperanza vaga. Habían cruzado varias miradas. No una, no, ¡varias!, estaba seguro de ello. Mientras hablaba con el chalado de Lussac, había visto un brillo en sus ojos cuando lo buscaba y cierta tranquilidad al constatar que ahí estaba, en la sala, con ella.
En las fotos que ahora miraba en el móvil, esos ojos verdes contenían un mundo entero: temor, inquietud, hasta un eco de tristeza… Y, más allá de todo eso, un abismo que parecía conducir a la desolación.
Hasta que un pensamiento abrupto lo arrancó de golpe del recuerdo.
La cabina dieciséis.
Aquello que, hasta entonces, le había pasado inadvertido lo golpeó con una fuerza extraña.
¿Por qué demonios la compañía había decidido, de repente, asignar esa cabina a una pasajera?
Todos la conocían como «la habitación del espejo» .
Había oído historias, rumores, nada concreto.
Pero nunca les prestó atención. Por su tamaño —mucho más reducido que el de las demás—, o por esas leyendas que se susurraban en los pasillos, nadie la ocupaba.
Desde que trabajaba para la ferroviaria francesa, era la primera vez que la veía.
Recordó, de pronto, una noche que pararon en Budapest y los empleados pudieron tener unas cuantas horas libres.
Fue durante su primer año en el tren. Esa noche corrió el vino malo hasta altas horas de la madrugada.
Charlotte, la chef del restaurante Cinq Étoiles, que no era más que cocinera por aquel entonces, se soltó a hablar más de la cuenta.
Explicó, entre risas, que su abuela había trabajado en el Orient Express durante los primeros años del siglo XX y que le había contado todo tipo de anécdotas sobre viajes malditos, pasajeros que no llegaban nunca a su destino y espejos que reflejaban cosas que no estaban.
Nicolás no prestó atención al discurso de Charlotte, sino que estuvo más pendiente de su cuerpo menudo y eléctrico, que parecía poseído mientras contaba historia tras historia.
También de su boca rápida hablando acaloradamente y captando la atención de todos los demás empleados.
Y luego, al final de la noche, por extrañas coincidencias del destino, los dos acabaron enlazados en su cabina.
Una aventura sin continuación, para gran descontento de Charlotte, que todavía le guardaba rencor desde entonces, aunque intentaba seducirlo de vez en cuando.
Solo una frase de aquella noche le vino de repente a la mente: «Mi abuela nunca me dejó entrar en la cabina dieciséis».
Y, ahora, esa joven escritora estaba allí.
Sola. En un viaje que apenas había comenzado.