La pasajera del Orient Express Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—No hará falta —respondió Flavie, divertida y halagada de que el camarero se preocupase por ella—. El señor Lussac va a cenar conmigo esta noche. Y, de hecho, me puedes traer otra copa de champán.

—Ya ha oído a la señorita, Nicolás —dijo Fabrice, con cierto aire triunfal—. Champán y mi langosta. ¡Es mi plato preferido! Pero sin el coulis de frambuesa, que no le pega ni con cola.

Fabrice Lussac de Vilmorin era, como su nombre sugería, sofisticado hasta el extremo, con un refinamiento que rozaba lo femenino. Había en él algo de personaje literario, como si viniera rodeado de una ficción personal, imposible de sostener en la modernidad tecnológica en la que estaban inmersos.

Quizá Nacho no estaba tan desencaminado cuando le dijo al despedirse que en ese tren conocería a todo tipo de personas inspiradoras.

—Y bien, ¿qué hace una joven con tan brillante porvenir viajando sola en el Orient Express? —preguntó Fabrice mientras probaba la langosta.

—Hoy en día ya no basta con escribir; ahora el artista debe venderse, hablar de sí mismo, mostrarse todo el rato, subir selfis en sitios exóticos, crear hype…

Ser poco menos que un muñeco para entretener a posibles lectores.

Así que he venido con esta panda de influencers que ve en otras mesas a promocionar este tren singular y, de paso, según mi editor, a escribir mi siguiente entrega.

—Dado que Flavie no quería hablar de ella, preguntó a Fabrice—: A mí me interesa bastante más saber qué hace usted viajando solo.

Llama a los camareros por su nombre, se desenvuelve como si esta fuera su casa…

No me diga que ya ha hecho este viaje más veces.

Él no contestó de inmediato. Le sonrió mostrando un cariño que parecía haber nacido años antes.

—Me gusta rodearme de un tiempo que se marchitó hace décadas —afirmó con nostalgia—. A pesar de que todo aquí es una falsa copia, yo vivo mi propia película.

—Y, dígame —siguió Flavie—, ¿cómo es que habla usted tan buen español?

Fabrice sonrió de nuevo.

—Es usted una verdadera detective, señorita. Hubo un tiempo —dijo en el mismo tono melancólico— en que creí tener orígenes españoles y pasé años viajando por Andalucía, por Castilla…, pero al final regresé a Francia.

—Cuando dice «viajando», ¿es porque no encontró a sus antepasados?

Fabrice se quedó pensativo.

—Es cierto. Hasta los dieciocho años viví en una especie de no-lugar, sin identidad propia y rodeado de mujeres.

Flavie lo miró desconcertada.

—¿Y cuál era ese lugar en el que solo vivían mujeres?

—El hospital de la Salpêtrière —respondió, esa vez con un perfecto acento francés.

—¿El hospital psiquiátrico? —repitió ella.

—Sí, pero no es lo que usted se imagina —aclaró Fabrice tras acabar con todo su plato—. ¡Le recomiendo que pruebe la langosta, está deliciosa! Es una de las especialidades de Charlotte Wilkenstrum, la famosa chef de este tren. Tiene un carácter arisco, pero cocina como los ángeles.

—¿Qué hacía usted en ese hospital? —insistió Flavie, a quien la comida nunca le había dicho gran cosa, y menos la langosta.

—Mi madre era la supervisora de las enfermeras. Se quedó embarazada muy joven y, para no causar mayor escándalo dentro de una familia que ya acumulaba alguna que otra historia rocambolesca y mal vista en provincias, aceptó ese trabajo y nos aislamos del mundo durante mis primeros dieciocho años.

—Debió de ser muy duro crecer así, rodeado de tanta locura —dijo Flavie, que no tenía claro si aquel hombre estaba tan cuerdo como aparentaba o si, en realidad, era uno más de los pacientes de la Salpêtrière.

—Uno se acostumbra a todo. Como dice mi viejo amigo Beigbeder, hoy en día todos somos víctimas.

Para un niño como yo, fue una suerte vivir en aquella especie de ciudad dentro de París.

Pero luego, claro, me resultó difícil acostumbrarme a las estrecheces de un apartamento.

Y ya ni le cuento cuando se trata de una cabina ferroviaria, aunque sea en el Orient Express.

Fabrice desvió la mirada hacia la ventanilla unos instantes, como si la velocidad del tren pudiera desatar sus recuerdos. Y siguió con su fascinante relato.

—Mi madre, a quien todas las enfermas del hospital adoraban por su dulzura y buen humor, se ocupaba de un ala reservada a las mujeres con los trastornos mentales más graves.

Al final, acabé criado no solo por ella, sino también por esa microsociedad, sus propias familias, sin ir más lejos, y luego por el resto del mundo.

Para mí, siempre fueron mujeres mucho más lúcidas, visionarias y divertidas que el resto de las personas que conocí más adelante fuera del hospital.

Y desde entonces me siento más a gusto con la gente diferente, marginal.

Flavie empezaba a comprender por qué aquel tipo parecía haber vivido toda su vida en ese tren.

—Como yo… —dijo al fin.

—Por lo que veo, no es usted la típica joven de nuestro siglo.

En ese momento, Nicolás regresó con otra copa de champán y otro martini. Flavie lo observó de reojo, justo antes de que desapareciera tras la puerta de la cocina.

—No debería usted beber más, señorita —dijo Fabrice con amabilidad—. Noto en sus ojos… cansancio. Como también…

—¿Va a empezar a hablarme como si fuera mi madre? —le cortó Flavie, claramente molesta.

Fabrice se quedó unos instantes en silencio.

Alrededor, las conversaciones de los demás pasajeros habían subido varios tonos, mezcladas con el tintinear de las copas y la música en vivo —ligera y alegre— desde el bar del vagón contiguo, que mantenía las puertas abiertas.

Desde la distancia, Nicolás no la había perdido de vista durante toda la cena.

A veces tenía la impresión de que sus miradas se cruzaban, pero no podía asegurarlo.

De cuando en cuando, se acercaba a la mesa para comprobar si todo iba bien entre su pasajera y el viejo y excéntrico Lussac, y comprobaba que, a pesar de la edad y de que ninguno de los dos parecía especialmente sociable, se entendían de maravilla.

Al terminar el postre, una charlotte aux fraises avec chantilly de la casa, Nicolás se acercó de nuevo a su mesa y les anunció que podían pasar al bar, donde François, el mejor barman de Francia, servía unos cócteles increíbles.

Se sabía el discurso de memoria, pero esa vez miró a la joven con ganas de poder probarlos con ella.

Aun así, añadió con firmeza:

—Creo que mademoiselle Sardou debería regresar a su cabina. Hoy ha sido un día largo.

Flavie le sonrió asintiendo. Nicolás le despertaba confianza.

El ruido —o quizá el champán— le estaba dando dolor de cabeza.

La noche se había alargado más allá de lo razonable, y las palabras de Fabrice, sus historias, seguían vibrando en su interior: fragmentos sueltos de una vida peculiar que ahora se agitaban en su memoria como mariposas desorientadas.

Deseaba volver a su cabina. Estar sola y pensar.

Se acordó entonces del cuaderno que había encontrado en su habitación, y una nueva curiosidad empezó a crecer dentro de ella. Esbozó una sonrisa y, girándose hacia Fabrice, le dijo con educación aprendida:

—Ha sido un verdadero placer conversar con usted. Espero que mañana podamos seguir hablando. Tengo la sensación de que nuestra charla no ha hecho más que empezar.

—Lo mismo le digo, señorita. —Acto seguido, se dirigió al camarero—. Por favor, acompañe a la señorita Sardou a la cabina dieciséis.

Mientras caminaban, Flavie sentía que algo nuevo germinaba en su corazón.

El día, más que apagarse a través de esas ventanillas en movimiento, acababa de encender sus luces más preciadas, las de la inspiración.

Y ahora, en su espíritu, todo parecía distinto.

La historia de un hospital psiquiátrico, el eterno viajero, el cuaderno encontrado; nada de eso encajaba precisamente con la novela del Orient Express que tenía Nacho en mente, pero sí quizá con la suya.

No fue hasta estar sola en su cabina cuando una frase la golpeó en la cabeza como un martillo: ¿cómo sabía Fabrice Lussac que ella se hospedaba en la cabina dieciséis?