La pasajera del Orient Express Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Con calma, fue dándose cuenta de que conocía a varios de ellos.

En la mesa de la entrada estaba ese extraño tiktoker con su pareja.

Era famoso por grabarse llorando en aeropuertos y reconciliándose en hoteles de cinco estrellas, por convertir cualquier desayuno en una experiencia emocional, por hablar de vulnerabilidad con un anillo que costaba lo que un año de alquiler.

Decía que ayudaba a su generación a sentir sin culpa.

Tenía millones de seguidores. Al igual que en los vídeos que subía, llevaba el pelo peinado hacia atrás, tan rígido como si en vez de gomina se hubiera puesto pegamento escolar.

Tenía la piel como de bebé, demasiado uniforme.

No había pretendido ocultar el maquillaje, que brillaba bajo las lámparas del vagón.

Sonreía a todos y a ninguno, mostrando sus dientes, algunos de los cuales debían de ser todavía de leche.

Detrás de él —supuestamente a su lado, era difícil saberlo— se encontraba su pareja.

Otro joven igual de pulido, aunque no famoso, con las cejas delineadas y el mismo brillo calculado en los labios.

Vestía de un modo algo más neutro, con prendas caras que se suponían elegantes hoy en día, nada parecidas al esmoquin que exigía la etiqueta del tren de lujo.

Era cierto que con ese tour de promoción al que todos habían sido invitados, más o menos, se pretendía dar un aire joven al viaje, aunque sin dejar de lado la visión de dinero.

El tiktoker sacó el teléfono e hizo amago de subirse a la banqueta para hacerse una selfi con su compañero, pero al instante se le acercó un camarero que le triplicaba la edad.

—Señor, tenga cuidado —dijo educadamente—, no se vaya usted a caer con el movimiento del tren.

El tiktoker giró sobre sí mismo, se volvió a sentar e, intentando encuadrar la madera barnizada, las lámparas doradas y el pasillo estrecho, se puso a sonreír hacia la pantalla con una ternura impostada.

Entonces su mirada se cruzó con la de Flavie.

Tardó unos segundos en reconocerla de las redes. No era evidente, sus públicos no solo no tenían nada que ver, sino que debían de ser opuestos. Le sonrió con un gesto eléctrico que pretendía complicidad. Flavie le devolvió la sonrisa, pero enseguida apartó la vista con educación.

Un joven de buena planta, aunque con ese aire indefinible que delata al extranjero, cenaba también en soledad.

Su presencia desentonaba ligeramente con la armonía estudiada del vagón; no por descuido, sino por una elegancia distinta, menos ceremoniosa, más espontánea.

Tampoco respetaba del todo la etiqueta exigida, lo que lo convertía en un reflejo discreto de la propia anomalía de Flavie.

Sus manos descansaban cerca del plato sin decidirse a actuar, y su mirada vagaba hacia la ventanilla, donde la oscuridad parecía devolverle una versión de sí mismo que no le disgustaba.

De vez en cuando, ajustaba apenas si la espalda o movía la copa sin beber, pequeños gestos que delataban una tensión contenida, una espera sin objeto claro.

Hasta que vio que Flavie lo observaba, y le sonrió con un destello en la mirada, que Flavie esquivó al instante.

Más allá, una pareja de edad avanzada conversaba con un camarero en un inglés americano.

Había en su manera de hablar la seguridad de haberse movido siempre en ambientes sofisticados.

Flavie los observó con una mezcla de curiosidad y distanciamiento.

Debían de ser pasajeros reales, pensó, de los que no necesitaban justificar su presencia con invitaciones, colaboraciones o favores cruzados.

Habían pagado su lugar en ese tren, y eso se notaba en la forma en que ocupaban el espacio, en la naturalidad con la que pertenecían al lujo sin subrayarlo.

Sus ropas, impecables sin resultar ostentosas, hablaban de un dinero antiguo o, al menos, de uno bien aprendido.

Él inclinaba ligeramente la cabeza al escucharla; ella le sonreía con una calma que parecía haber sobrevivido a muchas versiones de sí misma.

No había prisa en sus gestos ni necesidad de impresionar.

Eran, en cierto modo, ajenos al murmullo invisible que recorría el vagón: ese juego de miradas, expectativas y pequeñas inseguridades que los más jóvenes, sin saberlo, llevaban consigo como equipaje adicional.

Hasta que, de repente, desde el otro extremo del vagón, entre la quietud de los comensales y el ruido de los cubiertos, alguien con una copa casi idéntica a la de Flavie le hizo una señal en su dirección.

Un leve movimiento de la mano, una sonrisa que no buscaba complicidad, sino una invitación tácita, como si la propia escena fuera una coreografía en la que él esperaba que ella diera el siguiente paso.

Flavie rasgó la mirada con una delicadeza calculada.

¿Lo conocía?

Era un hombre mayor, elegante y cuidado.

Una especie de dandi tan acorde con el tren que parecía vivir en él y no ser un simple pasajero.

Aparentaba unos sesenta años bien llevados, quizá más.

Tan delgado que parecía más alto. Su mirada de ojos claros estaba clavada en Flavie de manera poco discreta.

Tenía el pelo canoso peinado con gomina hacia atrás; como ella, no seguía la moda, sino una elegancia atemporal.

Una especie de James Stewart sacado de una película de los años cincuenta, el tipo que nunca pasaba desapercibido, extravagante para unos, enigmático y muy atractivo para otros.

Flavie le sostuvo la mirada con cierta diversión.

El desconocido debió de sentirse invitado ya que se levantó de su asiento y, como si hubiera ensayado la escena varias veces, avanzó hacia ella con total seguridad.

Flavie endureció el rostro. Nadie más en el vagón parecía percatarse.

La conversación de los otros pasajeros había retomado su curso, el piano de fondo tocaba una melodía de Richard Clayderman, con un tono que indicaba la alegría del momento.

No era del todo el miedo a un extraño, sino el leve estremecimiento de reconocer en él algo que procedía de un recuerdo.

Tomó la copa de champán y bebió para disimular su inquietud.

Él iba vestido con un traje oscuro, impecable, claramente hecho a medida; de un gran sastre, sin duda, quizá parisino.

En lugar de pajarita, llevaba un voluminoso pañuelo de seda de colores intensos que parecían desafiar el gris de la noche.

La camisa blanca, apenas abierta en el cuello, insinuaba cierta despreocupación estudiada.

—Parece que esta noche compartimos el privilegio de cenar solos. ¿Me permitiría acompañarla?

Flavie se quedó inmóvil un instante. Su desconcierto no venía tanto del gesto en sí como de la forma en que se lo había dicho, con una cortesía sincera, sin afectación. Como si de verdad no esperara nada a cambio.

—¡No se confunda! —respondió con voz cortante—. Usted no sabe nada de mí ni si viajo sola o acompañada.

Estaba acostumbrada a ir con su madre a todas partes, y a mentir, si era necesario. Sobre todo, ante esos hombres que creían que la cordialidad podía cruzarse con la intimidad.

—Discúlpeme, pues. He debido malinterpretar.

Él no insistió, y fue quizá esa muestra de elegancia al aceptar su deseo lo que hizo que Flavie cambiara de opinión.

—Lo siento —dijo de pronto, su voz ya más suave—. Lo cierto es que sí que viajo sola. Pero lo hago por trabajo.

—Entonces es usted aún más interesante de lo que ya pensé cuando la vi entrar. Me pareció la Jeanne de la novela Une vie , de Maupassant. Pero, dígame, ¿quién viaja por trabajo en el Orient Express?

—Sé perfectamente quién es Jeanne Le Perthuis des Vauds —respondió Flavie, sorprendida, pero encantada por el comentario—. ¿De dónde ha sacado que me parezco a ella? ¿Y quién, hoy día, sabe quién es la protagonista de Une vie ?

—He jugado con ventaja —admitió él con una media sonrisa—.

He visto que dedica su primera novela a ese romántico personaje.

Que era, además, la novela favorita de mi madre.

Brindemos, pues, por lo inesperado. ¿Le importaría si pido al camarero que me traiga la copa de mi mesa?

A las jóvenes como usted les enloquece el champán, pero yo soy más de martini.

Flavie empezaba a divertirse en ese viaje al que había accedido casi por obligación.

—Entonces ¿ha leído mis novelas? La mayoría de la gente opina que soy una pija influencer que solo piensa en divertirse.

—Conmigo no se preocupe —respondió él con calma—. Soy de esas personas que vienen de otro planeta. Aún no tengo redes sociales. ¡Y soy un amante de la diversión!

—Una lástima lo del martini. Por un momento, pensé que me estaba acompañando Fabrizio Corbera.

Él soltó una carcajada espontánea sin apartar los ojos de ella. Había en su mirada verdadera complicidad.

—¡Veo que la escritora Flavie Sardou también ha leído El gatopardo ! Brindemos mejor por la literatura. Y déjeme que me presente, ya que, curiosamente, llevo el mismo nombre que ese personaje al que acaba de nombrar.

Nicolás se aproximó a la mesa con el primer plato, media langosta sobre ensalada de aguacate y coulis de frambuesa.

Preocupado por la intromisión del viejo Lussac, al que conocía de otros viajes como el eterno diletante, dirigió una mirada discreta a la joven de la que debía velar por que pasara un viaje de ensueño, como si quisiera ayudarla a escapar de aquel intruso.

Fabrice Lussac de Vilmorin era uno de esos eternos pasajeros de los viajes en el Orient Express.

Se decía príncipe de Georgia, un hombre rico de los que no han necesitado trabajar en la vida, pero Nicolás había oído un día en las cocinas que, en realidad, había pasado su infancia en un hospital psiquiátrico.

No por él, sino porque su madre, enfermera en la Salpêtrière, en París, lo educó entre esas paredes blancas.

—Señor Lussac… —interrumpió el camarero.

—¿Qué ocurre, Nicolás? —contestó Fabrice.

—Su cena está lista. ¿La acompaño a su mesa?