La pasajera del Orient Express Capítulo 7
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Capítulo 7

La voz de Nicolás llegó amortiguada por el traqueteo del tren, como un rescate inesperado que interrumpía las sombras que ya crecían dentro de la cabina.

—La cena está servida, señorita —anunció el joven desde el otro lado de la puerta.

A Flavie le bastó oírlo para sentir un alivio casi infantil. Se levantó con un impulso que ni ella se explicó.

—¡Nicolás! —exclamó acercándose—. Pasa, por favor.

Él cruzó el umbral con esa discreción casi imperceptible que adoptaban los camareros del tren, habituados a deslizarse sin perturbar el mundo de los pasajeros. Al entrar se dio cuenta enseguida de que algo en ella se había alterado.

—¿Necesita que la ayude? La noto un poco… —dijo con cautela.

Flavie negó, aunque al instante pareció arrepentirse, como si con ese gesto pudiera cerrar la única puerta abierta.

—Bueno, sí —murmuró—. ¿Sabes algo del mobiliario de esta cabina?

Nicolás tardó en responder, sorprendido por una pregunta que nadie le había hecho jamás. Miró alrededor, como si la cabina pudiera darle una pista, pero no vio nada extraño.

—¿Le falta espacio? —aventuró siguiendo la dirección de su mirada hacia el diminuto armario.

Flavie soltó una breve carcajada.

—¡Eso desde luego! Esta cabina es minúscula.

Y yo…, bueno, cuando me conozcas un poco más, verás que soy como un árbol de Navidad al que le cuelgan los adornos.

Mi madre insistió en meter en mi maleta uno o dos vestidos para cada día, y he acabado amontonando varios en la misma percha.

¿El tren tiene más… perchas? —preguntó, y le pareció que cada frase la hacía parecer más y más torpe.

—Por supuesto —respondió Nicolás, divertido, pero sin burlarse y sintiendo que, en efecto, incluso la propia voz de Flavie parecía cambiada—. ¿Ha encontrado las toallas?

—¿Las toallas? —repitió ella con la misma torpeza.

—Sí. Nadie las encuentra a la primera. Mire…, están aquí, en el cajón colocado debajo de su cama.

Nicolás se arrodilló delante de un compartimento lateral que le costó abrir.

—A esto le falta lubricante, tiene usted toda la razón.

Dentro, perfectamente alineadas, había varias toallas gruesas, blancas y bordadas en dorado con el emblema del Orient Express.

La luz temblorosa de la lamparilla art déco las hacía resplandecer con mayor intensidad.

Flavie contempló la escena con una mezcla de fascinación y alivio, preguntándose, sin atreverse a expresarlo, por qué la presencia de ese joven mayordomo-fotógrafo-camarero la tranquilizaba más que cualquier lujo del tren.

Entonces se lo preguntó abiertamente, a pesar de saber que su comentario iba a sonar un tanto raro:

—Me llamó la atención ese espejo. No parece formar parte del conjunto. ¿De cuándo es?

Nicolás dirigió la mirada hacia él con verdadera atención, quizá por primera vez desde que trabajaba en el tren. El reflejo devolvía la calidez dorada de la lámpara, pero había algo más, una forma de brillar que no encajaba del todo con la madera oscura y los ribetes de latón.

—Que yo sepa, siempre ha estado ahí —respondió—.

O, al menos, desde que yo tengo recuerdo.

Pero sí…, tiene razón. No es igual que los de las otras cabinas.

—De repente, se acordó de la hora—. Debemos ir al restaurante, señorita.

Después de la cena, cuando los comensales se hayan ido al bar, si le parece, le tomaré las primeras fotos…

Flavie sintió una leve contracción en el estómago. Deseó decirle que se olvidara de las malditas fotos; sin embargo, no llegó a pronunciar palabra alguna. En su lugar, se detuvo un segundo frente al perchero, donde colgaba el vestido cuidadosamente elegido por su madre.

—Aún tengo que vestirme, pero no tardo nada. —Intentó sonar ligera—. Espérame en el pasillo, salgo enseguida. Y, por cierto, llámame Flavie, ¿no te parece? A ver si a este paso el anacrónico vas a ser tú.

—¿Anacrónico? —repitió Nicolás, sorprendido. Aun así, cuando ella lo miró con esa mezcla de ingenio y dulzura, como si buscara en él una relación algo más cercana, añadió—: Le… te espero fuera.

Y salió al pasillo intentando dar sentido a la confusión que lo habitaba.

Sentía que había hablado de más, que se había mostrado torpe, incapaz de descifrar del todo las preguntas de Flavie.

En esa mujer había algo difícil de nombrar.

Una energía que parecía nacer de una necesidad impulsiva de interrogarlo todo, de observarlo todo con la atención de un científico, como si cada detalle fuese un acertijo que ella consiguiese leer.

Mientras esperaba a que saliese solo una frase seguía resonando en su mente: «Cuando me conozcas un poco más…

». No se había atrevido a decirle nada de esa cabina.

Y lo cierto era que cuando había oído historias sobre ella no les había dado la menor importancia, sin imaginarse que la acabarían abriendo un día.

Por fin Flavie salió. Al verla, Nicolás se quedó sin palabras.

Conocía bien el protocolo del Orient Express, y la etiqueta seguía siendo parte de este viaje de promoción, una ficción cuidadosamente elaborada.

Pero esa joven iba aún más arreglada de lo habitual.

Llevaba un vestido anaranjado con capas superpuestas de tela traslúcida que se movían como las olas del mar. Y, de repente, la vio altísima.

Parecía a punto de entrar al baile de un palacio olvidado.

Mientras avanzaba por el pasillo, podía oír el vestido rozar con delicadeza el suelo y las paredes, dejando tras de sí un murmullo casi imperceptible.

Pensaba en las fotografías que podría hacerle.

En las posturas que le gustaría verla adoptar.

En esa mezcla de fragilidad y determinación.

En su cuerpo. Ese pensamiento le hizo estremecerse y enseguida se arrepintió.

En otras circunstancias…, pensó. En otra historia, esa mujer le habría pertenecido, se dijo.

Pero ahora, allí, en ese tren donde todo estaba medido, sabía que no podía permitirse ni un solo paso en falso.

El tren se deslizaba con una suavidad casi irreal, con esa vibración leve bajo los pies que lo volvía todo más íntimo.

Fuera, la noche se estiraba sin fin; dentro, el vagón parecía otro mundo, un espacio suspendido donde, pensó Nicolás, cualquier cosa podía pasar.

Siguieron avanzando en silencio, atravesando más vagones, mientras en la mente de Nicolás ya habían tenido lugar más de cien conversaciones que nunca llegarían a decirse en voz alta.

La primera noche en el vagón restaurante siempre era la más importante. La de los primeros encuentros, las miradas furtivas, las impresiones entre pasajeros que compartirían cinco días sin apenas salir de aquel largo vehículo en movimiento donde, tarde o temprano, todos acabarían conociéndose.

Existían dos vagones restaurante en el Orient Express para albergar a los cerca de cien pasajeros que se habían embargado en ese tour de otra época.

La cocina debía alcanzar los altos estándares que pretendía ofrecer por un viaje que costaba alrededor de veinte mil euros por persona.

En este caso, la chef, anunciada en los folletos que circulaban por las cabinas, era una mujer, Charlotte Wilkenstrum.

En el restaurante que Nicolás asignó a Flavie ya solo quedaba, solitaria, la mesa del fondo.

La escritora notó las miradas de reojo, inevitables, y supo que su entrada no había pasado desapercibida.

Todas las mesas estaban ocupadas por parejas o grupos de cuatro que la saludaron con un gesto amable, una sonrisa algo forzada o una simple mirada.

No quiso detenerse, a pesar de que conocía a algunas de esas personas, de las redes o por haber asistido a los mismos encuentros.

No era la única a quien habían invitado para promocionar ese viaje entre la juventud.

Y sentados a esas mesas y las del otro vagón estaban reunidos todos los pasajeros.

La escritora caminó hacia su mesa con una soltura impecable, y tanto su traje largo como su melena se movieron con una precisión armoniosa.

Sobre sus tacones de diez centímetros parecía alta, muy alta, en el estrecho vagón.

Al sentarse, alzó la mirada con cierta urgencia hacia Nicolás.

Y su gesto le quedó claro. Decía: «Tráeme, lo antes posible, una copa de champán».

Se recostó ligeramente en el respaldo. El champán no era un capricho, era una muralla líquida, un gesto aprendido para que nada —ni nadie— pudiera alcanzarla demasiado pronto ni notar su turbación.

Sabía que, en cuestión de segundos, algo oscuro y salvaje se adueñaría de ella por completo.

Como un caballo desbocado, furioso, la estrangularía con fuerza hasta quitarle el aliento.

Trató de serenarse sin que los demás se dieran cuenta, poco a poco, tal como se lo había enseñado su psiquiatra: «Respira», le decía.

En cuanto Nicolás le llevó la copa, se la bebió discretamente. Eso era mucho más efectivo que la famosa «respiración», pensó para sí.

Era evidente que ese público, al que había fingido no percibir, no era el suyo. Era evidente que, antes que reparar en ella por sus escritos, cuantos la rodeaban se fijaban en su vestido, elegante, sí, pero lejos de la moda de su generación.

Después de la segunda copa de champán, empezó a tranquilarse. Osó posar la vista en los otros pasajeros. Todos la miraban de reojo; unos porque la habían reconocido, otros tratando de descubrir quién era.