Capítulo 6
Mientras el tren emprendía su marcha, Nicolás abrió la puerta de la cabina dieciséis. De repente, un olor a polvo, espeso, salió del compartimento e invadió parte del pasillo.
El espacio era realmente diminuto. Olía a madera encerada, a cuero suavemente ajado, a tiempo detenido en los rincones.
Ese lugar no había visto la luz del día en años.
De nuevo, Nacho se había colado; allí ni reformas ni megadecoradores.
Flavie inspiró hondo. Un leve escalofrío le recorrió la espalda.
—¡Menuda habitación de abuela! —dijo con un suspiro.
—Ya —contestó Nicolás notando su decepción—. Si ha visto fotos del Orient Express en internet…, este es un poco distinto. La cabina dieciséis…, bueno, no ha sido reformada.
Un silencio extraño, un movimiento contenido, pareció invadirlos de pronto ya que se quedaron quietos sin que ninguno de los dos se atreviera a entrar.
—Y eso ¿por…? —dijo Flavie quitándose el abrigo.
—¿Le dejo la maleta en el suelo o sobre la cama?
—Donde la pueda abrir. Madre mía, aquí no cabe un alfiler —exclamó ella.
—Si quiere, la ayudo a colocar la ropa en el armario…
—Que no. Estoy bien. —La voz le salió apresurada. Como la de alguien que podía estar a punto de saltar del tren en marcha o echarse a llorar desconsolada—. Aunque nadie lo crea, sé poner mi ropa en las perchas.
Nicolás asintió. No sabía qué decirle, era la primera vez que veía tal decepción en el rostro de un pasajero, pero era cierto que nadie, hasta la fecha, se había alojado en esa cabina dieciséis.
Ya empezaba a sentirse de más. Lo habitual era acomodar al pasajero, explicar el funcionamiento del compartimento y señalar los pequeños mecanismos de un viaje pensado hasta el más mínimo detalle.
Pero esa vez ninguno se había atrevido ni a entrar en la cabina.
Permanecían en el pasillo, como si cruzar ese umbral supusiera algo más que dar un paso.
—Entonces me voy. Vendré a buscarla para la cena. —Nicolás se aclaró la voz antes de añadir—: Si necesita algo, solo tiene que pulsar ese botón rojo.
Flavie recorrió las paredes de la cabina con la mirada.
—¡Espera! —Lo sujetó del brazo—. ¿Qué botón? ¿Me lo enseñas?
Impaciente, el chico entró primero.
—Aquí lo tiene, a la vera de su cama. Si necesita cualquier cosa, me llama.
Nicolás alzó la ventanilla de guillotina, y el ruido del metal sobre los raíles y el aire fresco entrando al mismo tiempo deshicieron la opresión, como si todo aquello no hubiera sido más que una extraña pesadilla.
Flavie respiró. Por un momento, la cabina volvió a ser un espacio de lujo en el mítico Orient Express.
Al salir, Nicolás sintió alivio. Había intentado parecer natural, pero esa joven —tan altiva, tan segura de sí misma, tan bella— lo dejaba sin palabras.
Su entrada en la cabina había sido distinta a cualquier otra.
Las pasajeras solían llegar nerviosas, con el teléfono en la mano, preguntando por la cena o el itinerario.
Ella no. ¿O era la cabina? Los dos se habían sentido sorprendidos, y una extraña sensación los había retenido antes de entrar.
«¿Y si es verdad lo que se cuenta de la cabina dieciséis?», pensó de pronto. Pero enseguida apartó ese pensamiento de su cabeza mientras se dirigía hacia el vagón de las cocinas.
Una vez sola, Flavie intentó controlar su malestar. Su mirada recorría una y otra vez el habitáculo. El espacio la envolvía, casi con exceso. Todo le resultaba incómodo. Un lugar cargado de un pasado espeso, anquilosado, polvoriento. Sentía que el tiempo, allí dentro, ni siquiera respiraba.
Lo que más llamaba su atención era que todo estuviera recubierto de madera.
Una madera oscura, diseñada con motivos que recordaban el estilo art déco , grabada con suaves líneas en movimiento.
Rozó con los dedos la pared acariciándola como si quisiera domesticar un lugar salvaje.
Por ellas, se dijo, habían pasado todo tipo de mujeres, desde Sherezade hasta Aziyadé y también Haydée, la hija de Alí Tepelini, pachá de Yanina, rescatada por el conde de Montecristo.
Todas ellas parecían haber sido devoradas por esas paredes de madera que ahora la rodeaban en la cabina, una bestia solitaria y dormida desde hacía siglos.
Pero no por eso mala. Como su dragón.
Al tacto, Flavie notaba en su piel como si la madera barnizada guardase en sus vetas la huella de viajes antiguos, de susurros y promesas escritas y atrapadas en sus grietas.
Acercó el oído como si pudieran aún escucharse y sintió cómo se desprendían de la materia viva escenas, conversaciones, voces y fragmentos de otros tiempos.
Cerró los ojos para percibir la frescura y el olor sutil de la cera, pero no distinguió más que ruido sin forma.
Poco a poco, cierta quietud se apoderó de ella.
Justo debajo de la ventanilla descansaba, para economizar el espacio, una mesita clara plegada hacia abajo.
Allí colocaría su ordenador, el cuaderno donde apuntaba las ideas que le surgían en desorden y sus plumas estilográficas de varios colores.
Cerró la ventanilla y enseguida empezó a encontrar su lugar en esa cabina que la había recibido con tal hostilidad.
Todo parecía dispuesto con una precisión milimétrica.
La cama, más estrecha de lo habitual, estaba hecha de forma inmaculada: las sábanas, tensas y sin una sola arruga, dejaban ver el logo del Orient Express a modo de firma, colocado con cuidado en la almohada.
Sobre el asiento de terciopelo azul aún quedaba el eco de un perfume.
Dudó unos segundos antes de sentarse, como si al hacerlo rompiera un equilibrio frágil, contenido en ese orden perfecto.
A su derecha, contra la pared, un mueble lavabo antiguo de mármol aún lucía el diseño original.
En una esquina pudo leer COMPAGNIE INTERNATIONALE DES WAGONS-LITS .
El mueble, pequeño pero funcional, tenía varios cajones de diversos tamaños pensados con la misma precisión con la que se elige el orden de las palabras para una frase perfecta.
Le entraron ganas de abrirlos, uno a uno, pero cuando lo intentó los cajones no se deslizaban.
Ese mueble lavabo, envejecido por los años, parecía no haberse utilizado en todo un siglo, se dijo para sus adentros.
Había en ese aparato algo distinto. Apenas un matiz, una disonancia leve en medio de aquella armonía estudiada.
Como si un objeto hubiera sido desplazado medio centímetro o una presencia invisible hubiera pasado por allí antes que ella.
Siguió observando en silencio, como quien busca un eco que no termina de oír.
Tardó unos minutos en entenderlo. Pero, cuando su mirada se detuvo delante, lo vio de inmediato. El espejo.
Un espejo ovalado, encima del propio lavabo, era el elemento discordante.
El cristal, algo oscurecido por el paso del tiempo, se había colocado descentrado, inclinado unos grados hacia la izquierda.
Lo justo para romper la simetría y resultar molesto.
Flavie lo miraba ahora con toda su atención.
A pesar de encajar con precisión en el hueco del mueble, ese espejo parecía fuera de lugar.
Guiada por una especie de impulso naturalista, se acercó y lo observó con atención.
En el lateral izquierdo, casi oculto por el barniz envejecido, distinguió una inscripción en relieve.
Pasó los dedos por las cifras con delicadeza, como si temiera borrarlas.
«1880», leyó para sí. Sintió un escalofrío.
No podía ser. El espejo se remontaba a los comienzos de aquel tren…
Eso era imposible. Las cifras, dibujadas con una caligrafía ondulante, hablaban de los años posteriores a una guerra feroz en Francia en que se alternaron todo tipo de gobiernos e insurrecciones, hasta que al final se proclamó la Tercera República, aunque, de nuevo, no sin sobresaltos, como el episodio de la Comuna.
Del intento casi ingenuo de Europa por resarcirse a través de la belleza, del artificio, del viaje.
Fue entonces cuando, según había leído Flavie antes de embarcarse, Georges Nagelmackers imaginó el tren que la conduciría hasta Estambul.
El primer Orient Express nació entre promesas de lujo y deseo de alcanzar el sueño sobrehumano de poseer el mundo a través de un simple viaje.
No solo aquel tren había vivido varias reformas desde entonces, sino que era imposible que el vehículo fuera de esa época, pensó Flavie.
Evidentemente, ese espejo no pertenecía al mismo estilo decorativo del resto de la cabina: su moldura era anterior, decimonónica, y parecía haber resistido a la sucesión de reformas como un testigo obstinado.
Además, resultaba evidente que ese objeto no tenía el menor valor, lo que contrastaba con la atención al detalle del resto.
Entonces ¿qué hacía ahí? Nada más en él, salvo esa fecha, parecía digno de mención. Ni siquiera ese matiz ennegrecido por el tiempo era agradable.
Flavie se sentó en el diminuto sillón de terciopelo y enseguida se hundió como si la tapicería estuviera demasiado usada.
Miró el reloj. Aún le quedaban un par de horas para que ese joven que se mostraba tan amable, Nicolás, la fuera a buscar.
Confinada en la cabina, no se le ocurrió qué más podía hacer.
El asiento le resultaba algo incómodo; habría jurado que incluso se le estaba clavando una madera mal colocada por dentro.
Suspiró desesperada.
Se levantó, agarró la maleta y la puso en la cama.
Al abrirla, salieron los trajes, las telas abultadas de los vestidos, como si hubieran sido metidos a presión.
A pesar de que todos estaban arrugados, sintió cierto alivio mientras sus cosas se apoderaban de esa cabina que le había parecido tan fría en un principio.
Buscó el armario en la pared y lo encontró camuflado al lado de la puerta de madera de la salida.
Al abrirlo, una luz se encendió de inmediato, iluminando un diminuto espacio.
Las perchas, con el logo del tren, reposaban bailando por el movimiento de la locomotora.
Con delicadeza, Flavie empezó a colgar, uno a uno, sus largos vestidos.
Siete en total. Su madre había prendido con alfileres en cada uno de ellos pequeñas notas, indicaciones precisas sobre el día, el momento, el conjunto, el lugar.
A cada prenda le correspondía un par de zapatos, unos de botines, otros de salón…
, pero todos altos. Una vez leyó en una revista francesa que una famosa modelo aseguraba que una mujer podía vestirse de negro sin llamar la atención, pero que el verdadero gesto estaba en los zapatos, en su forma y en su color.
A ella le seguían gustando sus botas negras y sus zapatillas All Star que había conseguido disimular al fondo de la maleta.
Además, había incluido algunas prendas más cómodas; aunque sabía que estaban prohibidos en el Orient Express, se había traído sus vaqueros anchos, un par de sudaderas, varias camisetas y unos suaves pantalones negros de chándal, por si se ponía a escribir de noche.
Por fin había vaciado la maleta. Aun así, algo faltaba.
Recordaba con claridad haber guardado entre los bolsillos la foto con sus amigos del Liceo Francés.
Sus amigos de verdad, como ella los llamaba, con quienes se había tatuado su dragón.
Era una imagen tomada el día de los resultados del Bachillerato; unas horas después, cada uno emprendería su propio camino y todo empezaría a cambiar.
Su madre, con esa mano registradora, la había retirado. Sin embargo, aquella foto guardaba el único año que Flavie sentía realmente suyo.
Un golpe de tristeza se apoderó de ella, y mientras se reía de los colores le cayeron lágrimas de resignación. Esa foto que en Madrid colocaba en su mesilla de noche la inspiraba. De cierta manera, le hacía resistir esa vida absurda.
Un súbito odio a todos le subió hasta el pecho.
Todos la movían como si fuera una marioneta.
Quiso arrojar la maleta por la ventanilla, arrojarse ella y detrás su vida entera.
Sin pensárselo dos veces, dio un golpe en el sillón y se rajó.
Se asustó de lo ocurrido. Con la mano, intentó reparar la tapicería que se había descompuesto en un abrir y cerrar de ojos.
Hasta que notó algo distinto. Frío y suave. Lo aferró y sacó un cuaderno. Un cuaderno de cuero grueso, antiguo. En cuanto lo abrió, apareció escrito enteramente por dentro.
Un diario.
Su corazón se detuvo de golpe. Sus ojos no daban crédito a lo que veían. Cerró el cuaderno. Debía tranquilizarse. Pensar. No hacer las cosas a lo loco.
Y entonces lo supo: ahí estaba su siguiente novela.
No iría de la perfecta Ziana. Escribiría algo distinto. Sin concesiones. Nada de sagas dulzonas. Nada de personajes à l’eau de rose hechos para gustar. Ese viaje, se dijo, la separaría, por fin, de la Flavie obediente que había sido hasta ahora.
Hasta que la idea se le apareció como una evidencia. El espejo discordante no reflejaba la realidad. Su historia, la de ese objeto anacrónico, no estaba ligada al primer viaje del Orient Express, ni a los sueños dorados de Nagelmackers ni a las vidas de sus frívolos pasajeros.
Ese espejo contaba otra historia.
Una que no tenía nada que ver con raíles ni estaciones, sino con personas. Una historia íntima, secreta. Una historia que no buscaba ser contada, pero que ahora, y ante la presencia de una escritora, se estaba insinuando.
Flavie retrocedió un paso. Y mientras se sentaba en la cama supo que en su interior se instalaba una certeza. No solo ese espejo no era parte del decorado, sino que ella había sido elegida para revelar un secreto. El espejo era el umbral. El cuaderno, el personaje.
Y, balanceada por el movimiento cadencial del propio tren, como si algo ya la llevara lejos de todo, se levantó y volvió a mirarse en el espejo. Observó su reflejo. Sus facciones, su melena larga y rizada.
¿Quién la miraba?
Era ella, pero a la vez no estaba segura de serlo.
Su rostro —familiar, conocido— parecía diferente.
Apenas una sombra, una silueta más antigua, una transparencia olvidada en una raja del tiempo.
Detrás del suyo, vio un rostro ajeno. Probablemente el de la dueña del diario, pensó.
No del todo visible, pero lo bastante presente para inquietarla.
Se apartó de golpe como si el contacto visual hubiera sido físico, como si aquel espejo le hubiera devuelto algo que, en el fondo, no quería ver.
¿Había sido real? ¿Una ilusión? ¿O solo un juego de luces, un reflejo proyectado en el cristal envejecido, curtido por décadas de viajes y pasados cruzados?
Qué más daba.
No tuvo ocasión de pensarlo más. Un golpe en la puerta la sobresaltó, y el ruido interrumpió el hilo de su desconcierto.