La pasajera del Orient Express Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Sin embargo, era cierto que no le faltaba nada a esa fotografía en movimiento, a esa película real que se desarrollaba ante sus ojos. Por primera vez, se dijo, quizá Nacho había acertado al hacer que Ziana viajara en el Orient Express. Aunque ella, y eso no podía olvidarse, no era Ziana.

Un empleado vestido con el uniforme azul cobalto distintivo de la compañía la sacó de su encantamiento. Saltó del vagón y se dirigió directo hacia ella; la había reconocido.

— Mademoiselle Flavie Sardou?

¿Sería otro de sus fans?, pensó la escritora ante el ímpetu del joven.

Era alto, fuerte y quizá algo menor que Flavie, de ojos oscuros y piel bronceada.

Se les acercó con una energía apabullante y le tendió la mano.

Flavie se sonrojó cuando oyó que, cambiando de idioma, se dirigía a ella en un perfecto español.

—Soy Nicolás Ferrán, empleado en el Simplon-Orient Express. A partir de ahora, su mayordomo y, además, también su fotógrafo. ¡Para servirle!

—¿Mayordomo? —exclamó Flavie mientras dirigía una mirada lapidaria a Nacho.

—¿Fotógrafo? —dijo su madre mirando también a Nacho, ella con una mezcla de incredulidad y molestia mal disimulada.

El editor se apresuró a contestar:

—Os presento a Nicolás. El Orient Express reserva un mayordomo personal para los pasajeros de cada cabina del tren.

Una especie de camarero para lo que se te antoje, Flavie.

Y, como resulta que también es fotógrafo, le he pedido que saque a la niña las fotos para hacer un reportaje completo del viaje. ¿Queda claro?

—Ya, pero yo no necesito mayordomo —replicó Flavie, que sabía que esos viajes nunca eran ni tan glamurosos ni tan fáciles como los vendían—. Qué significa esto, ¿eh? ¿Que este tío va a estar pisándome los talones todo el pu…, perdón, todo el santo día?

—A ver… Que la niña se suba ya al tren —se limitó a decir Nacho, que también empezaba a perder la paciencia.

—Encantado de conocerla —dijo Nicolás—. Como me explicó su padre, será de forma ocasional.

—¡No es mi padre! —protestó Flavie de inmediato.

—¿Un camarero para hacer las fotografías? —La madre no logró disimular su desconcierto. El tal Nicolás era demasiado joven, e intuía que quizá no fuera la persona más indicada para seguir día y noche a su hija. Pero ya no podía cambiar las cosas—. ¿Y Felipe?

Felipe, el fotógrafo oficial de la editorial desde los setenta, era un hombre gris con un eterno cigarrillo colgándole del labio, un tipo casposo y maloliente, pero con una mirada indiscutiblemente afinada por los años y una maestría en el arte del retrato.

—Aquí donde lo ves, Nicolás ha estudiado en la Escuela Oficial de Fotografía de Santander —explicó Nacho, a quien la impaciencia le trepaba ya por la piel.

Y, para cortar cualquier tipo de discusión, puso punto final a la conversación—.

¡Es el momento de la despedida! —gritó con un súbito cambio de voz—.

Tu madre y yo tenemos que volver a Madrid —dijo a Flavie.

Acto seguido, dirigió un gesto apresurado al camarero-fotógrafo-mayordomo…

o lo que fuera con el que lo instó a que se diera prisa en coger la maleta de Flavie.

Luego se dirigió de nuevo a ella—: Queda claro lo que debes hacer, ¿verdad?

Inspiración y fotos. Tus fans no pueden olvidarse de ti ni un segundo.

Y las redes, ya sabes…, hay que alimentarlas.

—En la maleta —le dijo su madre, que ya empezaba a sospechar que la iba a echar de menos teniéndola tantos días fuera de casa— está ordenada la ropa que debes ponerte a lo largo del viaje.

A modo indicativo, te la he marcado por días y, así, no tendrás que pensar en eso.

¡Llámame para todo! Estaré pegada al teléfono para que me molestes con cuanto necesites.

—Además —siguió Nacho—, te llevas un ejemplar de cada uno de tus libros para que te hagas fotos con ellos en los momentos que te indique este muchacho.

Es importante que en cada una salga el lugar por el que pasas, aunque eso te suponga bajar en la estación, dar unos pasos por el andén, posar…

, ya sabes. Si se ve el nombre de la estación en las fotos, ¡mejor!

Así se abren las puertas a posibles traducciones.

No te puedes ni imaginar lo importante que es, para los países que cruzarás en tren, que una exitosa novelista e influencer haya traspasado sus fronteras.

Es más que probable que las editoriales internacionales hagan ofertas jugosas y…

—Debería subir ya, el tren saldrá dentro de poco. —Ahora era Flavie quien empezaba a impacientarse.

—La señorita tiene razón, el tren está a punto de partir —dijo Nicolás deseando ayudar a la nueva pasajera.

—Sí. Subid rápido —zanjó Nacho, malhumorado, pensando que le vendría bien perderla de vista una temporada.

Atrapó del brazo a la madre y la detuvo. Sabía de sobra que esa mujer controladora querría subirse al tren con su hija para comprobar las instalaciones.

Nicolás indicó la entrada a Flavie y los dos se perdieron dentro del largo vagón.

En cuanto estuvieron solos, caminando por el pasillo, Nicolás le habló sin rodeos:

—Se nota que es usted una figura pública. ¿Siempre le dicen lo que tiene que hacer?

El comentario, osado, no hizo mucha gracia a Flavie.

—¿Está muy lejos mi cabina?

—En absoluto. Justo hemos llegado. Bienvenida a la cabina dieciséis.