La pasajera del Orient Express Capítulo 5
9%

Capítulo 5

Sin embargo, esa tarde París se agitaba con una impaciencia que contagiaba.

Los besos rápidos en el andén, los abrazos de último momento, los pasos apresurados, los anuncios por megafonía que parecían gritar «¡Ahora o nunca!

», tal caos la inspiraba y al mismo tiempo la sobrecogía al pensar que dentro de unas horas se hallaría lejos de todo lo que conocía, metida en un tren durante días y días, camino de Estambul.

Se soltó de la mano de su madre y deseó huir de todo aquello. Más que el viaje, sentía que era el deber de la obediencia lo que la estrangulaba por dentro.

—¡Sonríe, que parece que vas a un funeral! —le susurró la mujer mientras volvía a cogerle la mano y se la apretaba, ahora con más fuerza.

A punto de cumplir veinticuatro años, Flavie seguía siendo, para todos —su editor y su madre, en esencia—, una niña.

Una niña asustadiza que no sabía escoger su destino.

Cuando la descubrió, Nacho se imaginó una imagen de escritora de rostro transparente, fuera de esa horrible moda a la que la chica se adhería.

En realidad, y debajo de sus prendas oscuras, demasiado anchas y en absoluto femeninas, su piel apenas dorada por el sol dejaba entrever la fragilidad de una porcelana antigua, y sus ojos, de un intenso verde, observaban de frente interrogando al mundo como si esperaran una promesa imposible.

A pesar de sus enormes botas, la joven tenía una manera de caminar que no dejaba huella.

Nacho apreció en ella una elegancia innegable que, con un ligero encaje, podría seducir a miles de lectores.

Sin embargo, Flavie no era tan inocente, ni mucho menos, como Nacho se había imaginado.

Aquel año en el que sacó las mejores notas de Bachillerato en el Liceo Francés, Flavie se había visto con Mateo, el chico raro del colegio, el intelectual.

Se habían conocido en la mediateca: primero las miradas esquivas entre las estanterías, luego la costumbre de buscarse y más tarde los besos y las caricias apresurados en los portales de las casas vecinas.

Como su dragón, Mateo era uno de sus secretos mejor guardados.

Dejó de pensar en él. Nacho acababa de aparecer en la estación.

Había viajado la víspera desde Madrid para asistir en la capital francesa a una cena con editores.

Como siempre, llegaba impuntual, y con gotas de sudor en el rostro.

Flavie trató de disimular su mirada de repulsión.

Ese hombre tan crítico siempre con la apariencia de ella llegaba vestido como si hubiera cogido la ropa de un trastero.

Pero cualquiera con ojo —y Flavie lo tenía— podía advertir que esa camisa arrugada, ese jersey de lana gruesa con el borde desgastado y esos pantalones de pana componían el uniforme perfecto del editor culto y moderno que pretendía aparentar.

Su pelo castaño oscuro con algunas canas y mal cortado le daba un aire desenfadado que no casaba del todo con sus ansias de dinero.

Detrás de sus gafas de pasta, observaba el mundo con la arrogancia de aquellos que se saben por encima de los demás.

Su voz adoptaba una cadencia a base de frecuencias que sacaba de quicio a Flavie y cuando hablaba de literatura lo hacía sin alzar el tono, seguro de que los demás se callarían para escucharlo, ella la primera.

Y es que, a pesar de todo lo que había leído desde los once años, Flavie debía admitir que su editor sabía cien veces más que ella.

Tampoco Nacho se mostró efusivo al verla en la estación.

Cada vez soportaba menos a esa joven a la que el éxito se le había subido a la cabeza.

Sabía muy bien que eso podría ocurrir cuando decidió convertir a la buena estudiante con visos de escritora en reina de las sagas mundiales.

Ahora Flavie era una pretenciosa que lo desdeñaba abiertamente y sin la menor educación, cuando le debía su existencia y la opulencia en la que vivía con su madre.

Le costaba creer que fuera la autora real de esas novelas que fascinaban a un público aún más insufrible que ella: jóvenes altivos, sin talento, mantenidos por padres que dilapidaban el dinero en campamentos privados en los cuatro rincones del mundo y en viajes a destinos que ni sabían situar en un mapa.

De noche, se perdían en fiestas llenas de alcohol, drogas y una mundanidad de escaparate.

Menos mal, se decía Nacho, que Flavie no consumía.

Lo que pensó que acabaría con ella la mantenía apartada de esa vida fácil y sin sentido.

Inmune al mal social, la chica seguía aparentemente sin pareja, sin apenas mirar su móvil, controlado por esa madre castradora, y observando a todos con ese distanciamiento y ese juicio que, en el fondo, a él le resultaban admirables.

Flavie parecía un alma vieja. A pesar de su fragilidad, esa joven ocultaba una sabiduría de otro tiempo.

—¿No estás encantada de viajar en este tren histórico? —le dijo a modo de saludo—. Supongo que habrás leído la novela de Agatha Christie, como todo el mundo, ¿me equivoco?

Flavie lo miró con cara de pocos amigos. ¡No había persona que, desde hacía una semana, no le mencionara ese maldito libro!

—He visto la película en Amazon Prime —le contestó para fastidiarlo.

A Nacho le encantaba picar a esa pretenciosa.

—Hay otro libro, entre ensayo y ficción, que salió hace relativamente poco en España publicado por la editorial Acantilado, de Mauricio Wiesenthal. Me imagino que ese sí que lo habrás leído, ¿verdad? También John Dos Passos tiene…

—¡Nacho! Creo que la niña ha leído suficiente —dijo la madre, que notó que Flavie estaba a punto de estallar.

—En fin —continuó el editor, elevando la voz—, te mandamos a este viaje para que te hagas todas las fotos posibles y te pongas a escribir nuevas aventuras de Ziana.

Aunque su finalidad es la promoción del mítico Orient Express, te vas a encontrar de todo en él: desde compañeros tuyos de las redes, hasta pasajeros que han pagado una fortuna por ir de París a Estambul.

No lo olvides, Flavie: el Orient Express es una apuesta importante para la editorial.

Nada de fumar por las ventanillas ni de exhibirte con tus chándales.

¿Entendido? —Hizo una pausa, y su tono se volvió más seco—.

¡Y escóndeme ese tatuaje! Debes convertirte en Ziana. Ser Ziana.

—Ya ves —susurró Flavie para sus adentros mientras su madre, que lo había oído, le daba un doloroso apretón en la mano.

De repente, alguien se les acercó.

—¡No me lo puedo creer! ¿Es usted Flavie Sardou? Mi hija se muere de la vergüenza, pero es una loca de sus novelas. ¿Podría hacerse una foto con ella? —dijo en español una madre acompañada de una adolescente.

Flavie les sonrió, acostumbrada a esas interrupciones. Y, mostrando su mejor sonrisa, le contestó:

—¡Por supuesto! Será un placer.

Nacho esbozó un ligero gesto de satisfacción al ver cómo, en un instante, esa chica malhumorada conseguía adoptar los movimientos de una princesa.

—Dime —se dirigió entonces a su madre—, ¿le has metido a la niña en la maleta algunos de esos trajes imposibles que tanto gustan? Sería imperdonable que no los llevara todo el día.

En cuanto lo oyó, a Flavie se le endureció el rostro, pero consiguió que no se le notara.

No lo soportaba. Detestaba que la llamara la niña.

Detestaba los libros aburridísimos que Nacho le recomendaba.

Detestaba la voz, el tono de aquel hombre que la trataba como a una joven idiota y caprichosa cuando había sido él quien la puso en ese lugar.

Y, por supuesto, él se daba cuenta. ¿Cómo explicarle que habría sido la mujer más feliz del mundo en subirse al Orient Express…

en otras circunstancias? Siendo ella, aunque ya ni sabía quién era.

Automáticamente, la acometió una sensación de vacío. Tenía que dejar de engañarse, pensó de pronto.

Hasta que vieron por fin la primera indicación del Orient Express.

Ante ellos, la famosa locomotora esperaba la llegada de los pasajeros como una bestia dormida.

Con su flamante carrocería azul cobalto y dorada, relucía bajo la intensa luz de mediodía.

Flavie se quedó con la boca abierta. De repente, viendo ese extraño tren entre los TGV, creyó emular a Harry Potter a punto de embarcarse hacia Hogwarts.

—¿Pero este trasto funciona? —exclamó, más animada.

Delante de la antigua locomotora, los pasajeros esperaban la apertura de las puertas.

Parecían salidos de las novelas que le gustaban a Nacho.

Los hombres, vestidos con oscuros trajes impecables, chaquetas bien cortadas y lustrados mocasines, daban el brazo a unas mujeres no menos arregladas.

Las señoras sonreían envueltas en suaves sedas, trajes largos que en ocasiones rozaban el andén con la delicadeza del caminar inconsistente de aquellos seres cuyo único deseo era disfrutar.

No se veían ni vaqueros ni zapatillas de deporte ni abrigos de plástico acolchados.

No se veía tampoco ni una sola mochila cargada de historias anodinas.

Entonces, como había predicho su editor, Flavie abrió los ojos con el deseo de atesorar lo que la rodeaba.

Por primera vez, no se sintió disfrazada con esa ropa que imitaba la de las viejas fotografías.

Empezó a imaginar que allí estaban el caballero Des Grieux de la mano de Manon Lescaut, la marquesa de Merteuil, Julien Sorel e, incluso, creyó distinguir a Kiki de Montparnasse en una joven con una pluma en la cabeza y vestida con lentejuelas.

De repente, se sintió la mismísima Jane Austen, como Nacho le había propuesto cuando la conoció, a punto de empezar una nueva novela, pero se arrepintió al instante de ese pensamiento que tan poco iba con ella.

Notó el escalofrío de la anticipación, el peso de un destino aún incierto.

Inspiró profundamente y permitió que el aire, ahora cálido pese al olor a viajeros, a restaurantes de comida rápida y a cuero marroquí, le llenara los pulmones. Se disponía a dejar París, de nuevo sin explorarlo.