La pasajera del Orient Express Capítulo 4
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Capítulo 4

Y, de nuevo, Nacho volvía con una de sus ideas.

Nada entusiasmaba más a su madre que sus proyectos, acompañados de una entrada de dinero que lo justificaba todo. Bastaba una frase suya para que se iluminara, como si cada palabra fuese una chispa capaz de dar sentido a los días. Pero, esta vez, Flavie no pensaba ceder.

Mientras preparaba el desayuno, su madre buscaba las palabras exactas para convencerla, removía algo en los cajones, sacaba más galletas, se paseaba por la cocina.

Entonces, de pronto, las pronunció:

—Orient Express.

—¡Ni de broma! —saltó Flavie.

A pesar del susto que le provocó su reacción, la incansable madre volvió a la carga.

—Con lo bien que escribes, ¿cómo puedes ser tan brusca conmigo?

—¡Porque no pienso subirme a ese tren rancio, pretencioso y desfasado! —contestó Flavie clavándole una mirada semejante a la de quien desenvaina una espada.

—No me extraña. Siempre te opones a todo lo que te propongo. Menos mal que luego entras en razón.

La mujer tuvo que probar otra táctica para convencerla.

—Mi niña, se trata de un viaje distinto.

Un viaje promocional para acercar a los chicos de hoy a ese tren de lujo.

Lo han reformado los mejores interioristas y ha quedado precioso.

Ahora quieren darle una imagen más cercana, más actual, algo que conecte con los jóvenes.

Ya sabes, esos que hacen el interraíl cuando terminan el Bachillerato, que viajan buscando experiencias…

Y para eso han invitado a influencers y a tiktokers…

o como se llamen ahora. Nacho, que siempre está en todo, ha propuesto tu nombre.

Dice que no hay nadie mejor para representar a la juventud más acomodada, la que de verdad marca tendencia.

—He dicho que no —contestó Flavie—. Además, no soy ninguna influencer.

La mujer sintió que su hija ya estaba claudicando. Y siguió hablando con esa cadencia delicada.

—Vamos, querida, solo tienes que sacarte unas fotos dentro de esos vagones y escribir la nueva entrega de tu saga sobre Ziana como si el personaje hiciese un viaje en…

—Las cosas no funcionan así, mamá. La literatura, la verdadera literatura, no se programa como una máquina de crear historias. Estas deben provenir de…

—¿Por qué siempre te tomas todo tan en serio? —la interrumpió la mujer—. Si tus libros venden tanto, quizá lo que la sociedad quiere es leer historias ligeras, un poco más frívolas de lo que tú escribirías si…

En cuanto pronunció la palabra «frívola», se arrepintió. Flavie detestaba que se la definiera así, porque, en el fondo, sabía que era en eso en lo que se estaba convirtiendo.

Pero esa vez no dijo nada. Su madre aprovechó y se puso a explicarle los detalles.

—Seguro que conoces a muchos de los que van.

Creo que se han apuntado unos ocho como tú, además de algunos pasajeros que han pagado auténticas fortunas por el viaje.

Es el Orient Express, ¿no te das cuenta?

A mí me habría encantado tener una oportunidad así a tu edad.

Una experiencia de ese nivel no se presenta dos veces en la vida.

Flavie había aprendido a desconectar. Si había algo que la disgustaba por encima de todo era viajar por trabajo.

Cualquier desplazamiento, por breve que fuera, la alejaba de sí misma, deshacía su pequeña rutina, delicada e invisible, que tanto necesitaba para serenarse y poder escribir desde el lugar exacto en el que las palabras le llegaban.

Mientras su madre hablaba y hablaba, ahora esas palabras le llegaban lejanas, amortiguadas, como si atravesaran una capa de niebla espesa que se interponía entre ambas desde hacía años.

Sabía cómo no escuchar. Sabía cómo concentrarse en el olor del café, en el vapor que ascendía perezoso desde la taza, en el sabor anodino de las galletas.

Y tenía claro que discutir las ideas de Nacho era una batalla perdida.

—¿Me puedo tomar uno de los cruasanes congelados?

Su madre suspiró.

—¿Me quieres escuchar, Flavie? Nacho ha propuesto un trato a la Compagnie Internationale des Wagons-Lits . Ellos te financian el viaje y lo único que tú tienes que hacer es promocionarlo en redes sociales. Con este furor por los viajes… ¿Te imaginas? ¡El Orient Express! ¿No sería maravilloso?

Flavie la miró a los ojos.

—Lo he entendido…, pero te repito que yo soy escritora, mamá. Y, además, solo con pensar en pasar una semana encerrada en un tren me dan náuseas.

—Ay, Flavie —replicó la mujer con esa mezcla de ternura e impaciencia que siempre la desarmaba—. Tú padeces un poco de todo, pero gracias a Dios lo controlas bien con tus medicinas. Pediremos a tu médico que te ajuste la dosis y listo.

—No voy a ir —contestó Flavie, pero su madre no la escuchaba.

—¡Podrías incluir algo de novela policiaca a lo Agatha Christie! Ya veo los titulares…

Flavie casi se atragantó con las galletas.

—¡Sabes de sobra que detesto ese género, y ya ni te cuento seguir los pasos de otra escritora! Y aún menos los de Agatha Christie.

La madre calló. La miró con un cansancio que rozaba el desgaste, y en su rostro se mezclaron la frustración y la pena. De nuevo, modificó la estrategia. Su tono se volvió plañidero.

—Otra vez me gritas, Flavie. ¡Hago lo que puedo para que estés bien y es así como me lo devuelves! ¿Crees que esto es fácil para mí? Administrar el dinero, procurar que tengas todo perfecto, vivir en este piso… —Se interrumpió y, con un hilo de voz, lanzó su frase más temida—: Me haces daño.

Flavie la miró sin moverse.

—¡No, mamá! —dijo despacio—. Yo no he pedido vivir aquí. Ni siquiera recuerdo haber visitado este piso cuando Nacho y tú lo alquilasteis.

—No me cambies de conversación —dijo su madre, empeñada en su labor de convencimiento—. Las personas que viajan en el Orient Express son… peculiares. Te gustarán. Son como seres de otra época, como la Ziana de tus novelas. Estoy segura de que te encontrarás a gusto.

Hizo una pausa, de esas que no son silencio, sino cálculo.

—No te llamaré —continuó, con una dulzura forzada—. Te dejaré que actúes, que decidas, que te lleves la ropa que te gusta, aunque a veces necesites ponerte vestidos de época, ya sabes, para las fotos de promoción. Y escribirás cuando quieras… Vamos, que harás lo que te apetezca.

A pesar de su tono, Flavie sintió lo de siempre: que cada promesa era una cuerda más, invisible y tensa, dispuesta a ceñirse en torno a ella en cuanto diera un paso. Y de nuevo pensó en todas las veces que había deseado decir «No» y no había podido. Y supo que esa, como tantas otras, sería una más.

Y entonces, en medio del calor que sentía de repente en esa cocina cerrada, tuvo la certeza de que partiría. A pesar de que su dragón le estuviera dando un latigazo con la cola para despertarla de su nueva sumisión.

Se juró que nada sería igual a su regreso.

Una sombra anticipaba un cambio irreversible, un tránsito entre lo que había sido y lo que todavía no sabía cómo sería.

El viaje la alejaría no solo de su territorio, sino de algo más profundo.

Y en aquel instante supo que estaba a punto de cruzar un umbral del cual ya no habría vuelta atrás.

Una semana más tarde, Flavie contemplaba la maleta abierta sobre la cama. A pesar de su promesa, la madre había dispuesto varios vestidos cuidadosamente escogidos, cada uno con su día asignado: lunes, martes, miércoles…, como si pudiera ordenar también el tiempo que pasaría lejos de ella.

Entre ellos, Flavie escondió dos vaqueros y una sudadera; un gesto mínimo de rebeldía.

Una vez más, su madre había logrado convencerla. Y, en el fondo, no podía reprochárselo. Era la única presencia constante en su vida, una amalgama inseparable de cuidado y control.

Dentro de nada volvería a coger el avión hacia París, donde algo en su interior le decía que aún la esperaba un destino por descubrir. Después, el tren silbaría en la estación como una ballena sabia que conoce el final de la historia.

Flavie ya se imaginaba en el andén, atrapada en esa mezcla de resignación y esperanza. A su lado caminaría su madre, satisfecha, conteniendo apenas la euforia, con el gesto de quien siempre obtiene lo que quiere y sabe, mejor que nadie, cómo lograrlo.

Esa noche, acurrucada en la cama por última vez antes del viaje, Flavie sintió que algo se abría dentro de ella.

Una voz distinta, más honda, le susurraba el cambio.

Se preguntó cuánto tiempo más podría seguir viviendo una vida que ya no le pertenecía, cuánto tiempo más fingiendo que todo —los libros, las giras, las redes— tenía algún sentido.

Quizá por haber dejado las medicinas desde hacía dos días, el dolor le estaba abriendo otros caminos. Percibía con una claridad extraña que, mientras el mundo seguía girando fuera, dentro de ella algo se había detenido.

Era una grieta y, al mismo tiempo, una forma de aceptación: la de esos seres silenciosos que la habitaban y a los que nunca se había atrevido a nombrar.

¿Tendría algún día el valor de mostrarse tal como era, sin escudos ni máscaras?