La pasajera del Orient Express Capítulo 3
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Capítulo 3

Una vez, en el colegio, alguien le soltó que parecía de otro siglo. No supo si lo decía con admiración o con burla, pero la frase se le quedó incrustada en la piel como una astilla diminuta e insistente. Como si el tiempo tuviera una forma concreta y ella no encajara del todo.

Era evidente que había algo en ella, en esa belleza difícil de nombrar, mezcla de rebeldía contenida y nostalgia sin origen.

Su físico desentonaba con el presente que habitaba.

Sus gustos literarios y su necesidad de escribir seguían un ritmo propio.

Su mirada, como si recordara algo que nunca le había ocurrido, tampoco encajaba con la juventud que la rodeaba.

Y eso, en un colegio donde todo parecía empujar hacia delante, la dejaba fuera de lugar.

Desde ese momento, quiso cambiar.

Se cortó el pelo y observó caer, uno a uno, los largos bucles de su melena rojiza.

Intercambió algunas prendas con una nueva amiga de clase, más cani que otra cosa, y se miró en el espejo con una curiosidad distante frente a aquel reflejo que pertenecía a su reciente yo.

La ropa nunca le había importado demasiado, tampoco la apariencia.

Pero ese corte de pelo la convertía en una Flavie más dura y masculina que le encantó.

Fue entonces cuando comprendió que esa sería su nueva identidad. La elegida por ella.

Cuando Sylvain dejó de interesarse por esa nueva Flavie, ella decidió marcar en la piel a su siguiente compañero.

Al cumplir dieciséis años, y por primera vez sin el permiso materno, entró en un estudio de tatuajes con un DNI falso y salió con un dragón dibujado en el antebrazo.

No fue hasta llegar a casa que se dio cuenta de las consecuencias.

Su madre no gritó, pero se quedó sin respirar unos segundos como si hubiera visto un monstruo.

Su identidad iba apareciendo, poco a poco, en sus escritos.

Era ese cuestionamiento enfadado de aquellos años lo que se filtraba en sus palabras.

Ella escribía para ordenar el ruido de la sociedad, para formular preguntas sin respuesta, para hacer legible el caos que se agitaba en su interior.

Escribir era su forma de sostener ese vértigo, cuyo origen encontraba en su propio hogar.

La lectura le permitía evadirse. Se perdía en las novelas que le recomendaba la encargada de la biblioteca del colegio, donde empezó a pasar los recreos.

Mientras que su realidad se le escurría entre los dedos como agua derramada, las de los libros le ofrecían una seguridad que no conocía.

Hablaban de historias familiares que ella no tenía, de miembros que no habría sabido ni nombrar.

Cuando volvía a casa, preguntaba a su madre por un pasado familiar al que no sabía cómo agarrarse: un padre que no existía, unos abuelos a los que apenas había visto de niña. Solo estaban ellas dos frente al mundo, y un tío en América que les enviaba dinero de vez en cuando.

«No me acuerdo», acostumbraba a alegar su madre para no darle explicaciones. Otras veces aseguraba que lo poco que le decía le hacía «demasiado daño como para hablarlo».

Pero, a medida que empezó a publicar con la editorial, a ganar dinero, y cambiaron de casa y de barrio, ese rostro real fue alejándose con cada entrega.

Con el éxito, Flavie fue borrándolo poco a poco hasta convertirse en alguien a quien ya no reconocía del todo.

Escribir así, le explicaba a su madre, no significaba nada.

O, al menos, no lo que ella había creído en algún momento.

Tan solo su dragón, escondido bajo las mangas de trajes decimonónicos, le recordaba que una vez había sido otra.

La luz matinal se coló por la persiana que la noche anterior había dejado abierta. Sonaron las campanas de San Fermín de los Navarros. Flavie contó nueve toques. Oyó a su madre en la distancia, preparando el desayuno.

—Buenos días, mamá —dijo en cuanto llegó a la cocina.

—¿Has podido descansar? Tómate tus medicinas. Ayer volvías… Y hoy… ¡Pero qué mala cara te veo!

—Estoy bien. ¿Puedo coger uno de los cruasanes que hay en el congelador? Tengo mazo hambre.

Su madre suspiró.

—El azúcar te pone nerviosa. Te he preparado un plato de galletas sin.

Flavie se quedó en silencio. Estaba acostumbrada a no discutir las propuestas de su madre. Se acercó la taza de café descafeinado a los labios y el calor repentino le quemó el paladar. No llegó a soltarla, pero parte del líquido se derramó sobre el mantel.

—¡Cuidado! —dijo su madre sin moverse.

—¡Me he quemado, jod…! —protestó Flavie, y puso la taza en la mesa con un golpe.

—Pues ten más cuidado. Y deja de hablar como una maleducada. Me he levantado a prepararte el café para que tengas el desayuno listo, ¿y así es como lo recibes? Estás rara conmigo últimamente. ¿Qué te pasa?

—¡No me pasa nada! —Flavie alzó la voz sin poder evitarlo—. Me acabo de despertar. ¡Y no siempre me pasan cosas contigo… o sobre ti!

En cuanto terminó la frase se arrepintió. Su tono, lo sabía, la hundiría. Quiso rectificar.

—Perdóname… Estoy cansada —murmuró bajando la mirada.

—Ya veo —respondió su madre, esta vez sin dramatismos.

Se hizo un silencio breve, y Flavie supo enseguida que algo venía. Siempre era así: primero el reproche, después la tregua y finalmente la noticia disfrazada de oportunidad.

—Tenemos algo de que hablar —anunció con aire satisfecho la mujer. Hizo una pausa calculada, y luego lo soltó—: Ayer me llamó Nacho con otra de sus grandes ideas para que tus libros alcancen mayor número de ventas todavía. Vas a agradecérmelo.

Nacho, siempre Nacho. Su madre solo tenía ese nombre en la boca.

El editor apareció en sus vidas con la determinación serena de quien sabe reconocer un diamante en bruto.

Como un cazatalentos literario, se había presentado a la salida del Liceo Francés cuando Flavie acababa de obtener la mejor nota de Bachillerato.

Por aquel entonces, aún no había cumplido dieciocho años, se había autopublicado una novela peculiar sobre una chica que sufría de doble personalidad y quería dedicarse a escribir.

La novela se leía en redes entre círculos cerrados de alumnos de colegios bilingües.

Había alcanzado un número altamente prometedor de descargas y había llegado a manos de Nacho por su propia sobrina, que aquel verano no se despegaba de su iPhone.

Ese hombre, callado hasta parecer aburrido, en cuanto hablaba se convertía en el maestro de la persuasión.

Decoraba sus propuestas para elevar el alcance de sus escritores con una imaginación que conseguía transformarlo en real.

Esa tarde, y con cierta desfachatez, le comentó a la joven vestida de negro, a la que recordaba fumando a la salida del examen junto a un grupo de amigos de pintas igual de desastrosas, que tenía una oferta para ella.

Le entregó su tarjeta con la dirección de la editorial y se despidió diciendo: «Ven cuando quieras».

Al día siguiente, Flavie y su madre acudieron a la sede de la editorial, situada en una de esas casas antiguas de la calle Ferraz.

En cuanto entraron, las dos se quedaron boquiabiertas.

En esa estancia de techo alto y parquet crujiente, el tiempo parecía detenido en unos estantes desbordantes de libros.

Detrás de la mesa art déco , imponente y cuidada, el editor las recibió con un entusiasmo calculado.

En aquella primera reunión ya les habló de un proyecto, de una intuición casi infalible. Sosteniendo la mirada de la madre, anunció que quería convertir a Flavie en la escritora con mayor éxito de España.

Flavie guardó silencio. Su madre, en cambio, sonrió con una mezcla de orgullo y promesa.

Y así fue.

De la mano de aquel hombre mitad visionario, mitad prestidigitador y de su equipo de especialistas, los engranajes de la maquinaria comenzaron a moverse con precisión.

Lo primero que hizo fue cambiarle la imagen. Como si antes de existir en los libros Flavie tuviera que aprender a existir en los márgenes de una fotografía.

Entonces apareció un fotógrafo atento a sus gestos más naturales.

Un responsable de redes que fabricaba, con paciencia infinita, «una versión más luminosa», le explicaron, de ella misma.

Mientras tanto, su madre se convirtió, casi sin darse cuenta, en su asesora de vestuario, correctora silenciosa, guardiana discreta del personaje.

El problema vino con el tatuaje. ¡Tenía que eliminárselo!

Flavie se negó en redondo. Estuvo a punto de romper el contrato.

Sin su dragón, no daba un paso más. Su oposición fue tan firme que, por primera vez, Nacho no tuvo más remedio que ceder.

Al final acordaron que, aunque resultara un tanto extraño, la escritora aparecería siempre con prendas de manga larga.

«Salvo en eso, puedes describir a Ziana como quieras», le dijo el editor.

Así pues, Flavie se inventó un brazo quemado, y su protagonista empezó a vestirse con trajes a medida en los que una sola manga le cubría el brazo izquierdo hasta el inicio de los dedos.

Entre Nacho y su madre fueron puliendo una imagen que resaltaba la belleza de Flavie, pero haciendo de ella una bestia domable.

Tuvo que abandonar el negro. Se sujetó a los colores que la suavizaban, a los silencios que funcionaban, para hacerse una escritora grácil, semejante a sus personajes inocentes.

A veces en las fotos se adivinaba el final de una cola de dragón que Felipe debía borrar al instante.

Cada ajuste parecía mínimo, pero juntos componían una figura irreconocible, y Flavie supo aplacar su hostilidad.

En ocasiones se preguntaba en qué momento aquella construcción había empezado a parecerse más a una obligación que a un juego. No era mentira, se decía, pero tampoco era exactamente verdad. Era una versión habitable de ella misma, pensada para durar, para no incomodar.

Y así, mientras el personaje crecía y se asentaba, Flavie aprendía a habitarlo como se habita una casa prestada: con la sospecha constante de ser una especie de impostora.

Por las noches, apoyada en el alféizar de la ventana, fumaba tabaco negro mientras acariciaba su manso dragón.