Capítulo 2
Esa noche, quizá tambaleándose por el alcohol o vencida por el dolor que sentía en el pecho, cerró la puerta del piso con un golpe que despertó a su madre.
En apenas unos segundos, la mujer ya estaba en pie.
Se había levantado con tal inmediatez que Flavie llegó a plantearse si, en realidad, no estaría esperándola.
—¡Qué pronto llegas! Te recuerdo que esa gente paga por verte en la fiesta —dijo con esa mezcla de reproche y dulzura que Flavie conocía de sobra—. Mañana tienes sesión de fotos con Felipe, a las diez.
—Estaré bien —respondió Flavie, incómoda de repente porque, incluso a esas horas, su madre le estuviera recordando sus deberes cotidianos como si fuera su propia agenda.
—¿Cuánto alcohol has bebido? —preguntó la mujer en cuanto la oyó.
Flavie se mordió la lengua para no soltarle: «Olvídame de una vez». De un tiempo a esa parte, su presencia le despertaba un rechazo oscuro, difícil de explicar.
—Y sabes que con tu medicación…
—¡No la he tomado!
—¿Para poder beber más de la cuenta?
—Para poder aguantar a esa gentuza, madre mía, me…
La voz le salió más alta de lo que habría querido. Por un segundo, la tensión se instaló entre ambas como una línea invisible.
—¿Por qué hablas así de mal cuando luego…?
—¡Cuando luego escribo como los ángeles! Eso ibas a decir…, admítelo. Me piro a mi habitación. Mañana hablamos.
Flavie avanzó tambaleante por el largo pasillo sobre sus tacones dorados, pero antes de llegar a su dormitorio los tiró con rabia como si fueran cepos.
Ya en su cuarto, quiso evitar el espejo. Aun así, el reflejo le devolvió una figura descompuesta, casi borrosa, deslavazada: rímel corrido, vestido de seda rojo manchado a la altura del pecho, cabello revuelto.
Su madre apareció tras ella como una sombra.
—Es que me das pena…, te veo tan desmejorada últimamente que es normal que me preocupe.
Por alguna razón, Flavie pensó que algunas frases negativas de su madre le resultaban más difíciles de soportar que su propio reflejo. La despidió con un lacónico beso y cerró la puerta.
Aunque ante el resto de la sociedad la mujer aparentaba vivir dedicada en exclusiva al bienestar de su hija, Flavie sabía que, en realidad, la relación funcionaba a la inversa. Era ella quien cuidaba del equilibrio de una madre que, al final de cada frase, añadía un extraño comentario.
No convenía alterarla.
Esa mujer que decía a todos desvivirse por su hija a pesar de su «frágil estado anímico» era un territorio delicado, inestable.
Cuando Flavie se desesperaba, bastaba un arrebato, una palabra más alta de lo normal, para que su madre se encerrara durante días, llorando, convencida, como solía repetir, de que estaba al borde de la muerte.
Siempre a punto de deshacerse en interminables llantinas, contaba un pasado de sufrimiento de una manera que, Flavie sospechaba, no era del todo cierto.
Sin embargo, había crecido con esas historias de amargura, de duelo, de mala suerte que la habían llevado, según decía, a renunciar a su propia existencia para tener a su hija.
Cuando llegó de esa estancia en París embarazada, sus padres la echaron de casa.
Aunque había dudado en interrumpir el embarazo varias veces, ahora, con los años, aseguraba no arrepentirse.
Y eso a pesar de que ella conocía el lado «malvado», como decía, de Flavie y de afirmar que esta le había cambiado el rumbo de la vida con su llegada al mundo.
«A veces una mala decisión basta para cerrar todos los caminos de regreso», explicaba a los que se prestaban a escucharla.
Las palabras de su madre eran extremas. Para ella, Flavie era a la vez guapa y monstruosa.
La quería con locura, pero la trataba como «su esclava».
No se ocupaba de su hija, sino que se desvivía por ella.
En ocasiones, Flavie habría preferido algo más sencillo.
Un «Te quiero como eres». Un «Te espero para comer».
Un «Qué tal te lo has pasado». Un gesto de madre.
Por fin en su cueva. Aquel rincón, al fondo del gran piso de la calle Almagro, era el único espacio que sentía verdaderamente suyo.
Recogido y silencioso, el cuarto se asomaba a la iglesia de San Fermín de los Navarros.
Desde allí, las campanas, intermitentes, marcaban un ritmo pausado que la tranquilizaba.
Había aprendido a reconocer en su repique durante las horas quietas, los domingos lentos incrustados en semanas desenfrenadas, la sensación de estar a salvo, aunque solo fuera por un instante, en un lugar que no le pedía nada.
Aquel piso, cuyo alquiler pagaba con los derechos de autor, lo había escogido y decorado su madre. Flavie se lo había encontrado todo puesto en aquella casa a la que llegaron hacía cinco años sin apenas pertenencias.
Se desabrochó el vestido de forma acelerada y este cayó al suelo como una máscara arrugada. Casi sin darse cuenta, lo pisó varias veces hasta encontrar la camiseta negra de AC/DC con la que siempre dormía. Sentirla junto a su piel era una forma torpe, infantil, de seguir sintiéndose ella misma.
Se acercó a la ventana y la abrió. Dejó que la brisa le rozara la cara. Hacía fresco, pero era un frío amable. Apartó algunos objetos del alféizar y, como tantas otras noches, se acurrucó allí con las piernas dobladas bajo la camiseta desgastada.
De debajo de uno de los cachivaches sacó un paquete de cigarrillos y se encendió uno mientras miraba el cielo luminoso de Madrid. Era el primer pitillo del día.
«Qué desastre ser quien soy», se dijo. No era una frase nueva.
Se la dictaba la cabeza con una insistencia cansada.
A veces, se sentía una impostora. Sabía que aquella Ziana de ensueño, construida con paciencia por su madre y Nacho, no existía.
Lo que empezó como un deseo de primera adolescencia, ser escritora, se había apoderado de ella hasta convertirla en alguien discordante, en alguien que no era.
Ya en la cama, se tragó un somnífero con la urgencia de quien quiere caer en un sueño profundo y dejar de pensar.
Justo antes de apagar la luz, miró hacia la estantería: las cinco novelas publicadas, alineadas en la penumbra, le devolvieron una satisfacción breve y, entre lágrimas ahogadas, esbozó una sonrisa.
Quizá algún día… se atrevería.