La pasajera del Orient Express
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Capítulo 1
La puerta del piso se cerró con un leve chasquido.
Como cada fin de semana, Flavie regresaba de una de esas fiestas en Puerta de Hierro donde los abrazos parecían coreografiados, la comida venía envuelta en diminutos bocados y el champán se evaporaba en el aire.
Volvía sola, y, aunque no era tarde, una fatiga nueva se le había asentado en los hombros.
Sentía, cada vez con más nitidez, que aquellas noches no eran ya una diversión, sino un oficio.
El fingimiento de una alegría forzada ante una sociedad que daba likes a sus fotos de Instagram y compraba sus novelas.
Durante esas fiestas, invitada por gente que no la conocía en persona, su tarea consistía en posar. Vestida con alguno de los trajes que su madre elegía en tiendas vintage de París, debía encarnar a una de esas mujeres que la propia Flavie había creado.
Era escritora. De las que agotaban la primera edición antes de que los ejemplares llegaran a las librerías.
De las que vendían miles apenas la obra caminaba por sí misma.
Una especie de milagro en una sociedad que todos pronosticaban sin letra impresa; allí estaba ella, junto con el puñado de colegas a los que veía en la Feria del Libro, demostrando lo contrario.
Aunque, como le recordaba Nacho Atienza, su editor, Flavie no era simplemente una escritora, debía ser «inventora de sueños».
Aquellos que a sus lectores les habría gustado vivir.
De escritores corrientes, de los que retratan una realidad cruda y además desagradable, soez, sucia y mal educada, decía él, el mundo siempre había estado lleno.
Lo de Flavie era otra cosa.
Ella tenía que ofrecer amor, lujo, ocio y dinero. Y en eso se debía convertir. Vivir bajo la piel de ese personaje que se había inventado, aunque no fuera, ni mucho menos, la persona que era.
Como un camaleón que lanza su lengua rasposa para alcanzar la comida, Flavie llevaba años obligándose a adoptar el color de sus páginas blancas.
Recordaba con fervor sus años de secundaria en el Liceo Francés, cuando con su grupo de amigos se atrevió una noche a pintar el pasillo que llevaba al despacho del director con grafitis.
Sylvain había sido de los suyos esa noche, y lo fue hasta desvincularse del colegio al final de aquel curso por sus faltas de conducta.
A pesar de su gusto por la provocación, a ella siempre la habían salvado sus notas excelentes.
¿Dónde estaba esa Flavie atrevida, desafiante, contestataria?
, se preguntaba mientras volvía, algo ebria, de aquella fiesta en Puerta de Hierro en la que había encarnado a la perfección ese ser rancio en el que debía transformarse para vender.
¿Dónde estaba la mujer libre en la que soñaba convertirse de adolescente, la que veía reflejada en la mirada de Sylvain clavada en ella desde la última fila del aula?
Sintió una punzada en el pecho. ¿Sería por el champán?
Tanto su madre como su editor se lo habían dejado claro hacía cinco años cuando firmaron el contrato.
La fama ya no se construía únicamente con palabras escritas en un papel en blanco.
En el fondo, escribir era casi lo menos importante.
Había que brillar. Para sostener aquel hechizo, Flavie debía convertirse en Ziana, su personaje.
Mostrarse como Ziana. Hablar y moverse como la Ziana que ella había inventado, que fascinaba a todos.
Fingir que pertenecía a ese fulgor que nunca había sentido suyo.
Deslizarse entre los salones en la piel de alguien que llamara la atención, vestirse como si habitara un tiempo distinto, sonreír como lo harían los personajes de sus propias sagas; pertenecer a otro mundo en este espacio temporal en el que las fronteras de la cultura se habían difuminado, en el que, sin embargo, cada cual parecía el calco de otro.
Pero últimamente fingir naturalidad en medio de aquel teatro, cuando algo en su interior la atenazaba con fuerza, era casi un acto heroico. Aquel nudo invisible la amarraba a su trabajo, a su deber, a un estatus que no terminaba de sentir propio.
Y sonreír, en esas circunstancias, costaba más que cualquier palabra escrita.
Por eso, como si una voz le susurrase que saliera corriendo de esa vida que se había construido —o que los demás le habían construido—, esa presión le arrancaba respuestas tajantes, lapidarias, incluso perversas que dar a quienes se acercaban a ella en las reuniones de la alta sociedad, donde debía acudir para, a través de su imagen, vender sus novelas.
Y eso, le decía su madre, la acabaría arruinando.
«Hay que alimentar a las fieras porque estas te traen la comida».
En su caso, era el dinero esa comida que devoraba, junto con una madre ávida por consumir aquello que le había faltado durante tantos años.
Bastaba recordar las dificultades que pasaron, el diminuto apartamento en el que vivieron, el barrio a las afueras de Madrid desde el cual Flavie debía coger el metro durante más de una hora hacia el Liceo Francés para que todo ese circo actual mereciera la pena.
Gracias a Dios que el colegio, le dijo una vez su madre, lo pagaba «un tío lejano».
Flavie aprendió pronto su papel.
Cuando conocieron a Nacho Atienza, él ya lo tenía todo previsto.
Le arrancó de raíz los vaqueros informes demasiado anchos y las sudaderas negras con capucha, y Flavie desterró también de su armario, para siempre, las Dr. Martens.
Su madre, complacida, celebró en silencio aquella transformación; jamás había soportado la forma de vestir de su hija.
Ella, en cambio, se limitó a pensar que nada de todo ese teatro duraría una eternidad.
«Importante: las redes —insistió Nacho enseguida—. La niña —dijo sin mirarla, dirigiéndose únicamente a la madre, que la acompañaba a todas partes— debe adoptar un carisma distinto al de las demás influencers».
Así fue como, con la ayuda de aquel editor que cinco años después ya casi formaba parte de la familia de lo mucho que se inmiscuía en su vida, Flavie alcanzó un éxito más allá de lo imaginable.
Contra todo pronóstico, esa joven cuyos primeros textos Nacho leyó por casualidad a través de una plataforma se convirtió en una figura casi mítica para una generación que parecía vivir en la búsqueda permanente de algo que la distrajera del vacío.
Sin embargo, Nacho lo había intuido desde el principio: si esa chica quería triunfar, debía dar un vuelco a sus historias.
Convertir a Ziana en una joven rica, altiva y ligeramente desubicada en su época.
Una figura suspendida entre la fragilidad y la contención.
Y, para que la jugada resultara perfecta, el personaje tenía que ser real.
Flavie acabaría siendo Ziana: una presencia extraña, como llegada de otro siglo.
El editor se lo explicó a la madre de Flavie aquella tarde, con una minuciosidad casi ceremonial, leyéndole un contrato que prometía una fortuna tras la publicación de la segunda novela. Pero el precio que debía pagar «la niña» no figuraba en ninguna cláusula.
Habría de vestirse con trajes de otro tiempo, de marcas imposibles; ensayar una elegancia extinguida y exhibirla, día tras día, en las redes. Convertir su vida en escaparate, la ficción en costumbre. Cuanto más se alejaba de la realidad, más verosímil resultaba a los ojos ajenos.
«Y además —añadió Nacho—, debe parecer intocable. Una especie de Jane Austen contemporánea». Flavie, sin embargo, prefería a Sylvia Plath.
Hacía tiempo ya que necesitaba todo tipo de pastillas para sostener esa felicidad amarga que tan poco iba con ella.
Fingía una sonrisa al borde del histrionismo.
Ser la Ziana de sus lectores, el personaje que estos creían irreal, pero que esa noche estaba allí, presente.
Tan lejos de lo que ella quería, de lo que sentía, de lo que era.
Al llegar a su casa se hundía, inevitablemente, en un pozo de amargura.