18. CAPÍTULO XV La habitación doce #2
—Porque comprendió que los documentos físicos podían desaparecer y que las instituciones podían absorber cualquier denuncia.
—Entonces decidió automatizarla.
—Decidió distribuirla.
Carmen miró las cámaras, los cables y el piano.
—¿El sistema digital procede de ella?
—Del modelo inicial, sí.
—¿Y las anotaciones sobre papel?
—No.
—¿Quién las escribió?
—Todavía no lo sabemos.
Marcos soltó una risa amarga.
—Usted lo sabe todo.
—No.
—Ha dirigido cada movimiento.
—He protegido rutas de acceso.
—Ha manipulado cámaras, credenciales y transmisiones.
—Sí.
—Ha utilizado nombres de personas vivas.
—Sí.
—Entonces no es diferente de Orfeo.
La voz tardó en responder.
—Esa posibilidad es la razón por la que os reuní.
Gabriel sintió rechazo.
—Nos reunió para juzgar su propio sistema.
—Para obligaros a decidir si debía continuar.
—No tenía derecho.
—No.
La admisión fue inmediata.
—¿Por qué lo hizo?
—Porque ninguna persona conserva voluntariamente una estructura capaz de acusarla.
Carmen se acercó al altavoz.
—¿Dónde está?
—Cerca.
—Aparezca.
—No todavía.
—Hay un hombre herido.
—La ambulancia está a cuatro minutos.
—¿Cómo lo sabe?
—Control de tráfico.
—Sigue accediendo a sistemas.
—Sí.
—Desconéctelos.
—Cuando decidáis qué hacer con la cinta.
Gabriel miró el piano.
—¿Qué contiene?
—La reunión completa del catorce de noviembre de 1987.
—¿Quiénes hablan?
—Todos.
—¿Qué demuestra?
—Que la obra no fue concebida como denuncia.
Daniel levantó la cabeza.
—Eso es mentira.
—No al principio.
—Después sí.
—Después se transformó.
Gabriel recordó las siete personas alrededor de la mesa.
—¿Qué se decidió aquella noche?
La voz respondió:
—Utilizar las composiciones de alumnos y profesores como material colectivo sin atribución individual durante el proyecto experimental.
Inés miró a Daniel.
—Entonces todos aceptaron.
—No Lucía —dijo él.
—La grabación demostrará lo contrario —respondió la voz.
—Fue presionada.
—Eso también aparece.
Carmen comprendió la importancia.
—La cinta contiene consentimiento y presión.
—Sí.
—Acuerdos y amenazas.
—Sí.
—No resolverá por sí sola la autoría.
—No.
—Entonces ¿por qué todos la quieren?
—Porque cada parte ha utilizado solo los fragmentos que la favorecen.
Gabriel miró a Daniel.
—¿Tú también?
El anciano cerró los ojos.
—Sí.
La confesión no necesitó explicación.
Daniel había presentado a Lucía como una autora completamente excluida.
Ana había destacado su propia melodía.
Ricardo había transformado el acuerdo colectivo en autoría personal.
Elías había preservado fragmentos para controlar responsabilidades.
Marcos había convertido asociaciones en narración.
Todos habían seleccionado.
Todos habían editado.
La cinta completa no absolvería a nadie.
Pero impediría que continuaran afirmando que solo existía una versión posible.
—¿Cómo se extrae? —preguntó Carmen.
—Interpretando la secuencia inicial.
—¿Qué secuencia?
—Las siete voces originales.
—No estamos todos.
—No hacen falta las personas. Hacen falta sus líneas.
—¿Dónde están?
—Las habéis reunido.
Gabriel comprendió.
El manuscrito gris.
La versión de Lucía.
La segunda voz.
La flauta.
El movimiento cero.
Las copias de Ana.
Los fragmentos de Daniel.
—No las tenemos aquí.
Marcos levantó la carpeta negra.
—Yo sí tengo parte.
Daniel abrió su funda de clarinete.
Dentro había varios folios.
Carmen sacó del bolso la transcripción de la línea de Ana.
Inés tenía la carta que describía el fragmento de Lucía.
Gabriel recordó su motivo.
Elías, desde la cama, habló con dificultad:
—La versión del Director está bajo el piano.
Marcos lo miró.
—¿La trajiste?
—Sí.
Inés se acercó al instrumento y encontró una carpeta estrecha.
Faltaba una voz.
—Mateo —dijo Gabriel.
Daniel negó.
—La séptima era Ana.
—Ana ya está.
—Entonces falta Teresa.
La voz del altavoz respondió:
—No.
—¿Quién?
—Esteban.
Inés quedó inmóvil.
—Mi padre formaba parte de la obra.
—No como compositor. Como registrador.
—¿Su línea?
—El silencio técnico.
—Eso no es una voz.
—Es la duración durante la cual ninguna fuente puede modificarse.
Carmen entendió.
—Una ventana de integridad.
—Sí.
—¿Cómo se activa?
—Apagando el sistema durante ocho compases.
Marcos miró las pantallas.
—Si se apaga, podemos perder la cinta.
—O impedir que sea alterada.
—¿Quién controla la reactivación?
—Nadie.
—Entonces es una apuesta.
—Sí.
Sirenas llegaron desde la calle.
La ambulancia.
La policía.
La voz habló con rapidez.
—Decidan.
—¿Ahora? —preguntó Gabriel.
—Cuando entren las autoridades, la habitación quedará intervenida. La cinta pasará a una cadena de custodia que puede protegerla o enterrarla durante años.
Carmen miró el piano.
—Eso no justifica actuar sin registro.
—La cámara está grabando.
—Controlada por usted.
—Sí.
—No es independiente.
—No.
—Entonces necesitamos una copia externa.
Inés levantó su teléfono.
—No hay señal.
Marcos señaló un cable.
—Podemos conectar una salida directa.
—¿A dónde?
—A varios servidores.
Carmen negó.
—No publicaremos la cinta.
—No he dicho publicar. Copiar cifrada.
—¿Quién tendrá las claves?
—Nosotros.
—¿Quiénes?
—Todos los presentes.
Gabriel miró a Daniel, Marcos, Inés, Carmen, Elías y la cámara tras la que estaba Esteban.
Una custodia plural nacida en una habitación construida para controlar.
La paradoja era evidente.
—Siete claves —dijo.
—Sí —respondió Marcos—. Ninguna parte podrá abrirla sola.
Carmen pensó.
—Y una copia bajo custodia judicial.
—Sí.
—La extracción se registrará completa.
—Sí.
—Sin emisión pública.
Marcos dudó.
—Sí.
—¿Aceptas?
—Acepto.
Daniel miró el piano.
—Yo también.
Elías levantó débilmente una mano.
Inés asintió.
Gabriel miró a Carmen.
Ella fue la última.
—Lo haremos.
Los pasos de los sanitarios se escuchaban en la planta baja.
Marcos conectó el sistema de copia.
Inés organizó los folios.
Daniel montó el clarinete.
Carmen colocó la línea de Ana sobre el piano.
Gabriel se situó junto al atril.
No había tiempo para ensayar.
Tampoco era necesario.
Cada uno conocía ya su fragmento.