LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 18. CAPÍTULO XV La habitación doce
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18. CAPÍTULO XV La habitación doce

Regresaron a San Jerónimo del Río antes del amanecer.

La carretera parecía distinta de noche. No porque hubiera cambiado, sino porque ya no podían recorrerla como un trayecto neutral. Cada curva estaba asociada a una voz, cada desvío a un documento, cada puente a una versión de los hechos.

Carmen conducía.

Gabriel ocupaba el asiento delantero. Inés viajaba detrás, con la caja de cartas de Lucía apoyada sobre las rodillas. Ninguno habló durante los primeros cuarenta minutos.

En la pantalla del teléfono permanecía congelada la última imagen de la transmisión.

El suelo.

Una mano.

Sangre.

El borde de una alfombra.

Al fondo, parcialmente visible, una pared verde y el cuadro del puente.

Gabriel amplió la imagen otra vez.

—La habitación doce no tenía ese color.

—¿La recuerdas? —preguntó Carmen.

—Sí. Las paredes eran amarillas.

—Podrían haberlas pintado.

—También recuerdo una ventana alta y una cama de hierro.

—Eso puede seguir allí.

Inés levantó la mirada.

—¿Y el cuadro?

—Estaba sobre una cómoda.

—Entonces la sala de la transmisión puede ser la misma.

—O una reconstrucción —dijo Carmen.

—¿Para qué?

—Para que pensemos que están allí.

Gabriel observó la oscuridad al otro lado del parabrisas.

—Marcos sabía que reconoceríamos el lugar.

—Entonces pudo colocarlo deliberadamente.

—Daniel también lo sabía.

Inés sostuvo la caja con más fuerza.

—Daniel no parecía colaborar.

—Parecía discutir.

—También puede haber sido preparado.

Carmen negó.

—No podemos convertir cada evidencia en una representación posible. Necesitamos establecer grados de probabilidad.

—La sangre era real —dijo Gabriel.

—No lo sabemos.

—La mano se movió.

—Eso demuestra que alguien estaba herido o fingía estarlo.

—No fingía.

—Eso es una impresión.

Gabriel guardó silencio.

Carmen no pretendía negar el peligro. Intentaba impedir que el miedo les impusiera una conclusión.

Era la misma disciplina que faltaba en el sistema de Marcos.

A las cuatro y veintiséis entraron en San Jerónimo.

La calle de la antigua pensión estaba desierta. La fachada permanecía casi igual que en la fotografía de 1993, aunque el rótulo azul había desaparecido. Las ventanas de la planta baja estaban tapiadas. Sobre la puerta había una placa nueva:

EDIFICIO EN REHABILITACIÓN

No se observaban andamios ni materiales de obra.

Carmen detuvo el coche a cierta distancia.

—La puerta principal puede estar vigilada.

—Hay un acceso posterior —dijo Gabriel.

—¿Lo recuerdas?

—Lucía lo utilizó para salir.

La memoria volvió en fragmentos.

Un pasillo.

Una cocina.

Un patio estrecho.

Una verja que daba a una calle lateral.

—Rodearemos el edificio —dijo.

Bajaron.

El aire era más frío junto al río. La humedad se adhería a la ropa. A lo lejos se oía el agua y, en algún lugar, un perro ladraba de manera intermitente.

La calle lateral terminaba en un muro bajo. Tras él aparecía un patio lleno de maleza.

La verja antigua seguía allí.

No estaba cerrada.

Carmen la abrió con un pañuelo, evitando tocar directamente el metal.

—Alguien ha pasado hace poco.

En el suelo había marcas sobre la tierra húmeda.

Dos pares de zapatos.

Quizá tres.

Entraron.

La puerta de servicio estaba entornada.

No había signos de fuerza.

—Llamaré a la policía —dijo Carmen.

—Cuando sepan la dirección exacta —respondió Gabriel.

—Ya la sabemos.

—No sabemos si siguen dentro.

—Precisamente.

Marcó.

Informó de la posible localización, del vídeo y de la presencia de una persona herida. La operadora confirmó que enviaría una patrulla.

—No debemos entrar —dijo al terminar.

Desde el interior llegó una nota de clarinete.

Grave.

Sostenida.

Gabriel se volvió hacia la puerta.

—Daniel.

—Puede ser una grabación.

La nota se interrumpió.

Después sonaron cuatro golpes.

Tres breves.

Uno largo.

Carmen palideció.

—El patrón de vigilancia.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Puede estar avisándonos.

—O advirtiendo a otra persona.

Inés avanzó.

—No vamos a esperar fuera mientras alguien sangra.

Carmen la sujetó por el brazo.

—No sabemos qué encontraremos.

—Eso nunca nos ha detenido.

—Y por eso hemos terminado en una investigación policial.

—No voy a dejar a Daniel dentro.

—No sabes si es Daniel.

Inés se soltó.

—Tú tampoco sabes que no lo sea.

Entró.

Gabriel la siguió.

Carmen permaneció un segundo en el patio. Después los acompañó.

La cocina estaba vacía.

Había polvo sobre las encimeras, cristales rotos y restos de yeso. Sin embargo, una bombilla nueva colgaba del techo. Los cables habían sido instalados recientemente.

El edificio no estaba abandonado.

Había sido preparado.

En el suelo aparecían pequeñas marcas negras.

Flechas.

No pintadas, sino formadas con polvo de carbón.

Conducían hacia la escalera.

—Nos están guiando —dijo Carmen.

—Lo sabemos desde el principio —respondió Gabriel.

—Eso no obliga a seguir.

—No.

Siguieron.

El primer piso conservaba el corredor estrecho de la antigua pensión.

Las puertas no tenían números, salvo una.

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La placa parecía nueva.

La pared era verde.

Gabriel se detuvo.

La transmisión mostraba aquella misma tonalidad.

Inés se acercó a la puerta.

—Hay alguien dentro.

Se oyó respiración.

Después, una voz:

—No entren juntos.

Era Daniel.

Gabriel apoyó la mano sobre el pomo.

—¿Estás herido?

—No entren juntos.

—¿Está Marcos contigo?

—Sí.

—¿Está vivo?

Silencio.

Carmen se acercó.

—Daniel, la policía viene hacia aquí.

—Entonces ya es tarde.

—Abra.

—La puerta no está cerrada.

Gabriel giró el pomo.

La habitación doce estaba iluminada por una lámpara de pie.

El cuadro del puente colgaba sobre la cómoda.

La cama de hierro seguía junto a la pared.

Había un piano vertical, una mesa de grabación y varias cajas de documentos.

Daniel estaba sentado en el suelo.

Tenía una herida en la frente y sangre en una mano.

Marcos permanecía de pie junto a la ventana.

Sostenía una pistola.

No apuntaba a nadie.

La mantenía baja, cerca del cuerpo.

—Cierren la puerta —dijo.

Carmen no obedeció.

—Deje el arma.

—No es mía.

—Eso no importa.

—Importará después.

Gabriel miró a Daniel.

—¿Qué ocurrió?

—Intenté detener la transmisión.

—¿La sangre es tuya?

—Parte.

—¿Parte?

Daniel miró hacia la cama.

Detrás había un hombre tumbado.

No se movía.

Gabriel reconoció el traje oscuro.

Elías Montoro.

Inés se acercó.

—¿Está vivo?

—Sí —respondió Daniel—. Pero ha perdido mucha sangre.

Carmen sacó el teléfono.

—Necesita asistencia médica.

—Ya viene —dijo Marcos.

—¿Quién le disparó?

—Nadie.

Gabriel observó a Elías.

La herida no parecía de bala. Tenía el costado cubierto de sangre y una pieza metálica incrustada en la chaqueta.

Parte de un atril.

Una varilla afilada.

—¿Qué pasó? —preguntó.

Marcos dejó la pistola sobre una mesa.

—El sistema de cierre.

—Explíquese.

—Elías intentó retirar la carpeta gris antes de que terminara la grabación. Activó una trampa mecánica instalada en la pared.

Carmen miró la varilla.

—¿Quién preparó esto?

—Ricardo.

—Murió hace años.

—La habitación se mantuvo según sus instrucciones.

Gabriel sintió repulsión.

La pensión no había sido conservada como memoria.

Había sido transformada en dispositivo.

—¿Por qué estaban aquí?

Daniel respondió:

—Porque esta habitación contiene el original de la reunión de 1987.

—La cinta.

—Sí.

—¿La misma que escuchamos?

—No. La grabación completa.

Inés miró las cajas.

—¿Dónde está?

Marcos señaló el piano.

—Dentro.

—¿Por qué no la ha tomado?

—Porque está conectada al movimiento cero.

—¿Qué significa?

—Si se extrae sin reproducir la secuencia correcta, se destruye.

Carmen se acercó al instrumento.

—Otro mecanismo de protección.

—De control —dijo Daniel.

Gabriel observó a Marcos.

—¿Por qué tenía una pistola?

—La trajo Elías.

El hombre herido abrió los ojos.

—No.

Su voz era débil.

Inés se inclinó.

—No se mueva.

Elías respiró con dificultad.

—No la traje yo.

Todos miraron el arma.

—¿De quién es? —preguntó Carmen.

Elías levantó una mano.

Señaló a Daniel.

Gabriel sintió que la habitación se contraía.

—¿Es tuya?

Daniel no respondió.

—Daniel.

El anciano miró la pistola.

—La guardé aquí en 1993.

—¿Por qué?

—Porque Ricardo venía armado.

—¿La utilizaste?

—No.

—¿Y Marcos?

—La encontró.

Marcos negó.

—Estaba sobre la mesa cuando llegué.

—¿Quién llegó primero? —preguntó Carmen.

—Daniel.

—¿Después?

—Yo.

—¿Y Elías?

—El último.

—¿Quién activó la transmisión?

Marcos miró el equipo.

—No fui yo.

—Eso contradice todo lo anterior.

—Yo preparé el estreno en el conservatorio. La emisión desde aquí no estaba prevista.

—Entonces alguien tomó el control.

—Sí.

—¿Quién?

Daniel miró el cuadro del puente.

—La persona que conservaba la última copia de la reunión.

—¿Ana?

—No.

—¿Amalia?

—Tampoco.

—¿Elena?

—No.

Gabriel siguió su mirada.

Detrás del cuadro había una pequeña cámara.

La luz roja estaba encendida.

—Nos están viendo.

Carmen se acercó, pero Marcos levantó una mano.

—No la toque.

—¿Otra trampa?

—Puede activar la destrucción de la cinta.

—Entonces todo está conectado.

—Sí.

Inés observó las paredes.

—¿Quién construyó el sistema?

Daniel respondió:

—Esteban Salvatierra.

El padre de Inés.

La mujer quedó inmóvil.

—Mi padre era fotógrafo.

—También técnico de sonido.

—Murió cuando yo tenía tres años.

—Eso te dijeron.

—No.

—Trabajó aquí hasta 1995.

Inés se volvió hacia Gabriel.

—¿Lo sabías?

—No.

—¿Teresa?

—Probablemente.

—¿Mi madre?

—Sí.

Inés cerró los ojos.

Otra identidad.

Otra muerte administrativa.

Otro padre convertido en ausencia útil.

—¿Está vivo? —preguntó.

Daniel no respondió.

La cámara emitió un sonido.

Un altavoz oculto se activó.

Una voz masculina llenó la habitación.

—Sí.

Inés abrió los ojos.

—¿Quién es?

—La persona que ha esperado a que todos dejaran de protegerte.

La voz era grave, envejecida, pero firme.

—¿Esteban?

—Ese fue uno de mis nombres.

Gabriel miró hacia la cámara.

—¿Es usted el Conservador?

—No.

Marcos se acercó.

—Miente.

—Tú convertiste una función en identidad. Yo construí el sistema que la hizo posible.

—Entonces usted es el origen.

—No.

—¿Quién?

La voz guardó silencio.

Después respondió:

—Lucía.

Inés retrocedió.

—Mi madre.

—Sí.

—No era técnica.

—Aprendió.

—¿Construyó esta red?

—Construyó una parte.

—¿Por qué?