17. CAPÍTULO XIV La obra apropiada #3
—La diferencia es la trazabilidad.
Gabriel recordó la primera frase de Elías sobre los documentos.
Quien custodia decide cuándo pueden ser conocidos.
—La trazabilidad no basta si la estructura sigue siendo suya.
—Entonces ayuden a construir otra.
—¿Y la fundación aceptará perder influencia?
—Aceptará no desaparecer.
—No es lo mismo.
—Es lo máximo que puedo ofrecer.
La notaria permanecía a unos pasos, sin intervenir.
Carmen guardó la propuesta.
—La revisaremos.
Elías hizo ademán de marcharse.
Gabriel lo detuvo.
—Ana dijo que usted interceptó las cartas de Lucía.
Montoro se volvió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque algunas contenían localizaciones.
—Podía haber entregado versiones censuradas.
—No confiaba en que Inés no buscara a su madre.
—Era su derecho.
—Tenía seis años.
—Después tuvo dieciséis. Veinte. Treinta.
Elías bajó la mirada.
—Seguí creyendo que la amenaza continuaba.
—Y cuando dejó de creerlo.
—Ya no sabía cómo explicar lo que había hecho.
Gabriel sintió una amarga familiaridad.
—Entonces continuó.
—Sí.
—¿Conserva copias?
—De algunas.
Inés avanzó.
—Quiero todas.
—Se entregarán bajo inventario.
—No a la fundación.
—A la custodia que se acuerde.
—Son cartas dirigidas a mí.
—Y algunas contienen datos sobre otras personas.
—Eso no le concede derecho a retenerlas.
—No.
—Entonces entréguelas.
Elías miró a uno de los abogados.
El hombre abrió una cartera y sacó un sobre sellado.
—Copias digitalizadas —dijo Montoro—. Los originales están depositados.
Inés tomó el sobre.
—¿Desde cuándo lo llevaba preparado?
—Desde antes de venir.
—Sabía que lo pediría.
—Sí.
—Siempre sabe qué parte entregar para conservar la siguiente.
Elías no negó.
Se marchó con su equipo.
Gabriel, Carmen e Inés caminaron hacia el coche.
La calle estaba casi vacía.
A mitad de camino, el teléfono de Carmen vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Contenía un enlace.
La transmisión se abrió automáticamente.
Marcos aparecía sentado ante un piano.
No estaban en el antiguo conservatorio.
El lugar parecía una sala doméstica.
Sobre el atril descansaba el movimiento cero.
A su lado, la carpeta gris.
—La fundación ofrece protección —dijo—. La policía ofrece custodia. Ana ofrece contradicción. Carmen ofrece procedimiento. Todos quieren convertir la obra en un archivo controlable.
Miró a la cámara.
—Pero la música no reconoce propietarios.
Pulsó una nota.
En la pantalla apareció una partitura.
SIETE ESTUDIOS SObrE LA AUSENCIA
La edición de Ricardo.
—Mañana publicaremos las fuentes originales de cada movimiento. No perfiles. No interpretaciones. Materiales.
Carmen apretó el teléfono.
—Va a filtrar todo.
Marcos continuó:
—También publicaremos las versiones anteriores que demuestran que quienes hoy reclaman restitución se apropiaron antes de otras voces.
Inés miró la caja de cartas.
—La carta de Lucía.
—La tiene —dijo Gabriel.
—¿Cómo?
—El sistema pudo copiarla en Utrera.
Marcos levantó una hoja.
La misma carta.
—La obra apropiada no tiene un único ladrón —dijo—. Por eso ningún comité podrá decidir a quién pertenece.
Detrás de él apareció una figura.
No se veía el rostro.
Solo las manos.
Sostenían un clarinete.
Comenzaron a interpretar el motivo de Gabriel.
Cuatro notas descendentes.
Una pausa.
Dos ligadas.
La sexta menor.
Gabriel reconoció la respiración.
—Daniel.
La figura levantó la cabeza.
Era el anciano de Santa Aurelia.
—No —dijo Gabriel.
Daniel miró a la cámara.
—Marcos tiene razón en una cosa.
Carmen acercó el teléfono.
—¿Cuál?
—La obra no puede volver a una institución.
Gabriel sintió una traición más profunda que las anteriores.
—Daniel está con él.
—O parece estarlo —dijo Inés.
Daniel continuó:
—Pero se equivoca en lo esencial. Publicarlo todo no devuelve los nombres. Los entrega a otra forma de poder.
Marcos lo miró.
La tensión entre ambos no parecía ensayada.
—Habíamos acordado otra declaración.
—Tú habías acordado.
Daniel dejó el clarinete.
—El estreno ha terminado.
—No.
—Sí.
—Todavía falta la obra apropiada.
—Precisamente.
Daniel tomó el movimiento cero.
Marcos intentó arrebatárselo.
La imagen se agitó.
Se oyó un golpe.
La cámara cayó.
Durante unos segundos solo mostró el suelo.
Después apareció una mano.
Sangre.
La transmisión se cortó.
Carmen intentó recuperar el enlace.
No existía.
Gabriel llamó al número mostrado.
Desconectado.
Inés miró la última imagen congelada.
—¿De quién era la sangre?
—No lo sé.
Carmen amplió el fondo de la sala.
En una pared había un cuadro.
Una fotografía de un puente.
El mismo de San Jerónimo del Río.
—Están cerca del molino —dijo Gabriel.
—¿Cómo lo sabes?
—Ese cuadro estaba en la pensión Santa Clara.
Inés levantó la mirada.
—Entonces la sala puede ser la habitación doce.
—La pensión cerró hace años.
—Alguien puede haberla conservado.
Carmen abrió el mapa.
—Volvemos a San Jerónimo.
Gabriel miró la hora.
Era la una y cuarenta y tres de la madrugada.
La red no descansaba.
Las instituciones tampoco.
Y la obra apropiada acababa de convertirse en algo más peligroso que una disputa de autoría.
Había vuelto a producir sangre.