LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 17. CAPÍTULO XIV La obra apropiada
88%

17. CAPÍTULO XIV La obra apropiada

La policía llegó cuando la emisión todavía seguía activa.

Los primeros agentes entraron por la puerta principal.

Otros rodearon el edificio y localizaron la salida lateral utilizada por Marcos, pero no encontraron rastro de él.

En el patio trasero había huellas recientes, una verja abierta y marcas de neumáticos sobre la tierra.

Alguien lo esperaba o había dejado un vehículo preparado.

Gabriel no pudo evitar pensar que la huida también formaba parte de la obra.

No una improvisación.

No un fracaso.

Un movimiento previsto.

Ana permaneció frente a la cámara hasta que uno de los agentes desconectó el equipo de transmisión. Su declaración quedó interrumpida, pero ya había sido reproducida, grabada y compartida por cientos de espectadores. Las capturas comenzaron a circular antes de que nadie pudiera ordenar su retirada.

Su nombre apareció junto al de Ricardo Leal.

Después junto al de Lucía Valdés.

Después bajo titulares contradictorios.

COMPOSITORA REAPARECIDA ACUSA A SU MARIDO DE APROPIACIÓN ARTÍSTICA.

MUJER DADA POR MUERTA IRRUMPE EN TRANSMISIÓN SObrE ARCHIVOS MUSICALES.

CONFLICTO POR UN LEGADO INÉDITO SACUDE A VARIAS INSTITUCIONES.

Cada titular seleccionaba una parte.

Cada medio reducía la complejidad a una forma distinta.

La maquinaria que Marcos había activado no se detuvo con la emisión. Se dispersó.

Carmen observó las primeras publicaciones desde el teléfono de un agente.

—Ya han convertido a mi madre en una aparición.

Ana permanecía sentada junto a la mesa técnica.

—Era previsible.

—No para mí.

—No.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

Ana bajó la mirada.

—Cuando pudiera hacerlo sin ponerte en peligro.

Carmen cerró los ojos.

—No vuelvas a usar esa frase.

—No sé utilizar otra.

—Aprende.

Ana recibió la orden sin defenderse.

Gabriel contempló a ambas.

Carmen no se acercaba a su madre. Ana no intentaba tocarla. Entre ellas existía una distancia de pocos metros y más de treinta años de versiones incompatibles.

La policía pidió documentos de identidad.

Ana entregó uno portugués.

El nombre no era Ana Beltrán.

Figuraba como:

Helena Duarte Sequeira.

El agente examinó la fotografía.

—¿Es usted ciudadana portuguesa?

—Sí.

—¿Y Ana Beltrán?

—También.

—No puede tener dos identidades vigentes sin una justificación legal.

—Una no está vigente.

—Según nuestras bases, Ana Beltrán consta como fallecida.

—Lo sé.

—Tendrá que acompañarnos.

Carmen intervino.

—Antes debe quedar registrada la documentación que ha aportado.

—Se hará.

—Con copia y presencia de testigos.

—Señora Otero, ahora no actúa como secretaria del centro.

—Actúo como persona directamente afectada y como testigo de una posible sustracción, manipulación y difusión de archivos.

El agente la observó.

—No voy a discutirlo aquí.

—Entonces deje constancia de que lo he solicitado.

Gabriel reconoció en su voz la misma precisión con la que había ordenado el caos desde el principio.

No era frialdad.

Era resistencia.

Inés se encontraba junto a la carpeta blanca.

No permitía que nadie la tocara sin guantes.

—Esta versión debe separarse del equipo digital —dijo.

—Todo quedará bajo custodia policial —respondió otro agente.

—¿En qué condiciones?

—Las adecuadas.

—Eso no es una condición técnica.

—Se trasladará a dependencias seguras.

—El papel contiene tintas inestables y posibles capas superpuestas.

—Entonces se solicitará apoyo especializado.

—¿A quién?

—A quien corresponda.

Inés negó.

—Esa respuesta puede destruir información.

El agente empezó a impacientarse.

—Señora Salvatierra, no podemos negociar cada procedimiento con todas las personas presentes.

—No es una negociación. Es conservación preventiva.

—¿Tiene acreditación profesional?

Inés mostró su documentación.

—Restauradora de material documental y musical.

El agente la leyó.

—Entonces podrá presentar un informe.

—Lo presentaré ahora.

Sacó su libreta.

Describió el estado del manuscrito, el tipo de carpeta, la disposición de los folios, las zonas de tinta visible y las condiciones mínimas de transporte.

Gabriel comprendió que cada uno defendía la verdad desde el instrumento que conocía.

Carmen mediante procedimiento.

Inés mediante materia.

Ana mediante testimonio.

Él todavía no sabía cuál era el suyo.

Quizá la memoria.

Y la memoria era el instrumento menos fiable de todos.

A las cuatro de la tarde, el antiguo conservatorio quedó precintado.

Los equipos fueron incautados.

La carpeta blanca, la edición de Ricardo, la memoria digital, las cámaras y varias copias de trabajo quedaron relacionadas en un acta provisional.

El movimiento cero había desaparecido con Marcos.

El manuscrito gris también.

El dispositivo de la Fundación Armonía fue intervenido.

La propuesta de custodia quedó sin firmar.

Cuando salieron del edificio, había periodistas en la calle.

No muchos al principio.

Suficientes.

Micrófonos.

Cámaras.

Teléfonos.

Preguntas pronunciadas a la vez.

—¿Es cierto que se apropiaron obras de estudiantes?

—¿Quién es la mujer que afirma ser Ana Beltrán?

—¿Hay profesores en activo implicados?

—¿Se ha falsificado documentación pública?

—¿Existe una red de vigilancia sobre conservatorios?

—¿Gabriel Valcárcel firmó la expulsión de una alumna?

Su nombre atravesó el ruido.

Gabriel se detuvo.

Carmen lo sujetó por el brazo.

—No respondas aquí.

Pero él ya había comprendido que el silencio podía volver a parecer una estrategia.

Miró hacia las cámaras.

—Firmé un informe en 1987.

Las voces se callaron parcialmente.

—¿Qué informe?

—Un documento que contribuyó a excluir a una alumna que no había sido regularizada administrativamente.

—¿Conocía las consecuencias?

—No todas.

—¿Se arrepiente?

La pregunta le pareció insuficiente.

—El arrepentimiento no modifica un expediente. Voy a declarar sobre lo que hice, lo que recuerdo y lo que todavía no puedo demostrar.

—¿Participó en plagios?

—Firmé actas relacionadas con una obra colectiva publicada después bajo una autoría que no reflejaba su origen real.

—¿Quién fue el autor?

—No hubo una sola persona.

—Entonces ¿niega el plagio?

—Niego que una pregunta binaria pueda describir lo ocurrido.

Algunos periodistas anotaron.

Otros buscaron una frase más clara.

—¿La alumna desapareció por culpa de ustedes?

Gabriel sintió que la respuesta podía convertirse en una sentencia contra todos o en una evasión.

—Nuestras decisiones contribuyeron a dejarla sin protección institucional. Lo demás deberá investigarse.

Carmen volvió a tirar de su brazo.

—Basta.

Subieron a un vehículo policial separado.

Ana fue trasladada a dependencias oficiales.

Carmen insistió en acompañarla, pero no se lo permitieron. Debía prestar declaración en otro lugar.

Inés se quedó con Gabriel.

Durante el trayecto no habló.

Llevaba la caja de cartas de Lucía sobre las rodillas.

—¿Has hecho bien? —preguntó finalmente.

—No lo sé.

—Has reconocido hechos sin haber revisado todos los documentos.

—Los hechos que he reconocido ya estaban en mi memoria y en varias copias.

—También pueden estar deformados.

—Sí.

—Entonces te has expuesto.

—Era inevitable.

—No. Podías esperar.

Gabriel miró por la ventana.

—Esperar fue una de las formas del daño.

Inés apoyó una mano sobre la caja.

—Responder demasiado pronto también puede serlo.

—Lo sé.

—No pareces saberlo.

—Lo sé ahora.

Llegaron a la comisaría poco antes de las cinco.

Las declaraciones se prolongaron durante horas.

Gabriel relató el hallazgo del manuscrito, el traslado a su domicilio, la aparición de las anotaciones, la investigación, la visita a Orfeo, Santa Aurelia, Utrera y el regreso al conservatorio.

Cuando mencionó la escritura surgida sobre el papel, el agente detuvo el teclado.

—¿Afirma que los nombres aparecieron sin intervención humana?

—Afirmo que no presenciamos la intervención.

—¿Cree que fue un fenómeno sobrenatural?

—No he dicho eso.

—¿Tiene alguna explicación?

—No.

—¿Puede haber sido una manipulación?

—Sí.

—¿Por quién?

—No lo sé.

—¿Marcos Leal?

—Es posible.

—¿Elías Montoro?

—También.

—¿Ana Beltrán?

Gabriel pensó en la octava versión.

—También.

—Entonces cualquiera de los implicados pudo dirigir la investigación.

—Sí.

—Incluido usted.

—Sí.

El agente levantó la mirada.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—No lo sé.

—¿Padece pérdidas de memoria?

—Sí.

—¿Diagnosticadas?

—No.

—¿Ha recibido tratamiento?

—No.

—¿Ha consumido alguna sustancia?

—No.

—¿Podría haber escrito usted mismo las anotaciones y no recordarlo?

Gabriel sintió un rechazo inmediato.

—No lo creo.

—No es una respuesta.

—No puedo descartarlo de manera absoluta.

La frase quedó registrada.

Comprendió que la investigación oficial convertiría su incertidumbre en posible sospecha.

Era inevitable.

Durante décadas había defendido que nadie debía quedar fuera del examen.

Ahora esa regla se aplicaba a él.

Al terminar, encontró a Carmen en una sala de espera.

Estaba sola.

—¿Dónde está Ana?

—La han trasladado para comprobar su identidad.

—¿Te ha dicho algo?

—No nos han permitido hablar.

—¿Y tú?

—He declarado.

Gabriel se sentó a su lado.

—Lo siento.

Carmen lo miró.

—¿Por qué parte?

—Por no haber sabido nada.

—Eso no es una disculpa.

—No.

—Por haber creído que mi rigor era solo burocracia.

—También.

—Por haber dudado de mí.

—Sí.

—Por no decirme que mi nombre apareció.

Gabriel bajó la mirada.

—Sí.

Carmen permaneció en silencio.

—No necesito que enumeres culpas —dijo después—. Necesito que dejes de elegir qué información entregar según el efecto que crees que tendrá en los demás.

—Lo intentaré.

—No. Hazlo.

Gabriel asintió.

—El nombre de Elena apareció antes de salir hacia Santa Aurelia.

—Lo sé ahora.

—Recordé que había llevado a Viola allí.

—También.

—Hay algo más.

Carmen lo miró con cansancio.

—Dilo.

—Creo que la otra hija de Lucía no era hija de Gabriel Valcárcel.

—Eso ya lo sabíamos.

—No he terminado.

Tomó aire.

—Creo que era hija de Ricardo Leal.

Carmen no reaccionó de inmediato.

—¿Por qué?

—La memoria del andén. Ricardo estaba allí.

—No lo mencionaste.

—No lo recordé hasta ahora.

—¿Qué viste?

—A Lucía entregándole un sobre. Ricardo se negó a tocar a la niña. Elena la sostuvo. Daniel discutía con él.

—Eso no demuestra paternidad.