LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 16. CAPÍTULO XIII Los nombres que regresan #3
86%

16. CAPÍTULO XIII Los nombres que regresan #3

Una narración automática que incluyera sus propias dudas, límites y contextos parecería más justa.

Y por eso sería más difícil cuestionarla.

—No busca una verdad simple —dijo—. Busca una verdad que contenga todas las respuestas posibles.

—Una reconstrucción completa.

—No existe.

—Existirá.

Inés se acercó al equipo.

—No con datos fragmentarios.

—Por eso necesito las siete versiones.

—No las tiene.

Marcos levantó la carpeta negra.

—Tengo suficientes.

—Le falta la flauta.

—La flauta ya ha sonado.

En una pantalla lateral apareció la transmisión desde Utrera.

Elena estaba sentada en la sala de agua.

Sostenía el instrumento.

Frente a ella había una cámara.

Gabriel sintió que el cuerpo se le helaba.

—¿Qué le ha hecho?

—Nada.

Elena levantó la flauta.

Interpretó la melodía de su infancia.

La grabación entró en el sistema.

El cuarto espacio se completó automáticamente.

CONTRADICCIÓN VERIFICADA: ELENA VALCÁRCEL / CUSTODIA DE LUCÍA VALDÉS

Carmen miró la pantalla.

—Elena ha aceptado.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quiere que Lucía vuelva a existir públicamente.

Gabriel observó a su hermana.

—Elena, no lo hagas.

La transmisión no permitía responder.

Ella continuó tocando.

La cuenta regresiva volvió a moverse.

Once.

Diez.

Nueve.

Inés tomó el cable de red.

—Si lo desconecto ahora, el sistema no podrá emitir.

—La grabación quedará en los servidores —dijo Marcos.

—Pero no saldrá hoy.

—Saldrá desde otro nodo.

—Entonces lo obligaremos a revelar cada nodo.

—No pueden detener una estructura distribuida.

Carmen miró el botón de custodia.

La fundación esperaba.

Marcos esperaba.

El sistema esperaba.

Ninguna opción era neutral.

—No aceptaremos custodia exclusiva —dijo.

Seleccionó RECHAZAR.

La cuenta continuó.

Ocho.

Siete.

Después abrió una nueva ventana.

—¿Qué haces? —preguntó Gabriel.

—Publicar el protocolo antes que la obra.

Adjuntó la declaración de Lucía, el acta de Ana, la explicación sobre las versiones y una nota de advertencia:

Los materiales que puedan difundirse a continuación proceden de un archivo incompleto y controvertido. Ninguna asociación automática debe ser considerada conclusión probada. Existen documentos contradictorios, apropiaciones previas y posibles alteraciones digitales.

—No puedes certificar el documento de Lucía —dijo Marcos.

—Puedo advertir que existe.

—La gente elegirá la narración más clara.

—Entonces al menos sabrá que alguien intentó simplificarla.

Publicó.

La cuenta llegó a seis.

El sistema detectó la publicación externa.

CONFLICTO DE FUENTES

Cinco.

RECALCULANDO.

Cuatro.

La música se deformó.

Las líneas comenzaron a superponerse sin resolver.

Tres.

En el perfil de Gabriel aparecieron dos versiones simultáneas.

Responsable de firma y ocultación.

Testigo sometido a presión, colaborador posterior en protección de manuscrito.

Dos.

En el de Ana:

Autora del anonimato.

Víctima de apropiación y coacción.

Uno.

La emisión comenzó.

Pero no presentó una narración única.

La pantalla se dividió.

Cada nombre apareció rodeado por documentos, contradicciones, fuentes y espacios vacíos.

No había sentencia.

Había conflicto.

Los espectadores comenzaron a abandonar la transmisión.

Otros escribieron preguntas.

Algunos exigieron pruebas.

Otros denunciaron manipulación.

La obra no produjo la revelación total que Marcos esperaba.

Produjo incertidumbre.

El hombre miró la pantalla con furia.

—Lo han destruido.

—No —dijo Carmen—. Lo hemos devuelto a la condición de investigación.

Marcos cerró la carpeta.

Desde el piso superior llegó un ruido fuerte.

Una puerta golpeada.

Después, pasos apresurados.

Gabriel se volvió.

—Hay alguien más.

Marcos sonrió.

—Siempre lo hubo.

Una mujer descendió por la escalera.

Llevaba una funda de violín y una caja de documentos.

Carmen la reconoció por las fotografías de juventud, aunque el tiempo hubiera cambiado su rostro.

Ana Beltrán.

Su madre.

La mujer que todos consideraban muerta desde hacía doce años.

Carmen no pudo moverse.

Ana se detuvo frente a ella.

—La segunda voz no debía publicarse sin mí —dijo.

Carmen intentó hablar.

No pudo.

Marcos observó a ambas.

—Ahora sí están todas las voces.

Ana dejó la caja sobre la mesa.

—No.

Abrió.

Dentro había una octava versión.

Cubierta blanca.

Sin título.

—Falta la obra que ninguno de vosotros conocía.

Gabriel miró el manuscrito.

—Dijeron que había siete.

Ana sostuvo la mirada sobre Marcos.

—Eso fue lo que Ricardo quiso que creyera su hijo.

Carmen encontró por fin la voz.

—Mamá.

Ana cerró los ojos.

La palabra parecía haber esperado demasiado tiempo.

—Sí.

—Estabas muerta.

—Era necesario.

Carmen comenzó a llorar.

No se acercó.

Todavía no.

—¿Qué contiene la octava versión? —preguntó Inés.

Ana abrió la carpeta blanca.

La primera página llevaba un título:

LOS NOMbrES QUE SE BORRARON A SÍ MISMOS

Debajo figuraba una lista distinta.

No víctimas.

No responsables.

Custodios.

Personas que habían simulado muertes, cambiado identidades, destruido documentos o creado refugios para evitar que la red los encontrara.

Daniel.

Lucía.

Elena.

Ana.

Amalia.

Y otros nombres desconocidos.

—Esta es la historia de quienes utilizaron el borrado para sobrevivir —dijo Ana.

Marcos perdió la expresión de triunfo.

—No existe.

—Por eso nunca pudiste copiarla.

—Ricardo no habló de ella.

—Ricardo no sabía que yo la había terminado.

—¿Qué demuestra?

—Que el mismo mecanismo empleado para excluir también fue utilizado para proteger.

—Eso debilita toda acusación.

—No. Demuestra que una herramienta no tiene moral propia.

Ana miró el sistema.

—La moral está en quién decide, con qué poder, bajo qué control y con qué posibilidad de respuesta.

Gabriel observó la octava versión.

La red ya no podía dividirse en víctimas puras y responsables absolutos.

Pero tampoco podía disolverse en una complejidad que hiciera imposible atribuir consecuencias.

—¿Qué quiere hacer? —preguntó.

Ana miró a Carmen.

—Entregarlo todo.

—¿A la fundación? —dijo Marcos.

—No.

—¿A la policía?

—Tampoco en exclusiva.

—¿Entonces?

—A una custodia plural, pública y contradictoria.

Carmen respiró con dificultad.

—Eso era lo que intentábamos construir.

—Por eso he venido.

—¿Sabías que yo estaría aquí?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde que aceptaste trabajar en el archivo del conservatorio.

Carmen retrocedió.

—¿Me vigilabas?

—Te protegía.

—No utilices esa palabra.

Ana bajó la cabeza.

—Tienes razón.

La emisión seguía activa.

Miles de personas observaban ahora la sala a través de una cámara que Marcos no había apagado.

Ana se volvió hacia ella.

—Que quede registrado.

Se situó frente al objetivo.

—Mi nombre es Ana Beltrán. Soy autora de parte de las obras atribuidas a Ricardo Leal.

Participé en la decisión de retirar nombres para proteger a Lucía Valdés.

Esa decisión facilitó después la apropiación.

Fui presionada para renunciar a mis derechos.

También colaboré en la ocultación de documentos y en la construcción de identidades de protección.

Ninguna de estas afirmaciones anula las otras.

Marcos avanzó hacia la cámara.

—Deténgase.

Ana levantó una mano.

—No.

—Está destruyendo la estructura del movimiento.

—Estoy impidiendo que la estructura destruya a las personas.

Carmen se colocó a su lado.

—Yo custodiaré la segunda voz.

Gabriel avanzó.

—Yo declararé sobre la firma, la ocultación y el traslado de Daniel.

Inés sostuvo la caja de cartas.

—Yo aportaré las cartas de Lucía cuando haya podido leerlas y decidir qué pertenece a la investigación y qué pertenece a su vida privada.

Ana asintió.

—Eso es custodia.

Marcos miró a los cuatro.

—Creen que podrán controlar lo que ocurrirá después.

—No —respondió Carmen—. Precisamente por eso distribuiremos el control.

Desde la calle llegaron sirenas.

Esta vez varias.

La policía había respondido.

Marcos miró la salida.

Después la carpeta negra.

Después el sistema.

—La obra continuará.

—Sí —dijo Ana—. Pero ya no bajo una sola batuta.

El hombre abrió una puerta lateral y desapareció antes de que pudieran detenerlo.

Gabriel intentó seguirlo.

Ana lo sujetó.

—Déjalo.

—Tiene el movimiento cero.

—No completo.

—Puede seguir dañando.

—Y nosotros podremos responder.

—Eso no basta.

—Nunca basta.

Las sirenas se detuvieron frente al edificio.

En las pantallas, los nombres continuaban apareciendo.

Pero junto a cada uno figuraba ahora una palabra nueva:

DISPUTADO.

La verdad no había sido recuperada.

Había sido devuelta al lugar del que nunca debió salir:

la responsabilidad humana de examinarla.