15. CAPÍTULO XII La casa de las campanas #2
Era la misma mujer de la transmisión, pero la pantalla no había mostrado su fragilidad. Tenía el cuerpo delgado, las manos deformadas por la artritis y una cicatriz que descendía desde la sien hasta la mandíbula.
Sobre sus rodillas descansaba una flauta dulce de madera.
Gabriel no pudo hablar.
Ella lo observó durante varios segundos.
—Has envejecido mal.
La frase era exactamente la que habría utilizado de joven.
Gabriel avanzó.
—Estás viva.
—Eso parece.
—Te enterramos.
—Enterrasteis un expediente portugués, una caja con peso y una versión suficientemente útil.
—¿Por qué?
—Porque la niña necesitaba desaparecer.
—Viola.
—Aquí no usamos ese nombre como verdad. Solo como refugio.
—¿Es hija de Lucía?
—Sí.
—¿Quién era el padre?
Elena bajó la mirada hacia la flauta.
—Eso no debe decidirse hoy.
—¿Lo sabes?
—Sí.
—Dímelo.
—No.
Gabriel sintió que el dolor se convertía en furia.
—No tienes derecho a seguir administrando lo que puedo saber.
—Tú me pediste que lo hiciera.
—No lo recuerdo.
—Lo recordarás después.
—Siempre después.
Elena levantó la vista.
—Porque antes no habrías entrado.
—¿Qué hice?
—Salvaste a la niña y abandonaste a la madre.
Gabriel quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—Pensé que Lucía había muerto.
—Eso decidiste creer.
—¿Dónde estaba?
—En Portugal.
—¿Viva?
—Sí.
—¿Hasta cuándo?
Elena no respondió.
—¿Sigue viva?
—Escucha primero.
Tomó la flauta.
Interpretó las tres notas ascendentes de su infancia.
Dos repetidas.
La caída torpe hacia la tónica.
Gabriel sintió que el cuarto se desplazaba.
Vio una estación.
Daniel con una funda.
Elena sosteniendo a la niña.
Lucía en el extremo del andén.
Viva.
Mirándolo.
No había subido al tren.
Él sí.
La dejó allí.
—Yo me marché —susurró.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque alguien te dijo que ella había entregado la cinta a Ricardo.
—¿Quién?
—Elías.
—Montoro.
—Sí.
—¿Era verdad?
—No.
Gabriel cerró los ojos.
—Entonces la abandoné por una mentira.
—Y porque querías proteger tu plaza, tu nombre y tu vida.
La verdad no llegó como revelación. Llegó como una estructura completa que siempre había estado dentro de él.
—¿Qué ocurrió con ella?
—Llegó a Portugal meses después. Yo la ayudé.
—¿Y Viola?
—Nació allí.
—¿Dónde está Lucía ahora?
Elena miró la puerta.
—En la segunda voz.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que puedo darte antes de que Carmen escuche a Ana.
Desde la sala contigua sonó una campana.
Elena dejó la flauta.
—Ha comenzado.
En la sala de Ana, Carmen estaba sentada ante un magnetófono. Mercedes colocó la carpeta gris sobre una mesa y abrió una caja de madera.
Dentro había siete cintas.
Cada una llevaba una fecha.
La última estaba marcada:
12 DE JULIO — SEGUNDA VOZ
—¿Cuál escucho? —preguntó Carmen.
—La que suene.
Mercedes hizo sonar una campana pequeña.
Una de las cintas comenzó a vibrar dentro de la caja.
Carmen retrocedió.
—Hay un mecanismo.
—Sí.
—No me interesan los efectos.
—A Ana tampoco.
Mercedes tomó la cinta y la introdujo en el aparato.
La voz de Ana Beltrán apareció con claridad.
—Carmen, si has llegado hasta aquí, Ricardo ha perdido el control o ha muerto. Tal vez ambas cosas.
Carmen cerró los ojos.
No recordaba la voz de su madre tan joven.
—No voy a pedirte que me perdones. Tampoco que me conviertas en una víctima limpia. No lo fui.
La grabación continuó.
—Fui yo quien propuso retirar los nombres de la primera versión. Lucía no estaba matriculada. Daniel podía perder su puesto. Gabriel acababa de obtener plaza. Teresa tenía compromisos de programación. Mateo dependía de una beca. Yo estaba casada con Ricardo.
Carmen apretó las manos.
—Creí que el anonimato nos protegería. Creí que después podríamos restituir las autorías. Creí que una obra sin nombres sería de todos.
Una pausa.
—Ricardo comprendió antes que yo que una obra sin nombres pertenece a quien controla el catálogo.
Carmen abrió los ojos.
La frase explicaba todo.
—No robó la obra de una vez. La corrigió. La editó. La programó. La presentó como resultado de un proyecto dirigido por él. Cada paso parecía pequeño. Cuando quisimos reaccionar, la apropiación ya tenía forma administrativa.
En la sala de Inés no había magnetófono.
Solo una mesa, dos sillas y un espejo.
Inés estaba sola.
En el cristal apareció la imagen de Viola en otra habitación idéntica.
No era una grabación.
Viola levantó una mano.
—¿Me oyes?
—Sí.
—Esta es la otra puerta.
—¿Dónde estás?
—En la casa de atrás.
—¿Con Marcos?
—No.
—¿Quién te ha llevado?
—Nadie. Entré sola.
—¿Qué tenemos que hacer?
—Leer.
Sobre ambas mesas apareció una hoja.
La de Inés comenzaba:
VOZ PRIMERA: LA MADRE QUE CONSERVASTE
La de Viola:
VOZ SEGUNDA: LA MADRE QUE TE CONTARON
Inés leyó.
—«Lucía Valdés murió en 1993 tras caer desde un puente».
Viola respondió desde el espejo:
—«Lucía Valdés sobrevivió al puente y murió años después bajo otra identidad».
Inés sintió que la habitación se estrechaba.
—¿Años después cuándo?
—Mi hoja no lo dice.
La siguiente línea apareció.
—«Lucía compuso el fragmento de doce compases».
Viola leyó:
—«El fragmento fue completado por Elena Valcárcel a partir de una melodía de Lucía».
Inés miró el espejo.
—Entonces no es completamente suyo.
—Ni completamente de Elena.
Nueva línea.
—«Lucía dejó a Inés con su abuela para protegerla».
Viola respondió:
—«Lucía permitió que Inés fuera utilizada en una sesión de Orfeo porque creía que podría controlar el experimento».
Inés se levantó.
—Eso es mentira.
—Yo no he escrito la hoja.
—No la leas.
—Si dejo de leer, termina la sesión.
—Que termine.
Viola sostuvo su mirada.
—Necesito saber.
—¿A costa de qué?
—De la madre que me inventaron.
Inés volvió a sentarse.
En la grabación de Ana, Carmen escuchaba:
—La segunda voz no existe para absolverme. Existe para impedir que el movimiento cero convierta una cadena de decisiones en una fábula sencilla de culpables absolutos y víctimas puras.
La cinta emitió un ruido breve.
—Ricardo fue responsable. Yo también. Daniel también. Gabriel también. Teresa también. Elías también. Lucía también tomó decisiones que dañaron a otros. La diferencia está en el poder que cada uno tenía, en las consecuencias que podía prever y en la capacidad real de negarse.
Carmen sintió que la voz de su madre atravesaba décadas de simplificación.
—No permitas que Marcos convierta la complejidad en impunidad. Pero tampoco que convierta la memoria en una sentencia automática.
La cinta se detuvo.
Mercedes abrió la carpeta gris.
En la página central aparecía una línea musical dividida en dos.
—Debe escribir una respuesta —dijo.
—¿A qué?
—A la renuncia de su madre.
—No puedo corregir un documento muerto.
—Puede negar que siga produciendo efectos.
Carmen tomó el bolígrafo.
Escribió:
La renuncia obtenida bajo dependencia, amenaza y desigualdad no legitima la apropiación. La responsabilidad de Ana Beltrán por aceptar el anonimato no elimina su autoría ni convierte en válida la posterior atribución exclusiva.
La tinta desapareció del papel.
Reapareció convertida en notas.
Una línea de violín.
En el espejo, Inés y Viola alcanzaron la última afirmación.
Inés leyó:
—«Lucía murió sin volver a ver a sus hijas».
Viola respondió:
—«Lucía vio a una de sus hijas antes de morir».
Inés dejó de respirar.
—¿A cuál?
Viola miró su hoja.
—No aparece.
Una campana sonó entre las dos salas.
El espejo se abrió como una puerta.
Inés cruzó.
Viola estaba al otro lado.
Por primera vez no había cristal, pantalla ni distancia institucional entre ambas.
—¿Tú la viste? —preguntó Inés.
Viola negó.
—No lo recuerdo.
—Entonces fui yo.
—O ninguna recuerda.
—¿Dónde murió?
Una voz respondió detrás de ellas.
—Aquí.
Elena había entrado acompañada por Gabriel.
Inés se volvió.
—¿Cuándo?
—En 2008.
—¿En esta casa?
—Sí.
—¿Por qué no me buscó?
Elena recibió la pregunta sin apartar los ojos.
—Lo intentó.
—No.
—Escribió cartas.
—Nunca llegaron.
—Ricardo las interceptó primero. Después, Elías.
Gabriel miró a su hermana.
—¿Elías también?
—Decía que quería evitar que Orfeo localizara a Viola.
—¿Y las cartas de Inés?
—Quedaron dentro del archivo de Ana.
Mercedes apareció con una caja.
La entregó a Inés.
Había más de veinte sobres.
Todos llevaban su nombre.
Ninguno había sido abierto.
Inés tocó el primero.
Fecha: 1994.
El último: 2008.
—Mi madre escribió durante catorce años.
—Sí —dijo Elena.
—Y nadie me las entregó.
—No.
—¿Por qué las conservaste tú?
—Porque Lucía me pidió que esperara hasta que las dos hermanas estuvieran juntas.
Inés miró a Viola.
—¿Sabía que éramos hermanas?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde niña.
—¿Y yo debía esperar sin saber que existías?
Viola bajó la vista.
—Esa fue la decisión de Elena.
—Y de Lucía —añadió Elena.
—Mi madre decidió borrarme de la vida de mi hermana.
—Decidió que Orfeo no pudiera utilizaros juntas.
—El sistema ya lo hizo.
—No como pretendía.
Inés sostuvo la caja.
—No sé si eso importa.
Carmen entró con la carpeta gris.
En la página abierta había aparecido una nueva sección:
SEGUNDA VOZ COMPLETADA
Debajo, tres líneas.
Violín.
Flauta.
Dos voces sin instrumento.
La campana principal de la casa comenzó a sonar.
Doce golpes.
Mediodía.
Mercedes abrió una puerta al fondo del patio.
La habitación contenía una mesa larga, un reproductor y varios archivadores.
En el centro había una urna de cristal.
Dentro descansaba una partitura distinta.
Cubierta negra.
Sin nombres.
Marcos apareció al otro lado de una puerta exterior.
—El movimiento cero —dijo.
Carmen se interpuso.
—No entrará.
—Ya estoy dentro.
—Mercedes.
La mujer no reaccionó.
Marcos levantó una llave.
—Pilar diseñó el sistema. Yo lo mantuve.
—Nos ha conducido hasta aquí —dijo Gabriel.
—Sí.
—¿Por qué no tomó la partitura directamente?
—Porque no se abre con una llave.
—¿Con qué?
Marcos miró a las dos hermanas.
—Con una contradicción reconocida.
Inés comprendió.
—Necesitaba que leyéramos las dos versiones.
—Sí.
—Nos utilizó.
—Como todos los archivos utilizan a quien los interpreta.
Viola se acercó a la urna.
La cerradura había desaparecido.
La tapa se abrió sola.
Marcos tomó la partitura negra.
Carmen intentó detenerlo, pero él retrocedió hacia la puerta.