15. CAPÍTULO XII La casa de las campanas #3
—Ya tiene las siete versiones —dijo Gabriel.
—No.
—¿Cuál falta?
Marcos miró a Elena.
—La flauta.
Gabriel se volvió hacia su hermana.
Ella sostenía el pequeño instrumento de madera.
—No es una partitura —dijo.
—La versión está dentro —respondió Marcos.
Elena desenroscó la parte inferior de la flauta.
Extrajo un rollo estrecho de papel.
—Nunca la tendrás.
Marcos sonrió.
—No necesito el original.
Desde la calle llegó el sonido de varias puertas de coche.
Mercedes miró hacia la entrada.
—¿A quién ha llamado?
—A quienes deben proteger la obra.
—La fundación —dijo Carmen.
—No.
Marcos guardó el movimiento cero bajo la chaqueta.
—A la policía.
Gabriel comprendió el mecanismo.
Marcos los había reunido en una casa con documentos ocultos, grabaciones privadas, identidades falsas y un manuscrito retirado de un archivo público.
La verdad podía quedar convertida en evidencia de un delito cometido por quienes intentaban recuperarla.
—¿Qué les ha dicho? —preguntó.
—Que una red está destruyendo patrimonio documental.
Las campanas dejaron de sonar.
Desde la puerta principal llegó una voz:
—Policía. Abran.
Marcos miró a Carmen.
—Ahora veremos qué versión puede sostener ante una institución.
Ella sostuvo la carpeta de su madre.
—La que pueda probarse.
—Siempre fue usted la más parecida a Ricardo.
Carmen no se alteró.
—No. La diferencia es que yo no necesito controlar el archivo para reconocer lo que contiene.
Marcos retrocedió.
Viola se interpuso ante la salida posterior.
Inés cerró la puerta lateral.
Gabriel miró a Elena.
—Dame la flauta.
—¿Para qué?
—Para que no pueda convertirla en objeto de disputa.
—Ya lo es.
—Entonces hazla sonar.
Elena comprendió.
Llevó la flauta a los labios.
Interpretó la melodía infantil.
Tres notas ascendentes.
Dos repetidas.
La caída hacia la tónica.
La casa respondió.
Todas las campanas sonaron al mismo tiempo.
Las puertas se cerraron.
La urna del movimiento cero descendió dentro de la mesa.
El rollo de la flauta comenzó a desplegarse entre las manos de Gabriel.
No contenía música.
Contenía una declaración firmada por Lucía Valdés.
Fecha: 2008.
Ninguna versión deberá publicarse sin acceso simultáneo a las voces que la contradicen.
Ningún nombre deberá asociarse a una decisión sin identificar poder, contexto, dependencia y posibilidad real de resistencia.
Ninguna memoria deberá ser convertida en sentencia por una máquina, una institución o un heredero.
Debajo aparecían cuatro firmas:
Lucía Valdés.
Ana Beltrán.
Elena Valcárcel.
Amalia Sanz.
Carmen leyó el documento.
—Este es el protocolo de custodia.
—No —dijo Marcos—. Es una declaración privada.
—Es la voluntad de las autoras y custodias.
—No tiene fuerza suficiente.
—La tendrá cuando se deposite, se certifique y se publique junto a los archivos.
Marcos apretó la mandíbula.
La policía volvió a golpear.
—Abran inmediatamente.
Mercedes miró a Carmen.
—Debe elegir.
—¿Qué?
—Si entrega la casa o activa la última campana.
—¿Qué hace?
—Destruye las llaves de acceso.
—¿Y los documentos?
—Permanecen.
—¿Quién podrá abrirlos?
—Nadie durante doce años.
Inés sostuvo la caja de cartas de su madre.
—No.
—Es la medida prevista si una institución entra por la fuerza.
—No volveremos a esconderlo todo.
—Entonces abra.
Carmen miró a Gabriel, a Inés, a Viola y a Elena.
Después miró a Marcos.
—Entregaremos una parte.
—No puede seleccionar —dijo Mercedes.
—Sí puedo. Separaremos custodia de acceso. La policía verá los documentos que acreditan la procedencia del manuscrito, la retirada indebida y la existencia de riesgo. El resto quedará inventariado en presencia de testigos.
—Eso exige tiempo.
—Entonces empiece a grabar.
Mercedes activó una cámara fija.
Carmen se dirigió a la puerta.
Antes de abrir, Marcos habló:
—Si entrega el movimiento cero, el estreno ocurrirá de todos modos.
—No lo tiene completo.
—Tengo las voces digitalizadas.
—No la contradicción.
—El sistema puede generarla.
Carmen se volvió.
—Puede imitarla. No reconocerla.
Abrió.
La luz de la calle entró en el recibidor.
Dos agentes permanecían ante la puerta. Detrás había un tercer hombre vestido de paisano.
Gabriel lo reconoció.
Era uno de los asesores jurídicos que había acompañado a Elías al conservatorio.
No venía con la policía por casualidad.
Elías también conocía la existencia de la obra.
Pero no era el único.
El hombre mostró una orden.
—Venimos a asegurar documentación perteneciente a la Fundación Armonía y Patrimonio.
Carmen no tomó el papel.
—Esta casa contiene fondos de procedencia múltiple y documentos privados. Nadie retirará nada sin inventario contradictorio.
—La orden autoriza la intervención.
—¿Quién la solicitó?
—La fundación.
Marcos sonrió.
—Le dije que la protección siempre llega con propietario.
Gabriel miró la carpeta negra bajo su chaqueta.
Mientras todos atendían la puerta, el Conservador se desplazó hacia el patio.
Viola lo vio.
—Se marcha.
Marcos corrió.
Gabriel lo siguió.
Atravesaron la sala de las campanas y alcanzaron una escalera que descendía hacia un sótano. Marcos abrió una trampilla y desapareció.
Gabriel llegó demasiado tarde.
Abajo se escuchó una puerta metálica.
Después, silencio.
Viola se arrodilló junto a la abertura.
—Conduce a la casa posterior.
—¿Otra salida?
—Sí.
Inés apareció con la caja de cartas.
—¿Tiene el movimiento cero?
Gabriel miró el pasadizo.
—Sí.
Elena llegó detrás.
No parecía sorprendida.
—Era inevitable.
—No —dijo Gabriel—. Fue previsto.
La mujer sostuvo la flauta.
—También.
—¿Adónde irá?
Elena miró hacia el campanario de una iglesia cercana.
El reloj comenzó a dar las doce y cuarto.
—Al antiguo conservatorio.
—Faltan seis días para el estreno.
—No necesita seis días.
Gabriel comprendió.
La fecha anunciada era una distracción.
—¿Cuándo?
Elena respondió:
—Esta noche.
Desde el patio, la campana más pequeña produjo una única nota.
En la mesa donde había estado la carpeta negra apareció una frase escrita con polvo:
LOS NOMbrES YA ESTÁN ENTRANDO.
La investigación había dejado de perseguir el pasado.
El movimiento cero acababa de comenzar su ejecución.