15. CAPÍTULO XII La casa de las campanas
Llegaron a Utrera a las once y veintidós de la mañana.
Habían salido antes del amanecer, pero el trayecto no fue directo.
Carmen insistió en cambiar de vehículo, evitar la ruta principal y detenerse dos veces para comprobar si alguien los seguía.
No encontraron ningún coche repetido ni señales visibles de vigilancia.
Aun así, ninguno confundió la ausencia de indicios con seguridad.
La campana viajaba dentro de una caja acolchada.
Elías había entregado la propuesta de custodia, una copia del acta de renuncia de Ana Beltrán y un dispositivo cifrado que, según explicó, permitiría registrar cualquier transferencia documental realizada en la casa. Carmen no prometió utilizarlo.
Teresa decidió no acompañarlos.
Dijo que la segunda voz no le pertenecía y que su presencia podía alterar las instrucciones de Pilar. Antes de separarse, entregó a Gabriel una hoja doblada.
—Ábrala solo si Ana menciona el agua —dijo.
—Ana está muerta.
—La grabación puede mencionarla.
—¿Qué contiene?
—La parte que yo no fui capaz de confesar en Santa Aurelia.
Gabriel guardó la hoja sin abrirla.
Elías tampoco viajó con ellos.
Afirmó que Mercedes no abriría la casa si lo veía en la calle.
—¿Por qué? —preguntó Carmen.
—Porque Ana le pidió que nunca me permitiera entrar.
—¿Qué hizo usted?
—Conservar una copia que ella quería destruir.
—¿La utilizó?
—No.
—¿La escuchó?
—Sí.
—Entonces la utilizó.
Elías no discutió.
Viajaron los tres.
Carmen conducía. Inés permanecía en silencio.
Gabriel observaba el paisaje, cada vez más reconocible conforme se aproximaban a la ciudad.
La luz de julio caía sobre los campos con una intensidad blanca.
Los caminos parecían inmóviles. A lo lejos, la silueta urbana se levantaba como una forma ya conocida antes de ser vista.
Gabriel había nacido allí.
No regresaba desde hacía años.
La dirección estaba en una calle estrecha del centro histórico. Dejaron el coche a varias manzanas y continuaron a pie.
La Calle del Niño Perdido descendía entre fachadas encaladas, balcones de hierro y puertas altas. No había turistas. Solo el sonido lejano de una televisión, una persiana que se cerraba y el motor de una motocicleta al final de la vía.
La casa señalada era más pequeña de lo que imaginaban.
Tenía dos plantas, fachada blanca y una puerta de madera oscura. Sobre el dintel había una hornacina vacía. No aparecía el nombre de ningún propietario.
Marcos estaba sentado en el escalón.
Viola permanecía de pie junto a él.
La carpeta gris descansaba sobre sus rodillas.
No había señales de Elena.
—Llegan con tiempo —dijo Marcos.
Carmen miró el reloj.
Once y treinta y siete.
—Apártese de la puerta.
—No me pertenece.
—Tampoco el manuscrito.
Marcos apoyó una mano sobre la cubierta.
—Eso dependerá de qué versión de la propiedad decidamos aceptar.
Inés no lo miraba a él.
Miraba a Viola.
La joven llevaba la misma trenza, pero había cambiado la ropa de Santa Aurelia por un vestido oscuro y sencillo. Su semejanza con Lucía resultaba más evidente bajo la luz natural.
—¿Sabías quién era yo? —preguntó Inés.
Viola sostuvo su mirada.
—Desde hace años.
—¿Y no me buscaste?
—No podía.
—¿Quién te lo impedía?
—Elena.
Gabriel dio un paso.
—¿Dónde está?
—Dentro.
Miró la puerta.
—¿Está viva?
—Sí.
La palabra produjo un efecto físico en él. No fue alivio. Fue la irrupción de una realidad demasiado grande para encontrar acomodo inmediato.
—Quiero verla.
—La casa no se abrirá hasta el mediodía.
—Ya la has visto tú.
—Entré anoche.
—Entonces también puede abrirse ahora.
—No para vosotros.
Carmen señaló la carpeta.
—¿Cómo consiguió retirar el manuscrito del conservatorio?
Marcos sonrió.
—No lo retiré yo.
—¿Quién?
—Una persona autorizada.
—No había autorización.
—Había credenciales.
—Robadas.
—Heredadas.
Carmen endureció la expresión.
—Utilizó mi certificado digital.
—Durante años, Ricardo dejó accesos preparados para quienes continuaran su trabajo.
—Yo no lo autoricé.
—Tampoco autorizó muchas cosas que se hicieron en su nombre.
—Eso no convierte el robo en custodia.
—No he venido a discutir derecho de propiedad.
—Ha venido a obligar a dos mujeres a interpretar una obra.
—He venido a permitir que la segunda voz se escuche.
Inés se acercó.
—¿Qué quiere decir la orden?
—La que aparece en la página.
—«Una conservará a la madre. La otra conservará la verdad».
—Sí.
—¿Qué pretende que hagamos?
—Interpretar dos líneas simultáneas.
—¿Con qué instrumentos?
—No hacen falta instrumentos.
—Entonces no es una interpretación musical.
—La música no siempre necesita sonido.
Gabriel sintió rechazo.
—Otra formulación diseñada para desplazar la responsabilidad.
Marcos lo miró.
—Usted debería reconocerla.
—La reconozco. Por eso no la acepto.
Viola se apartó de la puerta.
—No ha sido Marcos quien escribió la orden.
—¿Quién? —preguntó Inés.
—Nuestra madre.
El silencio cayó entre ambas.
—No la llames así —dijo Inés.
Viola recibió la frase sin apartar la vista.
—¿Cómo debo llamarla?
—No lo sé.
—Yo sí.
—Tú creciste con otra historia.
—Y tú con ninguna.
Inés dio un paso más.
—No sabes nada de mi vida.
—Sé que destruiste la caja de música.
—¿Quién te lo contó?
—Elena.
Gabriel volvió a mirar la puerta.
—¿Desde cuándo vive aquí?
—Desde hace tres meses —respondió Viola.
—¿Antes?
—Portugal.
—¿Por qué volvió?
—Porque la campana empezó a sonar.
Carmen abrió la caja acolchada.
La campana permanecía inmóvil.
—Esta apareció en el conservatorio.
Viola la reconoció.
—No es la original.
—¿Una copia?
—Una llave.
—¿Qué abre?
—La sala de Ana.
Marcos se levantó.
—Faltan dieciséis minutos.
—¿Qué ocurre si no entramos? —preguntó Gabriel.
—La casa cerrará el archivo durante otro año.
—¿Y el manuscrito?
—Seguirá incompleto.
—Eso puede ser preferible.
—No para quienes permanecen dentro de sus decisiones.
Carmen observó las ventanas.
—¿Hay más personas en la casa?
—Mercedes —dijo Viola—. Elena. Nadie más.
—¿Y Ana?
Marcos respondió:
—En las grabaciones.
—¿Qué clase de grabaciones?
—Testimonios, contrapuntos, correcciones y una secuencia final.
—¿Qué secuencia?
—La que demuestra que Ricardo no fue el primer autor de la apropiación.
Carmen se volvió.
—¿Quién fue?
—Ana.
La respuesta la dejó inmóvil.
—Eso es falso.
—No.
—Mi madre fue víctima.
—Y también tomó una decisión.
—¿Cuál?
Marcos levantó la carpeta gris.
—Fue ella quien propuso publicar la obra sin nombres.
Gabriel recordó el programa de 1988.
Interludio.
Sin autor.
—¿Por qué? —preguntó.
—Para proteger a Lucía.
—Después Ricardo se apropió de ella.
—Sí.
—Entonces Ana no autorizó la apropiación.
—No. Autorizó el anonimato.
Carmen apretó la mandíbula.
—No es lo mismo.
—Precisamente por eso existe la segunda voz.
La puerta emitió un chasquido.
Todavía faltaban doce minutos.
Nadie la tocó.
Desde el interior sonó una campana.
No la que habían llevado.
Otra más grave.
Mercedes abrió.
Era una mujer de unos setenta años, alta, de cabello blanco cortado a la altura de la mandíbula. Vestía una falda negra y una blusa de lino. Miró primero a Carmen, después a Inés y finalmente a Gabriel.
Ignoró a Marcos.
—Entrarán tres —dijo.
—Viola también —respondió Inés.
—Ella ya eligió.
—No voy a entrar sin ella.
Mercedes sostuvo su mirada.
—Entonces la puerta se cerrará.
—No vuelva a decidir por nosotras.
La mujer no se alteró.
—Yo no decido. Cumplo una instrucción.
—Las instrucciones también son decisiones.
Mercedes miró a Carmen.
—Su madre escribió eso mismo.
—Quiero oírla.
—Por eso está aquí.
Gabriel señaló a Marcos.
—Él tiene el manuscrito.
—No entrará.
Marcos no protestó.
—¿Lo sabía? —preguntó Carmen.
—Sí.
—Entonces ¿por qué vino?
—Porque la obra debe llegar a la puerta.
Mercedes extendió la mano.
Marcos le entregó la carpeta.
Ella no la abrió.
—La campana.
Carmen sacó la pequeña pieza de bronce.
Mercedes cortó el resto de la cinta roja y la hizo sonar una vez.
La nota fue breve.
Desde el interior respondieron tres campanas diferentes.
Aguda.
Media.
Grave.
Mercedes se apartó.
—Gabriel, Carmen e Inés.
—Viola —repitió Inés.
—No puede entrar por esa puerta.
—¿Hay otra?
—Sí.
—Entonces la usaré.
Viola negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque mi entrada corresponde a la voz de Lucía.
—Y la mía.
—La tuya corresponde a la voz de Inés Salvatierra.
—No acepto que me separen de ella.
Viola se acercó.
—No nos están separando. Nos están colocando en líneas distintas.
—Eso es exactamente lo que hicieron con nuestras vidas.
Las campanas interiores sonaron de nuevo.
Mercedes miró el reloj.
Once y cincuenta y cuatro.
—Entren.
Carmen cruzó primero.
Gabriel la siguió.
Inés permaneció en el umbral.
Viola extendió una mano.
—Nos veremos dentro.
—¿Cómo?
—Escucha la otra puerta.
Inés entró.
Mercedes cerró.
La casa estaba en penumbra.
El recibidor desembocaba en un patio interior cubierto por un toldo claro. En las paredes colgaban campanas de distintos tamaños, cada una acompañada por una tarjeta sin nombres. Solo fechas, letras y símbolos musicales.
No había fotografías.
No había retratos.
No había instrumentos.
—Pilar decía que los rostros obligaban a recordar de una sola manera —explicó Mercedes.
—¿Dónde está Elena? —preguntó Gabriel.
—Esperando.
—¿Dónde?
—En la sala de agua.
Recordó la hoja que Teresa le había entregado.
No la abrió todavía.
Mercedes condujo a Carmen hacia una puerta marcada con dos campanas entrelazadas.
—La sala de Ana.
Después señaló otra, donde una campana aparecía partida por una línea vertical.
—La sala de Inés.
Gabriel miró hacia el fondo.
Una tercera puerta llevaba dibujada una flauta.
—Elena.
—Sí.
—Voy con ella.
—No todavía.
—He esperado treinta y dos años.
—Ella también.
—Entonces abra.
Mercedes sostuvo su mirada.
—La casa no responde a la impaciencia.
—Las personas sí.
Una voz sonó al otro lado.
—Déjalo entrar.
Gabriel reconoció a su hermana.
La puerta de la flauta se abrió.
Elena permanecía sentada junto a una ventana baja.