14. CAPÍTULO XI La segunda voz #3
No la hizo sonar.
—¿Qué ocurrirá al mediodía?
Elías miró el objeto.
—Se abrirá el archivo de Ana.
—¿Y después?
—La campana indicará qué voz debe ser escuchada primero.
—¿La de mi madre?
—O la de Elena.
Gabriel sintió un impulso inmediato.
—Elena dejó una grabación.
—Sí.
—¿La ha escuchado?
—Solo el comienzo.
—¿Qué dice?
Elías lo miró.
—Que nunca murió.
Gabriel apoyó una mano en la mesa.
—Quiero oírla.
—Mañana.
—Ahora.
—No puedo abrir el archivo.
—¿Quién puede?
—Mercedes.
—Llamémosla.
—No utiliza teléfono.
—Entonces iremos.
—No llegará antes.
—Estamos a unas horas.
Elías negó.
—La casa permanecerá cerrada.
—¿Físicamente?
—Sí.
—Podemos presentarnos.
—Y perder la segunda voz.
Carmen observó la campana.
—¿Qué significa perderla?
—Si alguien intenta entrar antes de la hora, el archivo se destruye.
—¿Un mecanismo?
—Sí.
—¿Fuego?
—No.
—¿Qué entonces?
—Desmagnetización de cintas, disolución de tintas y trituración de soportes.
Inés se volvió con incredulidad.
—Eso exige una instalación compleja.
—Pilar la diseñó con ayuda de Ana y un técnico de Orfeo.
—¿Quién?
—Marcos.
La contradicción quedó expuesta.
—Marcos ayudó a proteger la segunda voz —dijo Carmen.
—Antes de convertirse en el Conservador.
—¿Cuándo cambió?
—Después de la muerte de Ana.
—¿Por qué?
—Porque descubrió que Ricardo le había dejado fuera de la historia oficial.
Gabriel comprendió la herida.
Marcos no solo quería revelar nombres borrados.
Él mismo había sido uno de ellos.
Un hijo oculto.
Una identidad preparada como continuidad.
Un heredero sin reconocimiento.
—Quiere completar la obra para incluirse —dijo.
—Sí —respondió Elías—. Y para fijar a Ricardo como origen absoluto de todo.
—¿No lo fue?
—No.
Carmen miró a Elías.
—¿Quién fue?
—Amalia diseñó el sistema de registro. Ricardo lo utilizó en educación. Yo lo extendí a archivos y fundaciones. Otros lo aplicaron en distintos ámbitos.
—Entonces no hubo un solo responsable.
—Nunca lo hubo.
—Pero hubo decisiones.
—Sí.
Carmen abrió la propuesta de custodia.
Leyó varias páginas.
—No firmaremos nada hoy.
—No lo esperaba.
—Mañana, después de Utrera, decidiremos.
—Puede ser tarde.
—También puede ser la única manera de no entregar otra vez la historia a quien afirma querer protegerla.
Elías asintió.
—Acepto.
Se dirigió a la puerta.
Gabriel lo detuvo.
—La grabación de Elena.
Elías se volvió.
—¿Qué dice exactamente al comienzo?
Montoro dudó.
—Dice: «Gabriel, si estás escuchando esto, significa que por fin has dejado de protegerte con el olvido».
Gabriel cerró los ojos.
—¿Y después?
—Después suena una flauta.
—¿La melodía de nuestra infancia?
—Sí.
—¿Nada más?
—Una niña pronuncia un nombre.
—¿Cuál?
Elías miró a Inés.
—El de Viola.
—¿Nombre real?
—Sí.
—Dígalo.
—No aquí.
—¿Por qué?
—Porque la advertencia de Santa Aurelia sigue vigente.
—No estamos allí.
—Pero ella puede estar escuchando.
Como si la frase hubiera activado una respuesta, la campana de bronce vibró sobre la mesa.
Nadie la tocaba.
La cinta roja seguía inmovilizando el badajo.
Aun así, produjo un sonido breve.
Claro.
Una única nota.
Teresa se levantó.
—La segunda voz ha aceptado abrirse.
Carmen miró el reloj.
Eran exactamente las doce.
La fecha seguía siendo 11 de julio.
No era la hora indicada.
La campana volvió a vibrar.
Esta vez el badajo rompió la cinta.
El metal golpeó el borde.
Un sonido más profundo llenó el archivo.
El ordenador se encendió por sí solo.
En la pantalla apareció una transmisión de vídeo.
La imagen mostraba una habitación desconocida.
Una mujer anciana estaba sentada junto a una ventana. Llevaba el cabello blanco recogido y sostenía una flauta dulce.
Gabriel dejó de respirar.
—Elena.
La mujer levantó la cabeza.
Miró directamente a la cámara.
—No vengas antes de tiempo —dijo—. Marcos ya está en Utrera.
La imagen cambió.
Apareció la fachada de una casa antigua.
Sobre la puerta podía leerse el número de la dirección encontrada en la partitura.
Un hombre estaba sentado en el escalón.
Marcos Leal.
Sostenía la carpeta gris robada del conservatorio.
A su lado había una joven de trenza larga.
Viola.
Marcos miró hacia la cámara y sonrió.
—La segunda voz ya ha elegido —dijo.
Abrió el manuscrito.
En una página nueva aparecía una indicación:
DÚO PARA DOS HERMANAS QUE NUNCA DEBIERON ENCONTRARSE.
Debajo figuraban dos nombres.
Inés Salvatierra.
Viola Valdés.
Y una orden:
Interpretar al mediodía. Una conservará a la madre. La otra conservará la verdad.
La transmisión se interrumpió.
Inés permaneció frente a la pantalla negra.
—No voy a elegir entre ambas cosas.
Elías recogió su carpeta jurídica.
—Eso es exactamente lo que Marcos quiere demostrar.
—¿Qué?
—Que toda memoria exige una pérdida.
Gabriel miró la campana, el manuscrito ausente y la pantalla apagada.
—Entonces tendremos que demostrar lo contrario.
Carmen guardó la dirección de Utrera dentro de su carpeta.
—Mañana no iremos a escuchar una segunda voz.
—¿A qué iremos? —preguntó Teresa.
Carmen miró el acta de renuncia de su madre.
—A impedir que alguien vuelva a decidir cuál de las voces merece sobrevivir.