14. CAPÍTULO XI La segunda voz #2
—¿Quién la ha traído?
—No yo.
—¿Pilar?
—Pilar murió.
—Eso ya lo sabemos.
Elías se acercó sin tocar el objeto.
—Esta campana nunca debía salir de Utrera.
—¿Qué contiene?
—Nada.
—Entonces ¿qué activa?
—Una grabación.
—¿Dónde?
—En la casa.
Carmen lo miró.
—¿Conoce la dirección?
—Sí.
—¿Por qué no la mencionó?
—Porque Ana dejó instrucciones expresas.
—Mi madre.
—Sí.
—¿La conoció?
—Mucho.
La respuesta produjo un silencio inmediato.
Carmen se acercó.
—¿Qué relación tenía con ella?
Elías no apartó la mirada.
—Trabajamos juntos en la fase final de Orfeo.
—¿Antes o después de que Ricardo se apropiara de su música?
—Después.
—¿Y usted la ayudó?
—Intenté hacerlo.
—¿Como ayudó a Lucía?
Elías aceptó el golpe.
—No.
—Explíquelo.
—Ana quería demostrar que el problema no era una sola apropiación, sino el modo en que las instituciones transformaban dependencias personales en decisiones aparentemente técnicas.
—¿Y la segunda voz?
—Fue su respuesta.
—¿Dónde está?
—En Utrera.
—¿Completa?
—No lo sé.
—¿Quién la custodia?
Elías miró la campana.
—Una mujer llamada Mercedes.
Teresa se estremeció.
—Creí que había muerto.
—No.
—¿Quién es? —preguntó Gabriel.
—La hija de Pilar.
—¿Tiene relación con la música?
—No.
—Entonces ¿por qué ella?
—Porque Ana comprendió que los músicos ya no podían custodiar la obra sin convertirla en patrimonio propio.
Inés asintió levemente.
—Eligió a alguien fuera de la red.
—Sí.
—¿Marcos lo sabe?
—Conoce la dirección, pero no el sistema de acceso.
Carmen levantó la hoja.
—La cita es mañana al mediodía.
—Debe respetarse.
—¿Por qué?
—Porque la casa solo abre el archivo una vez al año.
—Eso es absurdo.
—Es una medida de protección.
—¿Qué ocurre el doce de julio?
—Fue el día en que Ana abandonó definitivamente a Ricardo.
Carmen guardó silencio.
—¿Por qué al mediodía?
—Porque a esa hora firmó la renuncia a toda reclamación sobre las obras.
—¿Renunció?
—Bajo presión.
—¿Tiene el documento?
—Una copia.
—Quiero verla.
Elías hizo una señal a la mujer joven.
Ella sacó otra carpeta.
Dentro había un acta privada.
Ana Beltrán declaraba que las composiciones producidas entre 1987 y 1991 formaban parte del trabajo colectivo dirigido por Ricardo Leal y que no reclamaría autoría individual.
Carmen leyó hasta el final.
—Su firma.
—Sí.
—¿Fue válida?
—Formalmente, sí.
—¿Y materialmente?
—Fue obtenida bajo dependencia económica, presión reputacional y amenaza de pérdida de custodia.
—¿Custodia de quién?
Elías no respondió.
Carmen levantó la vista.
—¿De mí?
—Sí.
La secretaria cerró el documento.
—Ricardo amenazó con apartarla de mí.
—Utilizó informes médicos y testimonios para plantear que Ana no estaba en condiciones de cuidar a una menor.
—Y usted lo sabía.
—Sí.
—¿Qué hizo?
—Conservé copias.
—Otra vez conservar.
Elías bajó la mirada.
—No hice suficiente.
—Nadie hizo suficiente.
Gabriel sintió que la frase ya no era una acusación individual. Era el resumen de toda la red.
Carmen dejó el acta sobre la mesa.
—¿Qué ofrece exactamente?
—Protección jurídica, técnica y física para las versiones.
—A cambio de control.
—A cambio de reglas.
—Sus reglas.
—Reglas compartidas.
—La fundación es heredera de Orfeo.
—Y por eso dispone de los medios para impedir que Marcos utilice los archivos sin contradicción.
Inés intervino:
—También dispone de interés directo en limitar lo que salga a la luz.
—Sí.
—Agradezco que lo admita.
—No puedo pedir confianza. Solo puedo ofrecer trazabilidad.
—¿Trazabilidad de qué?
—Cada acceso, copia, consulta y modificación quedará registrada ante varias partes.
Carmen miró a Gabriel.
—Es parecido a lo que propusimos.
—Con una diferencia —dijo él—. Elías seguiría controlando la infraestructura.
—Podemos exigir administración externa.
—¿Quién?
—Una notaría, un archivo público, una universidad.
Elías asintió.
—Aceptaría.
La facilidad de la respuesta inquietó a Gabriel.
—¿Por qué tanta urgencia?
—Porque Marcos no quiere solo las partituras.
—¿Qué más?
—Quiere las voces.
—Las grabaciones —dijo Inés.
—Sí.
—¿Para reconstruir el movimiento cero?
—Para entrenar un sistema capaz de generar nuevas asociaciones entre nombres, decisiones y patrones musicales.
Carmen frunció el ceño.
—¿Un sistema algorítmico?
—Sí.
—¿Desde cuándo existe?
—Hace años.
—¿Quién lo desarrolló?
—Marcos y varios colaboradores.
—¿Con qué datos?
—Con los archivos de Orfeo.
Gabriel sintió que el pasado cambiaba de forma.
Ya no se trataba solo de cintas, actas y partituras.
La red había sido convertida en una infraestructura computacional capaz de recombinar voces, documentos y perfiles.
—¿El Conservador no es una persona? —preguntó.
Elías respondió con cautela:
—Marcos utiliza ese nombre. Pero también designa el sistema.
—Entonces las nuevas anotaciones...
—No las explica.
—¿Puede manipular fotografías, cámaras y documentos digitales?
—Sí.
—¿Puede escribir sobre papel?
—No.
Inés miró la campana.
—Pero puede guiar a alguien que sí.
—Exactamente.
Teresa se sentó.
—Hay más personas.
—Siempre las hubo —dijo Elías.
—¿Cuántas?
—No lo sé.
—¿Qué pretende hacer en siete días?
—Emitir el estreno desde el antiguo conservatorio y sincronizarlo con la publicación de los expedientes.
—Eso suena a revelación pública —dijo Gabriel.
—No lo es. El sistema generará para cada nombre una narración coherente a partir de los documentos disponibles.
—Una narración automática.
—Sí.
—¿Presentada como verdad?
—Como reconstrucción.
—La gente no distinguirá.
—Ese es el riesgo.
Carmen miró la propuesta de custodia.
—Y usted quiere impedirlo.
—Sí.
—¿Por responsabilidad o porque la fundación sería destruida?
Elías sostuvo su mirada.
—Por ambas razones.
La honestidad resultó más inquietante que una negación.
Inés se acercó a la ventana.
—Mi madre puede estar viva.
—Puede.
—¿Lo sabía?
—Sabía que el certificado era dudoso.
—No ha respondido.
—No sé dónde está.
—¿La ha buscado?
—Durante años.
—¿Y Elena?
Gabriel se volvió.
Elías tardó demasiado.
—También.
—¿Está viva?
—No lo sé.
—¿La vio después de 1994?
—Sí.
Gabriel avanzó.
—¿Cuándo?
—En 2002.
—¿Dónde?
—Lisboa.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque ella me pidió que no lo hiciera.
—No tenía derecho a obedecerla en eso.
—Creí que sí.
—¿Qué hacía?
—Custodiaba a una joven.
—La otra hija de Lucía.
—Probablemente.
—¿Nombre?
—No lo utilizaban.
—¿Instrumento?
—Viola.
Todos miraron hacia Teresa.
La mujer de Santa Aurelia.
La trenza.
La semejanza con Lucía.
—Viola es la otra hija —dijo Inés.
—Eso parece —respondió Elías.
—¿Y Elena?
—Fue su cuidadora durante años.
Gabriel sintió que las piezas se unían con una violencia serena.
Elena no había muerto.
Había desaparecido administrativamente para proteger a la niña.
La misma estrategia utilizada por la red para borrar podía haber sido empleada para salvar.
—¿Dónde está ahora? —preguntó.
—No lo sé.
—Miente.
—No.
—Ha dicho que la buscaba.
—Y dejé de encontrarla en 2008.
—¿Qué ocurrió?
—La fundación recibió una carta.
—¿De ella?
—Sí.
—¿Qué decía?
—Que la segunda voz no debía interpretarse hasta que Viola conociera a Inés.
El archivo quedó en silencio.
Inés se volvió lentamente.
—Nos conocimos hoy.
—Sí.
—Entonces la cita de mañana se activa por eso.
—Probablemente.
Carmen levantó la campana.