LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 14. CAPÍTULO XI La segunda voz
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14. CAPÍTULO XI La segunda voz

Salieron de Santa Aurelia poco después de las diez de la mañana.

La luz había cambiado mientras permanecían en el interior.

El cielo estaba limpio y el calor comenzaba a ascender desde la tierra.

La finca parecía menos amenazadora bajo el sol, pero esa apariencia no consiguió devolverle normalidad.

Las cámaras seguían orientadas hacia la entrada.

La puerta metálica permanecía abierta. Nadie salió a despedirlos.

Viola observó desde la escalinata.

No dijo nada.

La Flauta tampoco volvió a sonar.

Gabriel miró hacia una de las ventanas superiores. Durante un instante creyó distinguir una figura femenina detrás de la cortina. No pudo saber si era Elena, Lucía o una residente sin relación con ellos.

Tampoco quiso pronunciar ningún nombre.

El viaje de regreso estuvo dominado por la dirección encontrada en el doble fondo de la edición de Ricardo:

Calle del Niño Perdido, Utrera.

La cita estaba fechada para el día siguiente.

12 de julio de 2026.

La segunda voz esperará hasta el mediodía.

Carmen llevaba el folio guardado dentro de una carpeta neutra. No se separó de él durante el trayecto.

—Necesitamos averiguar quién vive allí antes de presentarnos —dijo.

—Podemos consultar el catastro —respondió Gabriel.

—No basta.

—También padrón histórico, licencias, registros de propiedad.

—No tenemos acceso legítimo a todo eso.

—Tenemos una dirección vinculada a una posible red de apropiaciones y falsificación documental.

—Eso no nos concede acceso indiscriminado.

Inés miró por la ventanilla.

—Marcos no esperará a que resolvamos cada límite jurídico.

—Precisamente por eso no debemos actuar como él —dijo Carmen.

Teresa permanecía en silencio.

Había salido de Santa Aurelia con el rostro más cansado y el bastón apoyado entre las piernas. Desde que Amalia pronunció el nombre de Ana Beltrán, apenas había intervenido.

Gabriel la observó.

—¿Conoces la dirección?

Teresa no respondió.

—Calle del Niño Perdido —repitió—. ¿Te dice algo?

—Sí.

Carmen redujo la velocidad.

—¿Qué?

—Ana vivió allí.

—¿Mi madre? —preguntó Carmen.

—Durante un año.

—¿Cuándo?

—Después de abandonar a Ricardo.

—Nunca me habló de Utrera.

—Porque volvió con él.

—¿Por qué?

Teresa cerró los ojos.

—Por ti.

Carmen apretó el volante.

—No utilice mi infancia para justificarla.

—No justifico nada. Explico.

—Mi madre decía que nunca se separaron.

—Se separaron en 1991. Ricardo consiguió que su situación económica se volviera insostenible. Retiró apoyos, bloqueó actuaciones y difundió el diagnóstico.

—¿Y ella regresó?

—Sí.

—¿Quién vivía en la casa?

—Una mujer llamada Pilar.

Gabriel se volvió.

—¿Pilar qué?

—No lo sé. Era poeta. Amiga de Ana.

—¿Está viva?

—No tengo idea.

—¿Tenía relación con la obra?

—Indirecta.

Inés miró a Teresa.

—En esta historia, lo indirecto suele ser la parte que alguien decidió no registrar.

Teresa aceptó la observación.

—Pilar guardó papeles de Ana. Cartas, borradores, partituras. También una cinta.

—¿Cuál? —preguntó Carmen.

—La segunda voz del movimiento cero.

—¿Qué significa exactamente?

—Ana sabía que Ricardo estaba reorganizando la obra. Escribió una línea paralela para contradecir cada asociación entre nombre y decisión.

—Una especie de contracanto —dijo Gabriel.

—Sí.

—¿Musical?

—Y documental.

—¿Cómo puede una voz contradecir un expediente?

—No lo contradice. Introduce lo que el expediente omite.

Carmen miró el folio guardado.

—Entonces mi madre construyó un sistema de defensa.

—Más bien un sistema de duda.

—¿Duda sobre qué?

—Sobre la capacidad de cualquier archivo para contener toda la verdad.

Gabriel comprendió la función.

El movimiento cero vinculaba nombres con decisiones.

La segunda voz vinculaba cada decisión con aquello que había sido excluido de la formulación oficial: presiones, dependencias, rivalidades, silencios, miedos y posibles errores.

No anulaba los hechos.

Impedía que una relación se convirtiera en condena automática.

—Por eso Marcos necesita ambas —dijo.

—Sí —respondió Teresa—. Si estrena solo el movimiento cero, impondrá una versión cerrada. Si incorpora la segunda voz, la obra se vuelve inestable.

—¿Inestable cómo?

—Ningún nombre queda asociado a una sola responsabilidad.

Inés se volvió.

—Eso puede proteger a culpables.

—También puede impedir que las víctimas sean reducidas a una identidad construida por otros.

—No es lo mismo.

—No. Pero ambos riesgos existen.

Carmen respiró lentamente.

—Mi madre dejó la fecha.

—O alguien que tenía acceso a sus documentos.

—¿Quién sabía que vendríamos a esta dirección?

—Marcos, probablemente.

—Elías.

—Puede.

—Amalia.

—También.

Gabriel miró el reloj.

—Tenemos hasta mañana al mediodía.

—No —dijo Carmen—. Tenemos menos. Si alguien ha señalado una hora, es porque pretende que lleguemos en condiciones determinadas.

—¿Qué propones?

—Ir hoy a Utrera.

—La nota dice mañana.

—Precisamente.

Teresa abrió los ojos.

—No.

—¿Por qué?

—Pilar no entregaba nada antes de la hora acordada.

—¿La conociste bien?

—Lo suficiente.

—Si está muerta, la regla no importa.

—La casa puede seguir funcionando según instrucciones.

Inés dejó escapar un suspiro.

—Otra casa que funciona como un archivo autónomo.

—No exactamente —dijo Teresa—. Pilar desconfiaba de los archivos. Guardaba todo entre poemas, cartas familiares y objetos cotidianos.

—¿Sin inventario?

—Con uno propio.

—¿Cuál?

—Campanas.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Campanas?

—Asignaba un sonido a cada grupo de documentos.

—Como Santa Aurelia con los instrumentos.

—No lo copió. Lo transformó.

Carmen miró por el espejo.

—¿Cuántos sistemas paralelos existen?

—Más de los que conocemos.

—Eso explica por qué nunca pudieron destruirlo todo —dijo Gabriel.

—Y por qué nadie podía reconstruirlo sin ayuda —respondió Teresa.

Llegaron al conservatorio poco antes del mediodía.

La primera anomalía apareció en el vestíbulo.

Julio no estaba.

La mesa de recepción permanecía vacía y uno de los monitores de vigilancia mostraba una pantalla negra.

Carmen llamó su nombre.

No obtuvo respuesta.

Subieron al archivo.

La puerta estaba cerrada.

No había señales de fuerza.

Carmen introdujo la llave.

El armario ignífugo seguía abierto.

El manuscrito no había vuelto.

Sobre la mesa había un objeto nuevo.

Una pequeña campana de bronce.

Inés se detuvo.

—Eso no estaba.

Carmen se acercó sin tocarla.

La campana tenía una inscripción en el borde:

SEGUNDA VOZ

Gabriel observó el badajo.

Una cinta roja lo mantenía inmóvil.

Junto al objeto había un sobre.

En el anverso aparecía el nombre de Carmen.

Ella se colocó guantes y lo abrió.

Dentro encontró una hoja mecanografiada:

No llegue antes. No llegue después. No entre con el manuscrito. No pronuncie el nombre del Conservador dentro de la casa.

Debajo había una frase manuscrita:

Ana no escribió para absolverte. Escribió para que pudieras elegir.

Carmen leyó en silencio.

—¿Reconoces la letra? —preguntó Gabriel.

—No.

Teresa se acercó.

—Es de Pilar.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Cuándo murió?

—Hace más de veinte años.

—Entonces alguien conserva sus instrucciones.

—O sus cartas.

Inés examinó el papel.

—La impresión es reciente.

—¿Cuánto?

—No puedo precisarlo sin análisis, pero no parece antigua.

—La frase manuscrita sí puede serlo —dijo Gabriel.

—Puede proceder de otra carta y haber sido añadida.

Carmen volvió a mirar la campana.

—¿Qué ocurre si retiramos la cinta?

Teresa negó.

—No aquí.

—¿Por qué?

—Porque cada campana estaba vinculada a un espacio.

—¿Y esta?

—A la casa.

Gabriel miró alrededor.

—Entonces alguien la ha trasladado para guiarnos.

—O para provocar que la activemos fuera de contexto —respondió Inés.

Carmen guardó la hoja.

—No la tocaremos.

El teléfono del archivo sonó.

Los cuatro se volvieron.

Era una línea interna.

Carmen respondió.

—¿Sí?

Una voz masculina habló al otro lado.

No era Marcos.

—Señora Otero, el señor Montoro desea hablar con ustedes.

—¿Quién es?

—Servicio jurídico de la Fundación Armonía y Patrimonio.

—¿Cómo ha conseguido este número interno?

—La fundación mantiene convenios de colaboración con el centro.

—No le he preguntado eso.

—El señor Montoro solicita una reunión urgente.

—¿Sobre qué?

—Sobre la custodia del manuscrito sustraído.

Carmen apretó el auricular.

—No está en poder de la fundación.

—Precisamente por eso.

—¿Dónde propone la reunión?

—Aquí.

—¿Aquí dónde?

Una voz sonó desde la puerta.

—Aquí mismo.

Elías Montoro entró acompañado por una mujer joven y dos hombres. La mujer llevaba una carpeta de documentos. Los otros parecían técnicos de seguridad.

Gabriel se situó ante la mesa.

—¿Cómo ha entrado?

—La dirección me ha autorizado.

—¿Quién avisó a la dirección?

—Yo.

Carmen colgó.

—No tiene derecho a entrar en el archivo sin nuestra presencia.

—Estoy en presencia de la secretaria académica.

—No he autorizado la reunión.

Elías miró el armario abierto.

—Entonces llego tarde.

—El manuscrito fue retirado antes de que regresáramos.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Marcos me envió una imagen.

Inés se acercó.

—¿Mantiene contacto con él?

—Él mantiene contacto conmigo.

—No es lo mismo.

—No.

La mujer joven entregó una carpeta a Carmen.

—Propuesta de custodia preventiva —dijo—. Depósito múltiple, acta notarial, digitalización certificada y acceso limitado a las partes designadas.

Carmen no la abrió.

—No tenemos el manuscrito.

—Tienen otras versiones y documentación relacionada —respondió Elías.

—¿Cómo sabe qué tenemos?

—Porque Santa Aurelia ya no es un espacio seguro.

Teresa se tensó.

—¿Qué ha ocurrido?

—Amalia ha desaparecido.

—¿Cuándo?

—Después de que ustedes salieran.

—¿Y Daniel?

—La habitación estaba vacía.

Gabriel sintió que el aire se cerraba.

—¿Viola?

—No responde.

—¿Ha entrado alguien?

—No hay señales.

—Entonces ¿cómo sabe todo eso?

Elías sostuvo su mirada.

—Porque tengo acceso a algunas cámaras.

—¿También usted?

—Las instaló la fundación durante una rehabilitación.

Carmen levantó la carpeta jurídica.

—De modo que la propiedad opaca, las cámaras y la conservación dependen de su red.

—Parcialmente.

—Siempre parcialmente.

—Es la única respuesta exacta.

Inés señaló la campana.

—¿Sabe qué es?

Elías la reconoció.

—Sí.