LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 13. CAPÍTULO X La hija de Ricardo Leal #2
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13. CAPÍTULO X La hija de Ricardo Leal #2

—La fotografía no la mostraba porque la tomó Esteban. Ana llegó después.

—¿Qué hizo en la obra? —preguntó Carmen.

—Escribió la cuarta línea.

Gabriel recordó el pentagrama sin indicación instrumental.

—La voz no identificada.

—Sí.

Carmen miró la edición impresa.

—Entonces mi madre también fue borrada.

—No de los registros —dijo Amalia—. De la autoría.

—¿Por qué aceptó?

—Porque Ricardo era su marido. Porque le prometió publicar la obra como creación conjunta más adelante. Porque acababa de nacer usted y dependía económicamente de él.

Carmen apretó la partitura.

—Nunca se publicó conjuntamente.

—No.

—¿Mi madre reclamó?

—Una vez.

—¿Qué ocurrió?

Amalia señaló el expediente.

Carmen encontró un informe médico.

Inestabilidad emocional. Episodios de confusión. Fijación con supuesta apropiación artística.

—La declararon enferma.

—Ricardo utilizó un diagnóstico real para desacreditar una reclamación verdadera.

—¿Y usted lo registró?

—Sí.

—¿Qué pasó con ella?

—Abandonó la interpretación pública.

Carmen cerró la carpeta con violencia.

—Murió sin volver a tocar.

Teresa se sentó.

—No lo sabíamos.

—No quisisteis saberlo.

—No.

La admisión dejó la sala sin defensas.

Gabriel abrió otro apartado.

Había una ficha con el nombre de Carmen.

No estaba identificada como música.

Descendiente directa. Riesgo de acceso a documentación familiar. Mantener fuera de circuitos de archivo.

Debajo:

Si ocupa puesto administrativo, observar sin intervenir.

Gabriel levantó la vista.

—Sabían que trabajarías en el conservatorio.

—No podían saberlo en 1987 —dijo Carmen.

Amalia respondió:

—La anotación es de 2004.

—¿Quién la añadió?

—Elías.

Inés miró a Carmen.

—Te vigilaban.

—O me utilizaban.

—¿Elías te colocó en el puesto?

—No. Aprobé una oposición.

—Pero sabía dónde estabas.

Carmen pasó otra página.

Encontró copias de correos, solicitudes internas y movimientos de archivo.

Cada vez que había intentado consultar documentación anterior a 1990, aparecía una nota de seguimiento.

—Alguien registró mis búsquedas.

—Sí —dijo Amalia.

—¿Quién?

—La fundación recibía avisos cuando determinados nombres eran consultados en archivos colaboradores.

—Eso es imposible sin convenios o acceso interno.

—Había ambos.

—¿Sigue existiendo?

Amalia no respondió.

Carmen comprendió.

—Sigue activo.

—Parcialmente.

—¿Quién lo controla ahora?

—No yo.

—¿Elías?

—Tampoco por completo.

Gabriel recordó la cinta dejada en recepción, las cámaras interrumpidas, las llamadas y las nuevas anotaciones.

—Hay alguien más.

Amalia lo miró.

—Sí.

—¿Quién?

—La persona que heredó el sistema digital.

—¿Nombre?

—No lo conozco.

—Eso es absurdo.

—Conozco su función, no su identidad.

—¿Cuál es la función?

—El Conservador.

Teresa cerró los ojos.

—Creí que era un rumor.

—No.

—¿Qué conserva? —preguntó Inés.

—Copias de todo.

—¿También del manuscrito?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que apareciera.

Gabriel sintió que la afirmación contenía una contradicción.

—No podía copiar las nuevas anotaciones antes de que surgieran.

—No copia el objeto.

—Entonces ¿qué?

—Copia las variaciones.

—Explíquelo.

Amalia señaló el expediente de Carmen.

—El sistema recibe cambios procedentes de archivos, digitalizaciones, cámaras, escáneres, correos y consultas. Cada vez que un nombre reaparece, queda registrado.

—¿Y la escritura sobre la carpeta?

—No puedo explicarla.

—Pero sabía que ocurría.

—Sí.

—¿Cómo?

—Porque otras versiones comenzaron a cambiar hace meses.

Inés se acercó.

—¿Meses?

—La de Lucía no fue la primera.

—¿Cuál?

Amalia miró hacia el corredor.

—La versión del Violín.

Teresa se puso en pie.

—Mateo.

—No —dijo Amalia—. Ana Beltrán.

Carmen palideció.

—Mi madre murió hace doce años.

—Su versión cambió después de su muerte.

—¿Dónde está?

—No aquí.

—¿Quién la tiene?

—El Conservador.

—¿Cómo la consiguió?

—Ricardo se la entregó antes de morir.

Carmen apretó los puños.

—Mi padre entregó la obra de mi madre a otro hombre.

—Entregó todas las versiones que conservaba.

—¿Por qué?

—Porque temía que Daniel las hiciera públicas.

Gabriel miró al anciano.

—¿Ibas a hacerlo?

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque faltaban pruebas.

—Ahora las tenemos.

—Tenemos fragmentos.

—Suficientes para empezar.

Amalia negó.

—No.

—¿Qué falta?

—Demostrar que las decisiones administrativas produjeron las expulsiones, las apropiaciones y los traslados. Los documentos muestran recomendaciones. Las instituciones alegarán que las decisiones finales fueron independientes.

Carmen levantó el expediente.

—Aquí hay patrones, fechas y resultados.

—No siempre conexiones directas.

—Entonces encontraremos las actas.

—Muchas fueron destruidas.

—Las copias de Orfeo.

—Incompletas.

—La tabla de Daniel.

El anciano miró los archivadores.

—También incompleta.

Gabriel comprendió lo que la Batuta pretendía.

—El movimiento cero une responsables y decisiones.

—Sí —dijo Amalia.

—Y el Conservador lo tiene.

—Tiene una versión.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

Carmen habló con una calma nueva.

—Entonces protegeremos el manuscrito.

Gabriel la miró.

—¿Qué quieres decir?

—Lo sacaremos del conservatorio y lo depositaremos donde nadie pueda reclamarlo de manera unilateral.

—Eso sería sustracción documental.

—No si existe un acuerdo de custodia.

—¿Con quién?

Amalia respondió:

—Elías ya ha preparado uno.

Gabriel sintió rechazo.

—Por supuesto.

—La Fundación Armonía ofrece recibir las versiones, digitalizarlas y depositar copias ante notario.

—Elías quiere controlarlas.

—Quiere impedir que el Conservador las reúna primero.

Inés negó.

—No entregaremos nada a la institución heredera de Orfeo.

—No existe otra infraestructura capaz de conservarlo con seguridad.

—Eso es exactamente lo que él quiere que creamos.

Carmen miró la edición de Ricardo.

—Podemos crear una custodia múltiple.

—¿Cómo? —preguntó Gabriel.

—Copias certificadas en varios archivos. Depósito notarial. Acceso compartido. Registro de cambios. Ninguna entidad con control exclusivo.

Amalia sonrió levemente.

—Ahora comprende por qué su nombre apareció.

Carmen la miró.

—No necesito que una partitura me conceda autoridad.

—No. Pero necesitaba abrir el expediente de su padre.

—¿Fue usted quien dejó que lo oyera?

—No.

—¿El Conservador?

—Probablemente.

—¿Por qué?

—Porque quiere que todos sigan la misma ruta.

—¿Hacia dónde?

Amalia miró el tambor.

—Hacia la última versión.

Un golpe sonó dentro del instrumento.

Todos se volvieron.

La piel no se movió.

Segundo golpe.

Después un tercero, más suave.

Teresa reconoció el patrón.

—Vigilancia.

Amalia se acercó al tambor.

—No.

—¿Qué significa?

—Intervención externa.

Carmen miró hacia la entrada.

—¿Alguien ha entrado?

—No físicamente.

Las luces parpadearon.

En la pared apareció una proyección.

No procedía de ningún aparato visible.

Era una imagen del archivo del conservatorio.

La cámara mostraba el armario ignífugo abierto.

La carpeta gris había desaparecido.

Gabriel sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Cuándo es esa imagen?

Carmen buscó su teléfono por reflejo, pero lo habían dejado en la caja del vestíbulo.

La proyección cambió.

Apareció una mano con guante oscuro sosteniendo el manuscrito.

Después, un mensaje:

LA ObrA NO NECESITA PROTECCIÓN. NECESITA COMPLETARSE.

Inés avanzó hacia la pared.

—¿Quién es usted?

La imagen respondió mediante texto:

USTEDES YA ME CONOCEN.

—Diga su nombre —ordenó Carmen.

LOS NOMbrES SON EL PROBLEMA.

Gabriel se acercó.

—¿Es usted el Conservador?

La pantalla quedó en negro.

Después apareció una fotografía.

Mostraba a los cuatro entrando en Santa Aurelia aquella mañana.

Tomada desde el interior de la finca.

Otra imagen mostró a Elías junto al molino.

Otra, el archivo del conservatorio.

Otra, la habitación de Gabriel.

En la última se veía la mesa del comedor y el lugar donde había dejado la carpeta la primera noche.

Gabriel sintió una invasión física.

—Ha estado en mi casa.

El texto apareció:

NO FUE NECESARIO.

La imagen cambió.

Un documento ocupó la pared.

Era una autorización de acceso remoto a sistemas de archivo.

Al pie aparecía la firma digital de Carmen Otero.

Ella se acercó.

—Nunca firmé esto.

Amalia examinó la fecha.

—Hace siete años.

—No es mi firma.

—Es su certificado.

Carmen palideció.

—Alguien utilizó mis credenciales.

El texto regresó:

RICARDO PREPARÓ LA CONTINUIDAD.

—Mi padre está muerto —dijo Carmen.

RICARDO PREPARÓ MÁS DE UNA CONTINUIDAD.

El anciano se apoyó en el atril.

—No puede ser.

Gabriel lo miró.

—¿Qué significa?

—Ricardo creó identidades de sustitución para varias personas de la red.

—¿El Conservador puede ser una de ellas?

—Sí.

—¿Quién?

El anciano miró a Carmen.

—Alguien registrado como descendiente.

Ella retrocedió.

—No.

La pantalla mostró una partida de nacimiento.

CARMEN LEAL BELTRÁN.

Debajo aparecía otra:

MARCOS LEAL BELTRÁN.

Misma fecha.

Mismo lugar.

Carmen quedó inmóvil.

—No tengo hermano.

Amalia leyó el documento.

—Según esto, sí.

—Es falso.

—O fue ocultado.

La proyección mostró una fotografía de dos recién nacidos.

En el reverso se leía:

Carmen y Marcos. 1974.

Carmen perdió el color del rostro.

—Mi madre nunca...

La imagen cambió.

Un hombre de unos cincuenta años apareció ante una cámara.

No llevaba máscara.

Tenía el cabello oscuro, ojos claros y una cicatriz sobre la ceja izquierda.

—Buenos días, hermana —dijo.

Carmen no respondió.

—Lamento la presentación —continuó el hombre—, pero vuestro ritmo de investigación ha sido más rápido de lo previsto.

Gabriel avanzó.

—¿Tiene el manuscrito?

—Tengo una versión.

—Ha robado la encontrada en el conservatorio.

—La he retirado de una custodia vulnerable.

—Devuélvala.

—Cuando estén reunidas las siete.

Inés se acercó a la imagen.

—¿Dónde está mi madre?

El hombre la observó.

—Más cerca de usted de lo que imagina.

—¿Está viva?

—No responderé mientras utilice ese nombre.

—¿Quién es usted?

—Marcos Leal.

Carmen negó.

—No eres mi hermano.

—Eso también tendrá que decidirlo después de abrir el expediente completo.

—¿Qué quiere?

—Terminar el movimiento cero.

—¿Para qué?

—Para que cada institución escuche las decisiones que tomó y los nombres que borró.