13. CAPÍTULO X La hija de Ricardo Leal
El grito de Carmen atravesó el corredor y se extinguió de manera abrupta.
Gabriel salió de la habitación antes de que la Batuta pudiera detenerlo.
Las puertas de los archivadores estaban abiertas. Algunos cajones habían quedado desplazados hacia fuera, como si una fuerza simultánea hubiera liberado todos los mecanismos. En el suelo aparecían carpetas, fichas, sobres y pequeñas cajas de madera identificadas mediante símbolos musicales.
Clarinete.
Flauta.
Piano.
Viola.
Trompa.
Percusión.
Los documentos no habían caído al azar.
Formaban una línea.
Desde la habitación del Clarinete hasta el vestíbulo.
Gabriel siguió el rastro.
—¡Carmen!
No obtuvo respuesta.
Detrás de él, el anciano avanzaba con dificultad. La Batuta permanecía junto a la puerta, sin mostrar prisa.
—No corra —dijo.
Gabriel se volvió.
—¿Dónde está?
—Donde tenía que llegar.
—¿Qué le han hecho?
—Nada que no estuviera preparado desde antes de que entrara.
Gabriel regresó hacia ella.
—Abra las puertas.
—Ya están abiertas.
—Entonces dígame dónde buscar.
La mujer observó los documentos dispersos.
—Siga la percusión.
Gabriel miró el suelo.
Entre las carpetas había pequeñas marcas impresas. La mayoría correspondían a instrumentos melódicos. A unos metros distinguió el dibujo de una caja militar.
Siguió aquella secuencia.
El corredor descendía mediante una rampa estrecha hacia una zona inferior del edificio. Las paredes cambiaban allí. Desaparecía la pintura blanca y quedaba visible la piedra original del sanatorio.
Inés y Teresa aparecieron desde otro pasillo.
—¿Dónde está Carmen? —preguntó Inés.
—No lo sé.
—Hemos oído el grito.
—La Batuta dice que sigamos la percusión.
Teresa palideció al escuchar el nombre.
—¿Está aquí?
—Sí.
—Entonces tenemos que salir.
—No sin Carmen.
—No comprende quién es esa mujer.
—Nadie me explica nada antes de exigir que obedezca.
Teresa miró hacia el corredor superior.
—Se llama Amalia Sanz.
—¿Qué relación tenía con Orfeo?
—Organizaba las evaluaciones paralelas.
—¿Era funcionaria?
—No.
—¿Trabajaba para la fundación?
—Trabajaba para cualquiera que necesitara una decisión sin asumir la responsabilidad de formularla.
Inés frunció el ceño.
—¿Consultora?
—Entonces no se utilizaba esa palabra. Preparaba informes, seleccionaba testimonios, comparaba perfiles, recomendaba exclusiones.
—¿Y el movimiento cero?
—Era su sistema.
—Daniel dijo que contenía los nombres de quienes borraron a los demás.
—Porque Amalia registraba a los responsables, no a las víctimas.
Gabriel miró la línea de carpetas.
—¿Por qué?
—Para que todos supieran que también podían ser expuestos.
—No era un archivo de justicia.
—Era un mecanismo de control.
Continuaron.
La rampa terminaba en una sala circular. En el centro había un gran tambor militar sobre un soporte de madera. La piel estaba agrietada y el aro mostraba manchas de óxido.
Carmen permanecía sentada en el suelo, junto a la pared.
Tenía las manos apoyadas sobre los oídos.
Gabriel se arrodilló ante ella.
—¿Estás herida?
No respondió.
—Carmen.
Abrió los ojos.
—Que pare.
—¿Qué?
—El golpe.
La sala estaba en silencio.
Inés se acercó.
—No se oye nada.
—Sí.
Carmen retiró lentamente las manos.
—Dentro de la pared.
Gabriel miró alrededor.
No había altavoces ni instrumentos conectados. Solo el tambor.
—¿Qué ocurrió?
Carmen señaló una puerta baja situada tras el soporte.
—Se abrió.
Gabriel se acercó.
La puerta conducía a un archivo pequeño. En el interior había estanterías y una mesa. Sobre ella descansaba una única carpeta.
La cubierta llevaba el símbolo de la percusión.
Debajo:
RICARDO LEAL
Gabriel la abrió.
Carmen se levantó con dificultad.
—No.
—Necesitamos saber qué contiene.
—No.
—Tu nombre ha aparecido en una copia del manuscrito.
Ella lo miró con una expresión distinta. No era sorpresa.
Era resignación.
—Ya lo sabía.
El silencio se hizo más pesado.
—¿Desde cuándo? —preguntó Gabriel.
—Desde antes de venir.
—¿Antes de que apareciera?
—Antes de que ustedes encontraran la partitura.
Inés dio un paso hacia ella.
—¿Sabía que existía?
—Sabía que podía aparecer.
—¿Por qué no lo dijo?
—Porque no sabía quién más estaba implicado.
—Nos ha acusado de ocultar información durante todo el día.
—Y tenían información oculta.
—Tú también.
Carmen bajó la mirada.
—Sí.
Gabriel sostuvo la carpeta de Ricardo.
—¿Eres su hija?
—Legalmente, sí.
—¿Qué significa eso?
—Que figura como mi padre.
—¿No lo era?
—No lo sé.
—¿Quién te dijo lo contrario?
—Él mismo.
Teresa se acercó lentamente.
—Ricardo no tenía hijos.
Carmen la miró.
—Eso creísteis.
—Nunca habló de ti.
—No habló de muchas cosas.
—¿Cuándo naciste?
—En 1974.
—Entonces tenías trece años en 1987.
—Sí.
Gabriel intentó relacionar fechas, rostros y recuerdos.
—¿Estuviste en Orfeo?
—No que yo recuerde.
—¿Conociste a Lucía?
—No.
—¿A Daniel?
—Una vez.
—¿Cuándo?
—En 1995.
El anciano llegó a la entrada de la sala.
Carmen lo vio.
No mostró sorpresa.
—Usted era él.
El hombre asintió.
—Te vi con tu padre.
—Me entregó una caja.
—Sí.
—Nunca pude abrirla.
—Porque no era para ti entonces.
—¿Y ahora?
El anciano señaló el tambor.
—Ahora has escuchado la llamada.
Carmen volvió a cubrirse un oído.
—No era una llamada.
—¿Qué has oído? —preguntó Gabriel.
—Una secuencia.
—¿Musical?
—Rítmica.
—¿La reconoces?
—Sí.
—¿De dónde?
Carmen cerró los ojos.
—Mi padre golpeaba la mesa de esa manera cuando quería que dejara de hablar.
Teresa observó el tambor.
—Ricardo utilizaba patrones rítmicos para marcar decisiones.
—¿Qué decisiones? —preguntó Inés.
—Aprobación. Rechazo. Espera. Vigilancia. Eliminación.
Gabriel miró el gran instrumento.
—¿Cada patrón correspondía a una orden?
—Sí.
—¿Y Carmen ha escuchado uno?
Ella abrió los ojos.
—Eliminación.
Nadie habló.
La Batuta apareció en la entrada.
—No exactamente.
Carmen se volvió.
—No se acerque.
Amalia Sanz se detuvo.
—El patrón que ha escuchado significa cierre de expediente.
—Es lo mismo.
—No. Una eliminación borra a la persona. Un cierre impide nuevas actuaciones.
—¿Qué expediente se ha cerrado?
Amalia miró la carpeta sobre la mesa.
—El de Ricardo Leal.
—Está muerto —dijo Carmen.
—Eso no impide que sus decisiones sigan produciendo efectos.
Gabriel abrió la carpeta.
La primera página contenía una relación de actuaciones internas entre 1985 y 1994.
Informes.
Comisiones.
Tribunales.
Recomendaciones de traslado.
Propuestas de becas.
Rechazos.
Atribuciones de obras.
Cada decisión estaba codificada con un patrón rítmico.
Dos golpes breves y uno largo.
Aceptación provisional.
Tres golpes regulares.
Vigilancia.
Un redoble.
Traslado.
Un golpe fuerte seguido de silencio.
Cierre.
—Ricardo dirigía la red —dijo Gabriel.
—No —respondió Amalia—. Ricardo dirigía una parte.
—¿Cuál?
—La educativa.
—¿Quién dirigía las demás?
—Distintas personas según la institución.
—¿Usted las coordinaba?
—Yo registraba.
—Y utilizaba la información para controlar a todos.
—Para impedir que una sola persona pudiera destruir el archivo.
—No lo protegía. Lo convertía en un instrumento de chantaje.
Amalia no se defendió.
—Funcionó durante años.
Inés abrió otra sección.
Había fichas de estudiantes.
Cada una incluía observaciones musicales junto a valoraciones personales.
Exceso de autonomía.
Dificultad para aceptar correcciones.
Influencia sobre compañeros.
Procedencia familiar poco favorable.
Escasa adaptación institucional.
—Esto no evalúa música —dijo.
—Nunca evaluó solo música —respondió Amalia.
—¿Quién escribió estas observaciones?
—Profesores, directores, tribunales, tutores.
Gabriel encontró una ficha con las iniciales L. V.
La abrió.
Acceso no regularizado. Capacidad musical excepcional. Alta dependencia de D. Arístegui. Riesgo de conflicto por reclamación de reconocimiento.
Debajo aparecía una recomendación:
No consolidar matrícula. Evitar participación pública. Transferir materiales compositivos a proyecto colectivo.
Inés leyó por encima de su hombro.
—Le robaron la autoría antes de expulsarla.
—Sí —dijo Amalia.
—¿Quién firmó?
—Ricardo redactó. Elías conoció. Teresa aceptó la programación. Gabriel firmó el informe de contexto. Otros guardaron silencio.
Gabriel sintió que cada frase cerraba una salida.
—¿Y usted?
—Convertí la recomendación en procedimiento.
—Entonces fue usted quien la borró.
—Fui una de las personas.
Inés avanzó.
—¿Por qué?
Amalia sostuvo su mirada.
—Porque Lucía amenazaba con demostrar que varias obras presentadas por profesores procedían de ejercicios de alumnos.
—¿Incluida la suya?
—Yo no componía.
—Entonces ¿qué protegía?
—La estructura.
—Eso no significa nada.
—Significa que una institución puede sobrevivir a una injusticia reconocida. Lo que no siempre sobrevive es a la demostración de que la injusticia era su método.
Carmen se acercó a la mesa.
—¿Mi padre se apropió de obras?
—Sí.
—¿Cuántas?
—No lo sé con exactitud.
—Miente.
—Conservamos diecinueve atribuciones dudosas.
—¿Dudosas?
—No todas pueden probarse.
—¿La obra de Lucía?
—Ricardo la publicó como parte de un ciclo pedagógico.
Gabriel recordó el programa de 1988.
Interludio.
Sin autor.
Después apareció en un catálogo de Ricardo con otro título.
—¿Dónde está la partitura publicada? —preguntó.
Amalia señaló una caja de madera.
Inés la abrió.
Dentro había una edición impresa de 1990.
RICARDO LEAL
SIETE ESTUDIOS SObrE LA AUSENCIA
Gabriel pasó las páginas.
Reconoció fragmentos del manuscrito.
El motivo de Lucía.
La armonía de Teresa.
Una línea del violonchelo de Mateo.
Su propio motivo de cuatro notas.
Todo estaba allí, reorganizado y atribuido a Ricardo.
—Ganó un premio con esto —dijo Carmen.
—Sí —respondió Amalia.
—Construyó su carrera.
—En parte.
Carmen tomó la edición.
—Mi madre decía que compuso esa obra durante una enfermedad.
Teresa la miró.
—¿Quién era tu madre?
—Ana Beltrán.
La pianista retrocedió.
—La séptima persona.
Gabriel sintió que la reunión de 1987 se completaba por fin.
Daniel.
Teresa.
Ricardo.
Mateo.
Lucía.
Gabriel.
Ana Beltrán.
—¿Tu madre estaba aquella noche? —preguntó.
—Eso decía mi padre antes de morir.
—¿Era música?
—Violinista.
Teresa cerró los ojos.