12. CAPÍTULO IX Los expedientes sin firma #3
Una alumna era declarada no apta tras interpretar una obra que el tribunal no había escuchado completa.
—¿Todo esto estaba en Orfeo?
—Copias.
—¿Por qué musicalizarlo?
—Porque los documentos podían destruirse. Las relaciones entre sonidos eran más difíciles de borrar.
Gabriel encontró su firma.
Aparecía en un acta de 1988.
Había votado a favor de atribuir una pieza colectiva a Ricardo Leal.
—No recuerdo esto.
—Lo hiciste.
—La obra no era suya.
—No.
—Era de Lucía.
—En parte.
Gabriel cerró los ojos.
—¿Por qué firmé?
—Porque Ricardo prometió regularizar su matrícula.
—¿Lo hizo?
—No.
—Entonces yo...
—Participaste en la apropiación.
La palabra no admitía alivio.
Gabriel pasó otra página.
Su nombre aparecía en un informe sobre Daniel.
Perfil conflictivo. Tendencia a cuestionar jerarquías. Influencia improcedente sobre alumnado.
Abajo figuraba una anotación:
Recomendación: traslado y exclusión de proyectos de innovación.
—Esto lo escribió Ricardo.
—Pero tú aportaste información.
—Conversaciones privadas.
—Sí.
—Pensé que era una evaluación del proyecto.
—Eso te dijiste.
Gabriel continuó.
Cada documento conducía a otro.
Una rivalidad convertida en informe.
Un desacuerdo artístico transformado en falta disciplinaria.
Una preferencia estética presentada como criterio técnico.
Una obra apropiada mediante una corrección colectiva.
Una expulsión disfrazada de renuncia voluntaria.
Una ausencia fabricada administrativamente.
—¿Cuántos nombres? —preguntó.
—Cuarenta y tres en esta versión.
—¿Y en todas?
—Más de doscientos.
Gabriel levantó la vista.
—La partitura no contiene tantos motivos.
—La partitura que encontraste es solo el índice inicial.
—¿Existen más movimientos?
—Sí.
—¿Dónde?
—Algunos aquí. Otros fuera.
—¿Quién los tiene?
El anciano tomó el lápiz de entre sus labios.
—Personas que creen poseer obras. Instituciones que creen custodiar legados. Familias que creen conservar recuerdos.
—¿Elías?
—Tiene varias versiones.
—Ha ofrecido proteger el manuscrito.
—Lo hará.
—¿Podemos confiar en él?
—Puede proteger el papel.
—No es lo que he preguntado.
—Es la única protección que sabe ofrecer.
Gabriel cerró la carpeta.
—¿Quién ha escrito los nombres recientes?
El anciano lo miró.
—No yo.
—¿Lucía?
—No lo sé.
—¿Elena?
—Puede.
—¿Alguien más conoce la existencia del manuscrito?
El hombre sonrió con tristeza.
—La pregunta correcta no es quién lo conoce.
—¿Cuál es?
—Quién sabe que ha comenzado a completarse.
—¿Y quién lo sabe?
—La persona que conserva el movimiento cero.
Gabriel frunció el ceño.
—No existe un movimiento cero.
—Existe.
—¿Qué contiene?
—Los nombres de quienes decidieron borrar a los demás.
—¿Quién lo tiene?
El anciano miró hacia la puerta.
—La mujer que acaba de entrar en Santa Aurelia.
Gabriel oyó pasos en el corredor.
No eran los de Inés, Carmen ni Teresa.
La puerta se abrió.
Una mujer de unos sesenta años apareció en el umbral. Vestía un traje claro y llevaba una carpeta negra bajo el brazo.
Gabriel no la reconoció.
Ella sí lo reconoció a él.
—Profesor Valcárcel —dijo—. Por fin ha abierto su expediente.
El anciano se puso en pie con dificultad.
—No debería estar aquí.
La mujer sonrió.
—Nadie debería. Esa fue siempre la utilidad de este lugar.
Gabriel miró la carpeta negra.
—¿Quién es usted?
—La persona que ha mantenido viva la obra mientras ustedes intentaban olvidarla.
—¿Tiene el movimiento cero?
—Tengo algo más importante.
Abrió la carpeta.
Dentro había una copia reciente del manuscrito encontrado en el conservatorio.
No una reproducción fotográfica.
Una transcripción completa.
En la cubierta aparecían todos los nombres que habían surgido hasta entonces.
Daniel.
Gabriel.
Inés.
Teresa.
Lucía.
Elena.
Y uno más.
Carmen Otero.
Gabriel levantó la vista.
—¿Qué relación tiene Carmen con esto?
La mujer cerró la carpeta.
—La misma que usted tuvo al principio.
—No entiendo.
—Todavía cree que Carmen llegó a la investigación por casualidad.
—Es secretaria del conservatorio.
—También es hija de Ricardo Leal.
El silencio del cuarto se volvió absoluto.
Gabriel pensó en Carmen, esperando al otro lado de las puertas interiores.
En su rigor.
En su resistencia a ocultar documentos.
En su insistencia en informar.
En la facilidad con la que había localizado archivos que nadie más encontraba.
—Eso no puede ser.
—Pregúnteselo.
—¿Quién es usted?
La mujer sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Mi nombre de fuera no importa.
—Aquí utilizan instrumentos.
—Sí.
—¿Cuál es el suyo?
El anciano respondió antes que ella:
—La Batuta.
Gabriel miró al hombre.
—¿Qué significa?
—Que no escribió la obra.
La mujer sonrió.
—Solo decidió quién debía tocar cada parte.
Desde el vestíbulo sonó una campana.
Después otra.
La Batuta volvió la cabeza hacia el corredor.
—Ya ha comenzado.
—¿Qué?
—El siguiente movimiento.
Un sonido grave recorrió el edificio.
No era un instrumento.
Era el mecanismo de todas las cerraduras interiores abriéndose al mismo tiempo.
La mujer miró a Gabriel.
—Ahora cada expediente buscará a su dueño.
Y desde algún lugar de Santa Aurelia, Carmen gritó.