12. CAPÍTULO IX Los expedientes sin firma #2
—No. No lo sabes. Sigues hablando como si el miedo te hubiera concedido autoridad sobre las vidas de los demás.
Teresa recibió la acusación sin apartarse.
—En eso también tienes razón.
Gabriel la dejó junto al coche.
La puerta principal se abrió antes de que llegara a los escalones.
Una mujer joven apareció en el umbral.
Tendría unos treinta años. Llevaba pantalón gris, camisa clara y una chaqueta de punto. Su cabello era oscuro, recogido en una trenza larga.
Inés se detuvo.
La semejanza con Lucía era inmediata.
No exacta.
No suficiente para convertirla en prueba.
Pero sí demasiado intensa para ser ignorada.
La mujer miró primero a Inés y después a Gabriel.
—Han tardado —dijo.
Su voz no era la de la niña de la cinta.
Era más grave.
Serena.
—¿Quién es usted? —preguntó Inés.
La mujer bajó un escalón.
—Aquí me llaman Viola.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—No —susurró.
—¿Cuál es su nombre verdadero? —preguntó Gabriel.
La mujer lo miró con severidad.
—No se pronuncian nombres verdaderos dentro de Santa Aurelia.
—¿Conoció a Elena Valcárcel?
—Sí.
Gabriel avanzó.
—¿Está viva?
Viola no respondió.
—¿Y Lucía Valdés? —preguntó Inés.
La mujer volvió la mirada hacia ella.
—Si ha venido buscando una madre, tendrá que decidir primero cuál de todas sus historias está dispuesta a perder.
Inés subió otro escalón.
—No he venido para perder nada.
—Entonces no está preparada para entrar.
Carmen se situó a su lado.
—Necesitamos saber quién gestiona este edificio.
—Nadie.
—La finca pertenece a una sociedad.
—Las propiedades tienen dueños. Los refugios, no siempre.
—¿Hay residentes?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Depende de cómo se cuenten.
Carmen mostró su identificación profesional.
—No venimos a realizar una inspección, pero necesitamos acceder a documentación histórica relacionada con Daniel Arístegui, Lucía Valdés y Elena Valcárcel.
Viola observó la tarjeta sin cogerla.
—No existen personas con esos nombres aquí.
—¿Porque utilizan otros?
—Porque los nombres de fuera no entran.
Gabriel recordó la advertencia del manuscrito.
No pronunciar el nombre verdadero.
Viola lo miró.
—Ya han pronunciado tres.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó.
—Nada inmediato.
—Teresa dijo que quien escuchaba su nombre debía marcharse.
—Antes.
—¿Y ahora?
—Ahora algunos recuerdan.
Desde el interior del edificio llegó un sonido.
Una flauta.
Interpretaba una melodía infantil.
Gabriel dejó de respirar.
Elena la tocaba cuando tenía nueve años.
Tres notas ascendentes.
Dos repetidas.
Una caída torpe hacia la tónica.
La misma frase que él corregía desde su habitación.
—Es ella —dijo.
Viola no confirmó ni negó.
La flauta se interrumpió.
Después sonó una campana.
Una sola vez.
Viola abrió completamente la puerta.
—Pueden entrar.
—¿Por qué ha cambiado de opinión? —preguntó Carmen.
—Porque la Flauta ha respondido.
Gabriel subió.
Teresa permaneció abajo.
Viola la miró.
—El Piano también debe entrar.
Teresa palideció.
—Ya no soy ese nombre.
—Aquí nunca dejó de serlo.
La pianista avanzó con dificultad.
El vestíbulo era amplio. El suelo estaba cubierto por baldosas antiguas. Había bancos de madera, fotografías sin nombres y vitrinas con instrumentos deteriorados.
Sobre cada puerta aparecía un símbolo musical.
Clarinete.
Flauta.
Violín.
Trompa.
Arpa.
Percusión.
No había números.
Viola cerró la entrada.
—Dejen los teléfonos aquí.
Señaló una caja metálica.
Carmen negó.
—No.
—Entonces las puertas interiores no se abrirán.
—¿Es una condición de seguridad?
—Es una condición de permanencia.
—No puedo aceptar sin saber quién tiene acceso a los aparatos.
—Nadie.
—Eso no es suficiente.
Viola se acercó a una pared.
Presionó un interruptor.
Una pantalla mostró el interior de la caja.
—Permanecerán visibles.
—¿Hay inhibidores de señal?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque algunas personas fueron localizadas mediante dispositivos.
Carmen dudó.
Finalmente apagó el teléfono y lo depositó dentro.
Los demás hicieron lo mismo.
Viola cerró la caja.
—No pronuncien nombres completos. No abran puertas marcadas con un instrumento que no haya sonado. No retiren documentos. No fotografíen rostros.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Inés.
—Escuchar.
—Llevamos demasiado tiempo haciendo eso.
—No. Llevan demasiado tiempo buscando respuestas antes de conocer las preguntas.
Gabriel miró las vitrinas.
En una de ellas había un clarinete antiguo.
La madera estaba agrietada. Las llaves, ennegrecidas.
Una placa pequeña indicaba:
CLARINETE 27
El número de la partitura.
—Daniel —dijo sin pensar.
Viola se volvió.
—Le advertí.
La campana sonó otra vez.
Una puerta al fondo se abrió.
No había nadie detrás.
Viola miró a Gabriel.
—El Clarinete ha aceptado recibirlo.
—¿Está vivo?
—Entre.
—Quiero saberlo antes.
—Entonces no sabrá nada.
Gabriel avanzó hacia la puerta.
Inés lo sujetó por el brazo.
—No vaya solo.
—La puerta se ha abierto para él —dijo Viola.
—Eso no significa que deba obedecer.
Gabriel miró el corredor.
—Necesito saber qué ocurrió con Elena.
—Y con mi madre.
—Lo sé.
—No permita que vuelvan a separar las historias.
Gabriel sostuvo su mirada.
—No lo haré.
Entró.
La puerta se cerró detrás de él.
El corredor era estrecho y estaba iluminado por pequeñas lámparas de pared. A ambos lados había archivadores de madera. Cada cajón llevaba un símbolo musical y una fecha.
Gabriel avanzó hasta una habitación abierta.
Dentro había una cama, una silla, una mesa y un atril.
Un hombre anciano permanecía sentado junto a la ventana.
Tenía el cabello completamente blanco, el rostro delgado y las manos cubiertas de manchas. Sobre sus rodillas descansaba una funda de clarinete.
Gabriel lo reconoció.
No por el rostro.
Por la forma de sostener el lápiz entre los labios.
—No digas mi nombre —dijo el hombre.
Gabriel se detuvo.
—Estás vivo.
—Eso depende del archivo que consultes.
—Te enterramos.
—Enterrasteis una versión.
Gabriel sintió que las piernas le temblaban.
—¿Por qué no volviste?
—Porque alguien tenía que conservar la tabla.
—¿Dónde está?
El anciano señaló los archivadores del corredor.
—En todas partes.
—Lucía.
—No pronuncies su nombre.
—¿Está aquí?
—Estuvo.
—¿Y Elena?
El hombre cerró los ojos.
—La Flauta no quiere verte todavía.
—Necesito saber si está viva.
—Lo estaba esta mañana.
Gabriel se apoyó en la silla.
La frase era demasiado simple para la magnitud de lo que contenía.
—Quiero verla.
—Primero tendrás que abrir tu expediente.
—¿Cuál?
El anciano señaló el atril.
Sobre él descansaba una carpeta marrón.
En la portada figuraba:
CLARINETE 14
Debajo, escrito a mano:
Decisiones administrativas asociadas. Autorías transferidas. Informes de idoneidad.
Gabriel abrió.
La primera página contenía una relación de obras.
Reconoció títulos compuestos por Daniel, Lucía, Teresa, Mateo y otros músicos.
Junto a cada uno aparecía un nombre diferente como autor oficial.
—¿Qué es esto?
—La historia musical que se publicó.
—Son apropiaciones.
—Sí.
—¿Quién las autorizó?
—Lee.
Gabriel pasó la página.
Encontró actas de tribunales, convocatorias, informes internos y comunicaciones privadas.
Un patrón se repetía.
Una obra presentada por un alumno era rechazada.
Meses después aparecía programada bajo otro nombre.
Una plaza se definía con un perfil específico para excluir a un candidato.
Una beca se denegaba por falta de documentación que sí había sido presentada.
Un profesor recibía un informe desfavorable redactado por quien después ocupaba su puesto.