LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 12. CAPÍTULO IX Los expedientes sin firma
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12. CAPÍTULO IX Los expedientes sin firma

A las seis y nueve minutos de la mañana, los cuatro abandonaron el conservatorio.

Carmen conducía. Inés ocupaba el asiento delantero. Gabriel y Teresa viajaban detrás, separados por la carpeta rígida donde habían guardado copias de las fotografías, la digitalización de la cinta y las imágenes del manuscrito.

Nadie había dormido.

El cielo comenzaba a aclararse sobre una línea baja de nubes. La ciudad permanecía casi vacía. Los semáforos cambiaban para calles sin tráfico y las fachadas devolvían una luz gris, anterior al día.

El manuscrito original se había quedado en el armario ignífugo.

Carmen no quiso sacarlo.

Inés tampoco insistió.

Después de la aparición del nombre de Elena Valcárcel, Gabriel había comprendido que llevar la carpeta consigo ya no significaba protegerla. Significaba permitir que condicionara cada paso. Habían fotografiado la cubierta, cerrado el armario y activado dos cámaras independientes.

La tinta del último nombre parecía completamente seca.

Elena Valcárcel.

Gabriel no se lo había dicho todavía a nadie.

Había guardado aquella información durante menos de tres horas y ya sentía que el silencio comenzaba a reproducir la misma estructura que los había llevado hasta allí.

No encontraba, sin embargo, el momento de hablar.

Decir el nombre significaba abrir otra parte de su vida.

Significaba explicar que Elena no había sido solo su hermana menor, sino una mujer a la que todos consideraban muerta desde hacía treinta y dos años.

Significaba admitir que él mismo había aceptado esa muerte sin exigir un cuerpo, un expediente completo ni una explicación coherente.

—¿La finca está localizada? —preguntó Inés.

Carmen señaló el navegador.

—Los Alisos de Arriba aparece en un catastro antiguo. La referencia actual pertenece a una sociedad portuguesa.

—¿Nombre?

—Patrimonios Vale Sereno.

Teresa levantó la cabeza.

—No me suena.

—Se constituyó en 2001 —dijo Carmen—. Su objeto social es gestión de fincas, conservación de inmuebles y servicios residenciales.

—¿Administradores?

—Una sociedad instrumental de Badajoz y otra de Lisboa.

—¿Personas físicas?

—No aparecen en la consulta básica.

—¿Dirección?

—Un despacho que también gestiona otras diecisiete sociedades.

Gabriel miró por la ventanilla.

—Alguien quiso que la propiedad no condujera a nadie.

—O se trata de una estructura mercantil ordinaria —respondió Carmen.

—Después de todo lo que hemos encontrado, eso sería lo menos ordinario.

—Precisamente por eso debemos evitar convertir cada irregularidad en prueba de una conspiración.

Inés sostuvo la caja de la cinta sobre las rodillas.

—Ya no necesitamos una conspiración única. Basta con una acumulación de decisiones.

Carmen asintió.

—Eso es más verosímil.

Teresa habló desde el otro extremo del asiento:

—Y más difícil de demostrar.

Gabriel observó su perfil.

—¿Qué clase de decisiones?

—Las que nunca parecen graves por separado. Una matrícula que no se tramita. Una beca que se retrasa. Un informe que pierde una página. Una plaza que cambia de perfil. Una obra que se programa sin el nombre correcto. Un traslado que se recomienda por conveniencia. Una alumna que deja de figurar.

—Lucía —dijo Inés.

—Lucía fue una de ellas.

—¿Cuántas hubo?

Teresa no respondió de inmediato.

—No lo sé.

—Pero lo sospechaba.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde 1987.

Inés se volvió parcialmente.

—Y siguió trabajando.

—Sí.

—Siguió dando conciertos.

—Sí.

—Siguió aceptando cargos.

—Sí.

—¿Cómo pudo?

Teresa miró sus manos.

—Al principio creí que podría corregirse desde dentro. Después creí que ya era demasiado tarde. Finalmente comprendí que el sistema no necesitaba que estuviéramos de acuerdo. Solo necesitaba que continuáramos ocupando nuestros lugares.

Nadie contestó.

La carretera dejó atrás los núcleos urbanos y comenzó a ascender entre dehesas. El paisaje se abrió en extensiones de encinas, muros de piedra y caminos de tierra. El navegador indicaba todavía cuarenta y tres minutos.

Gabriel sacó el teléfono.

La fotografía de Elena en la estación no existía como archivo. Solo permanecía en su memoria.

Una imagen incompleta.

El andén.

Daniel.

La niña.

Elena sosteniendo una bolsa de viaje.

No recordaba el rostro de la pequeña. Tampoco si lloraba, dormía o estaba enferma.

—Tengo que decir algo —dijo.

Carmen redujo ligeramente la velocidad.

Inés se volvió.

Teresa no se movió.

Gabriel continuó:

—Antes de cerrar el manuscrito apareció otro nombre.

—¿Cuál? —preguntó Inés.

—Elena Valcárcel.

Teresa levantó la cabeza con brusquedad.

—¿Tu hermana?

—Sí.

Carmen lo miró por el espejo.

—¿Por qué no lo dijiste?

—Porque recordé algo al mismo tiempo.

—¿Qué?

—Elena llevó a la otra hija de Lucía a Santa Aurelia.

Inés quedó inmóvil.

—¿Cómo lo sabe?

—La vi en una estación con Daniel y una niña.

—¿Cuándo?

—Creo que a finales de 1993 o principios de 1994.

—¿Era un bebé?

—Sí.

—Entonces mi madre tuvo otra hija poco antes de morir.

—O antes de desaparecer por segunda vez.

—¿Quién era el padre?

—No lo sé.

—¿Elena conocía a mi madre?

—Debió de conocerla.

Teresa apretó el bastón contra las piernas.

—Elena trabajó en Orfeo.

Gabriel se volvió hacia ella.

—No.

—Sí.

—Era enfermera.

—También colaboró en Santa Aurelia.

—Nunca me lo dijo.

—Porque tú le pediste que no lo hiciera.

La afirmación le provocó un vértigo instantáneo.

—¿Qué le pedí?

—Que protegiera a la niña.

—¿Por qué ella?

—Porque no estaba vinculada oficialmente al conservatorio. Nadie la relacionaría con el grupo.

—¿Y por qué aparece ahora su nombre?

Teresa miró hacia el paisaje.

—Porque los nombres no aparecen cuando alguien muere.

—Dijiste que pertenecían a quienes seguían vivos.

—Eso creíamos.

—¿Qué crees ahora?

—Que aparecen cuando alguien vuelve a entrar en la historia.

Inés no aceptó la formulación.

—Mi madre también apareció.

—Sí.

—Entonces puede estar viva.

—Puede.

—¿Y Elena?

Gabriel respondió:

—Oficialmente murió en 1994.

—¿Cómo?

—Un accidente de tráfico en Portugal.

—¿Viste el cuerpo?

La pregunta fue directa.

Gabriel cerró los ojos un instante.

—No.

—¿Hubo funeral?

—Sí.

—¿Caja cerrada?

—Sí.

Teresa dejó escapar el aire lentamente.

—Igual que Daniel.

Gabriel sintió una hostilidad súbita hacia todos, incluida su propia memoria.

—¿Cuántos muertos sin cuerpo hay en esta historia?

—Los suficientes para construir una versión cómoda —dijo Carmen.

La carretera se estrechó.

El navegador indicó un desvío sin señalizar. Carmen giró hacia un camino asfaltado parcialmente cubierto de ramas.

A ambos lados aparecieron muros altos de piedra.

—Estamos cerca —dijo.

Teresa miró por la ventanilla.

—El acceso antiguo era distinto.

—¿Por dónde?

—Desde el oeste. Había una verja de hierro y una capilla pequeña.

—El catastro señala esta entrada.

—Entonces la finca fue reorganizada.

Tras una curva apareció una puerta metálica moderna. No había rótulos. Solo una cámara y un interfono.

Carmen detuvo el coche a varios metros.

—No salimos todavía.

—¿Por qué? —preguntó Inés.

—Porque la puerta está abierta.

En efecto, una de las hojas metálicas se encontraba desplazada hacia dentro.

No había vehículos visibles.

Tampoco personas.

Gabriel observó la cámara.

El objetivo apuntaba directamente hacia ellos.

—Nos esperaban —dijo.

—O alguien salió y dejó mal cerrada la entrada —respondió Carmen.

—No has venido para creer eso.

—He venido para comprobarlo.

Avanzaron lentamente.

El camino interior descendía entre árboles altos. La vegetación era más densa que en el resto de la finca. A unos quinientos metros apareció el edificio.

Santa Aurelia no parecía un sanatorio abandonado.

La fachada principal había sido restaurada. Los muros blancos estaban limpios, las ventanas conservaban contraventanas de madera y el tejado no presentaba daños. Solo la ausencia de rótulos y vehículos daba al lugar una apariencia detenida.

Una torre pequeña se elevaba sobre el extremo norte.

Teresa señaló.

—La capilla estaba detrás.

—¿Reconoces el edificio? —preguntó Gabriel.

—Sí.

—¿Está igual?

—No.

—¿Qué ha cambiado?

—Todo lo que debía parecer abandonado.

Carmen aparcó frente a la escalinata.

Nadie salió a recibirlos.

Inés abrió la puerta.

—Esperen —dijo Carmen.

—Mi madre puede estar dentro.

—Y alguien puede querer que lo crea.

—No cambiará nada.

Bajó.

Gabriel hizo lo mismo.

El aire olía a tierra húmeda y eucalipto. A lo lejos se escuchaba agua, quizá una acequia o un arroyo.

La puerta principal estaba entreabierta.

Teresa se quedó junto al coche.

—No puedo entrar.

Gabriel la miró.

—Has estado aquí antes.

—Por eso.

Inés subió los escalones.

—No pienso detenerme porque ustedes tengan miedo de lo que hicieron.

Carmen cerró el coche y la siguió.

Gabriel esperó unos segundos.

—Teresa.

La pianista miró el edificio.

—La última vez que entré, Daniel me pidió que destruyera un expediente.

—¿Cuál?

—El de una alumna.

—¿Lucía?

—No.

—¿Quién?

Teresa sostuvo su mirada.

—Elena.

Gabriel sintió que el mundo se reducía a aquella palabra.

—Mi hermana no era alumna.

—No era su expediente académico.

—Entonces ¿qué era?

—Su expediente de residencia.

—¿Vivió aquí?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿Después de su muerte oficial?

—Sí.

La respuesta no fue enfática. Precisamente por eso resultó más devastadora.

Gabriel se acercó.

—¿La viste?

—No.

—¿Cómo sabes que estaba aquí?

—Porque su ficha tenía asignado un instrumento.

—¿Cuál?

Teresa bajó la voz.

—La flauta.

Gabriel recordó a Elena de niña.

No había estudiado música de manera formal, pero tocaba una flauta dulce. Repetía melodías sencillas mientras él practicaba el clarinete. Después abandonó el instrumento.

—¿Destruiste la ficha?

—Creí que sí.

—¿Qué significa eso?

—Quemé el expediente que Daniel me entregó. Años después recibí una copia.

—¿De quién?

—Sin remitente.

—¿La conservas?

—Sí.

—¿Dónde?

—En mi casa.

Gabriel sintió una furia fría.

—Has tenido durante años una prueba de que Elena podía seguir viva.

—No era una prueba.

—Era una ficha de residencia posterior a su muerte.

—Podía ser falsa.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—No sabía qué iba a provocar.

—No tenías derecho.

—Lo sé.