LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 10. PARTE II LOS NOMBRES BORRADOS 11. CAPÍTULO VIII Santa Aurelia #2
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10. PARTE II LOS NOMBRES BORRADOS 11. CAPÍTULO VIII Santa Aurelia #2

—A cualquiera de los residentes —dijo Teresa.

—¿Por qué?

—En Santa Aurelia existía una regla. Nadie debía pronunciar el nombre real de otra persona dentro del edificio.

—¿Superstición?

—Protección.

—¿Qué ocurría si alguien lo hacía?

Teresa guardó silencio.

—¿Qué ocurría? —insistió Inés.

—El residente tenía que marcharse.

Gabriel miró la advertencia.

—Entonces alguien no quiere que identifiquemos a Daniel o a Lucía.

—O quiere impedir que los expulsemos sin saberlo —dijo Carmen.

—El centro lleva cerrado décadas —respondió Inés.

—Eso creemos.

Gabriel revisó los demás folios.

El quince había cambiado.

La línea roja había desaparecido. El silencio del octavo compás permanecía. Junto a las iniciales L. V. aparecía una cifra:

27

—¿Qué significa? —preguntó Carmen.

Teresa se sentó.

—Era el número de habitación de Daniel.

Inés levantó la mirada.

—¿En Santa Aurelia?

—Sí.

—¿Y mi madre?

Teresa negó.

—No tenía habitación asignada cuando yo estuve allí.

Gabriel observó la cifra.

—La partitura nos está dando una localización.

—O alguien la escribe para llevarnos allí —dijo Carmen.

—En ambos casos, la dirección es la misma.

El teléfono de Gabriel vibró.

Número oculto.

Respondió.

—¿Sí?

No se oyó ninguna voz.

Solo respiración.

Después, una secuencia de notas tocada por clarinete.

Cuatro notas descendentes.

Una pausa.

Dos ligadas.

Una sexta menor ascendente.

Su motivo.

—¿Daniel? —preguntó.

La respiración se detuvo.

Una voz masculina, envejecida y débil, dijo:

—No utilices mi nombre.

Gabriel apretó el teléfono.

—¿Dónde estás?

—Ella ha llegado antes.

—¿Lucía?

Silencio.

—¿Quién ha llegado?

—La hija.

Gabriel miró a Inés.

Ella comprendió que hablaban de ella.

—Inés está aquí.

—No.

—Sí.

—La otra hija.

La llamada se cortó.

Durante varios segundos nadie se movió.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Inés.

Gabriel bajó el teléfono.

—Que no utilicemos su nombre.

—¿Era Daniel?

—Creo que sí.

—¿Qué más?

Gabriel dudó.

—Ha dicho que otra hija ha llegado antes.

Inés lo miró sin comprender.

—No tengo hermana.

—Lucía dijo en el puente que su hija estaba dentro y que no hablaba de ti.

Teresa se puso en pie con una rapidez inesperada.

—No puede ser.

—¿Qué sabes? —preguntó Inés.

—Nada seguro.

—Teresa.

La pianista cerró los ojos.

—Lucía estuvo embarazada otra vez.

El archivo quedó en silencio.

Inés retrocedió.

—No.

—Nunca supe si la niña nació.

—¿Cuándo?

—Después de 1987.

—¿Quién era el padre?

Teresa miró a Gabriel.

La reacción de Inés fue inmediata.

—No.

Gabriel sintió el golpe de aquella mirada.

—No lo sé.

—¿Tuvo una relación con mi madre?

—No la recuerdo.

—¿Otra cosa que no recuerda?

—Inés...

—¿Era usted?

—No lo sé.

Teresa intervino:

—Lucía nunca lo dijo.

—Pero lo pensó —respondió Inés.

—Pensé que podía ser cualquiera del grupo.

—Eso no es una respuesta.

Carmen levantó una mano.

—No vamos a resolverlo ahora mediante sospechas.

Inés se apartó de todos.

—Mi madre desaparece, reaparece, me utiliza para una grabación, tiene otra hija y ninguno de ustedes considera importante decírmelo hasta que una partitura lo sugiere.

—No lo sabíamos —dijo Teresa.

—Sabían que podía existir.

—Sí.

—Y callaron.

—Sí.

La admisión dejó a Teresa sin defensa.

Inés miró la carpeta.

—¿La otra hija está en Santa Aurelia?

—Eso ha dicho la voz —respondió Gabriel.

—Entonces iremos.

—No esta noche —dijo Carmen.

—Ahora.

—No sabemos la ruta exacta.

—La encontraremos.

—Estamos agotados. No tenemos autorización de acceso. Puede ser una propiedad privada y alguien ha manipulado el archivo mientras estábamos fuera.

—Precisamente.

—Ir sin preparación sería entrar en una situación diseñada por otra persona.

Inés no respondió.

Gabriel comprendió que Carmen tenía razón.

No podían presentarse de madrugada en un edificio aislado, siguiendo indicaciones de una llamada anónima y de un manuscrito alterado.

—Saldremos al amanecer —dijo.

Inés lo miró.

—No decide usted.

—No. Pero propongo que utilicemos estas horas para localizar la finca, revisar mapas y establecer una copia segura de todo.

Carmen asintió.

—También informaré a una persona externa de nuestra ruta.

—¿A quién? —preguntó Gabriel.

—A alguien que no esté relacionado con música, archivos ni fundaciones.

—¿La policía?

—Todavía no.

Inés cerró la carpeta.

—A las seis.

—A las seis —aceptó Carmen.

Teresa no dijo nada.

Cuando salieron del archivo, Gabriel se quedó atrás unos segundos.

Miró la cubierta.

Tres nombres visibles:

Daniel Arístegui.

Gabriel Valcárcel.

Y, bajo ambos, una nueva línea que comenzaba a formarse.

La tinta apareció lentamente.

Primero una inicial.

Después un apellido incompleto.

Gabriel no llamó a los demás.

Esperó hasta que el nombre terminó.

Elena Valcárcel.

Sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

Conocía ese nombre.

No pertenecía a una hija desconocida.

Pertenecía a su hermana menor.

Muerta, según los registros familiares, en 1994.

Gabriel cerró la carpeta.

La memoria le devolvió una imagen que había permanecido enterrada durante más de treinta años.

Elena, de pie en el andén de una estación.

Daniel a su lado.

Una niña envuelta en una manta.

Y su propia voz diciendo:

—Llévala a Santa Aurelia. Allí no podrán encontrarla.

Gabriel apoyó ambas manos sobre la mesa.

La otra hija no era suya.

Era de Lucía.

Pero había sido Elena quien la había ocultado.

Y si el nombre acababa de aparecer, la regla de Teresa solo permitía una conclusión:

Elena seguía viva.