10. PARTE II LOS NOMBRES BORRADOS 11. CAPÍTULO VIII Santa Aurelia
Salieron del molino después de las once.
Nadie propuso regresar al conservatorio de inmediato.
El manuscrito de Daniel permanecía encerrado en el armario ignífugo.
La versión de Lucía quedó bajo custodia de Teresa, aunque Inés exigió que cada folio fuera digitalizado antes de abandonar el edificio.
Elías aceptó sin discutir. Carmen fotografió las cubiertas, las cintas, el magnetófono y la sala del espejo.
También grabó una declaración breve en la que cada uno confirmó la hora, el lugar y los materiales examinados.
No era todavía una denuncia.
Era una defensa contra la próxima negación.
En el exterior, el río avanzaba bajo la oscuridad con una monotonía que parecía anterior a todos ellos. La verja se cerró detrás del coche. Elías permaneció junto a la entrada, inmóvil bajo la luz del molino.
No había pedido acompañarlos.
Tampoco había explicado por qué seguía custodiando un archivo cuya existencia podía comprometerlo.
Antes de despedirse, entregó a Gabriel una tarjeta.
No contenía dirección ni cargo. Solo un número escrito a mano.
—No llame desde su teléfono —dijo.
—¿Por qué?
—Porque desde esta tarde alguien conoce cada movimiento que hacemos.
—¿Quién?
Elías observó las cámaras de la entrada.
—La misma persona que dejó la cinta en el conservatorio.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que tengo.
Gabriel guardó la tarjeta.
—¿Vendrá a Santa Aurelia?
—No.
—¿Por qué?
—Porque Daniel no me recibiría.
—No sabemos si sigue vivo.
—Si está vivo, no me recibirá.
—¿Y Lucía?
Elías miró a Inés, que permanecía junto al coche.
—Ella tampoco.
Inés oyó la respuesta.
—No decida por mi madre.
—No lo hago.
—Lleva cuarenta años haciéndolo.
Elías no replicó.
Durante el trayecto de regreso, Carmen condujo. Inés viajaba delante con la caja de la cinta sobre las rodillas. Gabriel y Teresa ocupaban el asiento trasero.
La pianista parecía agotada. Había apoyado la cabeza contra la ventanilla y mantenía ambas manos sobre el bastón. A intervalos cerraba los ojos, pero Gabriel sabía que no dormía.
—¿Dónde está Santa Aurelia? —preguntó Carmen.
Teresa abrió los ojos.
—Cerca de Alburquerque. En una zona de sierra, a unos kilómetros de la frontera.
—¿Era un sanatorio?
—Originalmente. Después funcionó como residencia para músicos enfermos, retirados o sin familia.
—¿Quién lo gestionaba?
—Una orden religiosa al principio. Más tarde, una asociación privada.
—¿Existe todavía?
—No con ese nombre.
—¿Qué significa eso?
—Que dejó de figurar como residencia en 1994. El edificio pasó por varias manos. Durante un tiempo fue centro de rehabilitación. Después almacén. Finalmente quedó fuera de uso.
—¿Y cree que Daniel pudo esconderse allí durante más de treinta años?
—No he dicho eso.
—Ha dicho que podía estar allí.
—Dije que llegó allí.
Gabriel observó la oscuridad tras la ventanilla.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
Teresa tardó en responder.
—En enero de 1994.
—¿Después de su supuesta muerte?
—Mucho antes. La noticia de su muerte llegó años después.
—¿Dónde lo vio?
—En Santa Aurelia.
Gabriel se volvió hacia ella.
—¿Estuvo allí?
—Sí.
—¿Por qué no lo ha dicho antes?
—Porque usted no había recordado que lo ayudó a huir.
—Eso no explica su silencio.
—No pretendía explicarlo. Pretendía medir cuánto sabía.
Inés se volvió desde el asiento delantero.
—¿También estaba mi madre?
Teresa apretó el bastón.
—No la vi.
—¿Daniel habló de ella?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que todavía no había llegado.
—¿La esperaba?
—Eso parecía.
Carmen redujo la velocidad al entrar en una curva.
—Necesitamos ordenar lo ocurrido.
—No se puede ordenar todavía —dijo Teresa.
—Precisamente por eso.
La secretaria habló sin apartar los ojos de la carretera:
—En 1987, Lucía fue admitida de manera irregular y después eliminada de los registros.
La obra colectiva se utilizó para codificar decisiones y expedientes paralelos vinculados a Orfeo.
Lucía sufrió un primer ataque junto al río y sobrevivió.
Entre 1987 y 1993 permaneció oculta y tuvo contacto con ustedes.
En 1993 volvió a aparecer, entregó la partitura a Gabriel y murió oficialmente dos meses después.
Daniel huyó con una tabla de correspondencias y llegó a Santa Aurelia.
Teresa lo visitó en 1994. Años más tarde se comunicó su muerte sin que nadie viera el cuerpo.
—Eso es lo que creemos —dijo Gabriel.
—No. Eso es lo que puede sostenerse hasta ahora.
Inés miró la caja.
—Falta mi infancia.
Nadie respondió.
—Hay una grabación mía en Orfeo —continuó—. Ricardo quiso utilizarme para probar que una memoria infantil podía reescribirse. Mi madre intentó impedirlo. Teresa estaba presente. Elías me sacó del edificio. Después alguien siguió grabándome.
Teresa cerró los ojos.
—No sabemos cuánto tiempo.
—Usted sí sabe más.
—Sé fragmentos.
—Entonces dígalos.
—No ahora.
Inés giró completamente el cuerpo.
—Lleva toda la tarde decidiendo cuándo puedo saber algo.
—Y usted lleva toda la tarde creyendo que conocerlo todo de una vez no tendrá consecuencias.
—Las consecuencias ya existen.
Teresa la miró.
—No para todos de la misma manera.
Gabriel intervino:
—Basta.
Las dos mujeres volvieron la vista hacia él.
—No vamos a repetir el mismo sistema —dijo—. Nadie decidirá por Inés qué puede saber, pero tampoco convertiremos cada recuerdo incompleto en una certeza. Primero encontraremos Santa Aurelia. Después comprobaremos quién llegó allí y qué documentos se conservaron.
Carmen asintió.
—Y antes de ir necesitamos una búsqueda registral, mapas y datos de propiedad.
—No podemos hacerla desde los sistemas del conservatorio —dijo Gabriel.
—Podemos hacerla desde fuentes públicas.
—Elías ha dicho que nos vigilan.
—Elías también ha dirigido durante décadas el archivo que ocultó todo esto.
—No debemos confiar en él —respondió Inés—. Pero tampoco ignorar la advertencia.
Teresa habló sin abrir los ojos:
—No busquen Santa Aurelia por su nombre.
Carmen miró por el retrovisor.
—¿Cómo entonces?
—Por la finca.
—¿Qué finca?
—Los Alisos.
—¿Ese era el nombre original?
—El sanatorio estaba dentro de una finca conocida como Los Alisos de Arriba. Santa Aurelia era solo la denominación asistencial.
Gabriel anotó el nombre.
—¿Quién era el propietario?
—Una familia portuguesa.
—¿Cuál?
—Los Carvalho.
—¿Sigue perteneciendo a ellos?
—No lo sé.
Inés guardó el dato en su teléfono.
—¿Por qué Daniel eligió ese lugar?
—Porque allí los residentes no utilizaban siempre sus nombres reales.
Carmen frunció el ceño.
—¿Cómo era posible?
—Llegaban personas sin documentación completa. Músicos extranjeros, ancianos abandonados, enfermos que no podían pagar una residencia ordinaria. La asociación utilizaba nombres internos para protegerlos.
—Eso sería irregular.
—Lo era.
—Y peligroso.
—También.
Gabriel recordó la frase de Daniel:
Al lugar donde los nombres dejan de pertenecerles.
—¿Había archivos?
—Sí. Pero no seguían un sistema convencional.
—¿Cómo identificaban a los residentes?
—Por instrumentos.
Inés la miró.
—¿Instrumentos?
—Cada persona quedaba asociada a un objeto musical: clarinete, violín, trompa, arpa, caja, oboe. El nombre real se guardaba aparte.
—¿Por qué?
—Para evitar que algunos fueran localizados.
—¿Por quién?
Teresa abrió los ojos.
—Familias. Acreedores. Instituciones. A veces, personas que querían obligarlos a volver.
Carmen negó.
—No era una residencia. Era un refugio clandestino.
—Para algunos, sí.
Gabriel sintió una certeza incómoda.
—Daniel no fue allí solo para esconderse.
—No —dijo Teresa—. Fue para esconder la tabla dentro de un sistema que ya ocultaba identidades.
—¿Cómo?
—Dividió las correspondencias entre los expedientes musicales de los residentes.
—¿Cada nombre asociado a un instrumento?
—Sí.
—Entonces la tabla no está en un único documento.
—No.
—Está distribuida por todo el archivo.
Teresa asintió.
—Eso fue lo que me dijo.
—¿Y Lucía?
—Daniel pensaba entregarle la clave final.
—¿Cuál?
—La melodía que permitía ordenar los instrumentos.
Inés miró la caja de la cinta.
—El fragmento de doce compases.
—Probablemente.
—¿El octavo compás es la clave?
—No lo sé.
—Pero mi madre lo protegió.
—Porque también contenía las grabaciones de su infancia.
—Entonces la misma secuencia servía para ordenar el archivo y para activar recuerdos.
—Eso creían.
—¿Y usted?
Teresa sostuvo su mirada.
—Yo creo que algunas músicas conservan lo que las palabras no pueden soportar.
Nadie habló durante varios kilómetros.
Cuando llegaron al conservatorio eran casi las doce y media.
Julio los esperaba en la entrada.
—Ha ocurrido algo —dijo antes de que bajaran del coche.
Carmen se acercó.
—¿En el archivo?
—Sí.
—¿Ha entrado alguien?
—No lo sé.
—¿La cámara?
—Dejó de grabar durante siete minutos.
Gabriel sintió una presión inmediata.
—¿La puerta estaba cerrada?
—Sí.
—¿Y el armario?
—No lo he tocado.
Entraron.
El pasillo estaba iluminado. La puerta del archivo no presentaba daños. Carmen utilizó su llave.
Dentro, todo parecía en orden.
La cámara seguía sobre el trípode. El ordenador estaba encendido. Las persianas permanecían cerradas.
Carmen revisó el vídeo.
La grabación se interrumpía a las once y cuarenta y tres.
La imagen quedaba congelada durante varios segundos y después desaparecía.
A las once y cincuenta volvía.
La habitación parecía igual.
—Siete minutos exactos —dijo.
Gabriel se acercó al armario.
—La llave sigue contigo.
Carmen la sacó del bolso.
—No la he dejado.
Abrió.
La carpeta gris estaba dentro.
Pero ya no permanecía cerrada.
Las cintas negras colgaban a ambos lados.
La primera página estaba expuesta.
La fecha y las frases anteriores seguían allí.
Debajo había aparecido una nueva anotación:
Santa Aurelia no está vacía.
Inés se acercó.
—La tinta es reciente.
Teresa retrocedió.
—No debemos ir.
—Hace una hora decía que allí podía estar mi madre —respondió Inés.
—Y ahora sabemos que alguien nos espera.
Gabriel pasó al segundo folio.
La indicación Respirar después del nombre había desaparecido.
En su lugar se leía:
No pronunciar el nombre verdadero.
Carmen fotografió la página.
—¿A qué nombre se refiere?