9. CAPÍTULO VII El octavo compás #3
Veía una puerta lateral.
Un pasadizo de servicio que comunicaba con el antiguo almacén.
—Lo ayudé a salir —susurró.
Inés seguía sujetándolo con la mirada.
—¿Adónde?
La cinta se detuvo.
El piano cesó.
El silencio cayó sobre la sala.
Gabriel respiró con dificultad.
—A la estación.
—¿Qué estación?
—No lo recuerdo.
Inés levantó una mano y tocó su rostro, como si comprobara que era real.
—Mentira.
La palabra no sonó como acusación. Sonó con la voz de una niña.
Gabriel retrocedió.
Teresa se acercó a Inés.
—Ya terminó.
Ella se volvió hacia la mujer.
Durante un segundo pareció reconocerla.
Después gritó.
No fue un grito de miedo.
Fue un grito de reconocimiento.
—Tú estabas allí.
Teresa quedó inmóvil.
—Inés...
—Tú sujetabas a mi madre.
—Intentaba protegerla.
—La sujetabas mientras me grababan.
—No comprendíamos lo que iban a hacer.
—Mentira.
Inés se lanzó hacia ella.
Gabriel y Elías lograron detenerla antes de que alcanzara a Teresa. El bastón cayó al suelo.
—¡Suéltenme!
—Inés —dijo Gabriel—. Escúchame.
—¡No vuelvas a decirme que escuche!
La frase resonó en las paredes aisladas.
Carmen apagó finalmente el magnetófono desde un interruptor general. La cinta dejó de girar.
Inés respiraba con violencia.
Teresa lloraba en silencio.
—Yo estaba allí —dijo la pianista—. Sí. Sujeté a Lucía. Creí que Ricardo iba a hacerle preguntas. Creí que querían localizar las copias.
—Me utilizaron.
—Sí.
La admisión detuvo la lucha de Inés.
—¿Mi madre lo sabía?
—Lo comprendió demasiado tarde.
—¿Y usted?
—También.
Inés se separó de Gabriel y Elías.
—¿Qué ocurrió después?
Teresa recogió el bastón.
—Lucía se llevó la cinta original. Ricardo conservó una copia. Daniel intentó sacar los demás registros. Gabriel lo ayudó a huir.
—¿Y mi madre?
—Volvió por usted.
—¿Dónde estaba yo?
Teresa señaló la sala.
—Aquí.
Inés miró el espejo.
—¿Me dejaron sola?
—Unos minutos.
—¿Quién me sacó?
Teresa cerró los ojos.
—Elías.
Todos miraron al director de Orfeo.
Él no negó.
—La llevé a la pensión —dijo—. Lucía llegó después.
—¿Por qué me ayudó?
—Porque ya había entendido lo que Ricardo pretendía hacer con usted.
—¿Qué pretendía?
Elías miró la cinta.
—Demostrar que una memoria podía reescribirse mediante repetición musical, asociación emocional y autoridad adulta.
—¿Con una niña?
—Sí.
Carmen habló desde la puerta.
—Esto no puede quedar aquí.
—No quedará —dijo Inés.
Su voz había recuperado la firmeza, pero no la frialdad anterior.
—Quiero todas las cintas.
—No puedo entregárselas sin inventario —respondió Elías.
Inés soltó una risa breve.
—Ahora invoca procedimientos.
—Hay más personas afectadas.
—Mi madre.
—Y otras.
—Entonces se hará público.
Teresa cerró la carpeta de Lucía.
—Si se publica sin la tabla, solo parecerá una colección de grabaciones fragmentarias.
—La tabla existe —dijo Gabriel.
Todos se volvieron hacia él.
No sabía por qué estaba seguro.
La memoria había dejado una imagen final.
Daniel en la estación.
Un billete.
Una consigna.
Una palabra escrita sobre un sobre.
—Daniel se la llevó.
—¿Dónde? —preguntó Carmen.
Gabriel cerró los ojos.
Un altavoz anunciando destinos.
Una estación pequeña.
Daniel con una funda de clarinete.
—Hacia el norte.
—Eso no basta —dijo Elías.
—Dijo que iría al lugar donde los nombres dejan de pertenecerles.
Teresa lo miró.
—El archivo de Santa Aurelia.
Elías palideció.
—Ese lugar cerró en 1994.
—¿Qué era? —preguntó Inés.
—Un antiguo sanatorio convertido en residencia para músicos retirados —respondió Teresa—. Daniel había trabajado allí como voluntario.
—¿Dónde?
—En la montaña, cerca de la frontera portuguesa.
Gabriel recordó una segunda frase.
—No fue solo.
—¿Quién lo acompañó? —preguntó Carmen.
Miró la partitura de Lucía.
En la cubierta habían aparecido cuatro nombres.
Daniel Arístegui.
Gabriel Valcárcel.
Inés Salvatierra.
Teresa Robles.
Debajo comenzaba a formarse una quinta inscripción.
La tinta surgía lentamente sobre el cartón.
Todos observaron.
Primero una ele.
Después una u.
La mano de Inés tembló.
El nombre se completó:
Lucía Valdés.
Teresa se apoyó en la mesa.
—No puede ser.
—¿Por qué? —preguntó Gabriel.
—Porque los nombres que aparecen pertenecen a quienes siguen vivos.
Nadie respiró.
Inés miró la carpeta.
—Mi madre murió en 1993.
Elías se acercó.
Por primera vez, su control desapareció.
—No.
—¿Qué?
—El certificado que usted conserva no corresponde al cuerpo de Lucía.
Inés lo miró con una quietud absoluta.
—¿Dónde está mi madre?
Elías no respondió.
Teresa sí.
—Si Daniel llegó a Santa Aurelia, quizá ella también.
—¿Está diciendo que puede seguir viva?
—Estoy diciendo que nunca vimos su cuerpo.
El piano de la planta baja comenzó de nuevo.
Esta vez no interpretó el fragmento de Lucía.
Tocó el motivo de cuatro notas compuesto por Gabriel.
Cuatro notas descendentes.
Una pausa.
Dos notas ligadas.
Una sexta menor ascendente.
Gabriel comprendió que la primera parte de la búsqueda había terminado.
El manuscrito ya no pedía ser examinado.
Pedía ser seguido.
Y el siguiente nombre no estaba escrito sobre el papel.
Estaba esperando en Santa Aurelia.