LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 9. CAPÍTULO VII El octavo compás #2
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9. CAPÍTULO VII El octavo compás #2

Elías señaló la planta superior.

—La grabación no conserva un nombre. Conserva una voz.

Inés comenzó a subir.

Gabriel la siguió.

Carmen y Teresa fueron detrás. Elías cerró la marcha.

La planta alta contenía tres habitaciones separadas por paneles de cristal. En la primera había equipos analógicos: magnetófonos de bobina abierta, mesas de mezcla, micrófonos y archivadores. En la segunda, un piano pequeño y varias sillas. La tercera estaba cerrada por una puerta metálica.

Inés se detuvo ante ella.

—Aquí.

Elías introdujo una llave.

—Una vez dentro, no podremos controlar qué recuerda cada uno.

—No dramatice —dijo Carmen.

—No dramatizo. Advierto.

—¿La sala contiene algún sistema de reproducción?

—Sí.

—Entonces se desconecta.

—No es tan sencillo.

—Siempre lo es.

Elías abrió.

La habitación era más pequeña de lo que Gabriel esperaba. Las paredes estaban cubiertas de material aislante. En el centro había una mesa y cuatro sillas. Frente a ellas, un altavoz antiguo. Sobre la pared opuesta colgaba un espejo.

Inés lo miró.

—Hay otra sala detrás.

—Sí —dijo Elías.

—¿Observación?

—Grabación.

Carmen examinó el altavoz.

—¿Dónde está el reproductor?

—En la sala contigua.

—Apáguelo.

—Está apagado.

—Entonces no sonará nada.

Elías dejó una cinta sobre la mesa.

La etiqueta decía:

L. V. / I. S. — OCTAVO COMPÁS — NO REPRODUCIR SIN TESTIGO

—¿Quién es el testigo? —preguntó Gabriel.

Teresa respondió:

—Yo.

Inés tomó asiento.

—Póngala.

Teresa se acercó.

—Su madre prohibió que se reprodujera completa.

—Mi madre murió sin poder explicarme nada.

—Intentó protegerla.

—Me protegieron con mentiras.

—A veces no había otra forma.

—Siempre hay otra forma.

Gabriel reconoció en la frase algo que él mismo había pensado demasiadas veces después de no haber actuado.

—Inés —dijo—, no sabemos qué puede provocar.

—Llevamos horas obedeciendo advertencias de personas que construyeron todo esto y luego decidieron qué debíamos ignorar.

—No le pido que obedezca.

—Entonces no me detenga.

Elías introdujo la cinta en un magnetófono situado detrás del espejo. Carmen pasó a la sala contigua para observar el equipo y asegurarse de que no hubiera otra fuente de sonido.

Teresa se sentó frente a Inés.

Gabriel ocupó la silla lateral.

Elías permaneció de pie.

—Solo reproduciremos hasta el comienzo del octavo compás —dijo.

—No —respondió Inés—. Completa.

Teresa negó.

—No sabemos qué hay después.

—Usted lo escuchó.

—No entero.

—¿Por qué?

—Lucía detuvo la cinta.

—Mi madre no está aquí para hacerlo ahora.

Elías miró a Gabriel.

—La decisión debe ser de ella.

Gabriel sintió rechazo ante la frase.

—No traslade ahora la responsabilidad.

—No la traslado. La reconozco.

Inés sostuvo la mirada de Gabriel.

—Póngala.

Él no podía ordenar nada. Tampoco impedirlo sin repetir el mismo patrón que todos denunciaban: decidir por ella qué verdad podía soportar.

Asintió.

Elías pulsó el mecanismo.

Primero apareció ruido de cinta.

Después, la voz de Lucía:

—Inés, si alguna vez escuchas esto, significa que no conseguí mantenerte fuera.

La respiración de Inés se detuvo un instante.

—No sé qué edad tendrás. No sé qué te habrán contado de mí. Quizá te digan que estaba enferma. Quizá que huí. Quizá que confundí la música con cosas que no existían.

Una pausa.

—No creas todo lo que digo tampoco. Mi memoria ha sido sometida a demasiadas repeticiones.

Gabriel cerró los ojos.

La voz de Lucía continuó:

—Daniel pensó que la música podía devolvernos lo que el miedo había fragmentado. No comprendió que también podía sembrar recuerdos que nunca ocurrieron.

Comenzó el piano.

Primer compás.

Inés apretó las manos sobre las rodillas.

Segundo.

El espejo reflejó su rostro y el de Teresa.

Tercero.

Gabriel sintió una imagen: la habitación doce, la lluvia contra la ventana, una cinta sobre la mesa.

Cuarto.

Vio a Lucía entregándole la carpeta.

Quinto.

Una puerta golpeada.

Sexto.

El anillo de Elías.

Séptimo.

La voz infantil apareció.

—Mamá.

Inés dejó escapar un gemido.

Comenzó el octavo compás.

No era el mismo que figuraba en la partitura.

El silencio inicial duró más.

Después se escuchó una respiración masculina.

Una voz dijo:

—Ya está preparada.

Otra respondió:

—Todavía recuerda demasiado.

Gabriel abrió los ojos.

Conocía ambas voces.

La primera era de Elías joven.

La segunda pertenecía a Ricardo Leal.

Inés se levantó.

—Ricardo.

Gabriel la miró.

—¿Lo recuerdas?

—Estaba en el puente.

El audio continuó.

Lucía gritó:

—¡No la toquéis!

Una niña lloraba.

Se oyó un golpe.

Después, la voz de Ricardo:

—La hija será más útil. No tendrá recuerdos previos que corregir.

Teresa se llevó una mano a la boca.

—Eso no estaba en la copia que escuché.

Elías golpeó el cristal.

—Detenga la cinta.

Desde la sala contigua, Carmen intentó accionar el mecanismo.

No respondió.

La grabación siguió.

El piano repitió el octavo compás.

Inés se quedó inmóvil.

Sus ojos dejaron de enfocar la habitación.

—Inés —dijo Gabriel.

No reaccionó.

En la cinta, Lucía hablaba muy cerca del micrófono:

—Mírame, hija. No mires a los hombres. No escuches la pregunta.

Una voz masculina formuló algo que el ruido ocultó.

La niña respondió:

—El profesor Gabriel guardó la carpeta.

Gabriel sintió que el cuerpo se le helaba.

Otra pregunta.

La niña dijo:

—El profesor Gabriel sabe dónde está Daniel.

—Eso es falso —murmuró él.

La cinta continuó.

La voz de Ricardo:

—Repítelo.

La niña obedeció.

—Gabriel sabe dónde está Daniel.

Otra vez.

—Gabriel sabe dónde está Daniel.

Otra.

—Gabriel sabe dónde está Daniel.

La repetición se mezcló con el piano.

Inés comenzó a pronunciar la misma frase.

—Gabriel sabe dónde está Daniel.

Teresa se levantó.

—Deténganlo.

Carmen abrió la puerta de la sala de control.

—El equipo está desconectado.

Elías cruzó hacia el magnetófono.

Arrancó el cable de alimentación.

La cinta siguió girando.

—Gabriel sabe dónde está Daniel —repitió Inés.

Él se acercó.

—Mírame.

Ella no lo hizo.

—Inés.

—Gabriel sabe dónde está Daniel.

Le sujetó los hombros.

—No lo sé.

Los ojos de Inés se fijaron por fin en él.

—Sí lo sabe.

—No.

—Lo llevó al aula siete.

Gabriel sintió un golpe interior.

Una puerta.

El atril.

Daniel herido.

Sangre en la camisa.

—No —dijo.

—Lo encerró.

—No.

La memoria se abrió.

Diciembre de 1993.

El edificio antiguo.

Daniel sentado en el suelo del aula número siete.

Respirando con dificultad.

La carpeta gris entre ambos.

—No pueden encontrarme —decía Daniel.

—Necesitas un médico.

—Necesito tiempo.

—¿Dónde irás?

—Al lugar donde los nombres dejan de pertenecerles.

Gabriel veía sus propias manos ayudándolo a levantarse.

Veía el atril.