9. CAPÍTULO VII El octavo compás
Inés cruzó la verja antes de que Gabriel pudiera detenerla.
No corrió. Avanzó con una decisión rígida, casi mecánica, como si cada nota que llegaba desde el molino hubiera reducido el espacio de su voluntad hasta dejarle una única dirección posible.
El piano repitió el fragmento.
Primer compás.
Segundo.
Tercero.
La melodía era sencilla, pero no inocente.
Cada repetición parecía corregir la anterior, introducir una respiración nueva, modificar una duración apenas perceptible.
Gabriel reconoció la estructura del folio quince y, al mismo tiempo, comprendió que aquella versión contenía algo más: una voz intermedia que no figuraba en la partitura hallada en el conservatorio.
—Inés —llamó.
Ella no volvió la cabeza.
Carmen cerró la puerta del coche y se situó junto a él.
—No deberíamos entrar.
—Ya estamos dentro.
—Me refiero al edificio.
Elías Montoro permanecía bajo el marco de la puerta. La luz del interior dibujaba su silueta sin iluminarle completamente el rostro. Teresa estaba un paso detrás, sujetando la carpeta gris contra el cuerpo.
—El piano se detuvo durante años en el séptimo compás —dijo Elías—. Desde esta mañana ha comenzado a continuar.
—¿Quién está tocando? —preguntó Gabriel.
—Nadie.
La respuesta no alteró su tono.
—No vuelva a decir eso —dijo Carmen—. Hay un instrumento sonando dentro de un edificio ocupado. Alguien lo está interpretando.
—Puede comprobarlo.
—Primero apaguen la música.
—No depende de mí.
Gabriel miró a Teresa.
—¿Por qué está aquí?
—Porque sabía que vendrían.
—Nos dijo que no la buscáramos.
—No quería que me buscaran. Quería que encontraran esto.
Levantó la carpeta.
—¿Es una copia?
—Es una versión.
—¿Cuántas existen?
—Siete.
La cifra abrió un silencio entre ellos.
—Una por cada persona de la reunión —dijo Gabriel.
Teresa negó.
—Una por cada ausencia.
El piano alcanzó el séptimo compás.
Inés se detuvo a pocos metros de la entrada.
La voz infantil apareció.
No cantaba palabras. Sostenía una vocal abierta sobre dos notas cercanas, un sonido frágil que parecía grabado muchos años atrás y, sin embargo, llegaba con una nitidez impropia de una cinta antigua.
Inés llevó una mano al pecho.
—Esa soy yo.
Elías la observó.
—Sí.
—¿Quién me grabó?
—Su madre.
—Yo tenía seis años cuando murió.
—La grabación es anterior.
Inés lo miró con incredulidad.
—No puede ser.
—Tenía tres.
—No recuerdo haber estado aquí.
—No tenía que recordarlo.
Gabriel avanzó.
—¿Qué hicieron con ella?
Elías no respondió.
La música se detuvo.
No al final de una frase, sino en mitad de una resonancia.
El silencio posterior fue tan completo que Gabriel oyó el agua correr bajo el molino.
—Entren —dijo Teresa—. Ya ha comenzado.
Carmen sacó el teléfono.
—No dejaré el móvil en el coche.
Elías la miró sin hostilidad.
—Ya no importa.
Se apartó.
El interior conservaba la estructura industrial del antiguo edificio.
La sala principal tenía techos altos, vigas de madera y paredes de piedra blanqueada.
Donde antes debieron de estar las ruedas y mecanismos del molino había ahora estanterías metálicas, archivadores, cajas de conservación y equipos de reproducción sonora.
Un piano vertical ocupaba el centro.
La tapa estaba abierta.
El teclado, vacío.
Ninguna tecla se movía.
Sin embargo, las cuerdas todavía vibraban.
Carmen se acercó sin tocarlo.
—Hay algún mecanismo.
—No —dijo Elías.
—Un sistema automático, sensores, reproducción remota.
—Puede examinarlo después.
—Lo examinaré ahora.
—No hemos venido por el piano —dijo Inés.
Su voz había cambiado.
Ya no hablaba como restauradora ni como hija que exige información. Hablaba como alguien que reconoce una habitación sin haber estado nunca en ella.
Miró hacia una escalera de hierro situada al fondo.
—Arriba estaba la sala de grabación.
Elías asintió.
Gabriel se volvió hacia ella.
—¿Lo recuerdas?
—No.
—Entonces ¿cómo lo sabes?
—Porque la estoy viendo.
Subió el primer peldaño.
Teresa golpeó el suelo con el bastón.
—No sola.
Inés se detuvo.
—¿Qué hay arriba?
—La primera copia.
—¿La de mi madre?
—La suya.
Inés retrocedió un paso.
Gabriel miró a Elías.
—Explíquelo.
Elías avanzó hasta una mesa larga donde había colocado varios documentos.
—En 1987, el Centro Orfeo comenzó un programa experimental de archivo musical. La idea original era registrar no solo la interpretación, sino también las condiciones de producción: entrevistas, comentarios, decisiones pedagógicas, reacciones de los intérpretes.
—Grabaciones sin consentimiento —dijo Carmen.
—En algunos casos, sí.
—Eso no es un programa experimental. Es vigilancia.
—La palabra depende del momento desde el que se juzga.
—No —respondió Gabriel—. La palabra depende de lo que se hizo.
Elías aceptó el reproche con una inclinación mínima de cabeza.
—Daniel Arístegui descubrió que los registros se utilizaban para elaborar informes paralelos.
—Perfiles de profesores y alumnos —dijo Inés.
—Sí.
—¿Con qué finalidad?
—Becas, contrataciones, traslados, acceso a determinados circuitos formativos. Algunas instituciones querían información que no aparecía en los expedientes oficiales.
—Y ustedes se la daban —dijo Carmen.
—Orfeo la clasificaba.
—No juegue con los verbos.
Elías guardó silencio.
Teresa dejó la carpeta sobre la mesa.
—Daniel quiso utilizar la partitura para invertir el sistema.
—¿Cómo? —preguntó Gabriel.
—Convirtiendo las decisiones en música —respondió ella—. Si ellos elaboraban perfiles invisibles, nosotros construiríamos un archivo imposible de destruir sin destruir también la obra.
—Los motivos vinculados a personas —dijo Gabriel.
—Sí.
—Los silencios como borrados.
—Sí.
—Las modulaciones como traslados.
—Y las repeticiones como vigilancia continuada.
Carmen observó la carpeta.
—Eso exige una tabla de correspondencias.
Elías señaló los archivadores.
—Existió.
—¿Dónde está?
—Fragmentada.
—¿Quién la fragmentó?
—Daniel.
—¿Por qué?
—Porque comprendió que, reunida en un solo lugar, podía ser utilizada del mismo modo que los informes originales.
Gabriel miró las estanterías.
—¿Cada copia contiene una parte?
—No exactamente —dijo Teresa—. Cada versión conserva una perspectiva distinta.
—¿La partitura del conservatorio?
—Es la versión de Daniel.
—¿Y esta?
Teresa desató las cintas.
—La de Lucía.
Inés se acercó.
—¿Por qué aparece mi nombre?
—Porque Lucía escribió para usted.
—Yo era una niña.
—Precisamente.
Teresa abrió la carpeta.
La primera página no estaba en blanco.
En el centro aparecía un título manuscrito:
REGISTRO PARA UNA HIJA QUE AÚN NO SABE ESCUCHAR
Debajo:
Lucía Valdés, 1987–1993
Inés no tocó el papel.
—Mi madre no era compositora.
—Lo era —dijo Teresa—. Aunque nadie la reconociera como tal.
—No tenía estudios.
—Tampoco tuvo tiempo.
Elías tomó una fotografía antigua y la dejó junto a la partitura.
Mostraba a Lucía sentada ante el piano del molino. Inés, muy pequeña, permanecía sobre sus rodillas. Daniel estaba de pie junto a ellas.
—¿Cuándo se tomó? —preguntó Inés.
—En 1990 —respondió Elías.
—Mi madre estaba desaparecida desde 1987.
—Oficialmente.
—¿Vivía aquí?
—Durante periodos breves.
—¿Oculta?
—Protegida.
—¿De quién?
Elías tardó en responder.
—De quienes querían recuperar las cintas y la tabla de correspondencias.
—¿Incluido usted?
Elías sostuvo su mirada.
—Al principio.
Gabriel sintió que la admisión no bastaba.
—¿Qué cambió?
—Comprendí demasiado tarde que Orfeo ya no era un archivo, sino una infraestructura de influencia.
—Usted lo dirigía.
—Sí.
—Entonces no era un observador.
—No.
—¿Fue usted quien golpeó la puerta de la pensión?
Elías miró el anillo de su mano.
—Sí.
Inés avanzó hacia él.
—¿Persiguió a mi madre?
—Intenté convencerla de que entregara el material.
—La amenazó.
—Sí.
—¿La llevó al puente?
—No.
—¿Quién lo hizo?
Elías miró a Teresa.
Ella bajó los ojos.
—No lo sabemos —dijo.
—Eso es mentira.
—No —respondió Teresa—. Sabemos quiénes estuvieron relacionados. No sabemos quién tomó la decisión final.
—Mi madre cayó desde un puente.
—Su madre no murió por la caída —dijo Elías.
La frase quedó inmóvil en el aire.
Inés palideció.
—¿Qué ha dicho?
—Lucía sobrevivió.
—No.
—Fue rescatada.
—Tengo un certificado de defunción.
—De 1993.
—Sí.
—La caída ocurrió en 1987.
Inés lo miró sin comprender.
Gabriel recordó la advertencia de Teresa: la persona que no consiguió matarla.
—Entonces la visión durante la primera interpretación —dijo— no era su muerte futura.
—Era el primer intento —respondió Teresa.
—¿Qué ocurrió en 1993?
Elías cerró la carpeta.
—Eso está en el octavo compás.
Inés lo agarró por la solapa.
—No vuelva a hablarme en acertijos.
Elías no se defendió.
—Su madre sabía que alguien volvería a intentarlo. Grabó una secuencia para conservar lo que recordaba del primer ataque y lo que temía del segundo.
—¿La música contiene un testimonio?
—No de manera convencional.
—¿Qué contiene?
—Asociaciones.
Gabriel comprendió.
—Memoria inducida por sonido.
Elías asintió.
—Daniel investigaba la relación entre motivos musicales y recuperación de recuerdos. No era una técnica científica consolidada. Era una hipótesis pedagógica llevada demasiado lejos.
—¿Utilizaron a Lucía? —preguntó Carmen.
—Lucía se ofreció al principio.
—¿Y después?
—Después ya no pudo distinguir qué recuerdos eran propios, cuáles habían sido sugeridos y cuáles pertenecían a grabaciones escuchadas repetidamente.
Inés soltó a Elías.
—Convirtieron su memoria en un archivo.
Nadie respondió.
Ella miró la escalera.
—Y luego hicieron lo mismo conmigo.
—No —dijo Teresa.
—Hay una grabación de mi voz.
—Lucía quiso protegerla.
—Escribiendo una advertencia para que no escuchara el octavo compás.
—Sí.
—Porque ya lo había escuchado.
Teresa apretó el bastón.
—Una vez.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Qué ocurrió?
—Comenzó a repetir una frase.
—¿Cuál?
Teresa miró a Gabriel.
—«El hombre del anillo no estaba solo».
Inés se volvió hacia Elías.
Él levantó la mano derecha.
—Mi anillo es fácil de recordar. Por eso todos me situaron en el centro.
—¿No fue usted?
—Estuve allí. Amenacé a Lucía. Intenté recuperar el material. Pero no la empujé.
—¿Quién estaba con usted?