LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 8. CAPÍTULO VI #2
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8. CAPÍTULO VI #2

—No la evito. La pospongo hasta saber si el destinatario de la comunicación forma parte del problema.

Carmen lo miró con dureza.

—Eso mismo debiste de decirte cuando firmaste en 1987.

La frase lo dejó sin respuesta.

Inés apartó la vista.

Carmen tomó la llave del armario.

—El manuscrito se queda aquí.

—De acuerdo —dijo Gabriel.

—Cerrado.

—Sí.

—Nadie lo abre hasta que volvamos.

—De acuerdo.

—Y si encontramos alguna señal de entrada, manipulación o riesgo, llamaremos a la policía.

Gabriel asintió.

Carmen guardó la llave en el bolsillo.

—Voy con vosotros.

La decisión sorprendió a ambos.

—No es necesario —dijo Gabriel.

—Precisamente por eso voy.

Prepararon copias digitales, guardaron la cinta en una caja protectora y dejaron activada la cámara del archivo. Carmen informó al conserje de que la sala quedaba cerrada por revisión documental. No mencionó el manuscrito.

Antes de salir, Gabriel se volvió hacia el armario.

No se oyó nada.

La carretera hacia San Jerónimo del Río atravesaba campos secos y pequeñas localidades que parecían vacías a aquella hora. Carmen conducía. Inés iba delante. Gabriel ocupaba el asiento trasero con la fotografía del puente sobre las rodillas.

Nadie habló durante los primeros veinte minutos.

El sol descendía hacia una línea de nubes bajas. La luz anaranjada convertía los campos en superficies inmóviles.

—¿Qué recuerda de Elías Montoro? —preguntó Inés.

Gabriel tardó en responder.

—Era joven para dirigir un archivo. Tendría poco más de treinta años. Hablaba de conservación como si fuera una forma de autoridad.

—¿Qué significa eso?

—Decía que quien custodia un documento decide cuándo puede ser conocido.

—Eso es cierto en parte.

—Él eliminaba la parte.

—¿Era músico?

—Había estudiado piano, pero no lo recuerdo tocando.

—¿Cómo consiguió acceso a conservatorios y expedientes?

—A través de convenios, cursos, proyectos de innovación, becas privadas.

Carmen miró por el retrovisor.

—¿Y nadie preguntó qué hacía con los datos?

—En 1987 no se pensaba igual.

—No hace falta una ley de protección de datos para saber que grabar reuniones privadas está mal.

—Lo sé.

—¿Lo sabías entonces?

Gabriel observó el paisaje.

—Sí.

La respuesta cayó sin defensa.

—¿Por qué colaboraste? —preguntó Inés.

—Porque creí que el proyecto podía ayudar a conservar obras que nadie publicaría. Porque nos ofrecieron medios. Porque Daniel estaba entusiasmado al principio. Porque yo quería que mi música existiera fuera de un aula.

—Y después.

—Después fue más difícil salir.

—Nunca es difícil salir —dijo Carmen—. Es difícil aceptar el precio.

Gabriel no respondió.

A las ocho y nueve llegaron a San Jerónimo del Río.

El pueblo se extendía sobre una ladera. Las casas blancas descendían hacia el cauce. El puente de la fotografía permanecía en pie, más estrecho de lo que parecía en la imagen.

Carmen detuvo el coche.

Inés bajó primero.

Caminó hasta la barandilla y miró el agua.

El nivel era bajo. Entre las piedras aparecían franjas oscuras de corriente.

Gabriel se situó a varios metros.

Desde aquel ángulo, la fotografía de 1993 resultaba exacta. Lucía había estado junto a la segunda hornacina. Inés, a su izquierda. Él, cerca del extremo oriental.

Cerró los ojos.

La memoria regresó con violencia.

Lucía entregándole la carpeta.

—No puedo conservarla —decía.

—Yo tampoco.

—Entonces escóndala donde empezamos.

—¿En el conservatorio?

—En el atril de Daniel.

—¿Y tú?

—Tengo que volver al molino.

—No puedes.

—Mi hija está dentro.

—Inés está aquí.

—No hablo de ella.

Gabriel abrió los ojos.

—Lucía me entregó la partitura en este puente.

Inés se volvió.

—¿Qué más dijo?

—Que su hija estaba dentro.

—Yo estaba con ella.

—Dijo que no hablaba de usted.

Carmen se acercó.

—¿Podía referirse a otra hija?

—No lo sé.

Inés miró el agua.

—No tenía ninguna hermana.

—Quizá hablaba de una grabación, un expediente o un motivo musical.

—O de alguien a quien llamaba hija sin serlo.

Gabriel volvió a mirar el extremo del puente.

—Después apareció Elías.

—¿Qué ocurrió?

—Discutieron.

—¿Usted estaba presente?

—Al principio.

—¿Por qué se marchó?

El recuerdo se resistió.

—Lucía me pidió que llevara la carpeta al coche.

—¿Y la dejó con él?

—Sí.

Inés se acercó.

—¿Sabiendo que la perseguía?

—No comprendí el peligro.

—Eso no es posible.

—Creí que discutían por los documentos.

—Mi madre murió dos meses después.

—Lo sé.

—Y usted se llevó la carpeta.

—Sí.

—¿La escondió en el atril?

—No ese día.

—¿Cuándo?

Gabriel vio de nuevo el edificio antiguo, vacío, durante unas vacaciones. Una llave prestada. El aula siete. El atril. La carpeta envuelta en tela.

—En diciembre de 1993.

—Después de su muerte.

—Sí.

—¿Por qué?

—Recibí una carta.

—¿De quién?

—De Lucía.

Inés quedó inmóvil.

—¿Escribió después de morir?

—La carta llegó después. No sé cuándo la escribió.

—¿Qué decía?

—Que escondiera la partitura. Que no intentara leerla. Que separara la llave. Que esperara hasta que apareciera el primer nombre.

Carmen observó a Gabriel.

—¿Y después olvidaste todo?

—No de inmediato.

—¿Cuándo?

—Después de escuchar la cinta.

—¿Qué cinta?

Gabriel miró la caja que Inés llevaba.

—No esta. Otra.

—¿Qué contenía?

—El octavo compás.

Inés retrocedió.

—¿Lo escuchó?

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

—Desperté dos días después en mi casa.

—¿No recuerda nada?

—Solo una voz que decía: «La memoria también puede archivarse».

El río siguió corriendo bajo ellos.

Carmen miró hacia la carretera del margen oriental.

—El molino debe de estar por allí.

Regresaron al coche.

Encontraron el camino después de varios desvíos. La carretera terminaba junto a una verja oxidada. Tras ella se levantaba un edificio largo, de dos plantas, parcialmente cubierto por enredaderas.

Sobre la fachada apenas se conservaban unas letras:

ORFEO

La verja estaba cerrada con una cadena nueva.

No parecía abandonado.

Había huellas recientes de neumáticos y una cámara de vigilancia orientada hacia la entrada.

—Nos están grabando —dijo Carmen.

—Entonces ya saben que hemos venido —respondió Inés.

Gabriel se acercó a la verja.

Junto al poste había un interfono moderno.

Pulsó.

Nadie respondió.

Volvió a hacerlo.

Se oyó un chasquido.

Una voz masculina habló desde el dispositivo.

—Profesor Valcárcel.

Gabriel sintió que el cuerpo entero se tensaba.

—¿Elías?

—Ha tardado mucho en volver.

—Necesitamos acceder al archivo.

—El archivo no está abierto al público.

—Lucía dijo que aquí estaban las copias.

Silencio.

—Lucía dijo muchas cosas —respondió la voz.

Inés se acercó al interfono.

—Soy Inés Salvatierra.

—Lo sé.

—¿Conserva documentos de mi madre?

—Conservo aquello que ella decidió dejar.

—Quiero verlo.

—No esta noche.

—Llevamos una grabación.

La voz tardó en responder.

—¿Cuál?

—Habitación doce.

El interfono quedó en silencio.

Después se oyó el mecanismo de la verja.

La cadena se aflojó.

—Entren —dijo Elías—. Pero dejen los teléfonos en el coche.

Carmen negó.

—No aceptamos.

—Entonces regresen.

Gabriel observó la cámara.

—¿Qué hay dentro?

—La parte de la historia que ustedes llevan cuarenta años intentando recordar.

La verja se abrió lentamente.

Al fondo del camino se encendió una luz.

Una figura apareció en la puerta del molino.

Elías Montoro era un hombre alto, de cabello blanco y postura impecable. Vestía traje oscuro, pese al calor. En la mano derecha llevaba el mismo anillo ancho de piedra negra.

A su lado había una mujer.

Teresa Robles.

No parecía sorprendida de verlos.

Sostenía el bastón con una mano.

Con la otra sujetaba una carpeta idéntica a la encontrada en el atril.

Gris.

Cintas negras.

En la cubierta podían leerse tres nombres.

Daniel Arístegui.

Gabriel Valcárcel.

Inés Salvatierra.

Gabriel miró la carpeta que Teresa sostenía.

—La nuestra está en el conservatorio.

Elías sonrió.

—No existe una sola partitura.

Teresa levantó la carpeta.

—Nunca existió una sola memoria.

Desde el interior del molino llegó el sonido de un piano.

Interpretó los siete primeros compases.

Al llegar al octavo, no se detuvo.

Una voz infantil comenzó a cantar.

Inés cerró los ojos.

Reconoció su propia voz.

Y antes de que nadie pudiera impedirlo, avanzó hacia la puerta.