8. CAPÍTULO VI
El expediente de la Fundación Orfeo
La tinta del nombre tardó nueve minutos en secarse.
Inés lo comprobó sin tocar la superficie. Colocó la lámpara lateral, tomó imágenes cada treinta segundos y anotó la variación del brillo hasta que el trazo dejó de reflejar luz.
Gabriel Valcárcel.
El nombre ocupaba una línea completa bajo el de Daniel Arístegui.
La caligrafía era la misma: inclinada, oscura, de presión irregular.
No había aparecido de golpe ante sus ojos.
Cuando abrieron el armario, ya estaba escrito.
Sin embargo, las fotografías tomadas menos de una hora antes demostraban que la cubierta solo contenía el primer nombre.
Gabriel permaneció de pie al otro lado de la mesa.
No preguntó qué significaba.
Ya lo sabía, o creía saberlo.
La partitura no estaba identificando autores. Estaba incorporando personas.
Cada nombre parecía señalar a alguien unido a la obra por una deuda, un silencio o una responsabilidad todavía no resuelta.
—No vuelva a acercarse —dijo Inés.
Gabriel levantó la mirada.
—Estoy a más de un metro.
—Aléjese más.
—¿Cree que lo he escrito yo?
—Creo que su presencia puede formar parte del proceso.
—Eso no es una explicación material.
—No he dicho que lo fuera.
La dureza de su voz ocultaba mal el miedo.
Carmen se situó junto a la puerta.
—Debemos cerrar el archivo y comunicarlo.
—¿A quién? —preguntó Gabriel.
—Al director, para empezar.
—Y después él lo comunicará a patrimonio, a la inspección, al archivo provincial o a quien corresponda.
—Es lo correcto.
—¿Y cuántas personas sabrán mañana que hemos encontrado el manuscrito?
—Las necesarias.
—Elías Montoro preside una fundación dedicada precisamente a archivos musicales.
—Eso no significa que tenga acceso a todos los procedimientos.
—Intentó comprar los documentos de Lucía.
—Hace ocho años.
—Y estuvo en San Jerónimo del Río en 1993.
—Nada de eso prueba que quiera el manuscrito ahora.
Inés guardó las imágenes en dos dispositivos.
—Lo quiere.
Gabriel se volvió hacia ella.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque me llamó esta mañana.
Carmen cerró lentamente la puerta.
—¿Antes o después de hablar con nosotros?
—Después de recibir sus fotografías.
—¿Cómo supo que las había recibido?
—No lo sé.
—¿Qué dijo?
Inés retiró la tarjeta de memoria de la cámara.
—Que podía ayudarme a interpretar el hallazgo.
—¿Mencionó la partitura? —preguntó Gabriel.
—No directamente.
—¿A su madre?
—Sí.
—¿Qué palabras utilizó?
Inés recordó la conversación antes de responder.
—Dijo que ciertos documentos familiares podían reaparecer cuando una institución reorganizaba sus fondos.
—Eso es demasiado específico para ser casual —dijo Carmen.
—También dijo que no debía confiar en recuerdos inducidos por materiales incompletos.
Gabriel miró la carpeta.
—Sabía que aparecerían recuerdos.
—O sabía que yo había recibido información sobre mi madre.
—¿Le preguntó dónde estaba?
—Me ofreció un laboratorio de la fundación.
—Quería que llevara el manuscrito.
—No sabía que existía.
—Sabía lo suficiente.
Inés guardó silencio.
Gabriel se acercó al ordenador.
—Lucía mencionó la Fundación Orfeo.
—No existe —dijo Carmen—. La he buscado mientras escuchábamos la cinta.
—Puede que ya no exista.
—O que no fuera una fundación registrada.
—Busque asociaciones, patronatos, archivos privados, sociedades musicales.
Carmen abrió varias bases de datos digitalizadas. El nombre aparecía en resultados irrelevantes: coros, academias, pequeñas agrupaciones culturales y comercios ya cerrados. Ninguno coincidía con la fecha ni con el contexto.
—Pruebe con Elías Montoro —dijo Gabriel.
Aparecieron noticias, programas de congresos, publicaciones y actas de fundaciones actuales.
En una breve biografía institucional se indicaba que había comenzado su actividad en gestión cultural a finales de los años ochenta, vinculado a proyectos de recuperación patrimonial.
—Aquí —dijo Carmen.
Abrió un programa de 1991.
Seminario sobre patrimonio musical no catalogado. Organiza: Centro Orfeo de Documentación Sonora.
Director:
Elías Montoro de la Vega.
—No era una fundación —dijo Inés.
—Era un centro privado —respondió Carmen.
—¿Dónde estaba?
La dirección figuraba en Madrid.
Un apartado final mencionaba una sede de depósito en San Jerónimo del Río.
Ninguno habló.
Carmen amplió el texto.
Archivo temporal y laboratorio de recuperación: antiguo molino de Santa Irene, margen oriental del río.
Gabriel sintió que el nombre del lugar despertaba algo.
—El molino —murmuró.
—¿Lo recuerda? —preguntó Inés.
—Tal vez.
Cerró los ojos.
Un edificio largo.
Paredes encaladas.
Ventanas altas.
El ruido continuo del agua.
Cajas de cintas magnéticas.
Armarios metálicos.
Una habitación sin luz natural.
Vio a Daniel de espaldas, colocando hojas dentro de sobres. A Ricardo discutiendo con alguien. A Lucía sosteniendo el clarinete. A Teresa junto a un piano vertical.
Después vio a Elías.
Más joven.
Sin canas.
El mismo anillo negro.
—Estuvimos allí en 1987 —dijo Gabriel.
—¿Todo el grupo? —preguntó Carmen.
—Sí.
—¿Por qué?
—Nos invitaron a grabar la obra.
Inés lo miró con incredulidad.
—La partitura que supuestamente nadie debía interpretar.
—En aquel momento aún no era eso.
—¿Qué era?
—Un proyecto de documentación musical.
—¿Dirigido por Montoro?
Gabriel asintió.
Los recuerdos surgían sin orden, pero cada uno parecía liberar al siguiente.
—Elías buscaba composiciones inéditas. Decía que quería crear un archivo de nuevas técnicas pedagógicas. Ricardo lo conocía y propuso presentar el ejercicio colectivo.
—¿La partitura ya incluía los nombres ocultos? —preguntó Carmen.
—No al principio.
—¿Cuándo cambió?
—Durante las sesiones del molino.
Gabriel abrió los ojos.
—Daniel descubrió que el archivo no solo almacenaba música.
—¿Qué almacenaba? —dijo Inés.
—Voces. Informes. Entrevistas privadas. Evaluaciones de alumnos. Reuniones grabadas sin autorización.
—¿Con qué finalidad?
—No lo sé.
—Sí lo sabe —dijo Inés—. Inténtelo.
Gabriel apoyó las manos sobre la mesa.
Vio una cinta etiquetada con el nombre de una profesora. Un documento mecanografiado. Palabras subrayadas: inestabilidad, conflictividad, resistencia, influencia sobre alumnado.
—Perfiles —dijo—. Elaboraban perfiles.
—¿De profesores? —preguntó Carmen.
—De profesores y alumnos.
—¿Para quién?
—Instituciones. Patronatos. Entidades que concedían becas o financiaban plazas.
Inés respiró lentamente.
—Decidían quién debía continuar.
—O quién no.
Carmen se apartó del ordenador.
—Eso habría sido ilegal.
—Muchas cosas lo eran entonces sin que nadie las llamara así.
—¿Daniel lo denunció?
—Quiso hacerlo.
—¿Y la partitura?
—La convirtió en un índice.
—Explíquese —dijo Inés.
Gabriel caminó hasta la ventana.
—Cada motivo quedó asociado a una persona incluida en aquellos archivos.
Las transformaciones musicales representaban decisiones tomadas sobre ella.
Un cambio de tonalidad podía indicar traslado.
Una interrupción, expulsión. Un silencio, desaparición del registro.
Daniel quería que la obra permitiera reconstruir lo que Orfeo ocultaba.
—¿Cómo podía hacerse sin nombres?
—Con una tabla de correspondencias.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿La tuvo Lucía?
Gabriel recordó la carpeta abierta en la habitación doce.
—Quizá.
Carmen volvió al programa de 1991.
—Si Orfeo conservaba copias, puede que el archivo siga existiendo.
—Lucía lo dijo en la cinta —respondió Inés—. «Allí están las copias».
—El centro cerró —dijo Carmen—. No encuentro actividad posterior a 1996.
—¿Qué ocurrió con los fondos?
—No aparece.
Gabriel volvió al ordenador.
—Busque transferencias patrimoniales. Donaciones. Adquisiciones.
Tras varios intentos encontraron una referencia en un boletín cultural de 1998:
El fondo documental del desaparecido Centro Orfeo será incorporado a la Fundación Armonía y Patrimonio, presidida por Elías Montoro de la Vega.
La actual fundación no era una entidad diferente.
Era la heredera directa.
Inés leyó el texto dos veces.
—Por eso vino a comprar los papeles de mi abuela.
—No buscaba recuerdos familiares —dijo Gabriel—. Buscaba documentos que hubieran quedado fuera de su archivo.
—¿Y ahora sabe que el manuscrito ha aparecido?
—Probablemente.
Carmen cerró las ventanas abiertas del navegador.
—Entonces hay que comunicarlo de inmediato.
—No —dijeron Gabriel e Inés al mismo tiempo.
Se miraron.
Carmen negó con cansancio.
—No podemos esconder un documento porque exista una posible conexión con una fundación.
—No propongo esconderlo —dijo Inés—. Propongo documentarlo antes de que se active una reclamación de propiedad.
—¿Propiedad de quién?
—La fundación puede alegar que procede de sus fondos históricos.
—Se encontró en un edificio público.
—Y contiene material grabado o producido en Orfeo.
—Eso no convierte la carpeta en suya.
—Bastaría para iniciar un procedimiento de custodia.
Gabriel entendió la estrategia.
—Mientras se discute la propiedad, el manuscrito quedaría inmovilizado.
—O trasladado a un depósito controlado por ellos —añadió Inés.
Carmen miró la cubierta con los dos nombres.
—¿Cuánto tiempo necesitan?
—Una noche —dijo Inés.
—No.
—Doce horas.
—Tampoco.
—Debemos localizar el expediente de Orfeo y la tabla de correspondencias antes de informar.
—Eso puede llevar semanas.
—No —dijo Gabriel—. Lucía señaló un lugar concreto.
—El antiguo molino.
—Sí.
—No sabemos si sigue en pie.
—Podemos comprobarlo.
Carmen miró el reloj.
—Son casi las siete.
—San Jerónimo del Río está a poco más de una hora —dijo Gabriel.
—No iremos de noche a un edificio abandonado.
—No he dicho que esté abandonado.
—Y yo no he dicho que vaya a permitir que saquéis el manuscrito.
—No necesitamos llevarlo.
Inés cerró la maleta.
—Necesitamos la cinta, las fotografías y una copia digital del folio quince.
Carmen permaneció inmóvil.
—Esto es una irresponsabilidad.
—La irresponsabilidad fue permitir que un archivo privado decidiera durante décadas qué vidas merecían conservarse —respondió Gabriel.
—No utilices una frase moral para evitar una obligación administrativa.