7. CAPÍTULO V #2
La escena surgió por fragmentos.
Lucía sentada junto a una mesa.
La carpeta gris abierta.
Un reproductor de casete.
Una taza.
Una llave.
—Escuchábamos algo.
—¿La partitura?
—No.
—¿Una grabación?
—Sí.
—¿De qué?
Gabriel se llevó una mano a la frente.
—Voces.
—¿Qué voces?
—Una reunión.
—¿De 1987?
—Creo que sí.
—¿Quién la grabó?
—Daniel.
La memoria se cerró.
Gabriel abrió los ojos.
—Había una cinta.
Carmen comenzó a escribir.
—¿Qué contenía?
—No lo sé.
—¿Lucía te la entregó?
—Puede ser.
—¿Dónde está?
—No lo recuerdo.
Inés se acercó.
—¿Mi madre estaba escondida?
—Sí.
—¿De quién?
Gabriel volvió a cerrar los ojos.
Esta vez apareció un hombre golpeando la puerta.
Lucía guardando la cinta.
Una voz en el pasillo.
No veía el rostro.
Solo una mano con un anillo ancho.
—Alguien la buscaba.
—¿Quién?
—No puedo verlo.
—¿Elías Montoro?
—No lo sé.
—¿Qué ocurrió después?
Gabriel sintió un dolor agudo detrás de los ojos.
Se apoyó en la mesa.
—Me marché.
—¿La dejó sola?
—Sí.
—¿Por qué?
—Ella me lo pidió.
—¿Y la partitura?
—Se quedó con ella.
Inés miró la carpeta gris.
—Entonces no estuvo oculta en el atril desde 1987.
—No.
Carmen comprendió antes que los otros.
—Alguien la devolvió después de 1993.
Gabriel asintió.
—O una copia.
—¿Reconoces la carpeta de la fotografía?
—Sí.
—¿Es esta?
—Parece la misma.
Inés examinó las esquinas.
—Puede haber marcas que coincidan.
Colocaron la fotografía ampliada junto a la carpeta.
La esquina superior izquierda presentaba una rotura triangular. En la imagen de 1993, la misma rotura era visible.
Era el mismo objeto.
—Lucía la tuvo seis años después de desaparecer —dijo Carmen.
—Y Gabriel la vio —añadió Inés.
—Entonces alguien la escondió en el atril después del encuentro del puente —dijo él.
—¿Quién tenía acceso al edificio antiguo en 1993? —preguntó Inés.
Gabriel pensó.
—Yo no.
—¿Teresa?
—Tal vez.
—¿Daniel?
—No sabemos dónde estaba.
—¿Ricardo?
—Seguía en el centro.
—¿Mateo?
—También.
Carmen abrió otro archivo.
—Hay registros de entrada de materiales, pero no de objetos no inventariados.
—El atril tampoco estaba inventariado —dijo Gabriel.
—Eso permitió ocultarlo.
Inés volvió a la fotografía.
—Mi madre llevaba la partitura al puente.
—Sí.
—¿Por qué?
—Quizá iba a entregársela a alguien.
—A usted.
—Tal vez.
—¿Y la niña?
—Usted.
—Yo no recuerdo haberlo visto.
Gabriel observó su rostro.
—Puede que no llegáramos a hablar.
—Pero la fotografía demuestra que estábamos en el mismo lugar.
—Sí.
—¿Quién la tomó?
Nadie respondió.
La imagen no parecía una fotografía familiar. La distancia era excesiva. El encuadre incluía demasiado fondo. Lucía e Inés no miraban a la cámara. Gabriel tampoco.
Alguien los había fotografiado sin que lo supieran.
Carmen amplió el extremo derecho.
—Hay una sombra.
Junto a un árbol, fuera del grupo principal, se distinguía una figura parcial. Solo una manga oscura y una mano.
En uno de los dedos brillaba un anillo ancho.
Gabriel sintió el mismo dolor que durante el recuerdo.
—Era él.
—¿Quién? —preguntó Inés.
—El hombre que golpeaba la puerta de la pensión.
—¿Puedes reconocerlo?
—No el rostro.
—¿El anillo?
—Sí.
Inés abrió su teléfono.
Buscó una fotografía pública de Elías Montoro.
La encontró en el acto de inauguración de una exposición. Montoro estrechaba la mano de un representante institucional.
En el dedo anular llevaba un anillo de plata, ancho, con una piedra negra.
Lo amplió.
La forma coincidía.
—No es una prueba definitiva —dijo Carmen.
—Pero explica por qué aparece en el programa de las jornadas —respondió Inés.
Gabriel observó la carpeta.
—Y por qué quiso comprar los documentos.
El teléfono de Carmen sonó.
Era Julio, el conserje.
—¿Sí?
Escuchó.
Su rostro cambió.
—¿Dónde?
Volvió a escuchar.
—No toque nada. Vamos.
Colgó.
—Han dejado un sobre en recepción.
—¿Quién? —preguntó Gabriel.
—Julio no lo ha visto. Ha ido al almacén durante unos minutos y, cuando volvió, estaba sobre el mostrador.
Bajaron.
El sobre era grande, de color crema, sin sello ni remitente.
En el anverso aparecía escrito:
Para la hija de Lucía Valdés.
Inés no quiso abrirlo de inmediato.
Julio permanecía a varios metros, inquieto.
—Las puertas estaban cerradas —dijo—. No ha entrado nadie.
—¿Hay cámaras? —preguntó Carmen.
—En la entrada, sí.
—Revise las grabaciones.
Julio se marchó.
Inés tocó el sobre con los guantes.
—Pesa poco.
—Puede contener fotografías —dijo Gabriel.
—O una carta.
Lo abrió por el borde superior.
Dentro había una cinta de casete.
Nada más.
En la etiqueta, escrita con tinta roja, figuraba:
San Jerónimo del Río. Habitación 12.
En la cara B había otra anotación:
Escuchar antes del octavo compás.
Inés levantó la cinta.
—¿Tiene reproductor? —preguntó.
Carmen negó.
—En el archivo antiguo puede quedar alguno.
—No volveremos allí hoy —dijo Gabriel.
—Necesitamos escucharla —respondió Inés.
—También puede dañarse.
—Puedo digitalizarla.
—¿Aquí?
—He traído equipo básico.
Regresaron al archivo.
Inés limpió superficialmente la carcasa, comprobó la tensión de la cinta y utilizó un reproductor portátil conectado al ordenador.
—La primera reproducción debe hacerse sin interrupciones —explicó—. Si la cinta se degrada, puede ser la única.
Carmen inició la grabación de respaldo.
Gabriel se situó de pie.
Inés pulsó el botón.
Durante varios segundos solo se oyó ruido magnético.
Después apareció una voz femenina.
Joven.
Cansada.
—Hoy es tres de octubre de mil novecientos noventa y tres. Estoy en la habitación doce de la pensión Santa Clara.
Inés llevó una mano a la boca.
Era la voz de Lucía.
—Gabriel ha venido —continuó la grabación—. Dice que no recuerda la reunión completa. No sé si finge o si ya han empezado a vaciarle la memoria.
Gabriel cerró los ojos.
La voz siguió.
—La partitura ha cambiado otra vez. En el fragmento de mi hija ha aparecido un silencio que yo no escribí. Daniel dijo que, si eso ocurría, significaría que Inés ya estaba dentro de la obra.
Inés comenzó a llorar sin ruido.
—No quiero que mi hija escuche el octavo compás. No quiero que herede lo que nosotros no supimos detener.
Se oyó un golpe en la grabación.
Una puerta.
Después una voz masculina, amortiguada:
—Lucía, abra.
Gabriel reconoció el tono.
No el nombre.
La cinta continuó.
—Ha venido antes de tiempo —susurró Lucía—. Si alguien encuentra esto, que busque el expediente de la Fundación Orfeo. No la Fundación Armonía. Orfeo. Allí están las copias.
Otro golpe.
—Lucía, sabemos que Valcárcel está con usted.
Gabriel abrió los ojos.
La voz masculina se hizo más clara.
—Entregue la carpeta y nadie tendrá que recordar nada.
Hubo un ruido brusco.
La cinta se interrumpió.
En la pantalla quedaban todavía doce minutos de grabación.
Inés comprobó el reproductor.
—No se ha terminado.
La cinta volvió a avanzar.
Esta vez no se oyó la habitación.
Se escuchó música.
Los siete primeros compases del fragmento de Lucía.
Al llegar al octavo, apareció una voz infantil.
La voz de una niña.
—Mamá.
Inés se quedó rígida.
La grabación respondió con la voz de Lucía:
—No mires el agua.
Después se oyó un grito.
Un golpe.
Y una voz masculina muy cerca del micrófono:
—El siguiente nombre será Gabriel Valcárcel.
La cinta se detuvo.
Durante varios segundos nadie se movió.
Gabriel miró el armario ignífugo.
Desde dentro llegó un roce leve.
Como el paso de una página.
Abrió la puerta.
La carpeta estaba cerrada.
La llevó hasta la mesa.
En la cubierta, debajo del nombre de Daniel Arístegui, había aparecido una segunda inscripción.
Gabriel Valcárcel.
La tinta todavía estaba húmeda.