7. CAPÍTULO V
La fotografía del puente
Gabriel sostuvo la fotografía con ambas manos.
No porque temiera que pudiera caer, sino porque la imagen parecía exigirle una estabilidad que él ya no poseía.
La fecha estaba escrita con tinta azul en el reverso:
3 de octubre de 1993.
Dos meses antes de la muerte oficial de Lucía Valdés.
En el anverso, la escena resultaba nítida. Un puente de piedra. Un río estrecho al fondo. Árboles todavía verdes. Lucía con un abrigo rojo, la cabeza ligeramente inclinada hacia la niña que sujetaba de la mano.
Inés.
Y detrás, junto a la barandilla, un hombre.
Gabriel.
No se trataba de un parecido remoto. Era él. La misma frente amplia, el mismo cabello oscuro peinado hacia atrás, la misma forma de sostener el cuerpo con una rigidez que entonces confundía con elegancia. Llevaba una chaqueta gris de paño y una corbata estrecha.
Pero había algo más.
La carpeta que sostenía era la misma que ahora permanecía abierta en el archivo.
Cartón gris.
Esquinas desgastadas.
Cintas negras.
—No puede ser —dijo.
Inés no apartaba los ojos de la imagen.
—Es usted.
—No estuve allí.
—La fotografía dice lo contrario.
—Una fotografía puede manipularse.
—También una memoria.
La frase fue pronunciada sin intención de herir, pero alcanzó exactamente el lugar que Gabriel trataba de proteger.
Carmen entró en el aula.
Había subido después de llamar al conserje y comprobar que nadie había entrado en la planta.
—No hay nadie en el edificio —dijo—. Excepto nosotros y Julio, que está abajo.
Vio la fotografía.
—¿Qué es eso?
Inés se la entregó.
Carmen la examinó primero con rapidez y después con una atención cada vez más tensa.
—Gabriel.
—No estuve allí.
—¿Reconoces el lugar?
—No.
—Míralo bien.
Gabriel lo hizo.
El puente no era monumental. Tenía tres arcos, una barandilla baja y pequeñas hornacinas en los extremos. El río discurría entre márgenes estrechos. Podía estar en cualquier localidad del interior.
Sin embargo, algo le resultaba conocido.
No el puente.
La curva del camino que se veía al fondo.
Una carretera secundaria ascendía hacia una hilera de casas blancas. En una de las fachadas se distinguía un rótulo azul.
Gabriel acercó la fotografía a la luz.
—Necesito ampliarla.
Bajaron al archivo.
Inés guardó el clarinete desmontado en una caja provisional. No quiso tocarlo directamente. Antes de abandonar el aula fotografió cada pieza, la posición de las llaves y la mesa sobre la que había aparecido.
Gabriel caminó detrás de ellas.
El pasillo permanecía vacío.
No se escuchó ninguna otra nota.
En el archivo, Carmen digitalizó la fotografía con la cámara de inventario. La imagen apareció en la pantalla con una definición suficiente para aumentar el fondo.
El rótulo azul quedó parcialmente legible.
Pensión...
Debajo había otra palabra.
Santa...
—Amplía la esquina —dijo Gabriel.
Carmen lo hizo.
El texto estaba borroso, pero las formas permitían distinguir varias letras:
PENSIÓN SANTA CLARA
Gabriel sintió una presión súbita en la sien.
Conocía aquel nombre.
No sabía de dónde.
—¿Te suena? —preguntó Carmen.
—Sí.
—¿De qué?
—No lo sé.
Inés observaba el puente.
—Mi abuela hablaba de una pensión.
Gabriel se volvió.
—¿Cuál?
—No recuerdo el nombre.
—¿Dónde estaba?
—En un pueblo. Mi madre se alojó allí durante un tiempo.
—¿Después de desaparecer?
—Eso nunca me lo dijo.
Carmen abrió el buscador del archivo interno.
—Puede haber programas de cursos, desplazamientos o conciertos con alojamientos registrados.
—En 1993 yo trabajaba en otro centro —dijo Gabriel.
—¿Dónde?
—En Mérida.
—¿Viajabas por actividades musicales?
—Sí.
—¿Recuerdas algún curso en octubre?
Gabriel negó.
—Entonces buscaremos.
Introdujeron el nombre de la pensión en el sistema. No apareció nada.
Probaron en los fondos digitalizados.
Tampoco.
Carmen abrió una carpeta con programas escaneados entre 1992 y 1994.
—Aquí hay encuentros, concursos, intercambios, conciertos didácticos...
—Busca clarinete —dijo Inés.
Aparecieron veintitrés documentos.
Gabriel los revisó uno a uno.
En el decimocuarto encontró una hoja mecanografiada:
JORNADAS DE ACTUALIZACIÓN PEDAGÓGICA PARA PROFESORES DE VIENTO MADERA
Fecha: 1 al 3 de octubre de 1993.
Lugar: San Jerónimo del Río.
Alojamiento recomendado:
Pensión Santa Clara.
Gabriel se quedó mirando el documento.
—Estuve allí.
Carmen leyó por encima de su hombro.
—Entonces sí recuerdas el curso.
—No.
—Tu nombre aparece como ponente.
En la parte inferior figuraba:
Gabriel Valcárcel: respiración, fraseo y memoria corporal en la interpretación.
Inés leyó el título.
—Memoria corporal.
Gabriel sintió vergüenza, aunque no sabía exactamente por qué.
—No recuerdo haber dado esa conferencia.
—Eso ya no es un olvido menor —dijo Carmen.
—Lo sé.
—¿Fuiste solo?
—No lo sé.
—¿Conociste allí a Lucía?
—No lo sé.
—¿Llevaste la partitura?
Gabriel miró la carpeta gris.
—No lo sé.
La repetición comenzaba a sonar como una defensa aprendida.
Inés se apartó de la mesa.
—Necesito aire.
Salió al pasillo.
Gabriel la siguió.
La encontró junto a una ventana, observando el patio.
—No pretendía ocultarlo.
—No sabe qué ocultó.
—Eso parece.
—Mi madre murió dos meses después de esa fotografía.
—Lo sé.
—Y usted estuvo con ella.
—La imagen lo demuestra.
—¿Por qué?
—No puedo responder.
Inés se volvió hacia él.
—Lleva décadas trabajando con alumnos. Ha construido una vida. Ha dado conciertos, ocupado cargos, firmado documentos, enseñado a otros a escuchar. Y ahora resulta que no recuerda haber visto a una mujer desaparecida seis años después de su desaparición.
—No intento justificarlo.
—Pero espera que le crea.
—No.
—Entonces ¿qué espera?
Gabriel miró el patio.
—Que encontremos una explicación antes de convertir una fotografía en una sentencia.
—¿Una explicación que lo absuelva?
—Una explicación verdadera.
—No son lo mismo.
—Nunca he dicho que lo sean.
Inés guardó silencio.
Su respiración seguía acelerada.
—Mi abuela me dijo que mi madre había huido primero y muerto después —dijo—. Nunca entendí de qué huía. Cuando le preguntaba por mi padre, cambiaba de tema. Cuando le preguntaba por el conservatorio, decía que allí habían convertido a Lucía en una extraña dentro de su propia vida.
—¿Conserva cartas?
—Pocas.
—¿Diarios?
—No.
—¿Documentos?
—Certificado de defunción. Fotografías. Una caja de música. Nada más.
—Dijo que destruyó la caja.
—Sí.
—¿Cómo?
Inés se apoyó en el alféizar.
—La desmonté.
—¿Por qué?
—Tenía diecisiete años. Estaba cansada de escuchar una melodía que nadie sabía identificar.
—¿Guardó las piezas?
—Algunas.
—¿La lámina o el cilindro?
—El cilindro.
Gabriel la miró.
—Entonces la música puede recuperarse.
—No quiero recuperarla.
—Ya ha aparecido en la partitura.
—No sabemos si es la misma.
—Usted reconoció siete compases.
—Reconocí una sensación.
—Eso también es memoria.
—No empiece a interpretarme.
—No lo hago. Intento comprender qué relación existe entre la caja, el folio y la fotografía.
Inés cerró los ojos.
—El cilindro está en mi casa.
—Tráigalo.
—No.
—Puede contener una versión anterior del fragmento.
—O puede no contener nada útil.
—Eso no lo sabremos hasta examinarlo.
—No quiero que convierta otro objeto de mi madre en una prueba.
Gabriel sostuvo su mirada.
—Tal vez su madre quiso que lo fuera.
Inés se apartó de la ventana.
—Eso es exactamente lo que me dijeron toda la vida. Que ella dejó señales. Que todo significaba algo. Que cada objeto esperaba ser interpretado. ¿Sabe lo que hace eso con una hija? Impide recordar a una persona porque todo se convierte en indicio.
—Lo siento.
—No lo diga.
—No es una fórmula.
—No puede lamentar una vida que no conoce.
—Puedo lamentar haber participado en algo que la dañó.
—Todavía no sabe qué hizo.
—Pero sé que firmé.
—Y estuvo en el puente.
Gabriel bajó la mirada.
—Sí.
Carmen apareció en la puerta.
—He encontrado otro documento.
Regresaron al archivo.
En la pantalla había una relación de asistentes a las jornadas de 1993.
El nombre de Gabriel figuraba como ponente.
También aparecía Teresa Robles.
Y un tercer nombre:
Elías Montoro de la Vega. Fundación Armonía y Patrimonio.
Gabriel leyó dos veces.
—No conocía esa fundación entonces.
—Según el documento, Montoro representaba a una entidad privada —dijo Carmen.
—La fundación actual se creó mucho después.
—Quizá existía con otra forma jurídica.
Inés se acercó.
—Elías Montoro conoce la partitura.
—¿Por qué lo dice? —preguntó Gabriel.
—Porque intentó comprar los papeles de mi abuela.
—¿Cuándo?
—Hace ocho años.
—¿Qué papeles?
—Todo lo relacionado con mi madre.
—¿Aceptó?
—No.
—¿Cómo sabía que existían?
—Dijo que preparaba un archivo sobre músicos olvidados.
Gabriel miró la carpeta.
—¿Mencionó a Daniel?
—No.
—¿A Teresa?
—Tampoco.
—¿Conserva correspondencia?
—Un correo y una carta.
—Necesitamos verlos.
—No he dicho que vaya a entregárselos.
Carmen señaló la fotografía.
—Tenemos una partitura hallada en un mueble oculto, una alumna eliminada de los registros, un informe reservado, una fotografía de 1993 y una persona que décadas después intentó adquirir documentación sobre Lucía. Ya no estamos ante una curiosidad familiar.
—Precisamente por eso no confiaré los documentos a una institución —respondió Inés.
Carmen aceptó el reproche sin defenderse.
—Entonces no los confíe. Muéstrelos aquí.
Inés no contestó.
Gabriel volvió al listado de asistentes.
—Elías organizó una mesa redonda el último día.
—¿Sobre qué? —preguntó Carmen.
Amplió el programa.
El título era:
Patrimonio, autoría y custodia de materiales no catalogados.
Inés dejó escapar una risa breve y amarga.
—No podía ser más explícito.
—¿Qué ocurrió en esas jornadas? —preguntó Carmen.
Gabriel apretó los dedos contra el borde de la mesa.
—No lo recuerdo.
—Inténtalo.
Cerró los ojos.
Primero no apareció nada.
Después sintió frío.
Un pasillo estrecho.
Una lámpara amarilla.
El sonido de agua tras una ventana.
Una mujer de espaldas.
Abrigo rojo.
—Lucía estaba alojada en la pensión —dijo.
Inés se quedó inmóvil.
—¿Lo recuerda?
—No del todo.
—¿Qué ve?
—Una habitación.
—¿Con ella?
—Sí.
—¿Qué estaba haciendo?
Gabriel respiró despacio.