LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 6. CAPÍTULO IV #3
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6. CAPÍTULO IV #3

Inés apretó la mandíbula.

—Me dijeron que estaba con mi abuela.

—Eso no es lo mismo que recordarlo.

—No empiece.

—¿Tiene recuerdos de aquel día?

—Fragmentos.

—¿Cuáles?

—Una habitación. Un abrigo rojo. Una mujer cantando. Agua.

Gabriel miró el folio.

Abrigo rojo.

Agua.

La visión de Lucía durante la interpretación.

—Su madre describió un abrigo rojo y un río en 1987.

Inés palideció.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Teresa.

—Mi madre murió en 1993.

—Lo sé.

—Entonces no pudo recordar su muerte seis años antes.

—Eso mismo dijeron.

Inés se apoyó en la mesa.

Carmen se acercó.

—Siéntese.

—Estoy bien.

—No lo parece.

—He conducido muchas horas.

Nadie aceptó la explicación.

Gabriel cerró lentamente la carpeta.

Antes de bajar la cubierta vio una mancha nueva junto al compás ocho.

No era una nota.

Era una línea vertical, fina, que atravesaba el pentagrama.

—Espere —dijo.

Volvió a abrir.

La línea se extendía desde la parte superior hasta el margen inferior.

Carmen comparó la fotografía anterior.

—No estaba.

Inés acercó la lupa.

—No toque.

—¿Qué es?

Ella observó el trazo.

—Tinta roja.

—Parece una barra de separación.

—No.

—Entonces ¿qué?

Inés cambió la luz.

La línea no era uniforme. En algunos puntos se ensanchaba. En otros se dividía en ramificaciones diminutas.

—No es tinta —dijo.

—¿Qué es?

No respondió de inmediato.

Sacó una tira reactiva, la acercó al borde sin tocar el papel y examinó la superficie.

—Parece sangre.

Gabriel sintió un rechazo físico.

—Eso es imposible.

—No he dicho que sea humana.

—¿Está fresca?

—Sí.

Carmen retrocedió.

—Nadie ha tocado el folio sin guantes.

—Los guantes están limpios —dijo Inés.

Gabriel miró sus propias manos.

—¿Puede proceder de otra página?

—No hay contacto húmedo.

La línea roja continuó extendiéndose lentamente.

Bajó por el margen hasta alcanzar las iniciales.

L. V.

Se detuvo allí.

Después apareció una gota.

Inés la observó con una expresión que ya no pertenecía a la restauradora.

—Cierre el folio —dijo Gabriel.

—No.

—Acaba de pedirlo.

—Ahora necesito verlo.

La gota se desplazó hacia el do sostenido añadido.

Al tocar la nota, el pigmento negro se disolvió parcialmente.

Debajo apareció otra figura musical.

No era un do sostenido.

Era un silencio.

Un silencio de negra.

Inés dejó escapar un sonido breve, involuntario.

Gabriel la miró.

—¿Qué ocurre?

Ella señaló el signo.

—La caja de música.

—¿Qué pasa con ella?

—No tocaba doce compases.

—¿Cuántos?

—Siete.

Gabriel contó.

El silencio acababa de aparecer al comienzo del octavo.

—¿Qué ocurría después?

Inés cerró los ojos.

—Mi madre abría la tapa.

—¿Y?

—La melodía se detenía.

—¿Nada más?

—Después se oía su voz.

—¿Qué decía?

Inés respiró con dificultad.

—Mi nombre.

La lámpara parpadeó.

El sistema de ventilación se detuvo.

Durante un instante, el archivo quedó en silencio absoluto.

Entonces, desde algún lugar del edificio, comenzó a sonar un clarinete.

No interpretaba una melodía completa.

Repetía los primeros siete compases del fragmento de Lucía.

Al llegar al octavo, se detenía.

Volvía a empezar.

Siete compases.

Silencio.

Siete compases.

Silencio.

Gabriel abrió la puerta del archivo.

El sonido venía del piso superior.

—No vaya —dijo Inés.

—Hay alguien tocando.

—No.

—Lo estamos oyendo.

—No es alguien.

Carmen tomó el teléfono.

—Llamaré al conserje.

El clarinete volvió a comenzar.

Gabriel reconoció la sonoridad.

No era un instrumento moderno. La afinación era baja, la emisión opaca y el registro grave tenía una rugosidad característica de ciertos clarinetes antiguos de madera.

El mismo tipo de instrumento que Daniel utilizaba en 1987.

—Quédense aquí —dijo.

—No suba —ordenó Inés.

Gabriel salió al pasillo.

La música se interrumpió.

Subió la escalera.

Las luces se encendían a su paso mediante sensores. El corredor superior estaba vacío. Las aulas permanecían cerradas.

El fragmento comenzó de nuevo dentro del aula de clarinete.

Gabriel se acercó.

La puerta estaba entornada.

Empujó.

No había nadie.

Sobre una mesa descansaba un clarinete desmontado.

Era antiguo, de madera oscura, con las llaves ennegrecidas.

Junto al instrumento había una fotografía.

Gabriel la levantó.

Mostraba a Lucía Valdés de pie junto a un puente. Llevaba un abrigo rojo y sostenía de la mano a una niña.

En el reverso aparecía una fecha:

3 de octubre de 1993.

Dos meses antes de su muerte.

Debajo, una frase:

Inés ya ha escuchado el octavo compás.

Gabriel se volvió.

Inés estaba en la puerta.

Había subido detrás de él.

Miraba la fotografía.

—Esa niña soy yo —dijo.

El clarinete, desmontado sobre la mesa, emitió una nota grave.

Ninguna de sus piezas estaba unida.

Inés dio un paso atrás.

Después miró a Gabriel con una expresión en la que ya no quedaba escepticismo, sino una certeza más peligrosa.

—Mi madre no murió en aquel puente —dijo.

—¿Cómo puede saberlo?

Inés señaló el fondo de la fotografía.

Tras Lucía, parcialmente oculto por una barandilla, aparecía un hombre.

Sostenía una carpeta gris.

Era Gabriel.

Más joven.

Con la misma chaqueta que llevaba en la fotografía de 1987.

—Porque usted estaba allí.