6. CAPÍTULO IV #2
—Eso no está demostrado.
—El compartimento estaba cerrado.
—¿Quién tuvo la llave?
—No lo sabemos.
—Entonces alguien pudo acceder.
—¿Y cerrar después?
—Sí.
—¿Para qué?
Inés no respondió.
Aproximó la lupa al fragmento.
Sus manos dejaron de moverse.
Gabriel lo advirtió.
—¿Reconoce la melodía?
—No.
—Teresa dijo que era de su madre.
—Teresa no sabe lo que dice.
—Ha conducido más de dos horas para verla.
—He venido a examinar un documento.
—Mírela.
Inés apretó los labios.
—La estoy mirando.
—No como restauradora.
Ella levantó la cabeza.
—No vuelva a decirme cómo debo mirar algo de mi madre.
La tensión llenó la habitación.
Carmen se acercó al folio.
—¿Puede leer música?
—Lo suficiente.
—Entonces cante el comienzo mentalmente.
—No.
—No hace falta emitir sonido.
—He dicho que no.
Gabriel comprendió que la negativa no era científica.
—Ya la conocía —dijo.
Inés retiró la lámpara.
—No.
—Ha escuchado esa melodía antes.
—No.
—¿De niña?
—Cállese.
—¿La cantaba su madre?
Inés cerró los ojos.
El gesto no duró más de un instante, pero bastó.
—No recuerdo su voz —dijo.
La frase fue pronunciada con una quietud que contenía años de resistencia.
Gabriel bajó el tono.
—Entonces ¿qué recuerda?
Inés permaneció de pie junto a la mesa.
—Una caja de música.
—¿Qué tocaba?
—No lo sé.
—¿Esta melodía?
—No.
—¿Está segura?
—No.
Carmen detuvo la grabación.
—Podemos descansar.
—No —dijo Inés—. Continúe.
—No es necesario.
—Sí lo es.
Gabriel observó el fragmento.
Las doce medidas parecían sencillas, casi inocentes. No había en ellas nada capaz de justificar la reacción de Teresa, la huida de Lucía ni el temor de una mujer que había convertido la objetividad en una forma de defensa.
—La caja de música —dijo—. ¿Dónde está?
—No existe.
—¿La perdió?
—La destruí.
Gabriel sintió una repetición inquietante.
Primero la fotografía.
Ahora la caja.
—¿Por qué destruye todo lo relacionado con su madre?
Inés se quitó un guante.
—Porque durante años cada objeto llevaba a una historia diferente.
Mi abuela decía una cosa. Los documentos, otra.
Las fechas no coincidían. Las fotografías aparecían cortadas.
Los nombres estaban escritos detrás y luego borrados.
Aprendí que conservar no siempre significa recordar.
A veces significa prolongar una mentira.
—Por eso se hizo restauradora.
—No convierta mi vida en una conclusión.
—No pretendía hacerlo.
—Sí. Es lo que hacen los profesores. Ordenan lo que otros sienten hasta convertirlo en una explicación.
Gabriel aceptó el golpe.
Carmen volvió a activar la cámara.
Inés se colocó otro guante.
—Quiero examinar el reverso del folio.
Gabriel levantó la hoja con ayuda de una lámina neutra. Inés dirigió la luz desde abajo.
Aparecieron trazos.
No eran visibles desde el anverso.
Una sucesión de palabras estaba escrita bajo la superficie, como si alguien hubiera utilizado una tinta que reaccionaba únicamente a una determinada longitud de onda.
Inés cambió el filtro.
Las palabras se hicieron más claras.
Carmen acercó la cámara.
Gabriel leyó:
No dejar que la hija escuche el compás ocho.
Nadie habló.
Inés se quedó inmóvil.
—¿Eso estaba en las imágenes? —preguntó Carmen.
—No se fotografió con este filtro —respondió ella.
—¿Es antiguo?
Inés examinó el trazo.
—Parece anterior al do sostenido.
—¿De cuándo?
—No lo sé.
—¿Está escrito sobre el papel o dentro de él?
—Sobre el reverso, pero con una tinta de baja visibilidad.
Gabriel contó los compases.
El octavo comenzaba con una nota larga seguida de dos intervalos descendentes.
—¿Qué ocurre en ese compás? —preguntó.
—No lo sé —respondió Inés.
—Teresa dijo que Lucía se detuvo allí.
Inés levantó la mirada.
—¿Qué?
—Durante la primera interpretación. Llegó al compás ocho, dejó de tocar y dijo que había visto el río.
La restauradora retiró las manos del folio.
—No me contó eso.
—¿Quién?
—Teresa.
—Tal vez quería que viniera antes de saberlo.
Inés respiró lentamente.
—Cierre la carpeta.
—Todavía no hemos terminado.
—Cierre la carpeta.
—Ha venido para examinarla.
—Y ya he visto suficiente.
Gabriel no obedeció.
—Necesitamos entender por qué no debe escuchar ese compás.
—No pienso averiguarlo tocándolo.
—Tampoco yo.
—Está mintiendo.
—No tengo el clarinete aquí.
—Hay instrumentos en todo el edificio.
Carmen intervino:
—Nadie va a interpretar nada.
Inés recogió la lámpara.
—Necesito llevarme el folio.
—No —dijo Gabriel.
—Puedo analizar la tinta del reverso.
—Aquí.
—No tengo todo el equipo.
—Entonces traerá lo necesario.
—Esto puede ser una amenaza dirigida a mí.
—Precisamente por eso no se lo llevará sola.
—No necesito protección.
—No hablo de protegerla a usted. Hablo de proteger el documento.
Inés cerró la maleta con un golpe.
—Siempre igual.
—¿Qué?
—La institución protege el papel y abandona a la persona.
Gabriel sintió la verdad de la frase antes de comprender su alcance.
—No somos la institución que borró a su madre.
—Usted la firmó.
—No recuerdo por qué.
—Mi madre no tuvo el privilegio de olvidar.
—No sabe lo que le ocurrió.
—Sé que cayó desde un puente.
—Teresa dijo que alguien intentó matarla años antes.
—Teresa ha construido una vida entera sobre su culpa.
—¿Y usted sobre qué la ha construido?
Inés lo miró con una hostilidad abierta.
—Sobre pruebas.
—Entonces examine esta.
Señaló el folio.
—La advertencia menciona a la hija antes de que usted pudiera saber que su madre había escrito la melodía.
—Alguien conocía mi existencia.
—¿Quién?
—Mi abuela. Teresa. Cualquier persona del grupo.
—¿Y dejó el mensaje cuándo?
—Después de que yo naciera.
—Eso situaría el folio, al menos, años después de 1987.
—Ya sabíamos que el papel era posterior.
—Entonces alguien reconstruyó la melodía y añadió la advertencia.
—Sí.
—¿Con qué finalidad?
Inés miró el compás ocho.
—Impedir que yo recuerde algo.
La frase fue dicha sin ironía.
Gabriel sintió que la distancia entre ambos se reducía por primera vez.
—¿Qué podría recordar?
—No lo sé.
—¿Estuvo junto al río?
—Tenía seis años cuando murió mi madre.
—¿Presenció el accidente?
—No.
—¿Está segura?