LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 6. CAPÍTULO IV
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6. CAPÍTULO IV

La hija de Lucía Valdés

Inés Salvatierra llegó a las cinco y doce de la tarde.

No llamó desde la carretera ni avisó de que estaba cerca.

Carmen la vio atravesar el vestíbulo con una maleta rígida en una mano y una bolsa negra colgada del hombro.

Vestía pantalón oscuro, camisa blanca y una chaqueta ligera que llevaba abierta pese al aire acondicionado.

Su cabello, recogido de manera irregular, parecía haber sido sujetado durante el viaje sin demasiada atención.

No tenía el aspecto de alguien que acudiera a esclarecer un misterio.

Tenía el aspecto de alguien que llegaba tarde a una cita que llevaba toda la vida evitando.

—Inés Salvatierra —dijo al entrar en el archivo.

Gabriel se levantó.

—Gabriel Valcárcel.

—Ya sé quién es.

La respuesta carecía de cortesía, pero no de control.

Carmen cerró la puerta.

—Soy Carmen Otero. Hablamos esta mañana.

Inés dejó la maleta sobre la mesa y observó la habitación. Miró las persianas, las lámparas, el armario ignífugo y la cámara colocada sobre un trípode.

—¿Han abierto de nuevo la carpeta?

—No desde la última llamada —respondió Gabriel.

—¿Quién tiene la llave?

Él la mostró.

—Yo.

—Entréguemela.

—No.

Inés lo miró por primera vez con atención.

Sus ojos eran oscuros, casi negros, y no revelaban cansancio pese a las horas de viaje.

—He conducido desde Sevilla porque usted dijo que el documento no saldría de aquí.

—Eso no significa que vaya a entregarle la custodia.

—Sin acceso no puedo examinarlo.

—Tendrá acceso en nuestra presencia.

—Necesito trabajar sin interrupciones.

—No.

—Profesor Valcárcel, no estamos negociando la interpretación de una obra. Estamos hablando de un material posiblemente contaminado, alterado y sometido a una manipulación deficiente.

—La manipulación más deficiente sería permitir que desaparezca.

El gesto de Inés cambió apenas.

—¿Cree que he venido a robarlo?

—No sé por qué ha venido.

—Para analizarlo.

—Ha venido porque el folio quince contiene una melodía de su madre.

Carmen observó a Gabriel con severidad. Habían acordado no empezar por la confrontación.

Inés mantuvo la vista sobre él.

—No utilice a mi madre para justificar su desconfianza.

—No la estoy utilizando.

—La ha mencionado antes de abrir la maleta.

—Porque es la razón por la que está aquí.

—Es una de las razones.

—¿Cuál es la otra?

Inés apartó la bolsa de su hombro.

—Evitar que ustedes destruyan una prueba.

Gabriel sintió un impulso inmediato de responder, pero Carmen se adelantó.

—Nadie ha destruido nada.

—Han retirado el documento de su lugar de procedencia, lo han trasladado a un domicilio particular, lo han expuesto a condiciones desconocidas, han separado al menos una hoja, han utilizado iluminación no controlada y han permitido que una persona con antecedentes emocionales vinculados al manuscrito se acerque a él.

—¿Antecedentes emocionales? —preguntó Gabriel.

—Teresa Robles.

—¿Cómo sabe que estuvo aquí?

Inés abrió la maleta.

—Porque me llamó.

El interior estaba dividido en compartimentos acolchados. Había lupas, pinzas, sobres de papel neutro, una lámpara compacta, un medidor de humedad, filtros, placas de vidrio y varios dispositivos que Gabriel no reconoció.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Hace una hora.

—Nos dijo que no la buscáramos.

—A ustedes.

—¿Qué le contó?

—Que la partitura había comenzado a escribir de nuevo.

Gabriel miró el armario.

—¿Utilizó esas palabras?

—Sí.

—Entonces no cree que se trate de un fenómeno químico.

—Teresa no distingue entre un fenómeno químico y una advertencia sobrenatural.

—¿Y usted?

Inés colocó unos guantes sobre la mesa.

—Yo distingo entre lo que puedo demostrar y lo que otros necesitan creer.

—No ha respondido.

—Porque la pregunta no es útil.

Carmen intervino:

—Antes de abrir el armario necesitamos establecer unas condiciones.

—Dígalas.

—No se retirará ningún folio del centro. No se aplicará ninguna sustancia. No se destruirá muestra alguna. Todo el proceso será fotografiado y permaneceremos presentes.

—Necesito tomar microfibras.

—No.

—Sin muestras no puedo fechar el papel con precisión.

—Ha dicho que haría una primera valoración.

—Y la haré. Pero no la confundan con un análisis concluyente.

—Quedará claro.

Inés miró a Gabriel.

—La llave.

Él abrió el armario.

La carpeta permanecía en la misma posición. No había marcas nuevas en la funda protectora ni señales de desplazamiento.

Gabriel la extrajo y la depositó sobre la mesa.

Inés no la tocó de inmediato.

Se inclinó sobre la cubierta y observó el nombre.

—Daniel Arístegui —leyó.

—¿Lo conoció?

—No.

—Teresa dijo que su padre formaba parte del grupo.

—Teresa dice muchas cosas.

—No ha contestado.

—Mi padre murió cuando yo tenía tres años.

—¿Cómo se llamaba?

Inés continuó examinando la carpeta.

—Esteban Salvatierra.

—¿Era músico?

—No según los documentos que conservo.

—¿Profesión?

—Fotógrafo.

Gabriel recordó la fotografía del curso de música contemporánea.

—Teresa dijo que fue él quien tomó la imagen.

Inés dejó de observar la cubierta.

—¿Qué imagen?

Gabriel sacó la fotografía de la funda y la colocó sobre la mesa.

Inés no necesitó más de un segundo.

—Esa foto estaba en mi casa.

—La encontramos en el aula número siete.

—No puede ser.

—¿La reconoce?

—Sí.

—¿Quiénes son?

Inés señaló a Lucía.

—Mi madre.

Después indicó a Daniel.

—Ese hombre aparecía en otra fotografía.

—¿Cuál?

—Una que mi abuela guardaba dentro de una caja. Nunca me explicó quién era.

—¿Y los demás?

—No los conozco.

Gabriel señaló su propia figura.

—Yo estaba allí.

—Ya lo veo.

No había reproche explícito en la voz, pero tampoco sorpresa.

—¿Conserva la otra fotografía? —preguntó Carmen.

—No.

—¿Se perdió?

—La quemé.

Gabriel levantó la mirada.

—¿Por qué?

Inés tardó en responder.

—Porque mi abuela me dijo que mi madre murió por culpa de esas personas.

El silencio se endureció.

Gabriel sintió que la acusación encontraba un lugar preciso dentro de él, aunque todavía no recordara los hechos completos.

—¿Dijo quiénes eran?

—No.

—¿Mencionó a Daniel?

—Sí.

—¿Qué dijo?

—Que convirtió a mi madre en algo que ella no podía comprender.

—¿Una música?

—Una prueba.

Carmen se acercó a la mesa.

—¿Una prueba de qué?

—Nunca lo explicó.

—¿Su abuela conocía la partitura?

—No con ese nombre.

—¿Con cuál?

Inés abrió un pequeño cuaderno.

—La llamaba El registro de los ausentes.

Gabriel miró la cubierta gris.

—No tiene título.

—Quizá se lo quitaron.

—¿Quién?

—Ustedes.

La palabra no se dirigía solo a Gabriel. Incluía a todos los que habían estado allí, a quienes habían ocupado cargos, firmado documentos, guardado silencio o permitido que el tiempo convirtiera una decisión en una versión oficial.

—Yo no recuerdo haber retirado ningún título —dijo él.

—Tampoco recuerda haber firmado el informe.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabe lo del informe?

Inés sacó el teléfono.

—Teresa me envió la misma fotografía.

—Nos llegó desde un número desconocido.

—No fue Teresa.

—Entonces ¿quién?

—No lo sé.

—¿Cómo consiguió ella la imagen?

—Dice que la recibió esta mañana.

—¿Del mismo número?

—No quiso decírmelo.

Gabriel miró a Carmen.

La fotografía no era una advertencia privada. Alguien estaba distribuyendo fragmentos de un archivo que, supuestamente, había desaparecido.

—Necesitamos abrir la carpeta —dijo Inés.

Se colocó los guantes.

Carmen encendió la cámara.

Gabriel desató las cintas.

La primera página apareció sin modificaciones visibles.

La fecha seguía en la esquina.

14 de noviembre de 1987.

Debajo:

Él no fue el primero.

Inés se inclinó.

—No acerque tanto el rostro —dijo Gabriel.

Ella lo ignoró.

Activó una luz lateral y observó la tinta a través de una lupa.

—La fecha y la frase no están hechas con el mismo material.

—¿Puede saberlo a simple vista?

—No a simple vista.

Cambió el filtro.

—La fecha absorbe la luz de manera distinta. La frase refleja partículas.

—¿Grafito?

—No exactamente. Puede contener carbono mezclado con otra carga.

—¿Es antigua?

—No puedo afirmarlo.

—¿Reciente?

—Tampoco.

Inés examinó el reverso.

—Hay presión.

—¿Qué significa?

—La fecha se escribió directamente sobre esta hoja. No es una transferencia.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—La tinta estaba húmeda ayer.

—Según usted.

Gabriel no respondió.

Inés pasó al segundo folio. Observó la indicación:

Respirar después del nombre.

—Esto sí es grafito.

—Apareció esta mañana.

—No.

—Tenemos fotografías.

—Puede no haber sido visible, pero estaba aquí.

—¿Cómo lo sabe?

Inés situó la luz en un ángulo muy bajo.

La frase proyectó sombras mínimas sobre las fibras.

—Hay suciedad acumulada dentro de la presión del trazo. Eso no ocurre en unas horas.

—Entonces llevaba años escrita.

—Probablemente.

—Pero no aparecía en la imagen.

—Las fotografías no registran todo lo que existe.

—La vimos a simple vista.

—Tampoco la visión humana es una prueba absoluta.

Gabriel sintió frustración.

—Todo lo explica diciendo que estaba allí aunque nadie pudiera verlo.

—No. Le estoy diciendo que la ausencia de percepción no equivale a inexistencia material.

—¿Y el nombre de la cubierta?

—Es más complejo.

—¿Por qué?

—Porque no hay presión suficiente.

—¿Transferencia?

—Parcial.

—¿Desde dónde?

—Eso aún no lo sé.

Continuó revisando los folios.

Medía, fotografiaba, anotaba y cambiaba filtros. Su precisión parecía defenderla de cualquier relación personal con el contenido.

Al llegar al folio quince, se detuvo.

No lo tocó.

Las iniciales se encontraban al final del fragmento.

L. V.

Debajo aparecía el do sostenido grave.

Inés dejó la lupa sobre la mesa.

—No estaba en las fotografías que me enviaron esta mañana.

—Apareció cuando Teresa vio el folio —dijo Carmen.

—¿Lo tocó?

—No.

—¿Estuvo cerca?

—A unos pasos.

—¿Hubo algún instrumento en la habitación?

—No.

Inés acercó la lámpara.

El do sostenido estaba escrito con una tinta diferente a la del fragmento.

—Esto sí es reciente.

Gabriel sintió que la afirmación modificaba todo.

—¿Cuánto?

—Horas. Días como máximo.

—¿Está segura?

—La tinta no ha terminado de estabilizarse.

—¿Podría haberse escrito antes de encontrar el manuscrito?

—Sí, pero no mucho antes.

—El documento llevaba décadas dentro del atril.