5. CAPÍTULO III La mujer que recordó su muerte #2
—¿Como ahora?
—Sí.
—¿Qué indicaciones?
—Nombres. Fechas. Lugares.
Carmen miró el armario.
—¿Por qué ocultaron el manuscrito?
—Porque Ricardo quiso destruirlo.
—¿Lo intentó?
—Quemó varias páginas.
—¿Y las demás?
—Daniel las escondió.
—En el atril.
—Eso parece.
—¿Quién guardó la llave en la caja?
—No lo sé.
Gabriel pensó en el papel de seda y la cuerda azul.
Alguien había separado la llave del atril y había esperado que terminara entre materiales sin clasificar.
—¿Qué pasó con Daniel? —preguntó.
Teresa bajó la voz.
—Fue acusado de falsificar documentos de matrícula, utilizar recursos del centro sin autorización y permitir el acceso de una alumna no inscrita.
—¿Era cierto?
—En parte.
—¿Lo expulsaron?
—Lo trasladaron. Después dejó la docencia.
—¿Y el entierro?
—Veinte años más tarde recibimos una carta diciendo que había muerto.
—¿Quién la envió?
—Un despacho.
—¿Qué despacho?
—No lo recuerdo.
—Puede recordarlo.
—No quiero.
—No es lo mismo.
Teresa se acercó tanto a Gabriel que él percibió el olor tenue de su perfume.
—Usted no tiene derecho a exigirme valor ahora. No después de lo que hizo.
Gabriel quedó inmóvil.
Carmen miró de uno a otro.
—¿Qué hizo?
Teresa no apartó los ojos de él.
—Firmó.
Gabriel sintió que una parte de su memoria se abría y volvía a cerrarse antes de mostrar su contenido.
—¿Qué firmé?
—El informe que convirtió a Daniel en responsable de todo.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es.
—No lo recuerdo.
—Precisamente.
—¿Qué decía?
—Que Daniel había actuado solo. Que ninguno de nosotros conocía la existencia de Lucía. Que la partitura era un ejercicio privado suyo. Que usted jamás había participado.
Gabriel retrocedió.
—No pude firmar eso.
—Lo firmó.
—¿Dónde está el documento?
—Desapareció.
—Entonces ¿cómo puede demostrarlo?
Teresa sonrió sin alegría.
—Durante años confiamos en que todos los documentos desaparecieran. Ahora usted exige uno.
La frase lo golpeó con mayor fuerza que una acusación directa.
Carmen intervino:
—¿Por qué habría firmado Gabriel?
—Porque acababa de obtener su plaza. Porque tenía miedo. Porque le dijeron que, si no colaboraba, todos serían expedientados. Porque Daniel le pidió que lo hiciera.
Gabriel la miró.
—¿Daniel me lo pidió?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque creía que podía proteger a Lucía.
—Pero Lucía ya había desaparecido.
—No entonces.
El silencio se hizo absoluto.
Gabriel tardó varios segundos en comprender.
—¿Cuándo firmé?
—Dos días antes.
—¿Antes de que desapareciera?
—Sí.
—Entonces el informe no podía referirse a su desaparición.
—Se refería a su expulsión.
Carmen se acercó.
—¿Lucía fue expulsada?
—Oficialmente nunca estuvo matriculada. No podían expulsarla. La declararon intrusa.
Gabriel cerró los ojos.
Apareció una escena.
Una mesa larga.
Tres hombres.
Una carpeta abierta.
La voz de Daniel:
Firma. Después lo arreglaremos.
Su propia mano sosteniendo un bolígrafo azul.
No veía el contenido del documento.
Solo el lugar donde debía escribir su nombre.
Abrió los ojos.
—Recuerdo la firma.
Teresa no mostró satisfacción.
—Ya ha comenzado.
—¿Qué?
—La partitura.
—No la hemos interpretado.
—No necesita que la toquen entera. Basta con que alguien reconozca su motivo.
Gabriel sintió un impulso de mirar hacia el armario, pero se contuvo.
—¿La obra provoca recuerdos?
—No.
—Entonces ¿qué?
—Los devuelve.
Carmen negó.
—Eso sigue siendo una formulación poética.
Teresa se dirigió a la puerta.
—Cuando Inés examine el manuscrito, buscará tintas, fibras y fechas. Hará bien. Pero no encontrará la pregunta correcta.
—¿Cuál es? —dijo Gabriel.
Teresa abrió.
—Quién escribió lo que todavía no había ocurrido.
Salió al pasillo.
Gabriel la siguió.
—Espere.
Teresa se detuvo.
—¿Dónde podemos localizarla?
—No me busque.
—Ha venido usted.
—Para advertirle.
—Y para comprobar si la partitura había cambiado.
Teresa guardó silencio.
—Sabía que aparecería una nota —continuó Gabriel—. ¿Por qué?
—Porque faltaba desde 1987.
—¿Qué representa?
La mujer miró hacia la puerta del archivo.
—Un nombre que todavía no ha aparecido.
—¿El suyo?
—No.
—¿El de Lucía?
—Tampoco.
—Entonces ¿de quién?
Teresa apretó el bolso contra el cuerpo.
—De la persona que la llevó al río.
Gabriel sintió que el aire se volvía más frío.
—¿Sabe quién fue?
—No.
—¿Lucía se lo dijo?
—Solo me dijo que, cuando la nota apareciera, significaría que alguien había vuelto a buscarla.
—¿Quién?
Teresa comenzó a caminar.
—La persona que no consiguió matarla.
Gabriel permaneció inmóvil.
Carmen salió del archivo.
—¿Qué ha dicho?
Él no respondió.
Vio a Teresa llegar al final del pasillo, detenerse ante la escalera y volver la cabeza.
—Profesor —llamó.
Gabriel avanzó unos pasos.
—¿Sí?
—No deje que Inés toque el folio quince.
—¿Por qué?
—Porque la melodía es de su madre.
Teresa descendió antes de que pudiera preguntarle nada más.
Gabriel regresó al archivo.
Carmen lo esperaba junto a la mesa.
—Esto se ha terminado —dijo—. Informaré al director.
—No.
—Hay una desaparición, documentos eliminados y una testigo que acaba de acusarte de haber firmado un informe falso.
—Precisamente por eso no podemos entregar el manuscrito sin saber a quién.
—No puedes decidir qué partes de una institución son fiables según te convenga.
—No es una cuestión de conveniencia.
—¿Entonces de qué?
—De que alguien eliminó un expediente completo.
—Hace cuarenta años.
—Y alguien añadió hace poco un folio que contiene una melodía de Lucía.
Carmen señaló el armario.
—Eso todavía no está demostrado.
—Inés dijo que el papel era posterior.
—Posterior no significa reciente.
—Teresa sabía que el folio estaba allí.
—No lo sabía. Ha preguntado.
—Sabía que la melodía pertenecía a Lucía.
—Porque participó en la obra.
—Y sabía que Inés la reconocería.
Carmen guardó silencio.
Gabriel sacó el teléfono.
—Voy a llamar a Inés.
—Ha dicho que no respondería.
—Ahora tenemos otra pregunta.
Marcó.
Esta vez contestó de inmediato.
—Salvatierra.
—Teresa Robles ha estado aquí.
Al otro lado no se oyó nada.
—¿Me escucha?
—Sí.
—Ha dicho que el fragmento del folio quince pertenece a su madre.
La respiración de Inés cambió.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Mi madre no tocaba ningún instrumento.
—¿Cómo se llamaba?
Silencio.
—Inés.
—No tiene derecho a preguntarme eso.
—Necesito saberlo.
—No.
—Las iniciales del folio son L. V.
La llamada quedó muda durante varios segundos.
Después Inés habló con una voz distinta, más baja y menos segura.
—Mi madre se llamaba Lucía Valdés.
Gabriel cerró los ojos.
Carmen se apoyó en la mesa.
—¿Está viva? —preguntó él.
—Murió cuando yo tenía seis años.
—¿Cómo?
—Un accidente.
—¿Qué clase de accidente?
—Cayó desde un puente.
Gabriel miró el armario ignífugo.
—¿Junto a un río?
Inés no contestó.
—Mañana no iremos a Sevilla —dijo él.
—¿Qué?
—Venga usted aquí.
—No puedo.
—Entonces le enviaremos una copia del folio, pero el original no saldrá del conservatorio.
—No haga eso.
—¿Por qué?
—Porque necesito verlo.
—¿Para restaurarlo?
Inés volvió a guardar silencio.
—¿O para retirarlo?
La respuesta llegó después de una pausa demasiado larga.
—Profesor Valcárcel, escúcheme con atención. No abra de nuevo la carpeta. No toque el fragmento. No permita que nadie interprete esas doce medidas.
—Teresa ha dicho exactamente lo mismo.
—Entonces, por una vez, créala.
—Explíqueme qué ocurre.
—No por teléfono.
—Venga.
—Llegaré esta tarde.
La llamada terminó.
Carmen miró el reloj.
—Ha cambiado de opinión muy rápido.
—Porque ya sabía qué era ese fragmento.
—Ha dicho que su madre no tocaba.
—Eso le contaron.
Gabriel se acercó al armario.
No lo abrió.
A través de la puerta metálica no podía ver la carpeta, pero imaginó el folio quince dentro de ella, la caligrafía aparentemente infantil, las iniciales y el do sostenido que había aparecido bajo la firma.
Una hija viajaría para contemplar una melodía escrita por una madre a la que nunca había conocido como música.
Una mujer había regresado para impedir que la obra fuera tocada.
Y él acababa de recordar que había firmado el documento que inició el borrado.
Carmen recogió la libreta.
—Voy a buscar el expediente 118.
—No existe.
—En el libro digital no.
—¿Dónde más?
—En los libros físicos. En contabilidad. En registros de tasas. En seguros escolares. En actas de pruebas. Una persona puede borrarse de un listado, pero deja residuos en otros.
Gabriel la miró.
—Creía que ibas a informar al director.
—Lo haré.
—¿Cuándo?
—Cuando sepa qué debo informar.
Se dirigió a la puerta.
—No abras el armario.
—No pensaba hacerlo.
Carmen se volvió.
—No te creo.
—Haces bien.
Cuando se quedó solo, Gabriel permaneció varios minutos sentado.
No abrió el armario.
No tocó la llave.
No miró las fotografías.
Intentó reconstruir la reunión de noviembre de 1987.
Daniel.
Teresa.
Ricardo.
Mateo.
Lucía.
Él.
Una séptima persona.
Un informe.
Una firma.
Una expulsión sin matrícula.
Una desaparición convertida después en muerte.
A las dos y veintisiete, el teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Contenía una sola fotografía.
Mostraba una página mecanografiada con membrete del conservatorio. La imagen estaba torcida, pero el texto principal podía leerse.
INFORME RESERVADO SObrE ACCESO IRREGULAR DE PERSONAL AJENO AL CENTRO
Al final aparecían cuatro firmas.
Una era la suya.
Debajo de la imagen había un mensaje:
Usted no fue el único que mintió.
Gabriel intentó llamar.
El número no existía.
Amplió la fotografía.
Junto a su firma estaba la de Daniel.
Las otras dos pertenecían a Ricardo Leal y a una persona cuyo nombre había sido cubierto con tinta negra.
En el margen inferior aparecía una anotación manuscrita:
Expediente 118. Alumna inexistente. Proceder al borrado completo.
Gabriel sintió náuseas.
La fecha del informe era el 12 de noviembre de 1987.
Dos días antes de la reunión.
Cinco días antes de la desaparición de Lucía.
Y bajo la anotación, casi fuera del encuadre, aparecía otra frase:
La interpretación debe realizarse antes de que recuerde.
Gabriel dejó el teléfono sobre la mesa.
Dentro del armario se oyó un golpe.
Uno solo.
Seco.
Como si alguien hubiera cerrado de pronto una carpeta desde el interior.