5. CAPÍTULO III La mujer que recordó su muerte
Teresa no llegó a perder completamente el conocimiento.
Cuando Gabriel se arrodilló junto a ella, sus ojos permanecían abiertos, aunque desorientados. Respiraba con dificultad. Tenía una mano apoyada sobre el pecho y la otra cerrada con tanta fuerza que las uñas habían dejado marcas en la palma.
—Teresa —dijo Gabriel—. ¿Me oye?
Ella movió los labios, pero no respondió.
Carmen dejó la carpeta administrativa sobre la mesa y se inclinó al otro lado.
—Voy a llamar a emergencias.
Teresa reaccionó al instante.
—No.
La palabra fue apenas audible.
—No puede levantarse —dijo Carmen—. Puede haber sufrido un síncope.
—No llame.
—No voy a discutirlo.
Teresa intentó incorporarse. El esfuerzo le provocó una nueva punzada. Cerró los ojos y apretó los dientes.
Gabriel la sostuvo por los hombros.
—Quédese quieta.
—La carpeta —murmuró.
—Está cerrada.
—Guárdela.
—No se preocupe por eso ahora.
Teresa abrió los ojos.
—No entiende nada.
—Entonces explíquelo.
—Primero guárdela.
Gabriel miró a Carmen.
Ella ya tenía el teléfono en la mano.
—Llama —dijo él.
—No —repitió Teresa con mayor firmeza—. No necesito una ambulancia.
—Ha caído al suelo —respondió Carmen—. Puede haber tenido una arritmia, una bajada de tensión o algo más grave.
—Tengo una cardiopatía conocida.
—Eso no mejora la situación.
—Llevo medicación.
—¿La tiene encima?
Teresa señaló el bolso que había dejado junto a la puerta.
Gabriel lo recogió. Encontró un pequeño estuche, varias recetas y un frasco de comprimidos sublinguales.
Teresa tomó uno.
Permanecieron junto a ella mientras la respiración recuperaba lentamente un ritmo más regular.
Carmen no dejó de observar el teléfono.
—Cinco minutos —dijo—. Si no mejora, llamo.
Teresa asintió.
Gabriel guardó el manuscrito en el armario ignífugo. Cerró con llave y se aseguró de que la puerta hubiera encajado.
Cuando regresó, Teresa estaba sentada en una silla. Tenía el rostro pálido, pero ya no parecía a punto de desvanecerse.
—Necesita un médico —dijo Gabriel.
—Necesito que no toquen esa música.
—Eso ya lo ha dicho.
—Y usted sigue sin creerme.
Gabriel se sentó frente a ella.
—Creo que algo le ha provocado una reacción física.
—No ha sido algo. Ha sido la nota.
Carmen ocupó la silla contigua.
—¿Qué nota?
—La que apareció.
—No se interpretó —dijo Gabriel.
—No era necesario.
—Entonces no fue la música.
Teresa lo miró con una mezcla de cansancio y desprecio.
—Sigue pensando como entonces.
—¿Cómo pensaba entonces?
—Que una partitura solo existe cuando alguien la toca.
—Es lo razonable.
—No. Es lo cómodo.
Gabriel evitó responder.
Teresa cerró los ojos unos segundos.
—La música también existe cuando alguien la recuerda. Existe cuando se teme. Cuando se oculta. Cuando se prohíbe. Cuando un nombre queda unido a una secuencia de sonidos y ya no puede separarse de ella.
—Eso es una metáfora —dijo Carmen.
—Ojalá.
—Necesitamos hechos —respondió Gabriel—. No advertencias.
Teresa abrió los ojos.
—Los hechos son lo que alguien consigue dejar escrito antes de que otro los borre.
—Lucía Valdés —dijo él.
La mujer bajó la mirada.
—Le he dicho que no pronuncie ese nombre.
—¿Era alumna del conservatorio?
—Sí.
—No figura en ningún expediente.
—Lo sé.
—¿Quién la eliminó?
—No fue una sola persona.
—¿Por qué?
Teresa sostuvo el bastón entre las manos.
—Porque era más sencillo negar que había estado allí que reconocer lo que le hicieron.
Carmen tomó una libreta.
—¿Qué le hicieron?
—No escriba.
—Necesitamos dejar constancia.
—No.
—Ha venido para impedir que interpretemos la obra. Si quiere que tomemos en serio su advertencia, tendrá que explicar algo.
—Puedo explicarlo sin que lo conviertan en un acta.
Gabriel miró a Carmen.
Ella dejó el bolígrafo sobre la mesa, aunque no cerró la libreta.
Teresa respiró hondo.
—Lucía llegó al conservatorio en septiembre de 1987. Tenía diecisiete años. Venía de un pueblo pequeño y no había realizado estudios reglados de música. Daniel la escuchó tocar durante una prueba informal.
—¿Qué tocaba? —preguntó Gabriel.
—El clarinete.
—Eso lo recuerdo.
—No lo recuerda. Está reconstruyendo.
La precisión de la acusación lo hirió.
—Continúe.
—Tenía una técnica desordenada. Respiraba tarde. Cerraba la garganta en el registro agudo. Movía demasiado los dedos. Cualquier tribunal la habría rechazado.
—Pero Daniel no.
—Daniel decía que los defectos podían corregirse. La ausencia de una voz propia, no.
Gabriel recordó la fotografía.
La muchacha de la trenza sujetando una carpeta contra el pecho.
—¿Fue admitida?
—No oficialmente.
—Entonces ¿cómo asistía a las clases?
—Daniel la incorporó al curso contemporáneo. Primero como oyente. Después como alumna provisional.
—Eso requería autorización.
—No la tenía.
Carmen intervino:
—¿Existía algún documento?
—Una solicitud de matrícula extraordinaria. Una autorización familiar. El informe de Daniel. Una valoración del departamento.
—¿Dónde están?
—Desaparecieron.
—¿Quién los retiró?
Teresa miró hacia el armario ignífugo.
—Los mismos que retiraron su nombre.
Gabriel apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Qué relación tenía Lucía con la partitura?
—La escribió.
—¿Toda?
—No.
—¿El folio quince?
Teresa lo miró.
—¿Está allí?
—Sí.
—Entonces alguien lo añadió.
—Las iniciales son L. V.
—La melodía es suya, pero el papel no.
Gabriel recordó el análisis preliminar de Inés.
—Inés ha dicho que ese folio podría ser posterior.
Teresa asintió con una lentitud extraña.
—Lo es.
—¿Quién lo copió?
—No lo sé.
—¿Cuándo?
—Después de que Lucía desapareciera.
Carmen cerró la libreta.
—Antes ha dicho que recordó su propia muerte.
Teresa la miró.
—Eso dijo ella.
—¿Qué ocurrió exactamente?
La mujer apoyó la espalda en la silla.
Durante unos segundos pareció debatirse entre continuar o levantarse y marcharse. Al final habló.
—La obra nació como un ejercicio. Ricardo Leal propuso que cada uno escribiera una línea a partir de un mismo intervalo. Daniel convirtió el ejercicio en otra cosa. Quería construir una composición colectiva con fragmentos de personas a quienes nadie escuchaba.
—¿Por qué?
—Porque el centro estaba atravesando una reforma. Había decisiones sobre plazas, horarios, departamentos y admisiones. Daniel creía que la música podía dejar constancia de aquello que no aparecería en las actas.
—¿Una protesta?
—No exactamente.
—¿Una denuncia?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué?
—Un archivo.
Gabriel volvió la vista hacia el armario.
La idea coincidía con algo que había sentido desde el hallazgo, aunque no había sabido formularlo.
—Una partitura como archivo —dijo.
—Cada motivo correspondía a una persona. Cada transformación, a un hecho. Cada silencio, a una ausencia.
—¿Y los nombres?
—No se escribían.
—¿Por seguridad?
—Por miedo.
—No es lo mismo.
Teresa sostuvo su mirada.
—Entonces no sabíamos distinguirlo.
Gabriel guardó silencio.
—Lucía escribió el fragmento más sencillo —continuó ella—. Doce compases. Daniel dijo que era la única parte que no necesitaba corrección.
—¿Por qué?
—Porque no intentaba demostrar nada.
—¿Y qué relación tenía con su muerte?
Teresa se llevó una mano al cuello.
—El catorce de noviembre nos reunimos en el aula siete. Éramos siete.
—En la fotografía aparecen siete.
—La fotografía se tomó antes.
—¿Quiénes estaban esa noche?
—Daniel, Ricardo, Mateo, usted, Lucía, yo y otra persona.
—¿Quién?
Teresa no respondió.
—¿Inés Salvatierra? —preguntó Carmen.
—Era una niña.
—¿Su padre?
Teresa endureció la expresión.
—No voy a decirlo.
—¿Por qué?
—Porque no sé quién conserva todavía interés en que esto permanezca enterrado.
Gabriel se inclinó hacia ella.
—Han pasado casi cuarenta años.
—Las instituciones no envejecen como las personas. Cambian los nombres de las puertas y conservan los mismos reflejos.
—¿Qué ocurrió durante la interpretación?
Teresa observó sus propias manos.
—Comenzamos por el fragmento de Lucía.
—¿Quién lo tocó?
—Ella.
—¿Sola?
—Con Daniel.
—¿Y usted?
—Al piano.
—¿Qué pasó?
Teresa tardó en responder.
—Al llegar al octavo compás, Lucía dejó de tocar.
—¿Se equivocó?
—No.
—¿Se quedó sin aire?
—No.
—Entonces ¿por qué se detuvo?
—Porque empezó a llorar.
—¿Qué dijo?
—Que había visto el río.
Gabriel sintió una presión en la nuca.
—¿Qué río?
—No lo sabíamos.
—¿Qué más?
—Dijo que era de noche. Que llevaba el abrigo rojo. Que tenía una herida en la frente. Que alguien la llamaba desde un puente.
—¿Había ocurrido?
—No.
—¿Fue una alucinación?
—Eso pensamos.
—¿Y después?
Teresa alzó la vista.
—Tres semanas más tarde encontraron su abrigo junto al río.
Carmen volvió a abrir la libreta, pero no escribió.
—¿Encontraron el cuerpo?
—No.
—Entonces no murió.
—Eso dijimos.
—¿Hubo investigación?
—Durante dos días.
—¿Solo dos?
—La familia retiró la denuncia.
—¿Por qué?
—Porque alguien les convenció de que Lucía había huido.
—¿Quién?
—No lo sé.
Gabriel observó a Teresa.
Su voz era estable, pero las manos temblaban.
—¿Usted la creyó muerta?
—Sí.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé qué creer.
—Antes ha dicho que Daniel sabía que estaba viva.
—He dicho que la nota sabía que yo estaba viva.
Carmen frunció el ceño.
—Eso no significa nada.
—Significa que aquella nota no pertenecía al fragmento original.
Gabriel sintió un cambio inmediato en la habitación.
—¿Está segura?
—Completamente.
—¿Cómo puede recordarlo después de tantos años?
—Porque yo escribí el acompañamiento.
—Entonces alguien la añadió.
—Sí.
—¿Con qué finalidad?
Teresa se levantó con dificultad.
Gabriel hizo ademán de ayudarla, pero ella lo rechazó.
—Para señalarme.
—¿Por qué a usted?
—Porque fui la última persona que vio a Lucía.
Carmen se puso en pie.
—Eso tiene que contarlo.
—Ya he contado demasiado.
—No puede marcharse así.
—Puedo.
—Ha sufrido una crisis.
—Estoy mejor.
—No sabemos si corre peligro.
Teresa tomó el bolso.
—El peligro no es para mí.
Gabriel se colocó ante la puerta.
—¿Dónde vio a Lucía por última vez?
Teresa lo miró.
—En la estación.
—¿Iba a marcharse?
—Eso creí.
—¿Con quién estaba?
—Sola.
—¿Qué le dijo?
—Que la partitura había comenzado a recordar por su cuenta.
Gabriel no se apartó.
—¿Qué significa eso?
—Que aparecían indicaciones que ninguno había escrito.