4. CAPÍTULO II La tinta bajo la tinta #3
No aparecía tachado.
No figuraba como anulado.
Simplemente no existía.
Gabriel amplió la imagen.
Entre ambas líneas había una separación ligeramente mayor que en el resto de la página.
Alguien había retirado un registro completo y recompuesto el documento.
Consultó el índice alfabético.
Entre Valcárcel y Valdivia había una abrasión.
No era una mancha.
Era una zona raspada.
Se inclinó hacia la pantalla.
Durante años había creído que el olvido institucional era una consecuencia de la negligencia: papeles perdidos, archivos incompletos, funcionarios que no conocían el pasado.
Aquello era distinto.
No faltaba un nombre.
Había sido eliminado.
A las trece y cuarenta y seis, la puerta del archivo se abrió.
Gabriel cerró la carpeta de golpe.
Una mujer mayor permanecía en el umbral.
Llevaba un abrigo azul oscuro pese al calor y sostenía un bastón de madera. Su cabello blanco estaba recogido en un moño bajo. Tenía el rostro delgado y una mirada severa.
—Busco al profesor Valcárcel.
Gabriel se levantó.
—Soy yo.
La mujer lo observó como si comparara su rostro con una imagen antigua.
—Ha cambiado.
—Han pasado muchos años.
—Para algunos.
Entró sin pedir permiso.
—¿Nos conocemos?
—Usted me dio clase una vez.
Gabriel intentó reconocerla.
—Lo siento.
—No lo siente. No se acuerda.
La mujer cerró la puerta.
—¿Quién es usted?
—Teresa Robles.
Gabriel sintió que el suelo perdía firmeza.
La pianista de la fotografía debía de tener entonces poco más de treinta años. La mujer que estaba ante él rondaba los setenta.
Los ojos eran los mismos.
—Teresa.
—Ahora sí.
—Creí que vivía en Francia.
—Viví allí.
—¿Cómo ha sabido que estaba aquí?
Teresa miró el armario ignífugo.
—Porque han abierto lo que no debían.
Gabriel se interpuso entre ella y el manuscrito.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Daniel.
El nombre quedó suspendido entre ambos.
—Daniel murió hace años.
—Eso dijeron.
—Asistí a su entierro.
—Asistió al entierro de una caja cerrada.
Gabriel la miró sin comprender.
—¿Qué quiere decir?
—Que nadie vio el cuerpo.
—Hubo un certificado.
—También hubo expedientes, actas y registros. Ya sabe cuánto valen.
Teresa avanzó hasta la mesa.
—¿Dónde está la partitura?
—No puedo enseñársela.
—Entonces ya ha aprendido a custodiar secretos.
—No sé qué está pasando.
—Sí lo sabe. Lo supo en cuanto vio las cuatro notas.
Gabriel sintió que la garganta se le cerraba.
—¿Quién la escribió?
—Todos.
—¿También Lucía Valdés?
El bastón golpeó el suelo.
Teresa palideció.
—No pronuncie ese nombre.
—¿Por qué?
—Porque aún no sabe quién escucha.
—No hay nadie más.
—Eso dijimos nosotros.
Gabriel abrió el armario.
Sacó la carpeta y la colocó sobre la mesa.
Teresa no se acercó.
—¿Es esta?
—Sí.
—¿La ha abierto?
—Sí.
—¿La ha tocado?
—Sí.
—¿Ha interpretado algún fragmento?
—No.
Teresa cerró los ojos.
Pareció aliviada.
—No lo haga.
—Inés Salvatierra ha dicho lo mismo.
Teresa abrió los ojos con brusquedad.
—¿Ha hablado con Inés?
—¿La conoce?
—¿Dónde está?
—En Sevilla.
—No lleve la partitura allí.
—¿Por qué?
—Porque ella no quiere restaurarla.
—¿Qué quiere entonces?
Teresa miró la carpeta.
—Saber por qué aparece el nombre de su padre.
Gabriel guardó silencio.
—¿Quién era su padre?
—Uno de los nuestros.
—No aparece en la fotografía.
—Porque fue él quien la tomó.
Teresa se acercó por fin al manuscrito.
No lo tocó.
—La primera página estaba en blanco —dijo.
No era una pregunta.
—Sí.
—¿Qué ha aparecido?
Gabriel abrió la carpeta.
Mostró la fecha y la frase.
Teresa leyó:
14 de noviembre de 1987.
Él no fue el primero.
El color abandonó su rostro.
—¿Qué significa? —preguntó Gabriel.
Teresa retrocedió.
—Que Daniel ha comenzado por el nombre equivocado.
—Daniel no ha escrito esto.
—Entonces estamos peor de lo que pensaba.
—¿Quién fue el primero?
Teresa negó lentamente.
—No voy a decírselo.
—Ha venido hasta aquí.
—He venido para impedir que toque la partitura.
—¿Qué ocurre cuando se interpreta?
Teresa miró la puerta.
Después miró las paredes, como si esperara encontrar alguna presencia oculta.
—La primera vez que la tocamos —dijo—, alguien recordó una vida que no había vivido.
Gabriel sintió un frío profundo.
—Eso no tiene sentido.
—Nada de esto lo tiene.
—¿Quién fue?
Teresa apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Lucía.
—¿Qué recordó?
—Su propia muerte.
La puerta se abrió.
Carmen apareció con una carpeta administrativa bajo el brazo.
Se detuvo al ver a Teresa.
—¿Quién es usted?
Teresa no respondió.
Miraba el folio quince.
La melodía de doce compases parecía ejercer sobre ella una fuerza física.
—Cierre eso —ordenó.
Gabriel no se movió.
Teresa alzó la voz.
—¡Cierre la carpeta!
Gabriel obedeció.
Demasiado tarde.
En el breve instante durante el cual el folio permaneció expuesto, una nota nueva había aparecido debajo de las iniciales.
No una palabra.
No una fecha.
Una sola nota musical.
Un do sostenido grave.
La misma nota que Gabriel había escuchado durante la noche.
Teresa dejó caer el bastón.
Después llevó una mano al pecho.
—Ya sabe que estoy viva —susurró.
Y se desplomó sobre el suelo del archivo.