LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 4. CAPÍTULO II La tinta bajo la tinta #2
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4. CAPÍTULO II La tinta bajo la tinta #2

—Significa que, si estaba realmente húmeda, la tinta o parte de sus componentes se depositaron recientemente. No significa que usted viera el momento en que se escribió.

—No había nadie —dijo Gabriel.

—Eso no es una propiedad de la tinta.

Carmen intervino:

—¿Puede una inscripción atravesar el cartón desde el interior hasta hacerse visible en el exterior?

—Puede producirse migración, pero no de ese modo tan definido sin condiciones extremas. La humedad tendría que ser elevada, el contacto prolongado y la tinta suficientemente móvil.

—La carpeta estaba seca.

—Ahora.

—Cuando se encontró también.

—Según ustedes.

Gabriel se acercó al teléfono.

—¿Qué le parece más extraño?

La pregunta produjo un silencio distinto.

Inés tardó en responder.

—El folio quince.

—¿Por qué?

—La escritura musical parece hecha con bolígrafo de gel negro.

—¿Eso es imposible en 1987?

—No imposible. Pero muy improbable para ese modelo de trazo y saturación. Además, la cuadrícula microscópica que se aprecia en una esquina podría proceder de fabricación industrial posterior.

—¿Posterior a qué fecha?

—No voy a dar una fecha sin examinarlo.

—¿Podría ser de los años noventa?

—Sí.

—¿De los dos mil?

—También.

—¿Más reciente?

—También.

Gabriel observó el folio quince.

La caligrafía infantil ocupaba solo doce compases.

Era una melodía sencilla para clarinete, construida sobre cuatro notas repetidas con pequeñas variaciones. No había indicación de tempo ni dinámica. Al final, una línea descendía hasta una nota grave sostenida.

Debajo figuraban dos iniciales:

L. V.

—El folio quince está firmado —dijo.

—Lo he visto.

—Las iniciales pertenecen probablemente a una alumna de 1987.

—Eso no convierte el papel en antiguo.

—¿Qué quiere decir?

—Que alguien pudo copiar la música después.

—¿Cuánto después?

—No lo sé.

—¿Por qué copiaría un fragmento antiguo en un papel más moderno y lo introduciría dentro del manuscrito?

—Eso es una pregunta histórica, no material.

—¿Y si nadie lo introdujo?

—Entonces tendría que explicar cómo llegó allí.

Gabriel guardó silencio.

Inés continuó:

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—La numeración de los folios.

Carmen revisó las páginas.

—Están numerados del uno al diecisiete.

—No exactamente. El quince tiene una numeración añadida. Debajo parece haber otro número borrado.

Gabriel acercó la lupa.

En la esquina superior derecha se veía un quince a lápiz. Bajo el trazo, casi imperceptible, había una curva.

—¿Qué número era?

—Podría ser un nueve. O un seis.

—¿Significa que el orden fue alterado?

—Significa que alguien renumeró esa página.

—¿Cuándo?

—La respuesta sigue siendo la misma.

Carmen cerró la libreta.

—Mañana estaremos en Sevilla a las ocho y media.

—Traigan el documento y todas las fotografías originales.

—¿Puede adelantar algo más?

—Sí. No interpreten la música.

Gabriel levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque cualquier vibración intensa puede desprender partículas si existen capas inestables de grafito o tinta.

—Eso no ocurriría por tocar una partitura en la misma habitación.

—No he dicho en la misma habitación. He dicho que no la interpreten.

—¿Cómo sabe que pensábamos hacerlo?

—Es un manuscrito musical. Ustedes son músicos.

La explicación era razonable.

Sin embargo, el tono de Inés había cambiado.

—¿Hay otra razón? —preguntó Gabriel.

—No.

—Parece que sí.

—Profesor Valcárcel, mi trabajo consiste en conservar documentos, no en participar en sus asociaciones personales.

—No le he contado ninguna asociación.

—Me ha dicho que reconoce un motivo.

Gabriel miró a Carmen.

Ninguno recordaba haber mencionado aquello durante la llamada.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Aparecía en su correo.

Carmen abrió el mensaje enviado.

Revisó el texto.

No había ninguna referencia al motivo.

—No aparece —dijo.

Silencio.

—Entonces lo habré deducido de otra forma —respondió Inés.

—¿De cuál?

—Mañana lo hablamos.

La llamada terminó.

Carmen se quedó mirando el teléfono.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—Puede haber leído algo entre los archivos adjuntos.

—Las fotografías no explican que yo reconozca la música.

—Quizá hayamos escrito una nota sin recordarlo.

—Revísalo todo.

Carmen abrió el correo, los nombres de archivo, los metadatos y la carpeta compartida. No encontraron ninguna referencia.

—Llamémosla otra vez —dijo.

Gabriel negó.

—No responderá.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ha terminado la conversación antes de que pudiéramos preguntarle.

Carmen marcó.

La llamada pasó directamente al buzón de voz.

Durante varios minutos no hablaron.

A las trece y diez, Carmen se marchó a una reunión. Gabriel permaneció solo en el archivo.

No debía manipular el manuscrito, pero abrió la carpeta.

Buscó el folio quince.

Las iniciales continuaban al final del fragmento.

L. V.

Lucía Valdés.

Sacó la hoja de matrícula hallada en el edificio. La colocó junto al manuscrito.

Las iniciales coincidían.

La forma de la ele era idéntica: un trazo vertical largo, curvado hacia dentro en la base. La uve, en cambio, era distinta. En la matrícula aparecía estrecha y angulosa. En la partitura, abierta y redondeada.

Podían haber sido escritas por personas diferentes.

O por la misma persona en edades distintas.

Gabriel fotografió ambas.

Después buscó en el sistema académico.

El archivo digital solo contenía datos posteriores a 1994. Consultó listados históricos escaneados, actas de evaluación, libros de matrícula y programas de audiciones.

No encontró a Lucía Valdés.

Probó con variantes.

Lucía.

L. Valdés.

Lucía V.

L. V.

Nada.

En cambio, sí encontró a los otros estudiantes cuyas iniciales aparecían en la pared.

M. L. correspondía a Marta Lozano.

R. S., a Rafael Soria.

A. P., a Ana Paredes.

Los tres figuraban matriculados durante el curso 1986-1987.

Lucía no.

Abrió el libro de matrículas de 1987-1988.

La numeración saltaba del expediente 117 al 119.

El 118 no estaba.