LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 4. CAPÍTULO II La tinta bajo la tinta
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4. CAPÍTULO II La tinta bajo la tinta

Inés Salvatierra respondió al tercer intento.

La primera llamada se perdió en un buzón de voz. La segunda fue rechazada. La tercera llegó cuando Gabriel y Carmen ya habían regresado al nuevo conservatorio y habían colocado el manuscrito dentro del armario ignífugo del archivo.

—Salvatierra.

La voz era firme, sin saludo innecesario.

—¿Doña Inés Salvatierra?

—Sí.

—Mi nombre es Gabriel Valcárcel. Soy profesor de clarinete. Le llamo por un manuscrito musical que hemos encontrado durante el vaciado de un edificio antiguo.

—¿Está deteriorado?

—No exactamente.

—¿Qué necesita?

Gabriel miró a Carmen, que permanecía de pie al otro lado de la mesa.

—Un análisis del papel, de las tintas y de varias anotaciones.

—Puede enviarme fotografías generales y detalles con luz natural. También necesitaré medidas, número de folios, tipo de encuadernación y cualquier información sobre procedencia.

—No está encuadernado.

—Entonces indique el sistema de conservación.

—Una carpeta de cartón.

—¿Fecha aproximada?

—Mil novecientos ochenta y siete.

Hubo una pausa.

—Eso no es antiguo en términos de restauración.

—Lo sé.

—¿Presenta humedad, hongos, oxidación, adhesivos, roturas?

—No de forma grave.

—Entonces quizá necesite un perito documental, no una restauradora.

Carmen negó con la cabeza. Gabriel entendió que no debía explicar por teléfono todo lo ocurrido.

—Hemos leído un artículo suyo sobre estratigrafía de tintas y recuperación de escritura subyacente.

—¿Cuál?

—El estudio sobre manuscritos musicales dañados en los depósitos de Écija.

—Ese trabajo tiene siete años.

—Pero el método continúa siendo válido.

—Depende de lo que busque.

Gabriel abrió el armario y observó la carpeta sin tocarla.

—Necesito saber si una anotación puede permanecer invisible durante décadas y aparecer después por exposición a la luz, humedad o variación térmica.

—Sí, puede.

Carmen alzó las cejas.

Gabriel se inclinó hacia el teléfono.

—¿Una frase completa?

—También.

—¿Y una fecha escrita con tinta aparentemente húmeda?

La pausa fue más larga.

—Explíquese.

—Encontramos una carpeta sin inscripción. Horas después apareció un nombre en la cubierta. En la primera página, que estaba en blanco, apareció una fecha. La tinta dejó mancha al rozarla.

—¿Tiene fotografías anteriores?

—Sí.

—¿Metadatos originales?

—Sí.

—¿La carpeta estuvo siempre bajo control?

Gabriel miró a Carmen.

—No exactamente.

—Entonces existe contaminación de la cadena de custodia.

—No estamos ante una investigación judicial.

—La materia no cambia porque ustedes no la llamen investigación.

Carmen se acercó al teléfono.

—Soy Carmen Otero, secretaria académica del conservatorio. El documento fue hallado ayer. Estuvo unas horas en el domicilio del profesor Valcárcel y esta mañana ha sido depositado aquí.

—¿Quién tuvo acceso al domicilio?

—Nadie —respondió Gabriel.

—Eso tendrá que declararlo usted, no asumirlo yo.

La voz de Inés no era hostil. Era rigurosa hasta el límite de la frialdad.

—¿Puede examinarlo? —preguntó Carmen.

—Puedo hacer una primera valoración visual con imágenes de calidad. Para un análisis material necesito el original.

—¿Cuánto tardaría?

—Depende del estado y de las técnicas necesarias.

—Necesitamos una respuesta hoy.

—Entonces no necesitan ciencia. Necesitan consuelo.

Gabriel contuvo una réplica.

—Necesitamos saber si existe una explicación física razonable.

—Siempre existe una hipótesis física razonable al principio. Lo difícil es demostrarla.

—¿Puede venir?

Inés guardó silencio.

—¿Dónde están?

Carmen le dio la dirección.

—No puedo desplazarme hoy.

—Podemos llevarle el manuscrito —dijo Gabriel.

—No sin condiciones.

—Dígalas.

—Transporte horizontal. Protección rígida. Nada de plásticos con carga electrostática en contacto directo. Nada de luz intensa. No separen folios. No limpien. No froten. No intenten revelar nada con calor, alcohol, lámparas ultravioletas domésticas ni productos improvisados.

—No hemos hecho nada de eso.

—Todavía.

—¿Cuándo podría recibirnos?

—Mañana a las ocho y media.

Carmen negó de nuevo.

—Es demasiado tarde.

—Entonces busquen a otra persona.

Gabriel miró el reloj. Eran las diez y treinta y ocho.

—¿Y si le enviamos ahora las fotografías?

—Envíenlas.

Inés dictó una dirección de correo.

—Incluyan una regla métrica junto al documento, sin apoyarla encima. Fotografíen anverso y reverso. Luz rasante desde ambos lados. Detalle de fibras, bordes, manchas, grafito y tinta. Quiero también imágenes del atril, la cerradura y el lugar exacto del hallazgo.

—¿Puede revisar todo hoy?

—Puedo decirles si veo algo que justifique adelantar la cita.

—Gracias.

—No me dé las gracias todavía.

La llamada terminó.

Durante la hora siguiente, Gabriel y Carmen prepararon una mesa en la sala de consulta. Cerraron las persianas, limpiaron la superficie y colocaron dos lámparas laterales.

Carmen consiguió una regla de conservación, guantes de nitrilo y papel neutro del archivo municipal. Gabriel fotografió cada folio con el teléfono y con una cámara digital que utilizaban para inventariar instrumentos.

No hablaban.

La presencia del manuscrito había modificado la relación entre ambos. Carmen seguía pensando como secretaria académica: custodia, registro, responsabilidad, acceso. Gabriel pensaba ya como testigo de algo que todavía no comprendía.

Al llegar al folio segundo, buscaron la frase:

Respirar después del nombre.

Seguía allí.

Carmen tomó una fotografía.

—Parece grafito.

—Eso pensé.

—No parece reciente.

—Tampoco lo parecía la otra frase.

Pasaron a la primera página.

La fecha permanecía en la esquina inferior.

Debajo se leía:

Él no fue el primero.

Carmen comparó el papel con la fotografía tomada en el aula.

—La frase está más oscura.

—¿Estás segura?

—Sí.

Abrió ambas imágenes en la pantalla del ordenador.

En la primera, la anotación aparecía tenue, casi gris.

En la segunda, las letras tenían mayor densidad.

—Puede ser la exposición —dijo Gabriel.

—O la cámara.

—O el contraste automático.

—O que estamos empezando a ver cambios donde no los hay.

Gabriel asintió.

—Por eso necesitamos a Inés.

Continuaron.

El manuscrito constaba de diecisiete folios, todos escritos por una sola cara, salvo el último, que presentaba marcas apenas visibles en el reverso.

El papel no era uniforme. Algunos folios parecían arrancados de cuadernos distintos.

Variaban el grosor, la tonalidad y la disposición de los pentagramas.

Había, al menos, cuatro caligrafías musicales.

La primera era angulosa, precisa, con cabezas de nota pequeñas y plicas muy verticales.

La segunda mostraba curvas amplias y ligaduras exageradas.

La tercera era nerviosa, llena de correcciones y signos superpuestos.

La cuarta aparecía solo en el folio quince: una escritura casi infantil, insegura, pero extraordinariamente clara.

—¿Reconoces alguna? —preguntó Carmen.

Gabriel señaló la tercera.

—Podría ser de Daniel.

—¿Podría?

—Escribía así.

—¿Y las demás?

—No estoy seguro.

—En la fotografía aparecen cinco profesores.

—Sí.

—Podría corresponder una mano a cada uno.

—Hay cuatro.

—Quizá una persona no escribió.

Gabriel pensó en sí mismo.

Había compuesto el motivo, pero no recordaba haberlo copiado en aquel manuscrito.

Tal vez esa fuera la ausencia.

No un nombre borrado, sino una mano que nunca se atrevió a quedar sobre el papel.

Enviaron las imágenes a las once y cincuenta y tres.

A las doce y diecisiete llegó la primera respuesta de Inés:

No manipulen más el folio 1. Posible actividad higroscópica o transferencia reciente. Necesito imágenes microscópicas.

Un minuto después llegó otro mensaje:

La tinta de la fecha no parece compatible con el resto del documento.

Gabriel sintió una presión en el pecho.

Carmen leyó por encima de su hombro.

—Eso ya lo sabíamos.

—Lo sospechábamos.

A las doce y veinticuatro llegó una tercera respuesta:

La frase a lápiz puede estar bajo una capa superficial de suciedad o carga mineral. No concluyente.

Y una cuarta:

El nombre de la cubierta presenta penetración desigual. Podría ser transferencia desde otra superficie. Comprueben el reverso del cartón. Sin frotar.

Carmen abrió la carpeta con cuidado.

La cara interior de la cubierta parecía limpia.

Colocaron la luz lateral.

Entonces apareció una mancha invertida.

No era legible a simple vista, pero en la fotografía ampliada se distinguían trazos enfrentados, como si el nombre hubiera permanecido durante años en contacto con otra hoja.

—Transferencia —dijo Carmen.

Gabriel no respondió.

La explicación física debería haberlo tranquilizado.

No lo hizo.

Porque aquella huella invertida no podía proceder del interior de la carpeta. No había ninguna hoja con el nombre de Daniel escrita en la posición correspondiente.

Revisaron todos los folios.

Ninguno contenía la inscripción.

—Tal vez faltaba una página —dijo Carmen.

—Tal vez.

—La hoja estuvo aquí, transfirió la tinta y después alguien la retiró.

—Eso explicaría la huella interior.

—Y quizá el nombre exterior se haya revelado por humedad.

Gabriel examinó el cartón.

—La transferencia está en la parte interna. El nombre aparece en la externa.

Carmen acercó la luz.

—El cartón es fino.

—Pero no tanto.

A las doce y cuarenta, Inés llamó.

—He revisado las imágenes.

Gabriel activó el altavoz.

—¿Y?

—No puedo fechar una tinta mediante fotografías. Tampoco puedo determinar si la escritura ha aparecido recientemente. Pero hay varias anomalías.

—¿Cuáles?

—El papel procede, al menos, de tres lotes distintos. Uno podría ser de finales de los ochenta. Otro es probablemente anterior. El folio quince es posterior.

—¿Posterior a 1987?

—Diría que sí.

—¿Cuánto?

—No lo sé sin analizar fibras, cargas y blanqueantes. Pero no parece pertenecer al mismo periodo.

Carmen tomó notas.

—¿La tinta de la fecha?

—Es negra, posiblemente ferrogálica modificada o una formulación escolar de base acuosa. No debería estar húmeda después de décadas.

—Eso significa que se escribió recientemente.