LA PARTITURA DE LOS AUSENTES VOLUMEN I 2. PARTE I EL MANUSCRITO 3. CAPÍTULO I El aula número siete #3
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2. PARTE I EL MANUSCRITO 3. CAPÍTULO I El aula número siete #3

—Tú tendrás copia de todas las fotografías. El manuscrito permanecerá en una funda de conservación. No interpretaré la obra ni separaré los folios.

—¿Por qué has mencionado interpretar?

—Porque es una partitura.

—Eso no significa que debas tocarla.

—No he dicho que vaya a hacerlo.

Carmen lo miró con una severidad casi maternal.

—Lo estabas pensando.

Gabriel no respondió.

Ella tomó la fotografía hallada en el armario.

—¿Quiénes son?

Gabriel señaló cada figura.

—Teresa Robles. Mateo Cifuentes. Ricardo Leal. Daniel. Yo.

—¿Y las alumnas?

—No recuerdo sus nombres.

Carmen giró la fotografía.

—No están escritos.

—Una de ellas asistía a clases con Daniel.

—¿Cuál?

Gabriel señaló a la joven de la trenza.

—Ella.

—¿Tocaba el clarinete?

—Sí.

—Entonces debería aparecer en los expedientes.

—Debería.

Carmen devolvió la fotografía.

—Hasta mañana a las diez.

—He pedido hasta las doce.

—Te he dado hasta las diez.

—De acuerdo.

—A esa hora me entregas la carpeta.

—A menos que encontremos algo que justifique otra decisión.

—No habrá otra decisión sin dirección.

—Lo comprendo.

—Y nada de llevarla de nuevo a tu casa.

—¿Dónde la dejo?

Carmen pensó.

—En el archivo nuevo. Hay un armario ignífugo.

—Necesito examinarla esta tarde.

—Hazlo allí.

—También necesito localizar a la restauradora.

—Hazlo desde allí.

Gabriel cerró la carpeta.

—De acuerdo.

Carmen se dirigió a la puerta.

—Y una cosa más.

—¿Qué?

—No vuelvas a decir que no había ningún atril.

Gabriel bajó la mirada.

—No sabía quién podía estar escuchando.

—No había nadie.

—Eso creía.

Carmen abrió la puerta.

—Empiezo a preocuparme seriamente por ti.

—Yo también.

Ella salió.

Gabriel permaneció junto al piano.

Antes de guardar el manuscrito volvió a abrirlo por la primera página.

Debajo de la fecha había aparecido una nueva línea.

No estaba escrita con tinta negra, sino con lápiz.

Él no fue el primero.

Gabriel llamó a Carmen.

—Espera.

Ella regresó al aula.

—¿Qué ocurre?

Gabriel señaló la página.

Carmen leyó la frase.

—¿Eso estaba antes?

—No.

—¿Estás seguro?

—Tú misma la has mirado hace menos de cinco minutos.

Carmen se acercó tanto al papel que sus gafas casi rozaron la superficie.

—No la había visto.

—Porque no estaba.

Ambos permanecieron en silencio.

Después Carmen sacó su teléfono y fotografió la página.

—Ahora ya no tienes cuarenta y ocho horas —dijo.

—Me habías dado hasta mañana a las diez.

—He cambiado de opinión.

Gabriel sintió que el margen de libertad se cerraba.

—¿Vas a informar al director?

—Todavía no.

—Entonces ¿qué propones?

Carmen guardó el teléfono.

—Que encontremos hoy mismo a alguien capaz de decirnos si la tinta, el grafito y el papel pueden hacer esto.

—Conozco un nombre.

—Hace diez minutos dijiste que no conocías a ninguna restauradora.

—No personalmente.

—¿Quién es?

Gabriel había recordado un artículo leído meses atrás sobre recuperación de manuscritos musicales dañados por inundaciones. La autora era especialista en análisis de tintas y documentos sonoros.

—Inés Salvatierra.

Carmen abrió el buscador en su teléfono.

—¿Dónde trabaja?

—En Sevilla.

—Eso está a más de dos horas.

—Podemos enviarle fotografías.

—No será suficiente.

—Entonces habrá que llevarle el manuscrito.

Carmen lo miró.

—El manuscrito no sale del centro sin autorización.

—No tenemos tiempo para esperar un procedimiento.

—No sabemos si tenemos tiempo para algo.

Gabriel señaló la frase.

—Eso es precisamente lo que alguien quiere que pensemos.

—No conviertas una anomalía material en una voluntad.

—¿Y cómo la llamarías?

Carmen no contestó.

Guardaron la carpeta dentro de la funda y abandonaron el aula.

Mientras descendían por el pasillo, Gabriel miró hacia el extremo donde había creído ver al hombre con la funda de clarinete.

No había nadie.

Sin embargo, junto a la pared apareció una silla que no recordaba haber visto antes.

Sobre el asiento descansaba una hoja de matrícula.

Gabriel se acercó.

El papel estaba amarillento y roto por los bordes. En la parte superior podía leerse:

Curso 1987-1988. Aula número siete.

Debajo había una relación de estudiantes.

Cinco nombres estaban tachados.

El sexto había sido borrado con tanta insistencia que el papel casi se había perforado.

Solo se conservaban dos letras:

L. V.

Gabriel recordó la marca de la pared.

L. V. — 1,49 — noviembre 1987.

Carmen leyó por encima de su hombro.

—¿Es una de las alumnas de la fotografía?

—No lo sé.

—¿Puedes recordar su nombre?

Gabriel cerró los ojos.

Durante un instante oyó de nuevo aquella risa.

La ventana abierta.

El clarinete.

La voz de Daniel:

Respira donde lo necesite la verdad.

Entonces apareció un nombre.

No completo.

Solo un sonido inicial.

Lucía.

Gabriel abrió los ojos.

—Se llamaba Lucía.

—¿Lucía qué?

Miró las letras supervivientes.

L. V.

—Lucía Valdés.

Carmen tomó la hoja.

—Buscaremos el expediente.

Gabriel volvió a mirar la pared.

La marca de las iniciales parecía más oscura.

—No lo encontraréis.

—¿Por qué dices eso?

—Porque alguien no se limitó a tachar su nombre.

Señaló la perforación del papel.

—Quiso asegurarse de que nunca hubiera estado aquí.